Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 12
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Con Honey en brazos, observó cómo la duquesa de Norfolk se perdió en su gran landó negro y antes de subir a su carruaje suspiró profundo. El cochero estaba situado en el pescante y Vivianne la escoltaba.

Ya era mediodía y la mañana había transcurrido muy agitada. Pero tras el golpe de la noche anterior, consiguió no paralizarse.

Recapituló sus avances:

Reunió un pequeño monto para continuar con los preparativos de la apertura.

Concretó un trabajo que le permitiría obtener una ganancia que no era suficiente, sin embargo, sumaba.

Y lo más importante, si tenía que casarse para salvar su linaje, lo haría, pero con quien ella eligiera.

Ser efectiva en medio de la turbulencia era su modo de combatir la angustia, Valery no era de las que se congelaba cuando los problemas azotaban.

Y antes de subir auxiliada por la doncella, escuchó los cascos de un caballo que se aproximaba. Honey ladró y elevó las orejas, sin quitarle los ojos de encima.

Lo vio acercarse a todo galope y detenerse de golpe, robándole una exhalación por el temor a que causara un accidente. Lo que no ocurrió. Su destreza como jinete podía calificarse como experta y sin proponérselo hizo gala de ello. Se bajó de un salto que también turbó a Valery.

—¿Doctor? —se le escapó cuando él, impetuoso, respiró agitado al aproximarse a su lado. Tuvo que sujetar fuerte a Honey para que no saltara a los brazos del recién llegado—. Pensé que caería de bruces sobre los adoquines.

—Milady, no… ¿Qué le hizo temer ese desenlace? —El pecho de ese hombre subía y bajaba y las aletas de su nariz se ensanchaban respirando con agitación, mientras trataba de recuperar el aliento.

—Cabalgó hasta la casa como poseído.

—Es que la divisé de lejos y quería llegar antes de que se fuera para preguntarle cómo seguía.

—Ya estoy recuperada. Y con respecto a su arribo tempestuoso, pudo agitar el brazo.

—No lo pensé, se me hizo natural solo apresurar la marcha.

—¿Apresurar? Es una suerte que no se hayan asustado los caballos. —Se refería a los de su carruaje—. Y gracias a Dios llegó en una pieza.

—En mi profesión se valora la destreza en una montura, las emergencias lo agradecen. Y, en Cambridge, nos divertíamos organizando carreras de caballos. Me sirvió de entrenamiento.

—Creí que el remo era lo suyo.

—¿Por qué conformarse solo con un deporte si se pueden disfrutar más de uno? También practico la esgrima y el tiro con arco. Pero la equitación me hace sentir tan libre como el remo.

—Con razón se ve tan saludable. Es un estuche de monerías, doctor Raleigh —agregó como si tal cosa, sin la intención de elogiar, tan solo ante la sorpresa de la afición del caballero por las actividades al aire libre. Porque creyó que sería diferente para alguien tan dedicado a los estudios.

La sonrisa del hombre se ensanchó, aquella salida no la anticipó.

—¿Un estuche de monerías? Jamás me habían descrito con tanta gracia. —Volvió a reír, entretenido por la forma de hablar de Valery.

—Es que cualquiera se podría llevar la impresión de que solo es un ratón de biblioteca, no un atleta consumado. Quise decir un erudito que pasa sus días entre libros…

Las carcajadas de aquella voz varonil fueron secundadas por el carraspeo de la doncella, que le recordó a Valery que estaba presente.

—Me quedó muy claro —dijo él impostando la voz y obligándose a guardar la compostura, para que sus carcajadas no la avergonzasen—.

Sí soy un ratón de biblioteca, pero uno al que le encanta mantenerse activo.

Tengo mucha energía y si no la canalizo, aflora mi mal genio.

Nadie me soporta cuando no tengo un buen día.

—Pues he tenido suerte, siempre lo veo de estupendo humor.

¿Y la prisa solo estaba relacionada con mi salud?

—Aquello la hizo albergar una ilusión, después se recordó que él fue muy enfático al defender su soltería.

No debía confundir la simpatía del médico con un interés particular, o terminaría ilusionada y, por consiguiente, herida.

—En parte, su padre me dejó muy claro tras mi altercado con Errol Sable que yo no podría volver a pisar Richmond House. Por otro lado, no hemos tenido oportunidad de conversar sobre su encargo. —Le guiñó el ojo y señaló a la doncella con la cabeza para averiguar si podía hablar delante de aquella.

—Puede continuar, Vivianne es discreta y, además, me ha jurado lealtad por encima de la que le tiene a mis padres.

—¿Cuándo lo hice? —se entrometió la doncella. En su cara se reflejaba el descontento por la confianza con la que la dama conversaba a solas con aquel caballero. Tampoco aprobaba cómo el médico apresuró al caballo, sin nada de cuidado.

—Lo harás ahora, Vivianne. —Habló con autoridad.

Edward la miró con una ceja alzada, sorprendido. Aquella dulce alondra tenía el don de mando corriendo por sus venas, no podía negarse que era la hija de un duque.

