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Edward se revolvió los rizos marrones oscuros del cabello, que se habían escapado de su peinado, al entrar a la propiedad.
Apenas era la hora del desayuno y él acababa de llegar a su residencia.
Las ojeras violáceas bajo sus ojos no lo persuadían, pero el cansancio que sentía en todo su cuerpo le hacía añorar su cama caliente.
Dejó dos batas blancas que había usado en un par de operaciones en una cesta ubicada en el vestíbulo para ese fin. Llevaba tiempo usando una por cada cirugía realizada y después exigía que se lavaran con meticulosidad.
Edward estaba convencido de que la asepsia era indispensable en su profesión.
Subió las escaleras hasta el segundo piso y fue directo al salón de aseo para lavarse profusamente las manos, el rostro y refrescarse.
Ya en mangas de camisa acudió a su estudio, acostumbraba a relajarse en su propiedad.
Las bendiciones de ser soltero y vivir solo con un reducido servicio.
El ama de llaves solía dejar ahí la correspondencia o los avisos para él.
Esperaba que no lo llamaran para atender una urgencia.
Estaba verdaderamente exhausto. Tomó asiento y notó una misiva sobre la superficie lisa de la madera. Suspiró.
Era domingo y se esperaba que no trabajara. Se había ganado su descanso tras una larga noche en el hospital. Solo aguardaba por el aviso de que todo estaba dispuesto en el comedor.
Miró la nota que recibió esa mañana, indeciso.
La tomó y leyó el remitente: era de su madre.
Agatha le indicaba que lo esperaban para cenar esa misma noche.
Sabía que era imposible con la carga de trabajo.
Terminó guardando el mensaje en un cajón de su escritorio.
Exhaló apesadumbrado. Prefería los periodos donde muchos se retiraban al campo y no sesionaba el Parlamento.
No supo qué sentir con la invitación. Estaba feliz con la presencia en Londres de su madre, sus hermanos y sus sobrinos.
Sin embargo, era difícil cumplir con la exigencia de no faltar a todas las reuniones familiares.
Adoraba a su familia, incluso a la tía de su cuñada, lady Abbott, a quien él también llamaba tía de cariño.
Pero la dama y su madre habían unido esfuerzos para tratar de librarlo de su soltería.
Así le llamaban: «librarlo» como si la soltería fuese una plaga de la que necesitara ser rescatado. Aunado a lo anterior estaba que, su madre no siempre entendía que él priorizara sus obligaciones o que se retirara a media recepción cuando uno de sus pacientes tenía una urgencia.
No pensó más en su familia, volvió a revisar mentalmente la lista de los pendientes que tendría para el siguiente día. Su trabajo en el hospital St Thomas cada tarde, su consultorio en la mañana y sus pacientes eran su mundo entero desde que decidió tomar las riendas de su destino.
El ama de llaves llamó a la puerta del estudio. Pasó a avisarle que el desayuno lo aguardaba en el comedor. Era todo lo que Edward esperaba para poder irse a dormir.
La buena mujer tenía que arreglárselas con solo dos mucamas y una cocinera. Desde que Edward abandonó la mansión familiar en Berkeley, se acostumbró a otro estilo de vida. Sin embargo, la señora Bates se esforzaba para que no olvidara que era el hermano de un conde, lo que la enorgullecía.
Su morada era su refugio. En la segunda planta pasaba la mayor parte del tiempo.
Ahí tenía el comedor, dos salones para el ocio, la pequeña biblioteca y su estudio.
En la tercera, su habitación y las de los invitados que casi nunca recibía.
En la planta baja solo se usaban la cocina y el pequeño recibidor que daba a las escaleras.
Este último tenía una puerta que conectaba con la recepción de su consultorio, también estaba la enfermería y el resto de los espacios que aguardaban ser remodelados para consultorios para rentar.
Y en la cuarta planta descansaba el servicio.
Había heredado la propiedad de su abuelo.
Ser el hermano de un conde implicaba tener una asignación mensual, y pocas obligaciones con el título.
Edward rechazó ambas cuando consiguió su primer trabajo.
A regañadientes, su hermano se oponía a dejar de ayudarlo, pero al final respetó su decisión y tuvo que ceder.
Edward perdió a su amado padre muy joven, y pudo estudiar gracias al apoyo de su hermano mayor.
Creció admirando los esfuerzos del antes mencionado, y quiso seguirle los pasos: estudiar en la Universidad de Cambridge y convertirse en remero de la casa de estudios.
