Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 2 #2
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El caballero había visitado Richmond House en varias ocasiones, pero no siempre coincidían, pues Valery vivió tres años en el internado.

—¿Te acuerdas de Errol, querida? —le preguntó Helen Belcher, duquesa de Richmond, la madre de Valery.

—Sí, madre —contestó, aunque si se lo hubiese topado en un baile no lo hubiese reconocido. Él era unos cinco años mayor que ella. Y tras abandonar la niñez, jamás coincidieron en sociedad. Solo sabía que había estudiado en Oxford y que tenía prestigio en su carrera en Kent.

—Errol ha recibido un puesto que nos honra a todos en casa —continuó Helen ante las atentas miradas del duque y la señora Sable—.

Tras desempeñarse con éxito durante años como abogado adjunto al servicio de la Catedral de Canterbury, ha sido convocado a Londres, con la misión de servir a la abadía de Westminster.

El propio arzobispo de Canterbury lo sugirió para el nombramiento.

Y el deán Peasly lo ha tomado bajo su protección.

Valery enarcó una ceja, era demasiada información y su madre no solía darla sin un objetivo.

—Si el arzobispo de Canterbury quería tenerlo en Londres, no era necesario el nuevo nombramiento. Se sabe que el arzobispo pasa la mitad del tiempo en Canterbury y la otra en Londres, en su residencia en Lambeth Palace. —Valery no pudo sonar más mortificada.

—Pero ahora es vizconde y tendrá obligaciones en el Parlamento.

Además de ser un fiel consejero de la iglesia en asuntos legales.

Tu padre estaría muy orgulloso, Errol —compartió la señora Sable—.

Ahora que vivirás en Londres en la casa del vizcondado Sable podremos verte más a menudo.

Solo una noticia tan estupenda ha logrado sacarme de mis aposentos.

Errol es como un hijo para mí, al igual que tú, Valery.

Con el respeto que tus padres se merecen.

Valery prestó más atención a la conversación, sabía que no tardaría en escuchar algo que no le gustaría.

—Espero, tía Gertrude, no haberla importunado. Su salud siempre me ha preocupado —correspondió el aludido.

—Al contrario, hijo, me has devuelto la luz. —Valery arrugó la nariz al escucharla llamarlo así, cuando era el hijo del primo.

—¿Y a qué se debe su recuperación milagrosa, querida tía?

¿Fueron de utilidad mis injerencias con el doctor Raleigh?

Supe que visitó la propiedad hace dos días.

—Valery trató de sonar con naturalidad, pero ardía de deseos por saber.

Había preguntado en varias ocasiones sobre la visita del médico a su madre, pero Helen no le había dado más que evasivas.

—En realidad, querida, el doctor Raleigh no pudo atender a tu tía.

No se encontraba dispuesta para recibir visitas y tu padre tuvo una jaqueca repentina.

De esas que le dan a cada rato y para la que nuestro médico de cabecera no ha podido encontrar remedio —intervino Helen disimulando la incomodidad de tener que responder a la insistencia de Valery.

—Así que quise probar una alternativa aprovechando que ya estaba aquí y el doctor Raleigh me sorprendió por su facilidad para encontrar la solución.

—El duque compartió su experiencia—. Me recetó una decocción de corteza de sauce, una pequeña dosis de bromuro para calmar la excitación nerviosa a la que atribuye las explosiones de dolor agudo, descansar en un cuarto oscuro y silencioso; y lo que más alivio inmediato me causó: colocarme un simple paño con hielo sobre la frente.

Para ocasiones donde la molestia sea insoportable me recomendó usar láudano.

Pero el hielo es lo que he agradecido más.

Me ha sugerido vivir más ligero, sin nada de sobresaltos.

Valery sintió que la mirada de su padre se le clavó como si la responsabilizara por ello. Aparte de su soltería —algo que no tenía felices a los duques— la economía del ducado había trastabillado, causándole frustraciones a su padre.

—Espero que en otra ocasión también pueda obrar milagros con usted, tía, aunque la veo muy bien esta noche. —Valery quiso dejar abierta la puerta para otra ocasión.

—Cuéntanos sobre tus planes, muchacho. Me encantaría oírlos.

—El duque parecía fascinado de pronto, como si Errol fuese la señal que le pedía al cielo para resolver sus problemas.

El joven siempre le había agradado, había financiado sus estudios en Oxford, pero en ese momento veía más allá de apoyar a un familiar de su esposa con potencial para lograr ascender en la vida.

—No quisiera aburrir a lady Valery… —dijo el caballero de unos veintiséis años con modestia, pero por alguna razón, en él, la modestia no encajaba con facilidad. No se le daba de forma natural.

—Nada de lady Valery, Errol, somos familia —intervino la duquesa—. Puedes decirle Valery como lo hacemos todos, más ahora que nos veremos con más frecuencia.

Valery levantó la mirada del plato y un suspiro se le quedó atravesado a medio camino. No deseaba tener que sentarse cada noche a la mesa con Errol Sable. Aunque lo había visto algunas veces, sentía como si lo acabara de conocer.

