Entregada al mafioso (Imperio Salvatore 1) 40.
87%

40.

—Tengo que huir —me dice Sarah—. Mi padre… acabará conmigo antes de que consigan atraparlo. Lo delaté. ¿Sabes lo que eso significa?

Trago saliva, sintiendo cómo me raspa  la garganta.

Luigi vuelve al cabo de unos minutos.

—¿Qué ha dicho? —es lo primero que le pregunto, angustiada.

—La verdad —dice, y resopla al respirar hondo—. No le he dado muchos detalles, pero él sabe que Sarah entró aquí porque Gina dejó la puerta sin cerrar.

—Te protegeré —le digo a Sarah, que no parece creérselo—. Tenemos que esconderte de Vittorio.

Luigi frunce el ceño y aprieta la mandíbula. Sonrío al verlo asintir y alejarse de nosotros para hacer otra llamada. No sé con quién habla ni de qué, pero al volver junto a nosotros, mira a Sarah.

—Te quedarás con Romeo hasta que lo solucionemos todo. —Hace un gesto con la cabeza hacia el ascensor privado—. Te dejaré en su casa, no está lejos. Pediré que alguien de confianza suba para vigilarte.

Pongo los ojos en blanco y me río incrédula.

— Si crees que me voy a quedar aquí esperando, estás muy equivocado.

Me agacho para recoger las balas del suelo y me apresuro a volver a colocarlas en el cargador de la pistola compacta. Una vez hecho esto, me la guardo dentro de los vaqueros y le lanzo una mirada a Luigi.

— ¿Sabes usarla…?

— Sí, sé —le interrumpo—. Paolo me enseñó. No es que sea una tiradora de élite, pero él siempre me aconsejó que apuntara a los huevos.

Luigi arquea ambas cejas y parpadea lentamente antes de asentir.

—De acuerdo.

Los tres nos dirigimos al ascensor privado y él lo llama.

Sarah parece fuera de lugar y hay tanta culpa en su mirada que me entristece.

No es más que una chica que ha sufrido mucho a manos de un padre tiránico, sin nadie que la defendiera o intentara salvarla.

Entrelazo mi mano con la suya, lo que hace que Luigi nos observe.

Es lo suficientemente inteligente como para permanecer en silencio.

Las puertas metálicas se abren y entramos en silencio. El trayecto hasta el aparcamiento subterráneo se hace eterno y me pasan muchas cosas por la cabeza. En cuanto salimos, mi móvil empieza a vibrar en el bolsillo.

Es Danilo.

Contesto la llamada.

—Quédate en casa, ya vuelvo—, es lo primero que me ordena. Y aunque odio que me den órdenes así, mi corazón se acelera al oír su voz. —¿Qué ha ido a hacer Sarah allí? No te atrevas a mentirme.

— ¿Podemos hablar cuando estés aquí?

— Martina… —me reprende.

—Ha venido a hablar de su padre —miento con total descaro y Luigi me lanza una mirada de reojo.

—¿No te he dicho ya que eres una pésima mentirosa? Dime la verdad. Sé que ha pasado algo más grave de lo que me ha contado Luigi.

—No fue culpa suya.

—Maldita sea —refunfuña.

—La protegeré —le digo, respirando hondo.

Luigi abre el coche y hace un ruido fuerte, que no pasa desapercibido para Danilo. Me acomodo en el asiento trasero y me abrocho el cinturón. Sarah se sienta a mi lado.

— ¿Qué coño estás haciendo?

Luigi se sienta al volante y no tarda en arrancar el coche y salir a toda velocidad.

—Vamos a llevar a Sarah a casa de Romeo. No te preocupes, voy armada —le digo, intentando tranquilizarlo. Por desgracia, ocurre justo lo contrario.

— ¿Armada? ¿Vas a salir de casa armada? —replica, alterado—. Quiero hablar con Luigi. Pásamelo —me ordena, y yo no le hago caso.

—No, está conduciendo —le respondo, lo que hace que Danilo resople y que Luigi me mire fijamente por el retrovisor—. No te preocupes por mí.

— Imposible, Martina.

— Estaré bien. Te lo prometo —murmuro.

— ¿Sabes disparar? —pregunta, haciéndome sonreír—. ¿Sabes usar un arma de verdad?

—Sí. Paolo me enseñó. Dispararé a cualquier hombre sospechoso —digo más bien para relajar el ambiente. Danilo se lo toma demasiado en serio.

