Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 9
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Algo que Valery no haría era quedarse cruzada de brazos. Así que despertó temprano, incluso antes que su doncella. Cuando Vivianne apareció en sus habitaciones se sorprendió al verla ya arreglada y con Honey en brazos muy elegante con un moño azul en el cuello.

—Envuelve esos vestidos, sombreros, capas y los otros accesorios que están sobre la cama. Hazlo minuciosamente.

El perrito ladró para saludar a Vivianne y le movió la cola. La doncella lo trataba muy bien y siempre le ofrecía un premio como un cubito de queso, un trozo de zanahoria o de carne asada. En esa ocasión le traía el desayuno en su hermoso platito de porcelana.

—Son de la anterior temporada, de su debut.

Soltó al perro para que devorara los alimentos y bebiera hasta saciarse.

—Sí. Ya no los estoy usando, he decidido donarlos a la caridad.

—Pero la duquesa no ha dado la orden. —La mujer parecía reflexiva.

—Vivianne, no usaré ninguno esta temporada.

Será un despilfarro guardarlos cuando hay jóvenes en situación menos afortunada que la mía que podrían sacarle partido.

Mi madre es la primera que se horrorizaría si luciera un solo vestido o accesorio de la temporada anterior.

Necesito hacer espacio — comentó como si nada—.

Por favor, llévalos al carruaje de inmediato.

—¿Pretende salir después del desayuno?

—Antes, la duquesa de Norfolk me ha invitado a desayunar.

La doncella la miró sobresaltada. Solían informarle una noche antes de las salidas de la mañana para que preparase el atuendo de la hija del duque.

—¿Su madre la acompañará?

—No lo creo. Es algo personal entre la duquesa de Norfolk y yo. Mi madre ha decidido enemistarse con media aristocracia. Le dejaré una nota.

—¿Sucede algo, milady? —No era tonta, captó de inmediato que Valery ocultaba cierta información que a la duquesa de Richmond no le agradaría.

—Irás conmigo para que estés más tranquila. Antes pasaremos a dejar la ropa para la caridad.

—¿Yo la acompañaré? —preguntó muy preocupada. El asunto le gustaba menos cada segundo.

—Vivianne. ¿Sabes que gané un concurso dotado de una pequeña fortuna?

—No cesó de repetirlo cuando ganó, milady, y los planes que tenía con ese dinero.

—Ha desaparecido como por arte de magia de donde lo resguardaba en esta habitación.

—¿Está dudando de mí, milady? Jamás sería tan insensata.

—Así como te tengo suficiente confianza para que no formes parte de mi lista de sospechosos, es hora de que me devuelvas la fe. Debo hacer mis diligencias, y si voy sola mi madre se exaltaría todavía más. ¿Cuento contigo?

—Por supuesto, milady, pero no haga nada reprobable. No puedo arriesgar mi trabajo.

—¿Viste a alguien misterioso merodeando mis habitaciones?

—No, milady. Le diría de inmediato.

—Incluyo en la lista a mis familiares. Tal vez el ladrón no persigue hacer uso de las libras, sino más bien impedirme que utilice los fondos para mis planes.

Vivianne volvió a negar todavía más horrorizada al entender a lo que se refería lady Valery. La joven dama sospechaba que sus padres le habían cortado las alas.

Y mientras Vivianne se distraía sacando sus propias conclusiones de cada palabra escuchada y guardando con esmero cada prenda, se dirigió al cofre que descansaba sobre su tocador con algunas joyas —las que el ladrón dejó intactas—.

No podía tomar las del ducado, ni las que le habían obsequiado sus padres o su desaparición levantaría cierta suspicacia.

Eligió regalos que recibió de familiares, le dolía no usarlos para lo que fueron obsequiadas, pero no tenía más alternativa: un broche de oro con pedrería, un camafeo de plata y una pulsera de oro.

—Nos vemos en el carruaje —dijo tras meter en su retículo las joyas sin que Vivianne lo notase.

