Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 8 #2
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Oh, esa última frase. Había perdido la cuenta de las veces que había escuchado a su tía susurrársela a su madre.

Inteligente, aparentemente refinada, venenosa de manera sutil.

Valery había presenciado cuando desató su lengua para hacer llorar a varias alumnas en el internado, sobre todo a Florence, quien no sabía defenderse.

Pero aquella osadía le había costado caro, porque el duque de Hayden —quien tenía una inquina personal contra la señora Sable le había dado un ultimátum, refundirse en el campo—. Sin embargo, alegando la supuesta enfermedad incapacitante Gertrude volvió a Londres.

El duque lo dejó pasar porque suponía lo que toda la buena sociedad londinense, que permanecía en cama tratando de recuperarse de un misterioso mal.

—Tal vez era el viento. No obstante, iré por mi cuenta a investigar si alguna ventana se ha quedado abierta. No queremos que se azote sin control y termine rota.

—Para eso hay sirvientes. Vuelve a tu cama. Si fueras tan obstinada también para encontrar esposo ya estarías casada. ¿Te ha comunicado tu padre la urgencia de que busques un candidato digno?

—Lo hizo. —Fue cauta. Pero sus ojos seguían esculcando hacia el ala oeste.

—¿Qué harás?

¿Acaso ella trataba de distraerla del huésped misterioso? Si resultaba que quien tocaba con tal destreza era Errol se sorprendería. No parecía ser un apasionado de ningún arte.

Pero le habían comunicado que aquel se quedaría en la casa que le correspondía como vizconde Sable.

—Solo se me ocurre consultar a una casamentera —dijo como si nada para ganar tiempo—. Tal vez recurra a lady Abbott.

El corazón le dio un vuelco. Alguna vez el doctor Raleigh le había contado muy divertido de cómo se las arreglaba para burlar los intentos de su tía de conducirlo al matrimonio.

¿Y si en la lista de requisitos describía a un hombre tan parecido al doctor Raleigh? Tal vez indirectamente lady Abbott creyera «por sí misma» que era una idea excelente empatar a Valery con su sobrino.

¿La vería lady Abbott como una posible candidata para el médico?

¿Se volverían aliadas?

Valery no se había planteado casarse como algo inmediato. Pero con la urgencia llamando a su puerta, el único hombre que conocía que le parecía atractivo era Edward Raleigh.

No tenía título, pero estaba emparentado con la nobleza.

Y tenía una reputación impecable hasta que decidió golpear a Errol, aunque ella seguía creyendo que debía escuchar su versión antes de juzgarlo.

—Decidido. Consultaré a lady Abbott —reafirmó con seguridad.

—¡Por supuesto que no! Lady Abbott es la peor casamentera a la que podrías recurrir.

Sus conexiones pueden tener alto estatus, pero también dejan mucho que desear.

Ella alterna con el lado más liberal de la aristocracia.

No sé cómo la invitaron al Comité de Damas —dijo para referirse al grupo formado por sus dos hermanas, lady Abbott y otras damas que patrocinaban la entrada de señoritas sin recursos a English Roses School.

—¿Quién sabe qué sucederá con ese comité ahora que la nueva condesa de Cumberland es mi querida amiga Charlotte?

El actual conde de Cumberland y esposo de Charlotte —Frederick Banes-Ashworth—, armó gran revuelo al tomar posesión del título. Echó al campo a la condesa viuda de Cumberland, quien no solo era miembro importante del Comité de Damas, sino también hermana de Helen y Gertrude.

Ninguna de estas dos últimas le perdonaban tal ofensa.

—¿Has escuchado algo? —preguntó temerosa. A su tía le interesaba todo lo que tenía que ver con aquellas damas y el control que ejercían sobre el internado. En esos salones se formaban las futuras esposas de grandes lores.

—No, pero con Charlotte a cargo del Premio Cumberland, ¿para qué necesitaremos al antiguo Comité de Damas? El nuevo Comité Rosas Inglesas desplazará al antiguo grupo. Es inevitable. El progreso se impone.

—¡Qué desfachatez! Como si fuesen descartables. No deberías permitirlo.

—No tengo injerencia en ese asunto, tía.

—Pero eres miembro del Comité Rosas Inglesas, Valery.

—Tía, solo cuando a usted le conviene no está mal que haya decidido unirme a las Rosas Inglesas.

La señora Sable elevó su nariz lo más que pudo y no insistió, no quería humillarse más, menos frente a su sobrina.

—Solo espero que no olvides todo lo que he hecho por ti.

—No, tía. —Ella no lo haría. Agradecía las cosas buenas que Gertrude le brindó, era consciente de que la quería mucho, pero ya no iba a bajar la cabeza ante la manipulación sin precedentes.

