7
Esa noche en Allard House la residencia de Londres del conde de Allard en Berkeley, la enorme mesa del comedor estaba llena.
Para los hijos de los dos matrimonios habían puesto una mesa más pequeña donde los numerosos niños comían y jugaban. Era una progenie muy vasta.
Los condes de Allard habían tenido tres hijos. La condesa, Elizabeth, trataba de llamar a las criaturas al orden con una voz dulce, llena de amor. Su esposo la miraba tan enamorado como cuando se casaron.
La otra hermana de Edward, Isabelle Everstone, vizcondesa Sadice, de veintinueve años, coqueteaba con su rubio esposo, Kilian, de treinta y cinco, dejando el cuidado de sus criaturas a las niñeras.
El matrimonio no solo tenía hijos en común, cuando la pareja se casó ya él tenía tres pequeñas, dos eran gemelas. Belle consideraba a todos como propios.
Junto a Edward estaba sentada su madre Agatha, y del otro la tía de Elizabeth —lady Abbott—, quien había terminado convirtiéndose en la tía de todos.
Eran una familia muy unida, Evander y Kilian, se apreciaban como hermanos, al igual que Isabelle y Elizabeth.
Para Agatha saber que sus hijos mayores ya estaban casados y con descendencia la llenaba de tranquilidad. Pero, su debilidad siempre había sido Edward, su niño prodigio. Ahora un hombre hecho y derecho.
Cuando perdió a su esposo, Evander asumió el rol de cabeza de familia, mucho antes de convertirse en conde, título que heredó de un primo lejano.
Lady Abbott compartía la preocupación de Agatha. Edward ya tenía la edad necesaria para pensar en también tener su propia familia.
La conversación en la mesa había fluido sin inconvenientes hasta que lady Abbott sacó a colación algo que crispó los nervios de Agatha.
—Edward, ¿por qué te lanzaste contra ese remero? Tu reputación era impecable. ¿Qué necesidad tenías de arruinarla por completo?
—¿Usted cree que sea tan grave, lady Abbott? —preguntó Agatha al borde del soponcio.
—Sobrevivirá. —Isabelle salió en defensa de su hermano menor.
Evander enarcó una ceja, pero decidió no intervenir.
—¿Qué opina, lord Sadice? —Agatha le preguntó a su yerno, intuyendo que su hijo mayor prefería no tener que opinar.
—No estuve allí, suegra querida. —Kilian salió por la tangente.
Kilian se puso de pie, y cojeando —debido a una lesión antigua que tenía en la rodilla— se dirigió a la mesa de los niños para calmar los ánimos de sus hijos más pequeños.
—Lo hecho, hecho está. Respaldaremos a Edward como familia —sentenció Elizabeth y Evander apoyó con el gesto a su condesa—. Edward jamás ha tenido un comportamiento violento. Sus impecables modales lo preceden. Seguramente, hubo razones que desconocemos.
—Hablaré solo una vez al respecto. —Edward se dignó a abrir la boca, aunque hubiese preferido no ser increpado sobre lo ocurrido—.
No estoy orgulloso de mi nula contención.
Pero lord Sable me ha fastidiado desde hace cinco años en cada competencia.
Solo que ese hombre es un perfecto descarado que oculta sus verdaderas intenciones en una máscara de propiedad.
Estoy convencido de que algo le hizo al carro de mi asiento, mas no tengo pruebas.
Me dijo antes de la competencia que me aferrara bien a mi puesto y, además, estaba en nuestra área de la competición cuando debía estar en el suyo.
—Maldito sinvergüenza —masculló su cuñado.
—Callen ya los dos. Los niños no deben escuchar esas palabras altisonantes —se quejó Agatha.
—Usted quería razones, madre, y él se las dio —porfió Evander sin entenderla—.
Oso habló con los jueces. Fue persuasivo.
Edward no será sancionado y podrá competir el siguiente año.
Ya no hay formas de probar lo que hizo lord Sable; sin embargo, mi hermano tiene mi venia para retorcerle el cuello al susodicho si vuelve a entrometerse en su camino.
Es más, felicito su iniciativa de poner en su lugar a Sable por osar pasarse de listo con un Raleigh.
—Suegra, también exhorto a Edward a darle su merecido a lord Sable si se atreve a agredirlo de nuevo —insistió Kilian.
—¿Podemos volver a cenar en paz? —pidió Agatha.
—Oh, querida Agatha, lamento crispar sus nervios. Pero Edward es escurridizo y hay algo más que se murmura que podría traer consecuencias a su elegibilidad para el matrimonio —insistió lady Abbott.
—De todos modos, no quiero casarme —les recordó Edward, pero las damas de más edad decidieron no escucharlo.
—Hable de una vez, querida Abbott, mis nervios aguantan —suplicó Agatha y después continuó exaltando a su hijo que se negaba a aceptar los elogios desmedidos de su progenitora—.
Ya todos sabemos que mi adorado Ed es educado, respetable, brillante y perfectamente elegible. ¿Qué podría ponerlo en riesgo?
La llamaban lady Abbott o Abbott, a pesar de que todos sabían que se llamaba Georgiana. Pero su título de cortesía le precedía, y sus allegados se negaban a referirse a ella de otra forma. Era lady Abbott, Abbott o tía en esa casa, y nada más.
—Precisamente esas cualidades son las que hacen más doloroso el posible rechazo. Es elegible en papel… Hermano de un conde, médico prominente, pero…
—Por favor, me tiene en ascuas, Abbott. ¿Cuál es el pero que ha escuchado que se rumorea de mi hijo?
—El problema es su manera de pensar.
—¿Y qué tiene su manera de pensar?
