8
Por suerte la cena terminó y Valery pudo regresar a su habitación. Suspiró agotada. Había sido un incordio, pero útil. Pudo enterarse de la disputa entre Errol y el doctor Raleigh, lo que la llenaba de intriga. Edward no le parecía el tipo de persona que respondía con agresividad sin motivo.
Al contrario, era un hombre que daba la impresión de ser reflexivo.
Algo que aún no conocía debió provocarlo hasta que no encontrara otra forma de descargar su frustración.
Por otro lado, lo que se contó después sobre el galeno la intrigó todavía más.
¿Qué había de cierto en lo que se había especulado durante la cena?
Y después estaba el intento de Errol de salvarla frente al juicio del deán. Ella no quería ser salvada de esa manera, anulando sus aspiraciones.
Valery tenía un sueño y quería gritarlo a viva voz, no que se disimulara para volverlo más aceptable ante los ojos del deán de Westminster.
Sabía por qué la opinión del religioso le importaba tanto a su padre.
Un duque no tenía por qué rendir pleitesías ante aquel prelado.
Pero aquel hombre influía sobre dignatarios de la iglesia de más jerarquía y miembros de la realeza. En Westminster se coronaban a los reyes.
Como fuere, nada iba a detenerla, ni los deseos de sus padres.
A la mañana siguiente, tenía la cita con los hermanos Hill y con su amiga Bonnie.
Había logrado posponerla. Recordó el sobre que le entregó Bonnie la última vez que se vieron.
Con sumo cuidado cerró con llave la puerta tras de sí y se dirigió al compartimento oculto de su secreter donde lo había guardado con recelo.
Destinaría una parte para el mantenimiento de un piano viejo que había en la propiedad. Le encargaría al señor Hill citar a un afinador. Serviría para comenzar. Ella misma había probado el instrumento, funcionaba, solo necesitaba ajustes menores.
La emoción la recorría entera. Su sueño, al fin, empezaba a tomar forma.
Abrió el compartimento y metió la mano para buscar el sobre de piel confeccionado por Bonnie. Era grande. Por eso, al no hacer contacto con el cuero nada más que introdujo la mano, se sintió contrariada.
Se inclinó, miró en el interior y rebuscó metiendo la mano hasta el fondo.
Estaba vacío.
Abrió los demás cajones, puertecitas y compartimentos escondidos, muy desesperada.
El corazón bombeaba sangre frenética en todas direcciones.
Después sintió que su exaltación se convirtió en languidez… Comenzó a sentirse débil… Como si la desesperanza y la oscuridad se apoderasen de cada recóndito lugar de su cuerpo.
Qué casualidad que mientras planeaba levantar la escuela de canto para niños —sobre la que se debatió esa misma noche— el dinero del premio que celosamente guardaba había desaparecido.
No solo era dinero: era la destrucción de su sueño.
La obligaría a depender de otros, a retrasar los planes de abrir la escuela.
Entrecerró los ojos. No había otra explicación plausible. Alguien dentro de la propiedad estaba dispuesto a destruir sus anhelos antes de permitirle vivir con libertad.
Se arrepintió de habérselo pedido de vuelta a Bonnie. Debió continuar bajo su resguardo. Cuando le pidió a su amiga que se lo ocultara lo hizo con el temor de que sus padres lo desaparecieran.
Su madre era capaz de hacerlo con tal de que no abriera la escuela. Su tía la apoyaría «por el bien de la familia».
¿Habrían tomado la decisión juntas o separadas?
Incluso sospechó de Errol. Pero, ¿cómo él entraría a sus habitaciones sin que nadie lo notase?
Su padre era de los que no se escondía para semejantes actos. Se lo habría pedido de frente y si ella se negaba, hubiese mandado a un sirviente a revisar hasta encontrarlo y depositarlo en su mano.
No lo pensó dos veces y acudió a los aposentos de su madre, la habitación de su padre quedaba aledaña, así que llamó a su puerta también.
—No está —les dijo y ellos la miraron sin entender a qué se refería.
—¿Qué no encuentras? —inquirió la duquesa.
—El dinero del premio.
La madre se llevó una mano a la frente y el padre negó.
—¿Estaba bajo llave? —preguntó él.
—No era necesario. Nadie más que yo sabía dónde se encontraba.
—Hija mía. Tenemos muchos sirvientes. A tu padre jamás se le ocurriría dejar semejante cantidad de dinero sin guardarlo en una caja fuerte o en un arcón con llave o candado.
Valery se dio cuenta de que seguir preguntándoles era inútil.
Sus padres habían pasado por dificultades financieras en el último año, tras un enfrentamiento de su padre con el poderoso duque de Hayden. Aquel era conocido por ser implacable con sus enemigos y su padre se creía intocable. Pero su prepotencia y osadía fue castigada por su par.
No obstante, sus padres no utilizarían sus fondos para sus asuntos. Estaba segura.
Lo que sí podrían hacer era esconder ese dinero para negarle la posibilidad de conseguir sus propósitos.
Él se lo había advertido.
La dueña de una escuela con deseos de independizarse no encajaba con la digna hija de un duque designada para perpetuar el linaje.
No aguantó más y lo dijo en voz alta:
—¡Padre, nunca me dejará ser otra cosa que un recipiente!