—Sabes quién sería un estupendo candidato para esposo, Errol. Es ahijado de tus padres, abogado eclesiástico, con excelentes modales. Es respetable, influyente, tiene el título de nuestra familia. Si Errol y tú se casaran, la sangre Sable y la Belcher quedarían unidas de nuevo.

—Esa ya es la sangre que corre por mis venas, no necesito a lord Sable para que se haga realidad.

—No me refiero a eso, Valery. Tienes que aprender a ver más allá.

¿Le estaba diciendo que era corta de miras?

—¿Se refiere a los títulos?

La tía asintió.

—Tu hijo sería el siguiente duque de Richmond y también vizconde Sable. Es glorioso.

—Depende de qué define usted como glorioso. Para mí sería un desastre porque jamás me vería como la esposa de lord Sable.

—¿Cómo no puedes verlo atractivo? Es bien parecido.

Sabe moverse entre aristócratas y entiende de leyes.

Y por el trabajo que desempeñó antes de heredar el título, conoce secretos familiares de personas influyentes.

El deán de Westminster come de la palma de su mano.

Y el arzobispo de Canterbury lo aprecia.

Tiene conexiones con la realeza y la iglesia.

Puede influir moralmente. Sería, sin dudas, escuchado.

Con un candidato así, la Corona no pondría objeciones a las peticiones de tu padre.

—Por favor, tía, no alimente con esa idea a mi padre.

Valery palideció mientras lo decía. Su padre escucharía a la señora Sable.

Para desgracia de la joven, el primo no solo era un probable pretendiente viable, sino que parecía como caído del cielo.

Era el hombre por quién su padre clamaba y lo tenía delante de sus ojos.

Era el caballero «destinado» para preservar el título de Richmond y eso lo volvía muy peligroso para ella.

¿Cómo tantos requisitos se habían conjuntado en él?

Cuando Errol ingresó a Oxford era improbable que el vizconde anterior muriese sin descendencia.

Cuando egresó como abogado y eligió trabajar para la iglesia, Errol no sabía que su padrino llevaba años de negociaciones con la Corona para conservar —a través del primogénito de Valery— el título de Richmond.

Todo coincidió de repente, murió el anterior vizconde Sable sin siquiera casarse —otro primo—, y Richmond reveló sus planes para el ducado.

El aludido hizo acto de presencia como si supiera que estaban hablando de él.

—¿Qué hacen las dos aquí a altas horas de la noche?

La voz del duque, a espaldas de Valery, la hizo voltear de golpe.

—No sabía que estabas ahí, cuñado. —Trató de escudarse Sable.

—No eres la única que ha pensado en Errol —apuntó el duque extendiendo la mano para que su hija se acercara—.

Solo que no quería forzar la situación. Si Valery encuentra a un caballero que supere a Errol estoy dispuesto a considerarlo.

Aunque nos haría felices si voluntariamente lo eliges, hija.

Por eso lo hemos estado invitando a cenar.

No solo porque lo apreciamos. Pensé que si pasaban más tiempo juntos, tal vez descubrían que podían tener cierta afinidad.

Valery eligió mantenerse callada. Su mente trabajaba a marcha forzada. No sabía qué era verdadero de lo que aquellos decían, o qué era parte del intento por manipularla. Era agotador ser miembro de su familia.

—Errol es ideal para tus planes, cuñado —reforzó Gertrude, ya sin importarle que Valery la escuchara—.  Estoy segura de que Helen apoyará la idea. Errol es de casa. Quedarás en las mejores manos, pequeña.

—No hay nada decidido. —El duque fue tajante, pero Valery no se permitió experimentar alivio.

Tal vez solo era un plan entre los dos, para hacerle sentir que no era una imposición—.

Lo pensaré. Hija, aún puedes solucionar el problema que nos aqueja sin necesidad de conformarte con el candidato que la familia elija para ti.

—Ambos hablan como si lord Sable no tuviera opinión. —Por fin Valery compartió lo que pensaba—. ¿Acaso cree que él no pondrá objeciones? Tal vez ya se encuentre comprometido o esté enamorado de otra dama.

Su padre la estudió y aguardó en silencio. Su tía que al parecer ya la veía comprometida con Errol, intervino:

—Para Errol lo primero es el deber con la familia.

—¿Y creen que yo sería feliz con un hombre que me elija por deber? —Valery negó sin que sus aseveraciones la hicieran siquiera considerar a Errol.

—Querida, solo un ciego no vería lo hermosa que eres. —Su padre siempre hablaba de su belleza como algo garantizado, que sería útil para encontrarle marido—. Lo he visto cómo te mira, con cierto respeto, pero dudo que te rechace.

Valery negó ante las insinuaciones de aquellos dos. Lo que le faltaba, que se pusieran de acuerdo.