Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 5
12%

5

Había algo que a Edward le causaba tanta satisfacción como ejercer su profesión, y era participar cada primavera en la carrera de remos, The Boat Race, representando a su Alma Mater .

Con unos rizos alborotados sobre la frente y luciendo la camiseta azul clara de mangas cortas del uniforme, cargó junto a su equipo el bote que sacaron del cobertizo de ladrillos rojos hasta el muelle.

La niebla matinal envolvía a los ocho remeros que como titanes de acero marchaban listos para la ofensiva. Desde el embarcadero botaron la nave al agua y gritaron su canto de batalla, llenos de júbilo.

Cada año Edward regresaba como exalumno, su hermano Evander Raleigh, conde de Allard, lo hizo por una década.

Evander era un hombre de cuarenta y tres años que estaba en la mejor época de su vida, de músculos labrados tras años de remar para Cambridge y que ahora se dedicaba a sus tierras en Yorkshire, al Parlamento y adorar a su esposa e hijos.

Tenía una característica que era su sello particular, parte de su boca no se movía, dándole una atípica sonrisa torcida que había enamorado por completo a lady Allard y que continuaba siendo su debilidad.

Ya no competía, pero no se perdía ninguna carrera. Animaba a Edward desde el público, junto Emery Osborne, marqués de Bloodworth, más conocido como lord Oso.

Este último de treinta y siete años era uno de sus mejores amigos, conoció a Edward cuando apenas era un muchachito y le tomó tanto afecto que se convirtió en su mentor.

También era un hombre felizmente casado con el amor de su vida, y que, además del Parlamento y sus tierras, se dedicaba a los negocios, gracias a su mente privilegiada para los números.

De gran estatura y cuerpo robusto debía a su apariencia su apodo, forma en que lo bautizó su esposa cuando apenas comenzaban a enamorarse.

Los dos hombres, Evander y lord Oso, eran los modelos que Edward seguía y admiraba.

—Estás preparado, Ed, guía a estos polluelos a la victoria. Pega con fuerza a ese remo. —Un oportuno consejo de su hermano que bajó para palmearle el hombro. Al igual que él, en el pasado, ocupó la posición de stroke o golpe en su equipo.

—Te deseo suerte, Edward, pero creo que compites por la universidad equivocada —esbozó mordaz lord Oso, con su característico sentido del humor.

Aunque estimaba a Edward y era su protegido por afecto y afinidad, seguía fiel al equipo de Oxford, donde también, años atrás, había defendido el puesto de stroke .

Con un gesto de suficiencia, Edward agradeció a los dos. A su paso estrechó la mano del joven timonel de los Light Blue de Cambridge y se dirigió al bote.

En su pecho henchido, el orgullo de llevar su casa Cambridge a la victoria ocupaba casi todo el espacio. No obstante, un suspiro se le escapó. Uno ocasionado por la joven y hermosa paciente que había tratado el día anterior por un resfriado menor.

Lady Valery Belcher.

Aún no olvidaba lo que sintió cuando la escuchó cantar en la inauguración de la Casa de Correspondencia de Charlotte.

Valery Belcher cantaba como una alondra en pleno vuelo, cuesta arriba…

Y cuando la examinó como médico, descubrió que ella justo temblaba y vibraba como la dulce avecilla.

Aquella joven poseía una belleza discreta digna de admirar por todo aquel que tuviese ojos, ironizó para sus adentros.

El aroma femenino de lady Valery aún podía percibirlo si inspiraba con fuerza. Se había impregnado en alguna parte de su cuerpo, tal vez en sus manos o su cabello, pero seguía sintiéndolo: dulce, profundo, magnético, como una oda a la ternura.

Era una mezcla de rosas y jazmines, con un toque de azahares, almizcle y una cumarina atrayente, tal como la tintura de haba tonka para los jarabes pectorales. Un aroma reconfortante, limpio y balsámico. Había tratado de descifrarlo toda la noche.

Sacudió la cabeza, se estaba distrayendo.

¿Por qué ese pensamiento lo sacó de su concentración?

Ni en sus sueños más absurdos habría fantaseado con una joven dama casadera cuando en sus planes no estaba casarse. No tenía nada que ofrecer porque ya había decidido dedicar su tiempo a su carrera.

Un golpe brusco lo sacó de sus reflexiones.

Uno de los remeros de Oxford había tropezado con él.

—Fíjate por donde vas, Raleigh —lo amonestó el otro remero como si la culpa le correspondiera.

Y era cierto que iba distraído, pero cuando se fijó en su oponente dudó que fuera casualidad. Errol Sable no era de los que dejaban nada al azar.

—Ocúpate de poner atención en tu camino, Sable, y deja de preocuparte por el mío —lo retó porque era lo único que podía hacer con aquel engreído.

—Sujétate bien a tu asiento, doctorcito. Derrotarlos será pan comido, ya les llevamos ventaja. —Le guiñó el ojo y fue como si le hubiese dado una bofetada, solo que lo hizo con tanta sutileza que nadie se percató del ataque.

A Edward no le gustó, el hombre era extraño. La mayoría de las personas tenían una excelente opinión de Errol Sable, pero los remeros que llevaban años compitiendo contra él sabían que aquel exalumno de Oxford no era de fiar.

