5 #2
Edward no quería oír. Haber crecido a la sombra de aquellos dos hombres: Evander y Oso tenía muchas ventajas… Pero también era como una maldición porque había absorbido lo mejor y lo peor de ambos. Evander había moldeado su luz y su rectitud… Lord Oso su oscuridad y su furia.
Y mientras Edward trataba de mantenerse sereno emulando a su hermano mayor, lord Oso había dado en el clavo.
Edward solo asintió al enorme marqués que seguía mirándolo con su dureza de acero.
—¿Alguno piensa que no fue azar? —preguntó Evander quien poseía una nobleza interior que gobernaba su carácter.
No obstante, si lo provocaban más de lo prudente, su furia oculta emergía, tan o más temible que la del mismo Oso.
Era luz hasta que lo sacaban de sus casillas.
Sus enemigos preferían mantenerse lejos de su ira.
—Nadie tiene que insinuarlo —gruñó bajo Oso—. Para una carrera como The Boat Race se supervisan hasta los ínfimos detalles. Y sabemos que Edward posee un empuje feroz, pero ha remado mil veces y no ha sido tan bruto como para romper donde pone sus posaderas.
Sí, Oso poseía un extenso vocabulario y podía desplegarlo con elegancia cuando se lo proponía, pero la mayoría de las veces prefería prescindir de los modales que le inculcaron en Eton.
Evander y Oso se quedaron con los ojos redondos como platos cuando vieron a Edward, un hombre controlado al extremo, abandonarlos, echando tanto humo como una locomotora, para dirigirse a donde festejaban los contrincantes.
Todo ocurrió tan rápido, que los Dark Blues del equipo de Oxford, solo entendieron lo que estaba sucediendo cuando vieron a Errol en el suelo con el puño de Edward en el rostro.
Un puñetazo tras otro. Edward no era un hombre dado a la violencia, pero esa vez no se contuvo y sacó aquello que reverberaba en su fuero interno.
La rencilla entre él y Errol era de antaño.
Ambos ocupaban el mismo puesto en sus respectivos botes y Errol no superaba que cinco años consecutivos, Edward le hubiese ganado.
Los remeros de ambos equipos rodearon a los que peleaban y comenzaron a animar a los contendientes.
Las autoridades del evento no tardaron en mostrarse alarmados e indignados al mismo tiempo: ninguno lo podía creer de un caballero tan acomedido como el doctor Raleigh.
Evander y lord Oso llegaron ante el improvisado ring de boxeo, que amenazaba con convertirse en la vergüenza de un deporte que se caracterizaba por su espíritu de sana competitividad.
—¡Edward, basta! —Evander, con la autoridad que le confería ser un conde, trató de separar a su hermano de Errol, quien tras la sorpresa se había recuperado y comenzaba a responder.
—Dale unos minutos. —Detuvo Oso a Evander con una ceja enarcada—. Déjalo desahogarse. Tiene que sacarlo todo afuera.
—Va a arruinar su carrera como remero —enunció Evander su peor temor. La reputación de su hermano que hasta ese instante había sido impecable se vería manchada por haber tomado la iniciativa en aquella pelea.
—De acuerdo. Vamos a separarlos, ya que ninguno de sus compañeros se ha atrevido.
Parece que nadie quiere llevarse un buen gancho.
Edward, muchacho, ese pobre infeliz tuvo suficiente —gruñó Oso con aburrimiento y ayudó a Evander que había tomado a Edward por las solapas de su uniforme para separarlos.
Errol quiso aprovechar la oportunidad. Como la roca de Evander había inmovilizado a su hermano que parecía un huracán desatado, vio la posibilidad de asestarle un puñetazo al rostro.
Oso frenó el puño de Errol antes de que golpeara la mandíbula del médico y usó su fuerza bruta para apretarle los dedos hasta lastimarlo. Mientras negaba con una mirada de pocos amigos.
Al final lo soltó con desprecio.
—Lárgate, esperpento. Ve a recibir tu trofeo —lo amonestó Oso, imaginando lo que estaba ocurriendo, que Edward sospechaba que Errol Sable había maniobrado el asiento del bote para que con la contundencia del movimiento terminara por romperse.
Después se volvió a su amigo—. Llévatelo de aquí, Evander. Yo me ocupo de limpiar el desastre.
Errol se mostró indignado, pero sabía que no debía desafiar al poderoso marqués de Bloodworth.
Edward, profiriendo maldiciones en voz baja, dejó que su hermano con el rostro serio lo alejara de allí. Pero antes de que pudiesen avanzar el duque de Richmond les salió al paso.
—Es una pena lord Bloodworth que tome partido por un contendiente del equipo contrario.
Usted es egresado de la Universidad de Oxford y muchas veces compitió en esas aguas portando el uniforme de los Dark Blues —le recriminó el duque de Richmond a lord Oso que solo exhaló para no tomar a su excelencia por las solapas y hacerle tragar sus palabras—.
Lo siento, lord Allard, su hermano no puede escapar.
Debe quedarse para responder por sus actos violentos.
Ni siquiera la jerarquía de la escalera de la aristocracia haría que Oso respetara a aquel duque que no le parecía honorable, aunque se esforzara por demostrar lo contrario.
—Excelencia, siempre estaré del lado de la justicia. A diferencia de su protegido —sostuvo Oso estudiando con desdén a Errol Sable.
—¿Qué insinúa? —cuestionó el duque.
—Yo no insinúo: afirmo. —Oso lo retó con su mirada tan penetrante como una hoja afilada—. Y déjelos proseguir con su camino. Yo me encargaré de hablar con los jueces.
Richmond sabía que, aunque fuera un duque, en The Boat Race y en la sociedad nadie se atrevería a desafiar al marqués de Bloodworth: nadie quería tener a Oso de enemigo.
A él tampoco le convenía, así que, aunque se quedó rumiando su insatisfacción solo se contentó con ayudar a Errol a recomponerse de las heridas en el rostro que sangraban.
—Y tú, Errol, ¿cómo se te ocurre responder con violencia ante la provocación de ese energúmeno? —lo reprendió el duque de Richmond—. No puedo creer que le permití entrar a ese doctor a mi casa. Me dejé llevar por su supuesta reputación y que estaba emparentado con la aristocracia.
—Lo siento, su excelencia, solo me defendí. No sé qué le sucedió al médico. Tal vez es una persona que no se toma muy bien la derrota.
—Lo lamento, muchacho, que te hayas llevado la peor parte.
—Podría haberme defendido si Raleigh no hubiese saltado sobre mí cuando menos lo esperaba. No es de caballeros su comportamiento. —Aún miraba la espalda de Edward que marchaba escoltado por su hermano hacia un carruaje que ya los aguardaba.
—No es de caballeros —repitió Richmond con el rostro mudado por la indignación—.
Lord Oso ya está hablando con los jueces, seguro tratará de que no lo expulsen del equipo.
No intervendré ahora, dejemos que todo se calme.
Pero moveré los hilos para que Edward Raleigh no pueda volver a remar en ninguna competencia oficial, ni entre las universidades, ni en eventos de realce.
—No es mi intención que este incidente eche por tierra el desempeño como deportista del doctor Raleigh que hasta hoy fue impecable. Tal vez no tuvo un buen día. Si después de reflexionar me ofrece sus disculpas estaría dispuesto a considerarlas.
—Muchacho, eres demasiado honorable. Yo habría citado a ese infeliz en el campo de honor.