Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 2
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Lady Valery Belcher salió rebosante de emoción del salón de música de English Roses School, el internado donde se formó durante tres años.

Ni siquiera le importaba que dos días antes sus padres trataron de reprenderla por escapar al alba con sus amigas.

Mintió para librarse de la perorata, mezclando verdad con invención, para sonar más creíble porque hasta la fecha era una pésima mentirosa.

Ante la respuesta de que sus amigas la acompañaron a consultar a un exitoso doctor para ayudar a su tía, debido a la aflicción que le causaba a Valery verla postrada en una cama, los duques no supieron cómo reaccionar y solo le exigieron que en el futuro avisara antes de salir sin dar cuentas de su paradero.

Gracias a la astucia que surgió de la nada para enfrentar a sus padres, se libró del castigo y pudo acudir puntual a la cita con el señor Hill y Mary Hill.

La entrevista con ambos salió como esperaba.

Él era el viejo y talentoso maestro de música de la prestigiosa escuela para señoritas, y Mary, su hermana, la profesora de canto.

Ahora todo parecía más real.

Tarareó una dulce melodía que se escapó grácil de sus labios y como respuesta, recibió un lametón en la mejilla del pequeño can que llevaba en brazos.

—Honey, ¿te gusta cómo canto? —murmuró con ternura y el cachorro de cabeza y patas doradas y lomo negro le respondió con un alegre wof que resonó en los pasillos elegantes con paredes tapizadas de maderas oscuras y ornamentos de oro.

Valery negó conmovida por lo que estaba viviendo. Tardó meses para decidirse a dar el paso inicial, tras obtener el primer lugar en el célebre Premio Cumberland-Hayden que la hizo acreedora de una suma importante, que la ayudaría a hacer realidad su sueño más preciado.

Los latidos se aceleraban en su pecho. ¡Por fin nada la detendría! Llevaba meses con la idea girando en su cabeza hasta que entendió que materializarla solo dependía de ella.

Todas sus amigas —quienes estudiaron también en English Roses School— ya habían logrado hacer realidad sus sueños. Era su turno.

Tenía en su retículo la llave de una propiedad que había heredado de su abuela, una casa en Berkeley Square. Anhelaba convertirla en una escuela de canto para niños. Era un sitio acogedor, pero requería mejoras. Pasó cerrada mucho tiempo y el olvido no perdonaba ni a los cimientos más sólidos.

Tres días después se verían en el lugar para comenzar a planear cómo convertirían el edificio en una nueva escuela.

El señor Hill y Mary —la señorita Hill— trabajarían para ella.

Se habían comprometido cuando Valery recibió las quince mil libras del concurso.

Darían clases en el recinto. El dinero permitiría mejorar la construcción, comprar mobiliario, instrumentos y contratar a un par de maestros además de ellos.

Aunque era la hija de un duque y se desempeñaba con gracia y soltura en canto, piano, bordado y lenguas, no estaba acostumbrada a ser el centro de atención. Prefería refugiarse en las sombras.

Aún no podía creer que había ganado. El concurso consistió en presentar un proyecto que los benefactores de la presea estuvieron dispuestos a apoyar.

Lo más increíble, era que los espectadores la habían aplaudido de pie cuando demostró sus dotes de soprano y explicó por qué pretendía crear ese espacio para niños con talentos para el canto.

—Valery, ¿cómo te fue en la cita? —Una voz la sacó de sus pensamientos.

Otro wof de Honey le dio la bienvenida a la recién llegada.

La aludida levantó los ojos y vio a lady Bonnie Severn, la única de sus amigas que seguía soltera —como ella—.

Bonnie era una belleza de cabello rubio color miel, que llevaba un año, aproximadamente, como directora de English Roses School.

Era hermana del duque de Hayden, el esposo de Ettie.

Ella no había estudiado precisamente con Valery y sus amigas, ya que era dos años mayor.

Pero también era egresada del mismo colegio.

Traía un sobre de piel marrón de exquisita hechura abrazado a su pecho que llamó la atención de Valery.

—El señor, la señorita Hill y yo hemos llegado a un acuerdo. Colaborarán conmigo en el horario que no estén aquí en English Roses School. Como la señorita Hill tiene pocas horas, me acompañará durante más tiempo. Espero no crearte un caos al secuestrar a tus dos maestros de música.

—Nos acomodaremos. Sabes que cuentas conmigo, querida. —La rubia de belleza calmada y segura estiró un brazo para acariciar la cabeza del cachorro—. ¿Quién es? No lo conocía.

—Es una larga historia. El perro de lady Normanby tiene descendencia por primera vez y ayer la duquesa de Norfolk me llevó a conocer los cachorros. Ambos padres provienen de Yorkshire, justo el nombre que se le ha dado a la raza de estos terriers .

—Te aprecia mucho la duquesa de Norfolk. Es una bendición que cuentes con su protección.

—Una aliada poderosa que me ha tomado bajo su protección en el momento oportuno.

—Y qué madrina. —Bonnie sabía por qué lo decía, así que asintió.