Ni siquiera sabía qué hacía en la estación Middlesex, Cambridge había ganado el sorteo y había elegido por donde empezar, cediéndole a Oxford la orilla de Surrey.

Por otro lado, Errol no mentía, la balanza estaba a favor de Oxford que llevaban una victoria por delante, dieciséis a quince.

Si Cambridge lograba ganar esa mañana empatarían y un año después se discutiría el desempate.

Por lo anterior, esa carrera era muy importante y, por consiguiente, cada escuela convocó a sus mejores competidores.

Edward dejó de pensar en Errol y se ocupó de sus asuntos. Alentó a su equipo y no olvidó que de él dependía la fuerza y el empuje que les daría el avance, ese era su papel como stroke.

Saldrían de Putney como la mayoría de las veces. Ocupó su sitio y tras el disparo de salida, comenzó a remar como si en ello se le fuera la vida. La emoción de aquella competencia lo hacía sentir tan vivo… Casi pletórico.

El viento fuerte del noroeste soplaba, pero la marea era favorable y en su mente la palabra perder carecía de significado.

Remó con más brío, saboreando la inminente victoria en cada tramo. El bote se desplazaba ligero, movido por la tracción resultante de los vigorosos brazos sincronizados. Las gotas de agua salpicaban su rostro y su uniforme.

En el momento de más tensión, mientras sus compañeros gritaban para que no decayera el ánimo, escuchó el crujir de la madera.

Su cara hizo un gesto confundido sin dejar de mover sus brazos poderosos.

Todo su cuerpo era el engranaje de una máquina que no conocía el fracaso.

Y otro sonido más fuerte le dio la certeza de lo inimaginable: el carro de su asiento se rompió en el momento más desafortunado.

—¿Qué demonios sucede, Raleigh? —gritó el timonel desde su lado del bote, tratando de no distraerse de su función.

A pesar de los gritos de ánimo, todos escucharon la madera rompiéndose y temieron lo peor.

—¡Nadie se detenga! ¡Infierno! ¡Continúen! —rugió Edward. El recuerdo de la advertencia de Errol Sable le caló hondo y le hizo sentir un escalofrío.

Pero no permitió que aquello lo frenara, un esfuerzo sobrehumano lo cegó por completo y se batió con más arrojo contra las aguas.

Los demás remeros arrugaron sus entrecejos y conmovidos por su denuedo, remaron al grito del timonel sin darse por vencidos.

Pero el daño fue en el eslabón más fuerte del bote, donde se marcaba el ritmo.

El pronóstico era letal. Ellos lo sabían, pero lucharon con temeridad.

Sin embargo, aunque dejaron hasta el último aliento, no consiguieron ganarle a Oxford cuya embarcación surcó el río en perfectas condiciones, superándolos por diez esloras.

Edward bajó la cabeza, derrotado, probando la decepción del fracaso, mientras trataba de recuperar el ritmo de su respiración. Las gotas de agua mezcladas con sudor caían de los mechones de su cabello.

«Sujétate bien a tu asiento, doctorcito», le había dicho Errol.

Aunque la ventaja de Oxford venía de muchos juegos atrás, hacía cinco que Cambridge había ganado de manera invicta.

Esta competencia hubiese sido el empate, y la delantera podría haberse obtenido en uno más.

Era la posibilidad para los Light Blues de superar, en un año más, a Oxford en la historia de The Boat Race .

Pero ya no era posible, habían perdido este campeonato.

Edward salió del bote sin siquiera ser consciente de sus movimientos y pasos.

Alguien le echó una toalla encima para que se secara el sudor.

Otro le alcanzó la chaqueta del uniforme para la premiación, la que se puso sin dejar de avanzar.

Uno más le extendió un vaso de cristal con agua.

Lo bebió porque estaba sediento. Respiraba agitado, tratando de ralentizar sus latidos.

—Lo siento, Edward. —La voz de su hermano volvió a centrarlo porque su mente giraba una y otra vez en las palabras de Errol y, sobre todo, en la casualidad de encontrarlo en el punto de partida correspondiente a Cambridge.

—Evander… No te aflijas —le contestó—. Así son las competiciones, se gana y se pierde, no tienes que lamentarlo. Habrá otras oportunidades. —Trató de sonar como lo haría habitualmente. Edward no era mal perdedor, y no quería alarmar a su hermano con sus sospechas.

Levantó el rostro y se encontró a Oso con los brazos cruzados, por supuesto que al marqués le agradaba que Oxford —donde había estudiado— hubiese ganado. Pero se notaba que esa victoria tenía para él un sabor agridulce, porque no quería ver a Edward perder.

—Edward tiene razón. Se gana y se pierde —repuso Evander sin mucho entusiasmo—. Mejor ve hasta el podio, hermano. Van a dar el premio al otro equipo y mientras más rápido pases ese mal trago más pronto estaremos en casa.

—Escuché que se rompió tu asiento —masculló lord Oso, envuelto en su habitual halo de penumbras—. Tus compañeros discutían al respecto. Inusual, ¿no crees?