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Valery permanecía en cama tratando de lidiar con la tos.
A su lado, de pie, estaba su madre, quien acudió en cuanto le notificaron que su hija no podría bajar a desayunar.
La mujer lucía más preocupada por el desastre que causaría aquella indisposición para el futuro de Valery que, por las consecuencias para la salud de la joven.
—Qué catástrofe, hija —se quejó Helen, cubriéndose la nariz y la boca con un pañuelo de encaje para refugiarse de los estornudos de su hija—. Justo ahora que estás en vísperas de ese gran baile.
Valery suspiró. Le dolía la cabeza y todo el cuerpo, sentía que estaba comenzando a arder y la garganta le escocía. Parecía que se le clavaban mil agujas cuando intentaba hablar.
—Tranquila, madre. —A pesar de su malestar, trató de calmar a la duquesa.
—Tu debut fue un éxito, pero los años pasan y aún no hay prometido.
Esta noche deberías acudir a la casa de los barones Peasly a deslumbrar en la pista.
Pero no, tenías que salir a la lluvia a jugar con ese animal —dijo ofuscada para referirse a la nueva mascota de su hija—.
Brillante idea de la duquesa de Norfolk regalarte a Honey.
—Me agrada la duquesa de Norfolk, madre, y Honey también. Siento arruinar sus planes para la noche —se disculpó con la voz tomada—. El cachorro estaba tan emocionado con la lluvia primaveral, parecía que era su primera vez. Quise hacerlo feliz, además que también me hizo feliz a mí.
—Abril sigue siendo frío, hubieses esperado el verano para comportarte como la hija de un campesino. La falda quedó llena de lodo. Tendremos que desechar el vestido. Tu rato de esparcimiento con esa bola de pelos trajo consecuencias irreparables. Sobre todo, tu resfriado.
Ella lo que más lamentaba era no poder acudir esa mañana a la reunión que había concertado con Mary Hill, el señor Hill y con su amiga Bonnie. Al igual que no poder cantar en un par de semanas.
Tras una doncella pasó el doctor que ya había sido anunciado. Él disimuló una sonrisa, como si hubiese alcanzado a escuchar las razones que habían llevado a la cama a su paciente. No era común que una joven lady jugara en la lluvia con su mascota.
—Bienvenido, doctor Raleigh —dijo la duquesa cuando lo descubrió observándolas en silencio.
El corazón de Valery comenzó a latir desbocado, como si estuviera en una carrera a todo galope, cuando oyó el nombre del médico, mientras entendía en el acto que las había escuchado hablando de jugar en la lluvia.
¿Cómo era posible que hubiesen anunciado al doctor sin especificar a cuál galeno habían solicitado sus servicios?
Más cuando aquel era un hombre joven, atractivo, alto como un roble, de espaldas anchas y con una mirada penetrante y afilada que parecía desnudar el alma y escarbar en los secretos más íntimos.
A pesar del malestar que la aquejaba, Valery no pudo evitar reparar en la apariencia del recién llegado: distinguido, impecable. En contraste con sus ojos y nariz hinchados, su bata arrugada y su cabello desarreglado. ¡Qué desastre!
No tomó importancia a su aspecto porque pensó encontrarse con el viejo doctor Morris, de lentes gruesos y rostro añoso.
Y en cambio, ahí estaba el flamante doctor Raleigh en la intimidad de sus habitaciones, cuya presencia la hizo ruborizar. Sus mejillas ardían y no se debía a la fiebre.
De haber sabido que él la revisaría se habría levantado, aunque le doliera todo el cuerpo y se habría adecentado, para mostrar su mejor cara.
Fueron presentados formalmente hacía algún tiempo, pero habían cruzado escasas palabras desde entonces. La ocasión que hablaron más fue cuando sus amigas y ella invadieron el comedor del médico, y tampoco destacó por su elocuencia.
Trató de incorporarse para verse lo mejor posible.
—No se mueva. —Ahí estaba de nuevo la seductora voz de barítono que la hizo obedecer en el acto—. La reconoceré en la cama.
Oh, esa orden tácita . No seas mal pensada , compórtate , se amonestó.
Su corazón se agitó más aún si era posible. Era una pésima paciente, más con un médico tan interesante.
Sus ojos hicieron contacto y algo despertó dentro de ella, algo que creía dormido. El segundo se habría extendido hasta volverse eterno si la otra persona en la habitación no hubiese decidido entrometerse.
—La presencia de mi hija es requerida esta noche en el baile de los barones Peasly. Espero que pueda darle algún medicamento que la deje como nueva —ordenó la duquesa con la nariz alzada como si tratara a uno de sus lacayos.
—Lo intentaré, su excelencia. Primero, déjeme examinar a la paciente —contestó Edward con educación, pero con cierta soberbia en el tono, que puso a la dama a la defensiva.
—Mi esposo prescindió del doctor Morris alegando que los tratamientos de usted son más rápidos y eficaces que los del médico familiar. No lo decepcione.
—Estudié Medicina, no magia —agregó con suficiencia. El galeno, con gesto serio, demostró que no se amedrentaba ante título alguno cuando se trataba de cumplir con su profesión—. Le agradeceré que se retire para que pueda proceder.
