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—Un plebeyo que ha tenido el privilegio de cazar ratones para la aristocracia. Supongo que la buena comida debe compensar el trabajo duro. Es un plebeyo con suerte.
El humor de ese médico era característico. Tenía una sagacidad en la mirada que se escapaba a su pose de doctor.
—No ha podido describirlo mejor. Sin embargo, solo ha tenido éxito con las moscas, los ratones aún se le escapan. —Sintió que al fin se relajaba un poco, aunque sus mejillas seguían quemando.
—Perdone por no dejarla terminar de hablar antes, es una pésima costumbre que debo erradicar.
Era tan humano, tan real; pero a la vez tan misteriosamente magnético como un ser del cielo o del infierno. Aún no tenía claro si aquel varón tenía más de ángel o de demonio.
—Está usted perdonado. —Su sonrisa amplia y diáfana la delató por completo. No podía ocultar que no le era indiferente. Trató de disfrazarlo de simpatía nada más.
Se quedaron mirando de nuevo, en un silencio que amenazaba con volverse incómodo, mientras él con los ojos entrecerrados trataba de ver más allá y Valery suplicaba al cielo ser menos evidente.
Él decidió romper el silencio y continuar con el propósito de su visita.
—Le recetaré infusiones calientes de eucalipto con miel, muchos líquidos, caldo de pollo, reposo y, sobre todo, silencio. —La miró muy autoritario con una ceja alzada.
—¿Hablar es un problema?
—Irritará más su garganta. La veré en tres días para ver si el resfriado que parece común cede por sí solo o si requiere un medicamento más fuerte. —Comenzó a elaborar su receta, muy concentrado.
—¿Podría indicarme reposo el resto de la temporada? —Se le escapó.
De pronto, la incomodidad producto de la atracción que Valery se esforzaba por disimular dio paso a la confianza, una confianza que no entendía.
¿Por qué su boca se desataba frente aquel extraño?
—No tan extraño, en realidad—. Su amiga Ettie tenía la mejor opinión de Edward Raleigh y cuando hablaba de él solo sabía elogiar sus cualidades.
Incluso decía que, si su corazón no hubiese elegido a su actual esposo, habría pensado en Edward para el puesto porque era el hombre perfecto.
Así lo definía. El mejor amigo. El mejor confidente.
Edward dejó de escribir y la miró extrañado, todavía pensando en su comentario.
—¿No le agradan las recepciones? Parecía que la pasaba bien con sus amigas.
—Perdón, doctor. No debí hacer ese comentario tan desafortunado.
—Al contrario, si necesita hablar le brindo mi confianza. —Él la estudió con la mirada, receptivo.
Había cierto bálsamo en el tono que el médico empleaba para hablar, diferente a otros que la habían atendido en el pasado.
—Mis amigas ya se han casado, algunas tienen obligaciones ineludibles…
—explicó incorporándose y buscando calzar sus pies cubiertos por medias tupidas.
Un carraspeo del ama de llaves le advirtió que mejor volviese a meterse bajo las mantas donde su virtud estaba a salvo.
Obedeció para que no interrumpiesen su conversación—.
Solo me queda Bonnie, pero ella no es tan afín a los bailes.
Tiene la suerte de que nadie en su familia le exige encontrar un esposo…
—¿La presionan con la idea de comprometerse antes de que acabe la temporada? —Después añadió muy bajo, escudriñando al ama de llaves para que no lo escuchase—: ¿Su tía?
Ella tragó en seco y lanzó un alarido cuando su garganta inflamada raspó como una lija.
—Lo siento. —Trató de excusarse, mientras cubría sus labios con un pañuelo de lino blanco y un acceso de tos le impedía continuar disculpándose. Susurró—: Ojalá solo fuese mi tía, también mis padres; pero mi tía no los deja olvidar.
El doctor Raleigh sacó una cajita de metal y la abrió ante sus ojos, tenía unos caramelos redondos y duros de miel, le ofreció uno y lo dejó caer sobre su palma.
—Va a aliviarla. —Después colocó la cajita en la cama, entre los dos. Otro carraspeo del ama de llaves les recordó su presencia—. Puede quedarse con ella.
—Gracias. —Tomó la hermosa caja de metal repujado, con pequeñas flores y abejas a relieve. Percibió que provenían del negocio de su querida amiga Florence, quien cosechaba miel y cultivaba lavanda y preparaba productos con ambos.
Él murmuró con complicidad:
—También tengo una tía obsesionada con llevarme al altar. No imagina cuántas damas casaderas me ha presentado.
Otro carraspeo del ama de llaves, tan fuerte, que Valery creyó que se dañaría la garganta más que ella misma.
—Recuerdo que me lo contó. Sin embargo, desearía que mi tía fuese tan divertida como lady Abbott.
—Todos conocen a la más prestigiosa casamentera de Londres por su determinación. Usted es la primera persona que me revela que la encuentra divertida.
—A mí me simpatiza.
—No imagina lo que es estar emparentado con alguien cuyo negocio es el amor.
—Le guiñó un ojo y el ama de llaves tosió más fuerte que la propia enferma.
Edward exhaló, incómodo por la constante intromisión de la celadora.
Y sin importarle la presencia de la mujer dio un consejo muy inapropiado que a Valery le encantó—: Le recomiendo tomarlo con humor e ingenio, lady Valery, así podrá escabullirse con mayor facilidad.
No confronte directamente porque eso no solo hará más difícil la relación con su madre o su tía, sino que resultará más espinoso burlar la vigilancia.
—Es hora de llamar a su excelencia —intervino el ama de llaves llena de indignación con el entrecejo fruncido.
Valery y Edward compartieron risitas cómplices.
—No es necesario, señora. Ya he terminado aquí.
—Sígame entonces, doctor Raleigh, lo llevaré al estudio del duque. Querrá informarse del diagnóstico de su hija.
—Aprovecharé para preguntar si la señora Sable está disponible para examinarla. Su sobrina me lo ha pedido encarecidamente. —Lanzó una mirada cómplice en dirección de Valery, que rogó para sus adentros que tuviera éxito.
—No lo creo, doctor, la señora Sable no está disponible para absolutamente nadie. Son órdenes expresas de los duques.
Valery suspiró desde su cama, mientras observaba la espalda del médico desaparecer.