Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 10
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Valery había acompañado a su madre en el pasado a la casa de la señora Moore, una mujer que compraba artículos que después revendía con suma discreción. Era popular entre las damas de sociedad. Sobre todo, cuando alguna necesitaba fondos y no quería suscitar rumores al respecto.

La señora Moore era experta en el secretismo más absoluto. El precio por su diligencia era la cifra abultada que ganaba. Pagaba menos de lo que valía la prenda, pero su intervención garantizaba que la transacción se hiciera con la más absoluta reserva.

Le pidió a Vivianne que permaneciera en el carruaje y que sostuviera en sus brazos a Honey. Oportunamente, había pedido un vehículo que no portara el emblema familiar.

—No puedo dejarla sola, milady. ¿Cómo bajará los vestidos? Son pesados —protestó con el perro en brazos.

—No tardaré. El cochero me ayudará.

Cuando la señora Moore la vio frente a su puerta dudó durante un par de minutos.

—Mi madre lo necesita y no quiero agobiarla. Aliviaré su…

—No hago preguntas —la cortó la señora Moore—. Si las hiciera no tendría tanta clientela.

Valery contuvo un suspiro. Sabía —debido a los halagos que recibía— que su apariencia era dulce, tímida y hasta cierto punto dotada de un aura angelical.

Debía mostrar una imagen fuerte si quería que la señora Moore le pagara lo suficiente.

De lo contrario, aquella mujer la engulliría como un gato a un gorrión y saldría de allí completamente estafada.

—Treinta libras por las joyas —propuso la señora Moore.

—¿Qué? No. Cien —discutió—. Solo el broche está valorado en noventa guineas.

Es regalo de un embajador ruso. Posee zafiros auténticos y perteneció a una familia noble.

El diseño artesanal será difícil que pase desapercibido y quien lo reciba lo atesorará.

Eso sí le pediría que lo venda lejos de Londres.

A mi madre le dolería que mi padre lo descubra por accidente en las manos equivocadas durante uno de los eventos de la aristocracia.

—Tampoco deseo saber…

Su lengua la traicionaba. Si quería sobrevivir y salir victoriosa de la casa de la señora Moore debía endurecer. La mujer lucraba con la desgracia y la necesidad de discreción de las damas atormentadas por alguna penuria —como era su caso—.

—¿Cuánto ofrece por lo demás, el broche se queda conmigo?

—Setenta libras por las tres joyas, tomando en cuenta que el broche debe venderse lo más lejos posible.

—Hecho.

Sabía que el trato sería injusto de todas formas, la última vez que estuvo ahí con su madre, Helen salió blasfemando cuando se despidió con una sonrisa de la señora Moore y la había llamado «usurera» de modo despectivo.

Pero nunca delante de aquella, jamás se sabía cuándo sus servicios volverían a ser necesarios.

—Por los vestidos y demás accesorios puedo ofrecer treinta libras. También habrá que venderlos lejos de la capital, solo así se les podrá sacar una buena tajada.

—Ahórreme el exceso de información —masculló Valery y le devolvió el trato inicial con un movimiento de cabeza.

—Si tiene más joyas, milady, las recibiré, y su madre no necesita enterarse.

Valery asintió, tal vez tendría que recurrir nuevamente a ella.

Era una suerte que no acostumbraba a ponerse joyas más que en los eventos de rigor como bailes, en el teatro o cenas importantes.

Pero en esas ocasiones su madre la obligaba a portar las prendas del ducado, que se guardaban en una cámara de seguridad.

Le dio la orden al cochero de llevarla a toda prisa a la propiedad que heredó de su abuela.

Su estómago rugió delatando que aún no había probado bocado.

—¿Milady, y el desayuno en la casa de la duquesa de Norfolk? —inquirió Vivianne.

La miró inusitada. ¿Cómo le decía que no había tal desayuno?

—Después de la reunión que tendré ahora con mi amiga lady Bonnie —respondió con naturalidad.

—¿También debo permanecer en el carruaje?

—Puedes bajarte a estirar las piernas. Y así te quedarás más tranquila al saber que me reuniré con quien acabo de decirte. Sé que mi madre te interrogará, puedes decirle que visité la casa de mi abuela. Y que llevamos unos vestidos a donar para la caridad.

—Supongo que habrá que ocultar que la caridad se desvió al bolsillo de la señora Moore.

—Vivianne — la sermoneó con dulzura por su sarcasmo.

—Su excelencia, la duquesa de Richmond, también ha hecho el mismo tipo de caridad. No es la primera vez que la acompaño.