Sin embargo, se desvió del camino cuando conoció a lord Oso, uno de los mejores amigos de su hermano, quien se convirtió en su mentor.
Oso lo tentó con la idea de estudiar como él en Oxford, e inclinarse hacia los números.
No obstante, cuando experimentó en Oxford terminó por tener claridad en lo que deseaba para su destino.
Sintió el llamado de la Medicina de manera irrevocable y, aunque su madre no estuvo de acuerdo, por lo sacrificada que sería su vida, él le abrió los brazos a esa loable labor y terminó por situarse en Cambridge de forma definitiva.
Un rugido en su estómago lo alejó de sus reflexiones y, por fin, caminó hacia la mesa del comedor.
Dejó sus pensamientos y se llevó a los labios el té caliente.
Sintió alivio momentáneo, el aroma y el sabor lo reconfortaron.
La señora Bates era estupenda en sus funciones.
En su juventud sirvió en la casa de un marqués, y era una mujer muy hábil manejando una propiedad.
A veces, incluso se excedía y la mesa de Edward podía competir con la de un duque, pese a la austeridad con la que prefería vivir el médico.
Edward bebió devorando con la vista los manjares. ¿Por dónde empezaría primero? ¿La fuente de frutas? ¿Los huevos escalfados, el jamón o el bacon ? ¿Los panes tiernos untados con mantequilla y miel?
La señora Bates, de pronto, apareció a un costado de la mesa, venía de atender la puerta. Con las manos sobre el delantal y la indecisión en la mirada no se atrevía a hablar.
—¿Sucede algo? —indagó Edward entrecerrando los ojos—. ¿Mis amigas han vuelto a la carga?
—No quiero arruinarle el desayuno, doctor.
—Hable, de todos modos, tendrá que hacerlo.
—Han venido a buscarlo de parte del duque de Richmond.
—Oh, ¿se ha vuelto a indisponer su excelencia? Desde que lo atendí no volví a escuchar de él. Pensé que era otro su médico de cabecera y que me consultó solo de forma puntual.
—Tal vez le agradaron más sus servicios, doctor —opinó la mujer. Edward hizo una mueca ante su aseveración. El duque era bastante irritante y pomposo, atenderlo fue un suplicio—. Pero no es su excelencia quien lo requiere esta vez.
—¿Me han mandado a llamar por la señora Sable? —Debía ser eso. Cuando fue a examinarla lo despacharon debido a la urgencia del duque, pero quedaba pendiente la visita a la tía de lady Valery.
—No, es por la hija del duque. Según la prisa que trae el lacayo todo parece indicar que lo solicitan con urgencia.
Edward miró la piel perfectamente asada de las truchas, y el color apetitoso de la mermelada de frambuesas, tragó en seco y su estómago produjo un pequeño rugido.
—¿Es muy urgente? ¿Explicó el lacayo qué aqueja a la joven? —preguntó sin quitar la vista de los alimentos.
El ama de llaves se encogió de hombros al desconocer las respuestas.
Edward exhaló con fuerza. Apuró el té, y mientras se ponía de pie estiró la mano para tomar una manzana que iría comiendo por el camino.
—Pero, doctor, ¿no tiene tiempo de desayunar antes de salir? A ese paso quedará en los huesos. —Ella dudó de que fuera posible, el médico era alto y fornido como un gran bloque de granito. Pero sí, su rostro se veía castigado por los desvelos de su profesión.
—El deber llama. Tal vez la vida de esa damisela depende de mí, no me perdonaría atrasarme. Por favor, señora Bates, lléveme una chaqueta y un abrigo limpios a la salida, voy por mi maletín.
El ama de llaves suspiró y obedeció al señor, lo alcanzó justo a punto de subirse a su caballo. Pero algo lo había detenido, encontró a un chico de unos siete años con otro de trece, vendiendo el Times . Les compró un ejemplar y después le regaló al más pequeño la jugosa manzana.
—Señora Bates, invite a los jovencitos a la cocina, deles algo bueno de comer.
—Pero, doctor…
—El desayuno le quedó delicioso, sería una pena que se desperdicie.
La señora Bates negó, pero cuando escuchó la indicación del doctor elevó los ojos al cielo.
No era la primera vez que su cocina se veía invadida por quien se cruzaba —con el estómago vacío— en el camino del médico.
Ya estaba acostumbrada a lidiar con ello.
Estuvo a punto de replicar, pero los dos muchachos también le dieron ternura.