La noticia no le agradó. Su madre la presionaba en exceso. Su tía sabía muy bien mover los hilos para que en la mansión Richmond todos escucharan sus consejos y los siguieran al pie de la letra. Y ahora, había aparecido de la nada el ahijado prodigio al que celebraban sus logros.

Se sintió pequeña en aquel comedor, como si el mundo la oprimiera. Y no estaba dispuesta a permitirlo.

Cuando ella tocó el piano de manera excepcional un año atrás, tras terminar sus estudios en English Roses School, sus padres —y tía— la aplaudieron emocionados.

Fue un concierto donde las debutantes mostraban sus dotes para que captaran la atención de caballeros con posibilidades de convertirlas en sus prometidas.

Su familia solo celebraba sus triunfos mientras siguiese las reglas implícitas de lo que se esperaba de ella.

Sin embargo, cuando interpretó una canción durante el concurso Cumberland-Hayden, convocado por la duquesa de Hayden, dueña de English Roses School, y el público la ovacionó de pie, sus padres ni siquiera asistieron al evento.

El premio constaba de una suma significativa destinada para jóvenes talentosas.

Para sus padres el mejor talento que una dama podía tener era cautivar a un caballero con fortuna y título que le ofreciera matrimonio, lo que Valery, pese a su belleza discreta, angelical y sus dulces maneras, no había podido conseguir.

Cuando la cena llegó al final se negó a acompañar a los demás a la sala de estar para seguir departiendo.

No se sentía cómoda en presencia de nadie en aquella casa.

Tan diferente a cuando recorrió las calles adoquinadas de Londres en el cabriolé en compañía de Ettie y Charlotte.

Ahí se sintió ella misma, viva, plena, con la brisa matinal golpeándole suavemente el rostro, con el repiquetear de los cascos de los frisones y con las risas espontáneas y contagiosas.

Pero su padre no aceptó sus excusas. La hizo acudir de inmediato a su estudio, ante las miradas displicentes de su madre y su tía que no tardaron en volver a concentrarse en la historia relatada por Errol sobre su estancia en Kent.

Valery tardó en llegar al estudio, los pies le pesaban, tenía un mal presentimiento.

Además, había perdido la oportunidad de desvelarles a sus padres la intención que tenía para la casa que le heredó su abuela.

No hablaría delante de Errol, a quien no consideraba cercano, aunque su madre y su tía lo trataran como tal.

Ellas habían convivido con él y por ello quizás lo apreciaban. No era su caso.

Cuando por fin atravesó el umbral de la puerta alzó la frente, era tímida, no cobarde. Y hacía un año que las exigencias de sus padres ya le pesaban. No estaba dispuesta a bajar la cabeza y obedecer sin resguardar su integridad y sus deseos.

—Que el obispo de Canterbury haya enviado a Errol Sable a Londres no es casualidad.

—¿No? —La palabra brotó de sus labios por la sorpresa.

—Tu madre y yo llevamos algún tiempo estudiando candidatos…

—¿Mi madre y usted, padre? —Como si algo en aquella casa no se moviera también bajo los designios de la señora Sable.

—Debes casarte…

—Supongo que algún día llegará el indicado.

—La mayoría de tus amigas —dijo con desdén—, ya se han casado con pares del reino y no tienen la mitad de tus dones.

—Padre, para usted soy la dama más virtuosa del universo. Mis amigas también lo son y merecen la dicha que ha llegado a sus vidas. No las envidio.

—En un mundo donde las mujeres nacen para obedecer y los hombres para dar continuidad al linaje, no puedes darte el lujo de ser una mujer común.

Valery cerró los ojos con frustración.

¿Acaso era pecado desear algo más?

¿No debió cantar?

¿No tenía que ganar el concurso?

—¿Para qué me pidió venir a su estudio, padre? —Lo miró de frente, dejando fuera su timidez por unos minutos.

Era su momento, debía comunicar sus planes y ser firme para que no la obligaran a retractarse.

—¿Algún caballero ha mostrado interés en ti? ¿Uno por el cual tu entusiasmo sea recíproco? —reformuló su pregunta porque desde que su hija tuvo su puesta de largo dos jóvenes lores trataron de acercarse a ella, pero Valery los ahuyentó al no corresponder a sus atenciones.

—Padre, no considero prioritario atrapar a un lord y convertirme en duquesa, marquesa o condesa…

Menos vizcondesa —enfatizó por si acaso se le había ocurrido la terrible idea de empatarla con Errol—.

Lamento que todas sus esperanzas estén puestas en mí y que no haya tenido un hijo varón a quien legarle el título.

Sé que para usted es imperioso que sus descendientes, mis hijos, continúen en la aristocracia.

—Por supuesto que sí, soy un duque. Por el amor de Dios. No quiero que mis nietos desciendan abruptamente en la escalera social solo porque no fuiste… —El duque no pudo terminar la frase, ante todo era un caballero y no se le hacía honorable dejarle ese peso en los hombros a su hija.