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Valery habría deseado que los remedios del doctor Raleigh no hubiesen sido tan eficientes, ahora podría continuar aislada en su habitación y se habría salvado de tener que compartir la mesa del comedor con su tía y el flamante ahijado.
No obstante, se sentía cansada. Solo quería dormir. Estaba segura de que si dormía temprano al siguiente día estaría mejor. Pero resultaba que el equipo de remo de Errol había ganado The Boat Race y su padre había decidido dar una cena en su honor.
Se encontró con su madre en lo alto de la escalinata antes de descender a las otras plantas.
—Por Dios, Valery. Tienes el guardarropa mejor provisto de Inglaterra, ¿y te presentas así a la cena? El rosado claro no te queda bien, te hace ver pálida, como si estuvieses enferma.
—Es mi color favorito.
—Alguien tan blanca debe usar un tono que contraste más con su piel.
—Madre, estuve en cama hasta ayer. No puedo lucir de otra forma. Aún no estoy recuperada.
—Y no llevas ni una joya. ¿Quieres gritar a los cuatro vientos que navegamos en aguas turbulentas? Bastantes murmuraciones hay ya sobre la zozobra de nuestras arcas. Al menos ponte unos pendientes, solo suscitarás comentarios.
—Ya no hay tiempo, madre. Los invitados esperan.
Para ella no era tan importante recargarse de diamantes o perlas, prefería no usarlos sobre todo si la cena era en casa. Pero su madre había logrado hacerla sentir verdaderamente mal.
Valery había hecho un gran esfuerzo para salir del encierro de su cuarto, donde el doctor había recomendado que debía estar y, sin embargo, solo recibía reproches.
Tratando de ignorar sus comentarios bajó a su lado y saludó a los presentes, mientras los conducían al comedor.
Además de sus padres, su tía y el homenajeado, había otros invitados: exponentes de la nobleza del agrado de su familia y miembros del clero allegados a Errol.
Tras el despliegue de elogios de los comensales hacia el nuevo orgullo del duque, a alguien se le ocurrió la grandiosa idea de preguntar:
—¿Nos deleitará después de la cena con su cristalina voz, lady Valery?
Ella levantó la vista de inmediato. Sabía que solo era invisible para su madre, su tía la señora Sable se había encargado de hacer de ella una dama de modales impecables y construirle una reputación a través de sus talentos, que muchos admiraban.
Era el deán Peasly quien había hablado, a su lado estaba su primo Ferdinand Peasly, quien levantó la cabeza de su plato para escuchar la respuesta.
—Muy Reverendo yo… —Valery sabía que su padre se regodeaba de tener al deán Peasly cenando en su mesa y titubeó a la hora de responder.
Notó que su madre contenía el aliento e intuyó que aquella preferiría evitar que la joven diera una muestra de ese talento particular.
Si le hubiese pedido tocar el piano, su propia madre la habría elogiado públicamente, incluso la hubiese instado para que deleitara a los asistentes.
Pero la duquesa tenía cierto recelo con toda oración que juntara a Valery y al canto en la misma frase—.
Me apena decepcionarlo, pero estoy saliendo de un resfriado y mi voz aún no está recuperada.
El deán asintió aceptando sus disculpas.
Ferdinand Peasly consideró oportuno dar su opinión.
—Es una pena, escuché que su hija, excelencia, ganó el Premio Cumberland-Hayden gracias a su talento en el canto y que tenía pensado abrir una esc…
—No desviemos la atención del motivo de nuestra reunión hacia nuestra encantadora hija, señor Peasly.
—El duque de Richmond, George, carraspeó disimulando su incomodidad—.
Ya tendremos oportunidad de disfrutar de sus dones.
Estamos aquí para celebrar a lord Sable.
No todos los días un hombre recibe la recomendación personal del arzobispo de Canterbury y la confianza del Muy Reverendo Deán de Westminster.
Claro, para su padre cantar y luchar por sus sueños era poco honorable para una dama.
Nunca me permitieron ser otra cosa que un recipiente , pensó Valery.
Lo único que su padre celebraba era que se mostrara como la dama casadera más virtuosa, para que encontrase muy pronto entre los exponentes de la nobleza un esposo acorde a su rango.
—Pero lord Sable es muy modesto, no le importará compartir la atención de la noche con lady Valery —intervino el deán Peasly, sonriéndole a la muchacha.
—Por supuesto —contestó el aludido con corrección.
—Además, ganar el Premio Cumberland hasta donde sé es un logro importante para una joven dama —siguió el deán Peasly tratando de ser amable con Valery que se había sembrado en su asiento.
