Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 1 #2
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Todos tomaron asiento y el ama de llaves puso el servicio para las damas que en confianza pellizcaron los panes calientes recién horneados y degustaron el exquisito té.

—Como decía, la arpía ha vuelto a Londres supuestamente porque padece una grave dolencia.

Así que mi marido no puede volver a expulsarla de la ciudad sin ser devorado por toda la sociedad.

—No era que al duque de Hayden, apodado Ogro Gruñón, le importase mucho la opinión de sus semejantes, pero para no alborotar el avispero había decidido mirar hacia otro lado.

—¿Lady Valery, no le ofende que le llamen «arpía» a su tía? No deseo incomodarla.

A Valery, oír su propio nombre en los labios del hombre la hizo sentir un vuelco en el estómago. No sabía por qué se sorprendía. No eran cercanos, pero tenían amigos en común, era imposible que él no la recordara.

Ella se encogió de hombros y negó. No daría las extensas explicaciones por las que no podía molestarse con sus amigas.

La señora Sable había sido, hasta cierto punto, muy sacrificada y obsesiva en su cariño hacia Valery, pero con la misma fuerza que su tía la protegía había dañado a sus amigas. Aquellas no lo podían olvidar.

—Como sea —intervino Charlotte—. Todas creemos, incluso Valery, aunque no lo diga en voz alta, que la arpía miente y que ha inventado una enfermedad que no existe para campar en Richmond House a sus anchas.

—La arpía solo quiere librarse de continuar refundida en el campo donde mi Ogro Gruñón la exilió —terminó Ettie de contar y añadió con cierta teatralidad, dejando a Valery asombrada porque no la consultaron al respecto—: Hemos planeado lo siguiente: Valery, en la infinita bondad de su alma y preocupada por su «querida tía», ha acudido a la eminencia de moda, el joven doctor Raleigh, para ayudar a la pobre mujer.

—¿La eminencia de moda? —repitió Edward guasón—. No sé si alegrarme u ofenderme. Continúa.

—Si descubres que miente, dirás que milagrosamente la has curado. Así mi amado Valentine moverá los hilos que conducirán a la arpía de vuelta al sitio del que jamás debió regresar. —Su esposo estaría feliz de echarla.

Edward quedó sin palabras por unos segundos.

—Esa cabecita tuya, Ettie, es…

—También he puesto de mi cosecha, aunque la idea original vino de Valery —repuso Charlotte.

—Yo… —Valery no dio crédito a tal atrevimiento. ¿O sí? Las conocía y en ellas toda osadía era posible—. Es por eso por lo que le pedí su tarjeta tiempo atrás, doctor. Después desistí porque al fin y al cabo es mi tía.

—Pero si hemos venido a pedir tu apoyo, Ed, no es por nosotras —aclaró Ettie que era defensora de las causas perdidas.

Más si alguien a quien se vulneraban sus derechos la necesitaba—.

Es para ayudar a Valery. Como decirlo, su tía es como un mosquito detrás de los oídos de los duques de Richmond, susurrando, instigando con sumo tacto e inteligencia.

Si no libramos a Valery de esa molesta espina clavada en el pie, terminará casada antes de que acabe la temporada con un ser horroroso.

No creo que la arpía tenga un gusto digno de celebrarse.

Cabe recalcar que las metáforas de «espina» o «mosquito» son iniciativa de Valery, no ha dejado de llamar así a la arpía desde su retorno.

La aludida enrojeció por completo y el varón sonrió de medio lado al notarlo.

—Si lady Valery está en problemas, no me queda más que tomar mi capa y espada y como un caballero acudir en su rescate. —Su voz… La voz que usó para aceptar ayudarla sin que ella se lo hubiese pedido la hizo tragar en seco.

Si la obligaban a casarse con un hombre como Edward Raleigh tal vez no se opondría con tanta resolución. Podría olerlo todo el día y contemplarlo, reír de sus ironías. ¿Cómo sería acariciar esos brazos duros como el mármol?

—Eres magnífico, Edward —celebró Ettie.

Sus palabras sacaron a Valery de su ensoñación.

Sí, es magnífico , pensó embelesada. Enderezó su postura en la silla y se reprendió para que aquella debilidad no se le notara.

Lo que unos brazos desnudos bien formados y dos botones desabrochados de una camisa pueden hacer es de cuidado , se dijo para sus adentros.

Tenía que convivir con más hombres, por todos los santos…

—Si ya están felices, ahora comamos —invitó Edward de nuevo con esa voz de barítono que el fino oído de Valery no cesaba de estudiar—. Muero de hambre y mi jornada será larga. Debo incluir una visita a la señora Sable.

El hombre mordió aquella pierna de pollo con tanto apetito como no lo haría un caballero. Valery volvió a tragar en seco. La conversación tomó otros caminos menos beligerantes y todos rieron.

Le agradó ver al doctor engullir el desayuno que el ama de llaves le puso delante. Pero se veía tan delgado y atlético, que hubiese parecido un hombre de menor apetito. Seguro su complexión se debía al remo y las largas jornadas como médico.

—Yo me enfrentaría a dragones más fieros con tal de huir del matrimonio. Cuente con mi apoyo, milady —reiteró él—. También tengo una tía que arde en deseos de conducirme al altar. Eso sí, jamás la refundiría en el campo. Mi tía es una de las mujeres más increíbles que conozco.

—Oh, Edward, Valery no está peleada con el matrimonio, solo con una pésima elección de marido —rectificó Charlotte—. Y tú deberías recapacitar. Pero algún día llegará una mujer que ponga de cabeza tu vida, te arrodillarás ante ella y suplicarás por su amor.

El médico negó riendo, sabiendo que le habían asestado una buena estocada.

Charlotte y Ettie rieron a carcajadas nada elegantes. Valery negó divertida por el desparpajo de sus amigas: las admiraba y con ellas se sentía libre sin las ataduras que su familia cernía alrededor de ella.

—Para ver el futuro no hay nada mejor que ver cómo transcurren los días uno detrás del otro —sentenció el varón con un guiño, que provocó que el estómago de Valery se encogiera más todavía.