11
Tras engullir los refrigerios que reconfortaron el estómago, cada una subió a su carruaje y partieron.
Volvieron a encontrarse frente a las escalinatas de Allard House, la residencia de los condes de Allard.
Ser protegida de la duquesa de Norfolk tenía ventajas increíbles. No solo porque lady Abbott no se negaría a recibir a su excelencia, sino porque formaban parte del mismo grupo selecto, al que era muy difícil entrar. La casamentera la recibió de inmediato.
Ya instaladas en una sala para el uso exclusivo de la casamentera expusieron el motivo de la visita.
Lady Abbot adoró recibir la solicitud de sus servicios por parte de la hija de un duque, aunque le sorprendió que no fuese su madre quien la acompañara.
Pero como había convivido en el Comité de Damas con la duquesa de Richmond, entendió a la perfección que la joven prefería la guía de la encantadora «oveja descarriada».
—Querida lady Valery, la tarea de elegir un candidato para usted resultará ardua. Me refiero a seleccionar al adecuado. Porque todos los caballeros se disputarán su mano en cuanto sepan que está interesada en desposarse.
—Tampoco es que tenga tanta prisa. Quizás he sido impulsiva al llamar a su puerta.
Lo pensó dos veces. ¿Matrimonio? ¿Qué estaba haciendo? Ella no quería casarse, deseaba abrir su escuela y disfrutar de la libertad que le daría ir y venir sin tener que rendir cuentas a sus padres o a un esposo.
—No estás obligada a correr al altar, Valery. Lady Abbott intervendrá, pero si no aparece un candidato apropiado puedes seguir esperando. Eres joven y estás llena de vida. —Grace aclaró ese punto tan importante—. No dejes que un ultimátum de tu padre destroce tus planes.
—Mis requisitos son pocos, pero inamovibles.
—Escucho. —Lady Abbott preparó su libreta para no perder detalle.
—Lo primero que necesito es un hombre que no se oponga a mi propósito de abrir la escuela de canto.
Que sea instruido, aseado, comprensivo y de pensamiento moderno.
—Después se ruborizó un poco, pero sin miedo continuó—: Y que me guste.
No tiene que ser un adonis; sin embargo, sí que me resulte atractivo, y viceversa.
He visto a varias de mis amigas hacer matrimonios por amor, y si no puedo esperar a algo idéntico, al menos deseo que ambos tengamos motivación para entrar a nuestros aposentos cuando llegue la noche.
En los labios de Grace afloró una sonrisa, Valery le sorprendió por su osadía. Eran pocas las señoritas que exigían algo similar a una respetada casamentera.
Pero lady Abbott estaba curada de espanto a esas alturas, había conducido al altar a damitas más impetuosas y había lidiado con canallas, sinvergüenzas y libertinos de toda clase.
—Recapitulo —dijo la casamentera—. Que no se entrometa en su próximo negocio, que no sea un ignorante y retrógrada.
Un hombre pulcro, tolerante y que encienda la pasión en el lecho.
—Ante esto último sin tantos tapujos lady Abbott arqueó ambas cejas con picardía y la sonrisa de Grace se ensanchó más.
Valery se sonrojó más todavía, pero no estaba dispuesta a ceder en ese punto.
Por eso Errol jamás sería un candidato para ella.
Tal vez era educado, pero en lo poco que había observado sus ideas eran tan arcaicas como las de su padre —Richmond—.
Limpio parecía, comprensivo no, el instinto le susurraba que era el tipo de personas que cambiaba cuando lograba su objetivo.
Una vez casados no se mostraría tan complaciente.
Y en cuanto a sentirse atraída por él, el mismo instinto lo repelía.
Mientras más procuraban juntarlos, más su cuerpo entero experimentaba el rechazo.
—Tal y como acaba de decir, milady —sostuvo Valery, ya sin sonrojarse. El matrimonio era para toda la vida, no se pondría mojigata.
—Supongo que sus padres tendrán requisitos también, porque si me guío por los suyos no sufrirá de frío en el lecho, y será arropada por un hombre que huele excelente, pero morirá de hambre. No ha hablado de cuestiones de importancia como la fortuna, el estatus…
—Porque no me interesan, solo quiero un hombre que se sepa valer por sí mismo. Sin embargo, no soy ilusa, mi padre tiene aspiraciones muy elevadas.
De forma breve y concisa las puso al tanto de lo que pretendía su padre y la concesión que había solicitado a la Corona para que el hijo de Valery pudiese heredar el título de duque de Richmond.
—Uhm —murmuró lady Abbott y abrió mucho los ojos.
Ahí estaba la trampa. La tarea no era fácil para nada.
Lo que su padre pretende será polémico, pero no imposible.
Sé de casos en el pasado donde la Corona otorgó la posibilidad de solucionar tal disyuntiva hereditaria gracias a una cláusula especial.
Pero las exigencias con respecto a la elección de su esposo ya no son del duque de Richmond, son de la realeza y no aceptarán medias tintas.
—Lo sé. Por eso he venido ante su presencia.
—Fíjese, milady, que mientras describía a su probable candidato me vino un nombre a la cabeza.
Pero necesitaríamos el apoyo del dueño de The Golden Gazette para cambiar el curso de la opinión pública.
Es moderno, comprensivo, muy higiénico, guapo como ninguno y con una sonrisa que calentaría el alma de la más fría de las mortales.
Además, tiene sangre noble, sabe valerse por sí mismo y es muy correcto.