Para darle tiempo a Vivianne de terminar su cometido, tomó a Honey en brazos y se ocupó en persona de llevar discretamente la nota para su madre y dejarla a la vista en la mesa del comedor. Guardó en su ridículo otra misiva que planeaba enviar más tarde.

Para ambas usó el papel de carta con su sello y su nombre, comprado en la Casa de Correspondencia de su amiga Charlotte.

El olor era insuperable, Charlotte había logrado captar el mismo aroma que usaba Valery de forma discreta.

La fragancia menos escandalosa de una perfumería francesa que llevaba años en Bond Street y que se ubicaba justo al lado del atelier de su modista.

Un lacayo la vio y se quedó petrificado, se suponía que sus señorías no bajarían hasta una hora más tarde. Ella negó para no distraerlo y con su dedo sobre los labios le indicó guardar silencio.

Pero Honey ladró con entusiasmo en dirección del lacayo. Parecía que toda criatura viviente le simpatizaba.

—Es una sorpresa para mi madre. La alegrará. No la arruine —dijo con complicidad mirando al hombre, mientras apuraba a su mascota para que dejara de hacer ruido.

El sirviente asintió confundido, pero obedeció.

Valery no estaba acostumbrada a mentir, pero tuvo que armarse de valor o terminaría supeditada a los caprichos y las imposiciones de sus padres y su tía.

Sin más, confiando en que el lacayo no se atrevería a leer la nota, quiso aprovechar la quietud de la mañana para investigar hacia el ala oeste de dónde había provenido la música que escuchó la noche anterior.

Aunque su tía le flanqueó el paso, y afirmó con una calma absoluta que ella no oía nada, Valery sabía lo que había oído. No se quedaría con la duda.

—Honey, no me falles. Iremos muy callados los dos —le susurró tras depositarle un tierno beso sobre la cabecita dorada.

Se escabulló por los pasillos, subió escalones y en silencio llegó al mismo punto donde su tía le salió al paso.

Honey solo la miraba con sus enormes ojos negros como botones, en total complicidad. Comprendió que estaban en una misión.

Trató de recordar de donde provenía la música e intentó orientarse.

Sus pasos la llevaron a un área de la casa que nadie visitaba.

Incluso los criados solo se acercaban para hacer el aseo.

Hacía rato que Richmond House no daba grandes fiestas o alojaba a un número extenso de invitados como para requerir esas habitaciones.

La primera puerta estaba cerrada, intentó abrir y el pomo cedió, así que empujó para ver su interior.

Se quedó absorta… En un rincón había un antiguo pianoforte que parecía haber tenido sus mejores días hacía muchos ayeres.

Papel tapiz en tonos dorados, aceitunados y otoñales vestían las paredes… Y sí alguien olvidó cerrar las ventanas de cristal, y el viento había hecho un estropicio. Las blancas cortinas que tuvieron tiempos mejores se mecían suavemente con la brisa matinal…

Un recuerdo la recorrió de golpe, el papel tapiz, las molduras, lucían exactamente igual que la casa que había heredado de su abuela.

¿Sería este el sitio donde vivió sus últimos días cuando ya no pudo permanecer sola en su propiedad? ¿O sentía tanta fascinación por la decoración que mandó a adornar todo de modo idéntico?

Los recuerdos llegaron a ella, antiguos…

Sí, su abuela había vivido allí durante algunos años.

Seguro quiso traerse un trozo de su hogar.

Pero, ¿por qué su abuela poseía una propiedad que le resultaba tan entrañable como para replicarla en aquella habitación si fue la vizcondesa Sable?

¿Cuándo abandonó su hogar en la mansión que había heredado Errol?

Quizás al morir el abuelo, ella tuvo que salir de Sable House y recluirse en la propiedad que después le dejó a Valery.

El destino de las damas de sociedad no era tan sofisticado como parecía.

Solo tenían poder mientras su marido vivía.

Cerró las ventanas para impedir que volvieran a azotarse y caminó hacia el pianoforte. Era hermoso y debió pertenecer a su abuela.