—Conviene guardar discreción. Todo lo que hago es por el bien de mi madre. Así ella se ahorra la vergüenza de visitar esa casa.

—Como diga usted, milady.

—¿Me pedirás una guinea o dos por tu silencio? —preguntó dubitativa. Todos sus esfuerzos serían en vano si su madre descubría la verdad.

—Dios me libre. No lucraré con la desgracia ajena.

Valery la miró conteniendo la sonrisa, Vivianne no se permitía semejante desparpajo delante de su madre.

—Cuidaré a Honey para que olvide lo que salió de mi boca —rectificó Vivianne a tiempo.

—Si no me ofende. No puedes estar más lejos de la realidad. Mejor acompáñame y llevemos a Honey para que se acostumbre a la propiedad. Cuando esté lista pasaremos mucho tiempo ahí.

Cuando llegaron Bonnie y los hermanos Hill ya estaban aguardando.

Se sintió terrible por hacerlos esperar; pero no tenía las manos desprovistas de fondos y era lo más importante.

Con las cien libras que había logrado reunir podría al menos contratar al afinador de piano.

Rogó para sus adentros que el instrumento no estuviera en pésimas condiciones tras el abandono que sufrió durante años.

Era un piano formidable, y no se veía tan maltratado.

Al estar frente a ellos se disculpó por la tardanza, sacó la llave de su retículo y entraron.

Dejó su capa, su sombrilla y su retículo en manos de Vivianne, que también ayudó a los hermanos Hill y a Bonnie con sus pertenencias.

—Perdonen por no ofrecerle una mejor hospitalidad. Pero aún la casa necesita arreglos. Ni siquiera tenemos personal.

—Tranquila, milady. —El señor Hill era un hombre mayor cuya voz y paciencia la hicieron frenar de los sucesos de la ajetreada mañana y respirar pausado.

—Pueden recorrer los espacios y decirme qué opinan.

Mary Hill sonreía plenamente.

—Lo haré encantada —indicó y tomó el brazo de su hermano y se adentraron, maravillados por el potencial de la propiedad.

—¿Estás bien, querida? —A Bonnie no podía engañarla. Tampoco le contaría sobre el robo del que había sido víctima o se lo comunicaría a sus demás amigas y entre todas tratarían de proveerla de lo necesario.

No podía permitirlo.

—Algo nerviosa por lo que estoy a punto de comenzar.

—Estarás bien. Tienes la casa. A veces es lo más difícil de conseguir. La ubicación es fantástica.

—Eso es un tanto a favor.

—Con tu permiso, también quiero curiosear, aunque no sea tan elegante de mi parte.

—Adelante.

Mientras Bonnie y los hermanos daban el recorrido, ella se perdió en los tonos aceitunados y ocres del papel tapiz, decidiendo que no lo quitaría. A pesar de los años continuaba impecable.

De pronto, aquella decoración se sintió tan familiar, era como haber llegado a su hogar.

—Creo que no cambiaré nada. Restauraré todo lo que pueda para ser fiel al decorado que tanto amaba mi abuela. Le dará un aire encantador. Estoy segura.

Cuando finalizó la reunión dejó una suma considerable en manos de Bonnie y la llave.

Su amiga mandaría a uno de los sirvientes de English Roses School con un carpintero para comenzar a reparar puertas y ventanas.

Y le dio otra cantidad al señor Hill para que atendieran las necesidades del piano.

Con la mente ocupada en que necesitaba un ama de llaves, volvió al carruaje y al gesto interrogante de Vivianne.

—Ahora sí iremos a la casa de la duquesa de Norfolk.

Valery aprovechó la hora que estuvo en la futura escuela de canto para enviar al cochero con una nota que había traído en su ridículo para su excelencia.

Le solicitó la posibilidad de reunirse con ella, de ser viable esa misma mañana.

Por suerte, el cochero había vuelto con una respuesta favorable y se la hizo saber discretamente, siguiendo las indicaciones de la joven.

—Qué bueno, su estómago ruge tan alto que ya todos lo escuchamos. Es una suerte que yo haya desayunado antes de subir a su habitación.

La dama la miró, sonrió y se guardó su opinión. Vivianne era suelta de lengua cuando su madre o su tía no estaban presentes. Pero le agradaba. Confiaba en que no la delataría.

Grace Howard, la duquesa de Norfolk, era toda una leyenda en la sociedad londinense.

Treinta y tantos años, unas hijastras preciosas que la adoraban y un par de gemelos hijos de su actual matrimonio.

Su historia comenzó cuando su padre —Ferdinand Peasly— la obligó a casarse con un conde que le triplicaba la edad.