—Su excelencia ha insistido que tener un perro le cambió la vida. Así que me llevó a elegir de la camada a mi nuevo compañero. Los demás aún no tienen hogar. Aunque lady Normanby se quiere quedar con todos. ¿Por qué no adoptas uno? Tal vez te cambie también la vida.

Bonnie miró al gracioso cachorro de unos diez meses. Volvió a acariciarlo y se quedó pensativa.

—Toda la vida quise tener una mascota, un gato, un perro, pero jamás tuve el privilegio de poseer algo mío. Sabes que crecí en este internado —recordó Bonnie con consternación, como si pensara en voz alta. Valery sabía que tuvo una vida difícil hasta que fue rescatada por el duque de Hayden.

—Entonces no lo pienses más. Puedo acompañarte a pedirle un cachorro. Seguro lady Normanby accederá. Los requisitos que exigen son tantos que parece que vas a hospedar a un príncipe en tu residencia. —Rio al acordarse—. Seguro aprobarás.

—¿Te gustaría que tomáramos un té en la semana?

Ahora que todas se han casado y tienen sus respectivas agendas tan ocupadas, verlas solamente cuando nos reunimos para tratar los asuntos del comité me ha hecho echarlas tanto de menos.

Al menos tú tienes esperanza de encontrar un esposo y crear una familia, tus temporadas apenas empiezan.

Yo ya me he quedado para vestir santos, me he casado con English Roses School.

Quizás la compañía de un perro o un gato no me haga mal.

—Bonnie, sabes que siempre estaré para ti. ¿Te gustaría acompañarnos en tres días a recorrer la propiedad de mi abuela? Tus conocimientos como directora podrían ser muy valiosos.

—Como incipiente directora de escuela —corrigió con una sonrisa.

—No seas modesta. Llevas de manera estupenda el colegio.

—Por supuesto que ahí estaré, amiga —aseguró y Valery se lo agradeció con el gesto. Bonnie hizo una pregunta que le pareció oportuna—. ¿Y cómo se llamará la escuela?

—No lo he considerado aún, entre tantos planes olvidé ese detalle tan importante. ¿Ves? Tu experiencia, aunque solo sea de un año, supera con creces la mía. ¿Cómo no se me ocurrió?

—Supongo que tendrás tiempo de encontrar un nombre adecuado.

—Me has dejado pensando. Un buen nombre es primordial.

—Aquí está lo que me solicitaste.

Le extendió el sobre marrón con cierto secretismo. Por suerte el pasillo estaba desierto, alumnas y maestros seguían en horario de clases. Lo tomó con discreción y también lo abrazó a su pecho con la mano libre, muy pegado a Honey.

—Te agradezco mucho que lo hayas resguardado para mí.

—No tienes que hacerlo, Valery. Es un honor contar con tu confianza.

—El sobre… Te lo devolveré cuando vacíe el contenido…

—Es para ti, así mantendrás a salvo tu tesoro de los ojos curiosos. Lo hice con mis propias manos.

—¿Lo confeccionaste tú misma? —Se sorprendió de las dotes secretas de su amiga para trabajar el cuero, una labor que estaba por lo general destinada a los hombres.

—Me gusta ocupar mis manos en los ratos libres.

Valery volvió a elogiar el trabajo de Bonnie tras examinar cada puntada, cada corte y resaltar la utilidad de su creación. Después se despidieron con alegría, con la ilusión de los sueños en puerta.

Se dirigió a la salida donde ya la esperaba el carruaje de su padre con el emblema del ducado de Richmond. Apretó el sobre de cuero contra su pecho con más fuerza, esperanza y también determinación.

Esa noche durante la cena enfrentaría a sus padres. Les contaría que no dilataría más su intención de abrir su propia escuela de canto, aunque de antemano sabía cómo los duques reaccionarían al respecto.

Cuando llegó al comedor encontró que no solo sus padres estaban presentes. Su tía, la señora Sable, y el ahijado de sus progenitores tenían lugares en la enorme mesa de roble.

No supo si la sorprendió más ver a su tía Gertrude lejos de su cama, donde había convalecido desde hacía meses o la presencia del hombre.

Había escuchado mucho hablar de Errol Sable, hijo de un primo de su madre.

Por lo anterior, él conservaba el apellido de soltera de la duquesa.

Era la rama de la familia que le daría continuidad.

El abuelo materno de Valery había sido el vizconde Sable, a su muerte heredó un primo de la duquesa, y tras el fallecimiento de este, Errol había recibido el título.

Para ese entonces, Errol, quien jamás pensó convertirse en vizconde ya tenía una carrera cimentada como abogado de la iglesia, y decidió continuarla por el prestigio y las conexiones de las que ya gozaba.

Al menos hasta que sus responsabilidades como vizconde se lo permitieran.

Tanto la señora Sable —a la que llamaban señora por su posición de maestra durante décadas en English Roses School, aunque en realidad jamás se casó— como la madre de Valery, sentían una devoción especial hacia Errol.

Esa inclinación se acrecentó desde que heredó el título del padre de ambas, con todas las propiedades en donde ellas habían crecido.

El padre de Errol había sido el sobrino favorito del difunto abuelo de Valery.