Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2) 1
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Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2)

Entregar el corazón (Rosas Inglesas 2)

Por Mile Bluett

© inepub.com

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Valery, más conocida en sociedad por lady Valery Belcher, de continuo olvidaba que era la hija de un duque. A sus veintiún años, prefería ser simplemente Valery. Y si encima había decidido secundar a las más locas de sus amigas lo olvidaba por completo.

Emily y Florence eran muy dulces y comprensivas, pero ellas no la acompañaban.

Tampoco Bonnie, quien era la más sensata de sus amigas.

Esa mañana, Ettie y Charlotte pasaron a recogerla. Dos vendavales de picardía, terquedad y resolución: Ettie, uno rubio, y Charlotte de sangre escocesa, uno pelirrojo.

Se dirigían hacia un destino misterioso en un cabriolé tirado por dos frisones negros a una velocidad vertiginosa.

Valery, sentada en medio de las otras, se zarandeaba por las calles adoquinadas de Londres sin pensar en las consecuencias.

Su bonete salió despedido por la fuerza del viento y los mechones de su cabello castaño oscuro se batieron contra su tez nacarada.

¡Un escándalo en ciernes!

Pero a sus osadas amigas los cotilleos de las damas más remilgadas de Londres las tenían sin cuidado.

Charlotte tiraba de las riendas y era la dueña del carruaje y los frisones.

En el pescante posterior, un mozo de cuadra, que servía a Charlotte desde hacía años, iba como gladiador romano de pie, tratando de mantener el equilibrio.

Todo un espectáculo.

La escocesa estaba casada con un conde que poseía el periódico más atrevido de Londres. Y sabía que su encantador esposo podía cambiar el curso de la opinión pública con las páginas de The Golden Gazette .

—Es ahora o nunca —instó Ettie que sonreía como un rayo de sol de verano y que, a pesar de ser la joven esposa de un duque muy gruñón, no seguía cánones de ningún tipo.

Esa mañana su peinado eran dos trenzas largas, una a cada lado, decoradas con dos inmensos lazos de satén blanco.

Y nadie se atrevería a increparle que debía comportarse como una duquesa.

Solo lo recordaba para mandar y no permitir que alguien tratara de pasar por encima de sus decisiones.

—Verás que te ayudará, querida —reforzó Charlotte.

—¿Quién me ayudará? —inquirió Valery, todavía no sabía por qué la habían hecho madrugar.

Nadie respondió. Aquellas solo rieron como cómplices en una travesura. Como si no quisieran escuchar la negativa que saldría de los labios de Valery en cuanto la pusieran al tanto de las ocurrencias de las otras dos.

Valery se encogió en su asiento. Las admiraba. Todo lo que necesitaba era tener el valor de ellas para no sentirse invisible, para gritarle a los que la condenaban a un rincón solitario y silencioso que no estaba dispuesta a que la obligaran a callar.

Poseía una voz tan icónica como la de los ángeles y la habían sentenciado a esconderla.

Tras crecer sometida al estricto control de sus padres —los duques de Richmond— una nueva chispa se había encendido en su interior, una chispa que amenazaba con crecer y devorarla en sus llamas.

Un día antes sus impetuosas amigas le habían contado sus planes —o parte de ellos— que pasarían a recogerla después del amanecer. Y Valery, desafiando las reglas de la mansión ducal, burló la vigilancia de sus padres y a los sirvientes para salir sin que nadie la viera.

Mientras avanzaban, agitadas, como si fuesen a apagar un fuego y salvar a una villa entera, reconoció la calle Harley, la elegante avenida del West End, flanqueada por casas del estilo georgiano con fachadas de ladrillos rojos, a diferencia del tramo donde el cabriolé se detuvo.

—Hemos llegado. —El tono de Ettie era jocoso.

¿Qué se traía entre manos? , pensó Valery.

El mozo las ayudó a apearse y después se hizo con las riendas mientras ellas quedaban frente a la propiedad. Charlotte tocó la aldaba de latón con fuerza.

Era una edificación color crema, de cuatro pisos donde destacaban ventanas largas y estrechas de marcos blancos.

Un poco entretenida y otro tanto curiosa, Valery percibió que al lado de la puerta negra había una placa de bronce pulido que ostentaba el nombre del doctor Edward Raleigh.

Valery palideció.

Si el día ya había empezado algo tumultuoso y desenfrenado se pondría peor.

Estaban frente al consultorio de ese joven médico, amigo muy querido de Ettie y del esposo de Charlotte, Frederick.

Casi inseparables. Esos dos hombres —Raleigh y Frederick— junto a Ettie creaban una tercia temeraria y con un humor sardónico tan afilado, que Valery prefería mantenerse alejada.

Charlotte, por su parte, los desafiaba y reía a carcajadas sin sonrojarse.

Y el esposo de Ettie, el duque gruñón, encajaba con ese variopinto grupo a pesar de su carácter.

Suspiró anticipando cómo sería su propia reacción al quedar frente al joven y apuesto doctor.

Lo conocía, incluso le había pedido su tarjeta. Quería solicitarle una cita. Necesitaba que le ayudara con un problemita que le causaba tanta incomodidad como una espina en el pie.

Pero después de pensarlo no pudo. Valery no tenía corazón para hacer daño ni a un mosquito, aunque este le succionara la sangre y le zumbara toda la noche en el oído.