Fue un matrimonio que la hizo muy infeliz y del que un día se vio libre cuando aquel hombre abandonó este mundo.

Su padre, fanático religioso y emparentado con el clero —no solo con el deán de Westminster— acostumbraba a llamarla la oveja descarriada.

Y es que Grace jamás se conformó con su destino, y su lucha la llevó a los brazos del hombre más poderoso de Inglaterra después de los miembros de la realeza: el duque de Norfolk.

Como duquesa de Norfolk floreció, brilló y se ganó palmo a palmo el respeto de la aristocracia, donde todos se conocían y sabían de qué pie cojeaban.

Fue así como Grace observó que Valery era desdichada y que le recordaba muchísimo a ella misma cuando debutó. Lo notó en un baile cuando la madre de Valery la amonestó fuertemente delante de todos, Grace ya no pudo mantenerse callada y tomó a Valery como su protegida.

Una guerra entre duquesas, donde la duquesa de Richmond sabía que debía irse con cuidado porque el esposo de Grace era el duque favorito de la reina.

Por eso cuando llegó la nota de Valery a sus manos, accedió con agrado.

Intuyó que algo había sucedido.

Grace recibió a la joven en su salón personal, con su diminuto perro dorado de pelo corto en brazos.

Escuchó el estómago de Valery rugir y su vergüenza colorear sus mejillas cuando el sonido la delató, así que pidió un servicio completo de té, con sándwiches de pepino y algunas confituras.

Los perros no tardaron en correr por los espacios, Honey llenando de mimos al perrito de la duquesa —Darcy— que no dudó en hacerse de rogar, pero que pronto se olvidó de que pertenecía a la duquesa y retozó entusiasmado siguiendo su instinto.

Después de probar los alimentos y los saludos de rigor, Grace le preguntó a Valery:

—¿Qué te trae a mi casa, querida? ¿Todo está bien?

Valery suspiró profundo. Su integridad tampoco le permitía contarle su desgracia a la duquesa.

—Su excelencia, yo…

—Querida, ya te he dicho que puedes llamarme Grace.

—Grace. —Hizo una pausa para sonreír, en su presencia se sentía tan cómoda, no como con su madre, con quien a pesar del lazo sanguíneo que las unía siempre había una rigidez ducal imposible de romper—.

He venido a ofrecer para tus hijos mis servicios como maestra de canto…

Claro, si ellos están interesados. Podría venir aquí para instruirlos.

A mi escuela le falta todavía bastante para abrir sus puertas.

Valery sabía que la duquesa no le negaría ayuda, era una forma elegante de solicitarla. Y, además, entre sus hijastras y los gemelos podría llenar un salón completo. Eran cinco niñas más dos varoncitos. —En dado caso que todos se inclinaran por aprender a cantar—.

¿Lo aprobaría el duque de Norfolk?

Grace entrecerró los ojos y observó más allá de lo que se podía ver a simple vista.

—Qué fantástica idea —contestó y después agregó—: Mis hijos se volverán locos de entusiasmo con la noticia. —Para ella todos eran sus hijos.

—¿De veras? —El rostro angelical y dulce de Valery se iluminó por completo, dejando atrás la opacidad con la que arribó esa mañana a Primrose Palace.

Las cien libras que había reunido vendiendo sus pertenencias no serían suficientes para cubrir los gastos que se le avecinaban: reparación del piano y de los detalles más urgentes de la propiedad. Trabajar era su única alternativa.

—Sí, por supuesto.

—Mi madre no lo puede saber. —Se enrojeció por completo—. Perdón, es solo que…

—Entiendo —dijo muy comprensiva—. Si estás en problemas me gustaría ayudarte.

—Hay algo más. —Exhaló con fuerza y recordando que en el pasado sufrió por lo mismo liberó su alma de uno de los pesos que la oprimían—.

Mis padres quieren casarme y si no me apuro en conseguir un candidato según sus expectativas elegirán por mí.

No puedo imaginar mi vida sumida en un matrimonio arreglado.

—Oh, por Dios. —Grace se envaró de inmediato—. Tenemos una emergencia. Hay que apurarse cuanto antes. Al menos te están dando la oportunidad de buscar un candidato. ¿Cuánto tiempo te han dado para concretar tan penosa misión?

Valery negó, nadie habló de plazos.

—Supongo que cuanto antes mejor. Necesito a la mejor casamentera de Londres, porque los requisitos de mis padres son casi absurdos. Quieren un hombre difícil de encontrar.

—No hay imposibles para lady Abbott. Le escribiré de inmediato.