Edward contemplaba a las dos mujeres con una tierna sonrisa, lo que para ellas era trágico, para él carecía de importancia. Los hermanos y cuñados también se habían convertido en espectadores mudos de lo que acontecía.
—Su manera de pensar lo vuelve peligrosamente moderno.
Podría incomodar a miembros selectos de la sociedad —puntualizó lady Abbott como si lo que decía fuera escandaloso—.
Sus cursos en Francia, en Viena, su acercamiento a ciertos médicos y campus de estudios.
Se dice que Edward dejará su brillante carrera de cirujano para convertirse en un alienista.
—¿Eres un alienista, Edward? —La madre le preguntó de manera directa.
—Pretendo ir más allá —respondió al ser confrontado. Hubiese querido esperar, pero no era de los que mentían—. Y sí, trabajaré en Bethlem Royal Hospital.
—¿Te refieres más concretamente a Bedlam? —La madre puso cara de espanto.
Edward asintió, aunque no estaba de acuerdo en llamarlo de la forma en que se conocía popularmente.
—¿De qué se trata esto, Edward? Hasta donde tengo conocimiento los médicos que trabajan en Bethlem deben residir en el asilo. ¿Qué harás con tu casa, tu consultorio, tu vida? —lo cuestionó Evander, quien siempre lo había apoyado, pero entendía los temores de su madre y lady Abbott.
—Me dará un soponcio. ¿Vas a vivir dentro de un manicomio? —Agatha abrió los ojos desorbitada y se palpó la sien buscando síntomas de un inminente vahído.
—Hay apartamentos para el personal. Solo acudiría de madrugada con los pacientes si alguno tiene un brote o episodio agudo.
—Me desmayo, ahora sí me desmayo —insistió Agatha, pero los comensales estaban más interesados en la noticia de Edward que en la posibilidad de que se desvaneciera.
—Explícate mejor, hermano. —Evander sabía que Edward no tomaba decisiones a la ligera. Lo estudió reflexivo.
—Más joven, en el primer año de mi carrera visité Bethlem Royal Hospital y quedé traumatizado. Me golpeó lo que vi: pacientes encadenados, aislamiento, humillaciones, tratamientos crueles, exhibición pública de enfermos.
—Ay, hijo mío, ¿es necesario ser tan específico? A quienes vas a traumatizar es a tus sobrinos. ¿Qué necesidad de que escuchen de las penurias de la vida a tan corta edad?
—Lo siento —dijo en dirección de sus hermanos—. ¿Es tan difícil comprender que mientras otros médicos buscan prestigio yo solo deseo reformar el sistema para los que sufren?
—Eso no te convierte en socialmente incómodo —Evander citó a lady Abbott, quien bajó los ojos al ser aludida.
—No, sobrino. Eso te convierte en compasivo, pero difícil de entender para la sociedad. Creo que debiste nacer varios años después. Nuestro mundo no está preparado para tus ideas —le concedió con cariño.
—Hijo mío, eres brillante, pero serás muy incomprendido. Además de vivir emocional y físicamente agotado. ¿Desde cuándo no duermes ocho horas seguidas? Estoy segura de que de aquí saldrás directo al St Thomas para atender alguna emergencia.
Agatha suspiró sin poder terminar de aceptar las aspiraciones que su hijo acababa de revelar a su familia, pero profundamente conmovida por los sentimientos tan nobles que albergaba en su corazón.
—No iré esta noche al hospital St Thomas.
—¿No? —Agatha no entendía. En cualquier otro momento aquello le habría encantado, pero ahora le causaba zozobra.
—¿Por qué no? Ha sido tu vida desde hace tiempo.
—Otro está de guardia. Pronto iniciaré en Bethlem.
—¡Las sales! ¡Alguien traiga las sales!
Agatha lanzó un alarido y casi cae desvanecida sobre el respaldo de su silla. Dos de los niños más pequeños comenzaron a llorar y las niñeras corrieron a calmarlos.
—Madre, no puedo entender la mente humana si no trabajo con quienes sufren de sus dificultades.
—¿Estás seguro, hermano? No habrá vuelta atrás. —El tono de Evander era firme, lo apoyaba, pero sin valorar los inconvenientes de su elección.
Edward asintió, se sentía liberado por revelarle a su familia la decisión tan importante que había tomado. Llevaba años formándose con los más adelantados en ese campo, pero necesitaba hacer sus propios estudios e investigaciones. Tenía muchas teorías que deseaba confirmar.
—Vean el lado positivo, cuando la noticia se extienda por todo Londres, las damas casaderas huirán de Edward como de la peste —bromeó su cuñado alzándose de hombros.
—Kilian, no es momento para bromear. —Isabelle amonestó a su esposo por expresarse así de su hermano menor.
—¿Qué he dicho tan cuestionable? —replicó Kilian—. Edward ha repetido hasta el cansancio que no quiere casarse. Como nuevo médico de Bedlam, ni lady Abbott con sus artes de bruja casamentera le conseguirá una señorita interesada.
—Lord Sadice, solo yo misma puedo autoproclamarme bruja. No sea tan desfachatado. —Lady Abbott regañó a Kilian con los ojos entrecerrados, pero ella se había referido a sus dones para concertar matrimonios como los de una bruja.
—¿Entonces serás el nuevo alienista de Bedlam? —Agatha no daba crédito a lo que escuchaba. Creía que aquello era una pesadilla de la que despertaría de un momento a otro.
—Madre, la decisión está tomada. Tendré un puesto en Bethlem. Aprovecharé la cercanía para estudiar a los pacientes y, en la medida de lo posible, aliviar sus aflicciones. Es mi oportunidad de contribuir a la salud mental.
Edward suspiró con la mirada fija en los ojos de Evander, su hermano seguía preocupado.