¿Viviría su fantasma todavía aquí?

Cerró los ojos y escuchó su voz cantándole una nana.

¿Por qué su madre nunca la obsequió con una canción de cuna? ¿Más si todos afirmaban que la voz de Valery era una copia fiel de la de su madre?

¿Helen habría heredado su talento de su progenitora?

Había partituras empolvadas… Sin embargo, parecía que alguien había pasado sus páginas recientemente. Revisó las letras de las piezas, con la melodía de la noche anterior en la cabeza, pero no la encontró en ninguna.

Desperdigados por el suelo también halló libros, mapas celestes, hojas con fórmulas escritas, hermosos y cuidados dibujos…

Estos últimos no lucían empolvados como las partituras. No parecían tener mucho tiempo allí. Alzó los dibujos para acomodarlos y la sangre que recorría sus venas se heló de golpe…

Era ella… Valery… Su retrato.

Sintió un escalofrío.

Los fantasmas no dibujaban a los vivos.

La pose que llevaba en el dibujo lucía exactamente igual que la de un cuadro, donde la retrataron justo antes de su presentación social y del que se reprodujeron postales que enviaron a familiares.

Exhaló relajándose. Tal vez fue un bosquejo que usó el pintor previo a realizar el cuadro, y alguien lo dejó ahí olvidado.

Salió de allí antes de que se le hiciera tarde. Estaba alimentando demasiado su imaginación.

Tras cerrar la puerta al salir, otro recuerdo llegó sin esfuerzo… Su abuela había usado la habitación contigua para dormir, y la del papel tapiz aceitunado para su salón de esparcimiento, en una ocasión que se hospedó con ellos.

Pasó tanto tiempo que lo había olvidado.

¿Seguiría intacta? Con los muebles que su abuela utilizó.

¿Habrían cerrado aquella ala de la casa porque era doloroso para su madre recordar a la suya?

Pero cuando intentó abrir el pomo de la puerta no cedió. Estaba cerrada con llave. Forcejeó un rato y, de pronto, percibió un ruido, como si alguien se hubiese pegado a la madera para escuchar lo que provenía de afuera.

Honey que ya había sido todo contención y buen comportamiento irguió más las orejas y ladró.

Valery casi dio un brinco, pero después se repitió que los fantasmas no existían y que podría ser un visitante. Llegó a esa conclusión, sobre todo, porque Honey se puso tan intranquilo que tuvo que soltarlo para que olfateara a sus anchas por el filo de debajo de la puerta.

—¿También sientes a alguien? —le preguntó al diminuto can.

Y aquel ladró por respuesta afirmativa, agitando frenéticamente su cola.

No se lo imaginó, Honey también lo escuchó y podía olerlo.

Arrugó la nariz molesta por sus intentos infructuosos de descubrir quien se ocultaba en aquella habitación que no se usó durante años. Al parecer Richmond House tenía secretos, como la mayoría de las antiguas mansiones de Londres.

Reflexionó sobre la identidad de quien se escondía deliberadamente de ella.

Había visto a su tía afuera del ala oeste la noche anterior.

¿Se habría cambiado Gertrude a aquella habitación? ¿O acostumbraba a visitar por nostalgia los aposentos de su madre?

También cabía la posibilidad menos enigmática, que Errol estuviese hospedado, en lo que su propiedad estaba lista para recibirlo —si era el caso—.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó Valery por instinto.

Escuchó a una persona respirar del otro lado y Honey quedó más intranquilo.

—Abra, por favor. ¿Quién está ahí?

Silencio absoluto.

Apretó los puños llena de contrariedad, pero no podía hacer más escándalo o despertaría a toda la casa y no convenía a sus planes.

Vivianne ya debía estar en el carruaje, había perdido más tiempo del que había creído.

Levantó a Honey, dispuesta a salir.

Tuvo que renunciar a descubrir quién era el huésped misterioso.

Por el momento…