Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 2 #3
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—¿Hombre? ¿Tan importante es para usted que consiga un esposo con título?

—Sabes que traté de concertar tu compromiso con el duque de Hayden… Pero él ya tenía otras intenciones.

—Sí, aprobé esas intenciones totalmente en su momento, aún hoy sigo aplaudiendo que su excelencia se casara con Ettie.

—He encontrado una solución a nuestro dilema.

¿Se referiría a Errol? A Valery se le erizó la piel que recubría la espina dorsal. No sabía que tuvieran un problema, más allá de su necesidad de comunicar sus planes a sus padres.

—¿Cuál?

—Lo hablaremos mañana cuando los dos estemos menos exaltados.

Pero no estaba dispuesta a esperar. Mientras su padre hacía el intento de ponerse de pie, inspiró hondo.

—Para nadie es un secreto que gané el Premio Cumberland-Hayden —soltó de golpe antes de que se arrepintiera—. Quince mil libras y además tengo la casa que me heredó mi abuela. Es mi deseo abrir una escuela de canto y dedicarme a lo que siempre me ha apasionado.

El duque habría dado un puñetazo en la superficie de su escritorio de no ser un hombre apegado a sus costumbres. Jamás olvidaba que era un caballero, al menos lo intentaba la mayor parte del tiempo.

—No dejaré que arruines tu herencia dando mal uso a la casa que tu abuela te legó. Deseaba que vivieras ahí cuando te casaras, con la aprobación de tu esposo, no que la convirtieras en un circo.

—Una escuela de canto no es un circo.

—No daré mi autorización.

—Tengo veintiún años y el patrimonio es mío, padre.

La miró como si aquello no importara, confiado de tener los medios para interponerse.

—Debes saber que hace años solicité a la Corona que el próximo heredero en la línea de sucesión del ducado de Richmond sea tu hijo. —La solemnidad en el rostro de su padre daba cuenta de la seriedad del asunto y de qué tanto su petición había escalado.

—Eso… Eso… No es posible —tartamudeó recuperándose de la sorpresa.

Jamás escuchó a su familia mencionar ese tema, aunque entendía que su padre se aferrara a la última esperanza de que su legado de sangre continuara ligado al ducado—.

La sucesión de un título está determinada por la primogenitura masculina legítima.

Primero, hijos. Después, hermanos. A continuación, sobrinos —replicó Valery lo que siempre había escuchado.

—La Corona puede, en casos excepcionales, modificar parcialmente la sucesión de un título mediante una concesión real.

Desde que entendí que no tendría un hijo varón estoy intentando obtener una patente que permita que tu hijo se convierta en mi próximo heredero.

Cada vez estoy más cerca de mi propósito, pero no lo lograré sin tu ayuda.

Son años de negociaciones discretas con abogados de la Corona, miembros de la Cámara de Lores y reuniones cautelosas con Su Majestad.

Valery exhaló con fuerza, podía comprender la importancia de lo que su padre le estaba revelando —incluso su urgencia—. No despreciaba el título de su familia, al contrario, también era su orgullo, pero jamás lo había ambicionado para su hijo. Creció sabiendo que como mujer no le correspondía.

—Padre, yo… No entiendo cómo le sería de ayuda.

—No puedes abrir esa escuela de canto… No… No puedes atentar contra mis esfuerzos de años.

—No acabo de entenderlo.

—Para que la Corona apruebe mi petición se requiere no solo de influencia política, sino que tenemos que darles razones importantes de la continuidad del linaje, así como preservar el prestigio que hasta hoy hemos ostentado.

Tú, Valery, debes mostrar un comportamiento honorable.

Y el hombre con el que te cases… Tu elección es indispensable que sea sensata y muy estudiada.

Él debe ser digno del beneplácito de Su Majestad.

De pronto, se sintió en una encrucijada, entre la espada y la pared.

Por un lado, el deber con el título —lo que la honraba— y, por otro, la posibilidad de elegir cómo quería vivir.

En medio de la responsabilidad y sus anhelos.

Ese era su dilema, el de su padre era colocar al primogénito varón de Valery como heredero del ducado.

—Ya entiendo cuál es su gran problema y por qué los dolores de cabeza lo han atormentado.

—¿Lo entiendes? Qué bendición, hija mía.

—Pero, padre, que lo entienda no quiere decir que lo acepte.

—¿Te negarás?

—No es eso, es que… ¿Pretende que mi futuro esposo, a quien ni siquiera conozco, y yo mantengamos una conducta impecable? Pero el simple hecho de que mi hijo tenga la posibilidad de convertirse en heredero del ducado será escandaloso por sí solo, dará mucho de qué hablar.

No había empezado con el pie derecho, ojalá no llegara a oídos de la Corona sus peripecias encima del cabriolé.

—Si la Corona lo ve con buenos ojos, el resto de la sociedad lo hará. ¿Comprendes por qué es impensable que dé mi aprobación para tus planes? No usarás ese dinero para perder el tiempo precioso que deberías estar dedicando a encontrar un buen partido.

—Si la Corona considera que mi hijo debe ser el siguiente duque de Richmond lo asumiré con orgullo, padre.

Lo educaré para que sea un gran exponente de la nobleza.

Pero no renunciaré a mis sueños porque no le hacen daño a nadie.

—La voz no le tembló ni un segundo, dijo lo que creía mirándolo a los ojos.

—Por supuesto que sí, a tu propio hijo.

—¿Acaso a las damas no nos preparan para tocar el piano, cantar?

Incluso a los jóvenes lores les enseñan a cultivarse en las lenguas o aprendiendo algún instrumento.

Mi tía Gertrude, a la que veneras tanto, fue por años maestra de bordado en una de las escuelas más prestigiosas de Londres y nadie le cerró las puertas de la aristocracia por eso.

—Tu tía era solterona, hermana de una condesa y una duquesa, era lo mejor que podía hacer. Además, English Roses School está destinada a formar jóvenes y distinguidas damas. No arruinó su reputación. Tu caso es diferente.

—Mi escuela tendrá prestigio algún día.

—La futura madre de un duque, que deberás ser, no administrará escuelas, no dará clases de canto y menos se escapará de nuevo al alba sin carabina con sus inadecuadas amigas.

—Padre, si desea que esta conversación llegue a buen puerto no ofenda a mis amigas.

—Si quieres cantar hazlo agasajando a nuestros invitados en las recepciones que demos. ¿Eso no es suficiente?

—¡No! ¡No es suficiente! —Alzó la voz y su padre la miró con severidad. No pagó la más esmerada educación para que perdiera la compostura.

—Para mí tampoco —masculló decidido a no gritar como ella. En esa casa debían conservarse los modales—. No dejaré que arruines mis planes.

Nunca permitiré que socaves los míos , pensó Valery, pero no lo expresó o el duque terminaría obligándola a obedecer.

Debía ser lista y no solo reaccionar con furia dominada por sus impulsos.

No podía oponerse de manera más enfática o su padre tomaría medidas drásticas, sabía que era capaz. Tenía que pensar qué hacer y llevarlo a cabo pronto. No había llegado tan lejos para cruzarse de brazos y permitir que su destino fuera dictado una vez más por los hombres.