—¿Justo ahora? —replicó la doncella que también parecía de armas tomar.

—Necesito una doncella que esté de mi lado por encima de cualquier criatura viviente. De lo contrario, me veré en la obligación de contratar a alguien más. Vivianne, se vienen tiempos difíciles, en mi barco soy el capitán, si deseas continuar a bordo como marinero debes elegir.

—Lo prometo, milady. Solo espero que me rescate si sus excelencias difieren con usted y me arrojan al agua. —El mohín de la doncella fue digno de apreciar. La mujer tomó a Honey y se introdujo al carruaje—. En ese caso, prefiero hacer de oídos sordos. Confío en que se sabrá comportar.

Los dos se miraron a los ojos disimulando una sonrisa mientras la doncella cumplía con lo que acaba de explicar.

—Tiene carácter su doncella —añadió el médico para romper el silencio que los envolvió de golpe.

—Oh, sí. Por eso me sirve. La verdad es que me agrada, sé que no se guardará sus opiniones cuando esté en desacuerdo conmigo.

Prefiero las personas que te dicen lo que opinan de frente, y no quien oculta su verdadero sentir y te clava un puñal por la espalda.

Vivianne es de las buenas, lleva muchos años a mi servicio, y aunque protesta más que una mula cuesta arriba, ha probado su discreción y su fidelidad.

—Usted también tiene carácter. Pensé que solo era una dulce alondra, pero es una que sabe defenderse.

—A veces no queda otro remedio. —Su voz reflejó pesar y él no tardó en notarlo.

—Algo le aflige.

—Sí, pero no me va a aplastar. Ya tengo los fondos necesarios para empezar y un trabajo, y estoy estudiando mis posibilidades de conseg… —Se calló de golpe. Iba a decir «conseguir marido», pero no pudo completar la frase con él delante.

—Suena a pasos importantes —apoyó reflexivo sin presionarla a terminar—. Ojalá pudiese serle de utilidad.

—Por favor, lo que acabo de revelarle… —Se llevó una mano a la frente. ¿Cómo pudo bajar la guardia?

Él era tan cercano a Ettie. Si le contaba a su amiga, esta se enfurecería por ocultarle lo ocurrido. Las Rosas Inglesas no debían conocer su desgracia o reunirían los fondos para ayudarla a levantar la escuela. Y no podía permitirlo. Era una suma elevada, no era correcto aceptarla.

—También soy digno de fiar. —Aquellas palabras sonaron tan reales, su rostro era tan sincero. Valery sintió que podía hacerle cualquier confidencia y que de verdad él guardaría el secreto—. No repetiré las palabras ni cuando esté completamente solo a riesgo de que alguien las escuche.

—No quise dar a entender que usted es indiscreto. Es un asunto delicado. Como sabe, gané quince mil libras del Premio Cumberland-Hayden. Bueno, me servirían para…

—Abrir una escuela de canto en la casa que le heredó su abuela —completó la frase dejándola sin habla—.

Tenemos muchos amigos en común, que la quieren, que la admiran.

Su sueño es muy loable y estoy seguro de que lo hará increíble.

Soy bueno con los deportes, no con la música.

No me considero poseedor de un oído privilegiado; pero usted, milady, canta como los ángeles. Jamás escuché nada más bello.

El corazón de Valery se aceleró, trotó sin control, más que el caballo de Edward hacía unos minutos.

—En ese caso, sería un desperdicio que deje morir mi talento.

¿Por qué no puedo dar continuidad al linaje y también cantar?

Las reglas de esta sociedad son tan injustas con las mujeres.

¿Por qué si un duque solo tiene una hija y no posee herederos varones en otras ramas de la familia, debe dejar morir el título o devolverlo a la Corona?

—La Corona se quedaría con los bienes ligados a ese título. La regla jugaría a su favor.

Ella abrió mucho los ojos, él no temía expresarse, aunque su comentario pudiese tomarse como subversivo.

No supo por qué; sin embargo, le encantó que fuese así de osado.

Con una seguridad que lo hacía lucir contenido, pero peligrosamente rebelde en su esencia.

Como si el poder más temible no pudiese convencerlo de serle infiel a sus convicciones.

—Ahora entiendo por qué alguien motivado a que eso no suceda, se ha atrevido a robar mi dinero para destruir mi posibilidad de abrir la escuela. Todo bajo la excusa de: «es por el futuro del ducado».

—Muy opresivo… ¿Su padre?

—Mi madre, mi padre, mi tía… Todos juntos. La verdad es que niegan haber sustraído el dinero. Y cuento con su discreción, mis amigas no pueden saberlo o querrán auxiliarme. Y esto es algo que necesito conseguir por mí misma… Tal vez me entiende, hay luchas que precisan ganarse sin ayuda.

—Comprendo, no tiene que explicarlo. Es muy valiente.

La doncella asomó la cabeza al exterior del carruaje y con el rostro enfurruñado avisó:

—Milady, se saltó el desayuno, si se salta el almuerzo las dos tendremos mucha suerte si nos libramos de una reprimenda. Además, Honey ya desfallece de hambre…