Sostiene conexiones para nada despreciables.
—Vaya que usted es rápida, lady Abbott —intervino Grace.
—Podría intentarlo, pero necesitaría saber si para usted es atractivo y puede cumplir con el requisito de mantener la hoguera encendida en la habitación.
Valery ya se estaba arrepintiendo de haberlo solicitado, lady Abbott parecía decidida a volverla a enrojecer.
—Cuánta curiosidad me ha despertado, lady Abbott. ¿Quién es ese portento? —apuró la duquesa de Norfolk.
—Grace, de todo lo que dije solo te interesó que el hombre es de buen ver…
—Querida, por nada del mundo permitiría que mi protegida pase frío cada madrugada.
—Muchachas, parecería que le huyen más al frío que al estómago vacío.
Ninguna ha exigido una cifra en una cuenta bancaria, ni propiedades…
—Lady Abbott negó estupefacta con lo que era importante en estos tiempos para la juventud—.
Es alguien de casa. Redoble de tambores: mi sobrino Edward.
—Una pausa oportuna permitió que las mujeres se recuperaran de la noticia—.
Además, íntimo amigo de los esposos de las otras Rosas Inglesas, tendrían muchas oportunidades para convivir.
—Oh, nuestro Edward —dijo Grace con cariño.
Lo había visto convertirse en adulto y médico—.
Sería estupendo. Y como el duque de Richmond pretende dotar a su nieto con su propio título ya no sería tan indispensable que el candidato tenga uno.
¿Entonces, Valery, consideras que Edward es atractivo y que podría satisfacer esa exigencia particular de tus requisitos?
Ahora sí que sus mejillas se igualaron al tono de los tomates. Ardían. ¿En qué despropósito se había metido ella solita de cabeza?
—Yo… Edward no es feo —soltó antes de tartamudear o quedarse sin voz.
—Pero, querida, necesitamos una respuesta más efusiva, no una tan tibia —demandó Grace—. ¿Te da vergüenza delante de su tía admitir que no ves a Edward con esos ojos? Mira que quien dormirá con él todas las noches serás tú, debes dar una respuesta precisa. Si no te gusta, pues no te gusta.
Valery carraspeó para luchar contra su rubor, la respuesta era todo lo contrario.
—Veamos —siguió lady Abbott hablando sola y salvándola de responder—.
¿Por qué su esposo necesitaría aprobación?
La Corona y la aristocracia considerarán que el futuro heredero representaría la continuidad del ducado, por lo tanto, el padre del niño debe ser «adecuado», con reputación impecable, con moral irreprochable, sin escándalos o rumores de dominio público.
Querida Grace, ¿podría tu esposo endulzarle el oído a la reina con respecto a la nueva posición de Edward en Bedlam?
—¿Edward trabajará en Bedlam? —Grace no lo sabía, por eso hizo la pregunta.
—Eso nos ha comunicado. Resumiendo. Del altercado con lord Sable podría encargarse The Golden Gazette .
Ese periódico puede volver un santo a quien se proponga.
Estoy segura de que ese mequetrefe se lo buscó.
Salvo que le ofenda, lady Valery, que Edward haya tenido sus discrepancias con su primo.
Nuestro muchacho tiene un corazón inmenso y se preocupa por los menos afortunados.
Además de que es muy estudioso y cree que puede encontrar los métodos para aliviar a los enfermos mentales de sus sufrimientos.
¿Te molesta su nuevo empleo, querida? ¿O que haya golpeado a tu primo?
—Se volvió a Valery que aún no terminaba de pronunciar las palabras de aceptación.
—Lady Abbott, Valery aún no responde si Edward le parece atractivo —bromeó divertida Grace porque la casamentera ya estaba buscando soluciones a los obstáculos que se le pudiesen presentar.
—No necesito que responda. ¿Acaso no viste el calor que subió a sus mejillas cuando le hice la pregunta? Suficiente para mantener una chimenea encendida en la alcoba o cualquier estancia de la casa —agregó sin tapujos.
Grace tuvo que reprimir su carcajada para que Valery no sintiera más vergüenza y esta última se llevó una mano a la frente sin saber cómo salir del embrollo en el que se había metido.
—No respondí por una razón —convino Valery—. No he considerado al doctor Raleigh ni remotamente como una opción porque le he escuchado decir que el matrimonio no está en sus planes.
—Es un punto importante que debemos considerar, querida lady Valery.
Y créame, mi afecto por Edward no me ciega.
Sé que es reacio a la idea de casarse. Estudiaré la situación tomando en cuenta todas las aristas.
Aunque la ilusión de ver casado a mi sobrino con una dama con tantas virtudes me emocione, revisaré cuáles candidatos podría presentarle.
Con esas palabras dieron por concluida la reunión.
A las afueras de Allard House, Grace tomó a Valery por el brazo y le susurró:
—Hay algo que me preocupa. La aprobación de la Corona no solo se exigirá para tu futuro esposo, también para ti.
Exigirán discreción de tu parte, aunado a la reputación intachable.
Me preocupa que tus padres en el afán de lograr sus propósitos intenten silenciarte, impedir que participes en conciertos, destruir tu sueño de construir la escuela antes de que estén firmes los cimientos.
Valery se quedó sin habla… ¿Lo habría intuido también lady Abbott? De ser así, ¿por qué no lo mencionó?
—Yo…
No pudo decirle que se oponían, que ya lo estaban haciendo, y que justo por eso le había solicitado el espacio para darles clases de canto a sus hijos.