¿Por qué les contó a sus amigas que había estado tentada de consultar al médico para que la ayudara a deshacerse de la hipotética «espina en el pie» o el supuesto «mosquito»?

Espina o insecto que le causaba bastante contrariedad, pero la bondad de Valery le impedía no tocarse el corazón para arrancar la filosa espina o aplastar al condenado bicho chupasangre.

—¿Me han concertado una cita? ¿No es muy temprano para eso? —preguntó Valery sin entender.

—Edward aún no ha abierto la consulta —explicó Ettie sonriente—. Inicia a las nueve. Pero si no llegamos muy temprano el consultorio estará lleno y no podrá recibirnos. Debe estar desayunando.

—¿Quién está enferma? —Tal vez Charlotte quería consultarlo por su embarazo de pocos meses o se trataba de Iris, la bebé que su amiga y su esposo habían adoptado.

—No seas impaciente —jugó Charlotte. Después añadió como si estuviera pensando en voz alta—. ¿Será que aún no ha llegado el secretario?

La puerta negra se abrió y el secretario del doctor Raleigh las miró, inusitado por la hora, todavía no abrían para los pacientes. Valery se quedó sorprendida por el espacio iluminado e impoluto. Tres enfermeras con uniformes prístinos parecían recién llegadas.

Una puerta lateral de color crema, casi mimetizada con la pared, se entornó y por la escueta abertura asomó la cabeza una vieja ama de llaves, la que les indicó acercarse.

—Su excelencia, ¿le ha ocurrido algo? —inquirió preocupada en dirección de Ettie y abrió por completo la puerta.

—Tengo una cita con Edward.

—¿Tiene una cita con el doctor? Son las siete de la mañana.

—En realidad, no necesito sacar cita con Edward, pero sé que es imposible coincidir con él si no es casi amaneciendo —replicó Ettie con sorna ante la mirada perpleja de la mujer que no se atrevió a amonestar a una duquesa—. ¿Nos anuncia, por favor?

—Por supuesto, excelencia.

La siguieron hasta la segunda planta donde al parecer el médico tenía su residencia. La decoración era austera, pero todo relucía de limpio. Olía a pulcritud, hierbas medicinales y aire renovado. Valery llenó sus pulmones de golpe, era agradable inspirar ahí.

Las tres irrumpieron en el comedor ante la asombrada mirada del joven médico, el ama de llaves sabía que estaba vestido y correcto para recibirlas, por eso no las detuvo.

No era la primera vez que la duquesa venía sin ser invitada.

Igual lady Cumberland —Charlotte—, aunque esta última siempre acudía acompañada de su esposo.

Valery no solía comportarse así. ¿Aparecer en la casa de un hombre soltero, sin carabina, a un horario indecente? Pero no se acobardó, la curiosidad por saber el motivo por el cual la sacaron de su cama al alba la consumía.

Tal vez Ettie y Charlotte podrían considerarse sus carabinas en aquella situación por el solo hecho de estar casadas, aunque tenían casi la misma edad. Sin embargo, nadie las habría aprobado como tal debido a sus temperamentos.

—Supongo que no es una emergencia o no estarían tan tranquilas. —Fue el saludo del médico, mientras se ponía de pie y ellas lo miraban con los rostros azorados.

Charlotte y Ettie porque eran amigas del drama. Valery porque no acostumbraba a gozar de tanta intimidad con un hombre y menos tan atractivo como aquel.

Llevaba la corbata desanudada aún, dos botones de la camisa fuera de los ojales, y las mangas dobladas hasta los codos.

Valery creyó que sus brazos musculosos eran todo lo que estaba bien en esta vida.

No era un secreto que el doctor aún era remero para la Universidad de Cambridge donde se había graduado hacía pocos años.

Y su cabello… Unas ondas suaves contenidas en su rígido peinado. Aún se veía húmedo por el aseo matutino, lo que lo hacía parecer más oscuro. El afeitado era impecable y el aroma de su colonia mentolada y cítrica se sumaba al frescor del ambiente de la estancia.

—Tenemos una urgencia —comenzó Ettie y disparó palabras como un cañón en plena batalla—. ¿Recuerdas a la señora Sable, la arpía que conspiró contra mí en el internado?

Valery se cubrió la boca con la mano enguantada. Se refería a su tía Gertrude —la señora Sable— y el internado al que hacía referencia era la escuela para señoritas donde las tres habían estudiado.

—Imposible de olvidar —esbozó Edward mirando una suculenta pierna de pollo asada que hacía crujir su estómago. Ellas llegaron justo cuando iba a morderla—. Por favor, siéntense. Me encantaría brindarles un refrigerio mientras me ponen al corriente.

—Gracias, Edward, pero no queremos asaltar tu alacena —se disculpó Charlotte.

Algo de sensatez en medio de tal desparpajo no estaba nada mal.

—La señora Bates prepara más comida de la que puedo comer —dijo él y no dio más explicaciones, pero la verdad era que siempre hacía de más porque Edward compartía con los que aparecían en su puerta con el estómago vacío.

—Aliméntate, sabemos que tu agenda siempre está saturada —prosiguió Ettie—. No quiero ser responsable de que mueras de inanición.