Ella estaba captando la confusión—. La coloca en un pedestal frente a las demás Rosas Inglesas y ante los ojos de los solteros más demandados por las matronas.
Conozco en persona a las integrantes del Comité de Damas del concurso, hacen una labor muy destacada.
—Inclinó la cabeza con respeto hacia la duquesa de Richmond, uno de sus miembros.
Valery se tragó un suspiro. El deán creía que ella había ganado un concurso diferente, el Premio Cumberland, que convocaba el Comité de Damas mencionado.
Pero no, ella había ganado un acápite especial, que solo tuvo lugar ese año y no se repetiría, el Premio Cumberland-Hayden, propuesto por la joven duquesa de Hayden.
De haber tenido a la mano su abanico, la duquesa de Richmond lo habría agitado con ímpetu sobre su cara.
Veía la incomodidad que su esposo se esforzaba por disimular.
Había citado en su hogar a aquel grupo para exaltar los méritos de Errol, no para que sacaran a relucir el comportamiento rebelde de Valery.
Ni su padre ni su madre aprobaban que la joven dama se hubiese presentado a aquel concurso, y menos, que se quedase con el primer lugar.
—Pero no es ese certamen el que ganó lady Valery —intervino el señor Peasly, aclarándole a su primo y aprovechando para destilar su veneno, porque no aprobaba el evento en el que Valery participó—.
Hubo un concurso unos pocos meses después del Premio Cumberland, Muy Reverendo.
Unas jóvenes damas que han instituido un grupo que se hace llamar Comité Rosas Inglesas se sacaron de la manga a última hora un premio denominado Hayden-Cumberland, o viceversa.
Ya no lo puedo recordar. Solo escuché que la joven que resultara ganadora dispondría de una suma de libras significativa para desarrollar un negocio…
—Alzó las cejas, muy perspicaz—. Revolucionario y aleccionador.
¿No cree? ¿Qué procura causar en las señoritas más distinguidas?
¿Es cierto que con ese dinero pretende abrir una escuela de canto, lady Valery?
No doy oídos a las murmuraciones. Una dama tan distinguida seguro tiene mejores cosas en las que perder su tiempo.
—El concurso otorga una cantidad de dinero para hacer realidad el sueño de una señorita o para que se dedique a una obra magnánima de caridad —intervino Errol para salvar la situación y que el duque pudiese calmar sus nervios—.
Es el caso de lady Valery, una joven tan virtuosa y bondadosa que es un diamante en medio del oropel.
La caridad es su motivación. Lady Valery desea abrir una propiedad que le heredó su abuela para aliviar las penas de niños en situación desfavorecida con clases de canto.
Ya que Dios la obsequió con la voz de un ángel y cree que cantar apacigua el alma. No persigue un interés mercantil.
—Oh —exclamó sorprendido el deán—. Tenemos una joya frente a nosotros. Es usted tan caritativa.
Valery se sintió tan incómoda. Ya no podía explicar sus verdaderas motivaciones, que sí iban de apoyar a esas criaturas, pero que también perseguían el fin de independizarse. ¿Cómo Errol estaba tan pendiente de su propósito si no estuvo presente el día del concurso cuando lo expuso?
El duque tosió aliviado tras las palabras de Errol, mientras Ferdinand Peasly rumiaba descontento por no lograr su propósito.
Richmond habría prescindido de su presencia de no ser porque el deán insistió.
Siempre se hacía acompañar por su primo, el que por ser el padre de la duquesa de Norfolk no podía disimular sus ínfulas de grandeza.
Richmond estaría agradecido enormemente con Errol, había dado un giro importante sobre cómo el deán podría ver esa faceta de Valery.
Su cargo como autoridad en Westminster lo ponía demasiado cerca de la realeza y de los altos cleros.
Y sabía que la opinión de todos estos influiría en la idoneidad de Valery para la petición que había hecho a la Corona.
—Bueno, cuéntanos, querido Errol, sobre cómo domaste las aguas del Támesis junto a tus compañeros de equipo para ganar la carrera de botes para Cambridge. —Richmond aprovechó su oportunidad para desviar el tema antes de que la conversación volviese a centrarse en su hija.
—Lo que me gustaría saber es cómo su rostro terminó con esos moretones, lord Sable. —Volvió a entrometerse el señor Peasly—. No sabía que The Boat Race era un deporte tan arriesgado. ¿Acaso se golpeó con un remo?
El duque sonrió para no retorcerlo por el cuello, ya sabía que el suegro del duque de Norfolk —Ferdinand— era un hueso duro de roer, ni el yerno lo soportaba; pero no imaginó que tuviera que aguantarlo en su mesa.