La duquesa casi dio un brinco.
—Debo permanecer presente para velar por el buen nombre de mi hija, con todo respeto.
Espero que no le ofenda mi comentario, pero un caballero entenderá mi postura.
—Sabía que Edward estaba emparentado con la aristocracia y que por sus venas corría sangre noble.
Pero aquello no significaba nada para ella, trataba con la punta del pie a todos los que estuvieran por debajo de su escalón social. ¡Y era una duquesa!
—La doncella o el ama de llaves pueden permanecer en la habitación para su tranquilidad, excelencia. En cuanto tenga un diagnóstico me reuniré con usted para darle una explicación detallada. Con relación al baile temo decepcionarla, su hija debe permanecer en cama, en reposo.
—Pero el baile…
—Es preferible que se pierda un baile a que muera de una pulmonía.
—¿Es tan grave?
—Parece que no, pero antes de emitir un juicio necesito examinarla. No obstante, debe quedarse en cama y seguir al pie de la letra mis indicaciones para que su situación no se complique.
La duquesa, contrariada, prefirió retirarse para no dar muestras de su frustración delante del galeno. El ama de llaves se quedó en su lugar para velar por la reputación de la joven.
—Gracias —susurró Valery con un hilo de voz hacia Edward—.
Estoy muy cansada y todo lo que deseo es dormir.
Mi madre lo estaba haciendo bastante difícil.
Piensa que tiene el poder suficiente para ordenarle a mi cuerpo sanar de inmediato.
Está obsesionada con cada baile, cada evento. Y yo estoy verdaderamente exhausta.
—En cuanto me vaya podrá descansar. Dormir le ayudará a reponerse más rápido. Abra la boca todo lo que pueda, por favor —pidió con sumo respeto, pero tenía el tono autoritario de quien sabe que está al mando.
—¿Delante de usted? —Sus mejillas parecían dos tomates.
Aquella frase le robó una sonrisa ladeada a Edward.
—Soy su médico, al menos hoy —agregó con modestia.
—Es extraño para mí. Nos hemos tratado en otras circunstancias.
Calló lo que en realidad pensaba. Él le parecía tan seductor y, además, hacía que la sangre que corría por sus venas se agitara como un maremoto.
Ese nivel de cercanía. En su habitación. Con el cabello en solo una trenza suelta. ¡En bata! ¡Y con su corazón traidor delatándola!
¿Él se daría cuenta de su abatimiento?
Había escuchado a su amiga Ettie —que a su vez era muy amiga del doctor— afirmar que aquel podía leer el alma.
—¿Se siente incómoda? ¿Preferiría que la examine otro médico?
—No es eso. Proceda, por favor —añadió tratando de sonar lo más propia que le fuese posible.
Pero se excedió tanto en esa formalidad que el hombre frente a ella sonrió de lado. Un hoyuelo se le marcó en una de las mejillas robándole el aliento, y sus ojos brillaron con picardía.
Valery abrió la boca y lo dejó hacer, cerró los párpados para alejar la tentación de estudiarlo a detalle. Nunca había tenido a un hombre bien parecido tan próximo a su rostro.
Pero un ladrido enérgico sobresaltó al doctor que dejó lo que estaba haciendo para mirar a sus pies.
Lo distrajo el perrito peludo que lo observaba con dos ojos negros brillantes tan redondos como botones.
Ella aprovechó la distracción causada por Honey y se quedó embobada contemplando todo lo que estaba bien en esta vida…
Sus ojos marrones como el chocolate… Aquel rizo rebelde que se escapaba de su estricto peinado hacia atrás…
Despeinado, seguramente, se vería más guapo aún.
Fantaseó con ello. Su nariz celestial, tan sensual que soñaría con ella.
Tanta masculinidad robando espacio en la habitación, apropiándose del sitio con su sola presencia.
—Supongo que es el responsable de su resfriado —arguyó el médico reprimiendo una sonrisa—. ¿Cómo te llamas, pequeño?
—Es Honey.
—No he dicho que puede cerrar la boca —la amonestó con seriedad, como si estuviera frente a una chiquilla malcriada.
—Pero usted lanzó la pregunta a mi perro. ¿No esperaría que se la respondiera? —protestó e hizo un mohín.
—Por supuesto que no. —Él sonrió ante lo irrebatible.
Ella comenzó a temblar por tal nivel de intimidad jamás experimentado con un hombre.
¿Cómo puedes ser tan perfecto? ¡No sonrías del todo, por Dios!, suplicó para sus adentros.
—La duquesa de Norfolk pensó que yo necesitaba un compañero, y como su diminuto can no ha tenido descendencia le pidió a la marquesa de Normanby que me permitiera adoptar a una de las crías de su Tobias. —Tuvo que toser al final.
Él aguardó a que dejara de hacerlo tras estudiar el sonido de su tos.
—Oh, un pequeño aristócrata —comentó con los ojos risueños mirando en dirección del perrito, que seguía exigiéndole atención.
—La verdad es que su origen no es aristocrático. A su padre lo trajeron de Yorkshire a la casa del duque de Clarence para cazar ratones. Honey es…