—¡Valery! —El duque jamás gritaba a una mujer. Pero no permitió que su hija le alzara la voz.
—No es mentira lo que digo. Mis deseos, mis sueños, no son valiosos para usted. Y, madre, usted me odia. Acéptelo. A él no le importa lo que siento o lo que sufro. Usted, en cambio, me detesta.
—¿Cómo voy a odiarte, ingrata? Eres mi hija. Yo te traje al mundo.
—Sacrificó sus sueños por convertirse en duquesa. Ahora odia que yo vaya tras los míos. ¿Hasta qué generación continuaremos siendo infelices para perpetuar el linaje?
La duquesa se sintió impactada. Muchas veces había sentido ofuscación por la rebeldía de su hija; pero ¿odiarla?
¿Castigaba a su hija por la frustración de todo lo que tuvo que enterrar en sí misma?
Jamás lo aceptaría. A la primera que le reclamaría sería a su hermana, se suponía que Gertrude cuidara de Valery en el internado.
—Son esas damas del Comité Rosas Inglesas. —Helen buscó culpables—. Ellas te han cambiado, Valery. Jamás tuviste tantas ideas díscolas. ¿Independizarte? ¿Cantar? ¿Valerte por ti misma?
—Soy su hija. Pero no soy el hijo varón que esperaba. Me desprecia porque heredaré indirectamente algo que debía fortalecer el linaje de la mano de un hombre, no de una mujer. No me quiere porque renunció a sus sueños y ahora le duele que yo sí me haya atrevido a cantar, a luchar por los míos.
—Valery, a tu cuarto ahora —sentenció el padre—. Reflexiona sobre tus palabras hirientes. Nos has clavado un puñal en nuestros corazones.
—¿Y las palabras hirientes de cada uno que yo tengo que soportar?
El duque zanjó la discusión:
—Somos tus padres. Solo queremos lo mejor para ti. Y lo mejor es que pienses seriamente en el matrimonio. O te preocupas de encontrar un candidato digno que sirva a nuestros propósitos o nosotros decidiremos por ti. Sabes todo lo que está en juego con tu matrimonio.
Con el dolor lacerándola por dentro se encaminó a sus habitaciones, pero con el deseo latente de escapar de aquella cárcel. Y, de pronto, una melodía que jamás había oído comenzó a escucharse.
Era un piano.
Pero la persona que tocaba… ¿Cómo sus dedos podrían volar por aquellas teclas de esa manera tan poco terrenal?
La melodía le llenó el alma… Era una respuesta a su angustia. Parecía perseguir la finalidad de serenarla. Imperfecta, obsesiva, hermosa, repetitiva.
¿Quién tocaba de esa manera en Richmond House?
La más virtuosa en el piano era su madre; sin embargo, ella llevaba años lejos de cualquier manifestación de la música. Su tía no lo hacía mal, pero jamás la había escuchado interpretar una melodía con ese nivel de ejecución.
Se dejó guiar por el sonido. Se secó las lágrimas de golpe y la necesidad de encontrar de dónde provenía la dominó por completo.
Dejó de caminar y comenzó a correr.
El silencio de la noche hacía posible que pudiese escuchar mejor. Siguió las notas desperdigadas por el aire hasta el ala oeste, donde solían hospedar a los invitados.
¿Un huésped misterioso?
A medio camino, antes de entrar al ala oeste su tía le salió al paso… Y se quedó sorprendida al verla allí. La señora Sable iba envuelta en una bata de seda que le cubría más allá de los tobillos, y Valery continuaba con el atuendo que había usado para la cena.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó la tía.
—¿Quién toca?
—No oigo nada.
En ese instante la última nota llegó a su fin en un glorioso final y su tía suspiró aliviada.
—¿No escucha algo?
Su tía de unos cuarenta y siete años lucía elegante hasta preparada para dormir.
—No —reafirmó.
Valery entrecerró los ojos. ¿Cuánto había tenido de aquello? Los tres años que Valery estudió en English Roses School la tuvo como su sombra y carcelera. Gertrude la «protegió» tanto que sabía lo que era vivir con la libertad realmente amenazada.
Casi todas las demás estudiantes —salvo Florence Fairbairn, actualmente Florence MacAlister por matrimonio—despreciaban a Valery.
Su tía lastimaba a las alumnas para favorecer a Valery.
De ahí el resentimiento. Esa fue una de las razones por las que Gertrude no acabó bien en English Roses School, porque con la que más se ensañó terminó convirtiéndose en la esposa del dueño de la escuela, el duque de Hayden.
Por fortuna, Florence era apreciada por muchas de las señoritas. Y les insistió a las otras sobre el buen corazón de Valery.
Cuando la conocieron fue aceptada y querida por el Comité de Rosas Inglesas. Bonnie y Florence pertenecían a dicho grupo, junto a Ettie, Charlotte y la cuñada de esta última: Emily.
Por todo lo anterior, su tía Gertrude no engañaba a Valery. Como antigua maestra de una de las escuelas más prestigiosas de Londres entendía perfectamente de las reglas sociales, sabía cómo manipular reputaciones, y había sobrevivido gracias a ello.
—Te felicito, Valery, te comportaste a la altura de la familia durante la cena. Hiciste muy bien en callar cuando Errol, como un caballero salvó tu reputación. Las jóvenes demasiado libres terminan arruinadas.