Valery abrió mucho los ojos, ella también quería escuchar la respuesta. Errol había aparecido esa noche con la cara llena de moretones y su tía y sus padres se habían mirado con total secretismo, dejándola fuera de lo que sabían.
—Yo le contestaré, señor Peasly, porque Errol es muy educado y no se haría justicia. —Tomó la iniciativa el duque—. ¿Conoce usted al doctor Raleigh?
Valery agudizó más el oído.
—El hermano del conde de Allard, por supuesto. Son cercanos a mi querida hija.
Valery negó para sus adentros. La joven duquesa de Norfolk, Grace, le había revelado en persona hacía tiempo atrás que no tenía buenas relaciones con su progenitor.
—Edward Raleigh compitió como stroke en el equipo de Cambridge, y al parecer no es un buen perdedor.
—El duque de Richmond puso los hechos sobre la mesa—.
Antes de que los jueces dieran la copa a Oxford, el doctor salió de la nada y saltó golpeando el rostro de Errol, a quien no le quedó más remedio que defenderse.
—Qué lamentable —opinó el deán.
—No dudo nada. Escuché que el doctor Raleigh ha rechazado el camino prestigioso que se esperaba de él.
—Volvió al ataque el señor Peasly. En ese momento al duque de Richmond le pareció oportuno el comentario y lo instó para que prosiguiera—.
El doctor ya es brillante como cirujano.
Podría tener gran fortuna y reconocimiento, pero ha decidido volcar los esfuerzos de sus investigaciones hacia los enfermos de la mente.
Lo que resulta una pérdida para alguien de su talento, muy poco elegante, incluso perturbador.
—¿Quiere decir que pretende convertirse en un médico de lunáticos?
—preguntó el duque todavía más decepcionado.
Hasta hacía poco había solicitado sus servicios tras comprobar que era una eminencia en la medicina.
Pero después de escuchar al señor Peasly y presenciar lo que le hizo a Errol se arrepentía rotundamente—. ¿Estará perdiendo también la cabeza?
—No lo creo —continuó el señor Peasly—. Escuché que argumenta que muchos médicos tratan las enfermedades de la mente en asilos con métodos crueles y él pretende humanizar el tratamiento.
—Lo último lo añadió con una burla implícita, como si el médico fuese un soñador que tiraba al Támesis su futuro.
—No creo que el doctor sea idealista por promover un trato digno para las personas que sufren.
—Valery soltó sin poder morderse más la lengua.
No era justo que se hablara de esa forma sin ninguna consideración al doctor Raleigh, quien hasta ese momento le parecía un joven correcto y muy honorable—.
Al contrario, creo que algo así solo podría perseguirlo alguien adelantado para nuestra época.
—¿Valery, defiendes a quien golpeó a tu primo? —se interpuso su madre para tratar de hacerla cambiar de opinión o que al menos se callara.
—Con todo respeto, lord Sable, no me explico como el doctor Raleigh pudo perder los modales. Tal vez hubo un malentendido. —Estaba decidida a defender al médico en aquella mesa—. Si arremetió contra usted habría que preguntarle sus motivos.
—Soy el más interesado en saber qué ocurrió. No creo haberle dado razones. Incluso estoy dispuesto a perdonarlo si ofrece disculpas. —El aludido se mostró maduro y compasivo, ganando la aprobación del duque y del deán.
—No creo que quien aboga por los desquiciados sea adelantado para su época.
Mejor que se aboque a buscar curas para las enfermedades reales que aquejan a los cuerdos.
El doctor Raleigh me parece obsesivo, más bien —siseó el señor Peasly—.
¿Quién se pondría por propia voluntad en una posición socialmente incómoda?
Solo los idealistas y los obsesivos lo hacen.
—Calma, primo —pidió el deán a Ferdinand—.
No demos rienda suelta a nuestra lengua sobre los que no están presentes y no pueden defenderse.
Lady Valery tiene razón en algo, si el joven médico busca brindar un trato digno a los afligidos de la mente debe ser un hombre de gran corazón.
Quien se apiada del que sufre y trabaja para calmar su aflicción tiene ganado el reino de Dios.
Al parecer el deán era un hombre razonable, había sinceridad en su mirada y no era tan rígido como su primo. Valery lo respetó por ello. De lo contrario, la cena se habría instaurado como un bastión en contra del joven doctor.
Y sí, en las pocas ocasiones que ella pudo compartir con Edward Raleigh notó que era un hombre distinto a los caballeros que pululaban en los salones de baile. Aquello no la desconcertó, todo lo contrario, lo hizo admirarlo.