—Hazlo. Dispara a la cabeza y no lo dudes. —Su voz grave y tajante me pone los pelos de punta. —Llegaré a Chicago lo antes posible.

—De acuerdo.

—No me hagas perder los estribos, Martina —es lo último que dice antes de colgar. Miro la pantalla a color del móvil y suelto un largo suspiro. Vuelvo a meter el móvil en el bolsillo de mis vaqueros.

—Me va a odiar —murmura Sarah.

— No, lo entenderá.

Claro que mis palabras son un intento de tranquilizarla, pero la verdad es que no sé cómo reaccionará Danilo ante Sarah cuando la vea. Por mucho que lo intente, no sé si podré protegerla de su ira.

—Mi padre es un traidor… De una forma u otra, voy a sufrir las consecuencias —dice, mirando hacia la calle en movimiento.

Luigi y yo nos miramos por el retrovisor y nos quedamos en silencio.

No hay nada que podamos decir en este momento, porque Sarah tiene razón.

La traición es algo que afecta a generaciones y, da igual si ella es inocente o se vio obligada a hacer algo, el nombre de su familia siempre quedará mancillado.

Estamos entrando en la calle poco transitada que lleva al cementerio de Graceland cuando otro coche a gran velocidad choca contra nosotros, haciendo que nuestro vehículo dé varias vueltas de campana sobre el asfalto.

Todo ocurre tan rápido que ni siquiera tengo tiempo de pensar con claridad, solo siento un dolor agudo en la cabeza.

Me llevo la mano a la frente empapada y me doy cuenta de que estoy sangrando. Me quito el cinturón de seguridad y llamo a Luigi, que no me responde. Miro a un lado y veo a Sarah. A ella también le sale sangre de la cabeza y está tan aturdida como yo.

De repente, se abre la puerta de su lado y un hombre la tira del pelo, haciéndola gritar. Ella extiende la mano hacia mí e intento agarrarla, pero nuestros dedos ni siquiera llegan a tocarse.

—Tu padre sabía que no harías el trabajo sucio —refunfuña el hombre, furioso—. ¿Qué mierda has hecho? ¿Qué le has dicho?

— Nada. No le he dicho nada —Sarah empieza a sollozar y oigo el ruido de una bofetada y luego la veo en cuclillas en el suelo.

—Ya te dije que no dejaras que los críos hicieran el trabajo sucio —dice mientras se acerca al coche. Hace ademán de tirarme hacia dentro y yo le doy una patada en la cara, lo que le cabrea aún más. —Puta de mierda —gruñe.

Consigue agarrarme por el tobillo y arrastrarme fuera del coche, haciendo que caiga de culo al suelo. En el instante en que mi cuerpo choca contra el asfalto, siento un dolor debido a la pistola compacta.

Intento darle otra patada y Sarah se abalanza sobre él, intentando morderlo, y aunque no lo consigue, es suficiente para que yo coja la pistola compacta y apunte hacia él.

Ni siquiera pienso con claridad, simplemente disparo y le doy en el pecho. Sarah lo suelta y vuelvo a disparar, esta vez intentando darle en los huevos y, después, en la cabeza.

El cuerpo del cabrón cae al suelo sin vida.

Me acerco a él y le registro los bolsillos, buscando el móvil y la pistola que iba a usar para matarme. Al encontrarlos, le entrego la pistola a Sarah sin el seguro puesto.

—Dispara a cualquier hombre que se acerque —le ordeno.

—¿Qué vas a hacer? —pregunta Sarah.

Reviso las llamadas del hombre que nos embistió con el coche y voy directamente al último número al que llamó hace dos horas. Suena varias veces y ya estoy a punto de rendirme y tirar el móvil al suelo, cuando alguien contesta.

—¿Lo has hecho tú o lo ha hecho ella?

Siento cómo la rabia hierve dentro de mí.

—¿Crees que puedes ordenar que me maten, cerdo asqueroso? —le gruño al padre de Sarah—. ¡Te voy a acabar! —grito, y él me cuelga en las narices

— Lo siento —susurra Sarah.

—No asumas la culpa de tu padre, ¿vale? —le digo con más rabia de la que pretendía, pero la chica asiente.

Damos la vuelta al coche y veo que está completamente destrozado. Abro la puerta del conductor y le quito el cinturón de seguridad a Luigi. El airbag lo ha protegido bien del impacto, pero sigue inconsciente.

—¡Luigi! —lo llamo mientras lo sacudo por los hombros—. ¡Luigi! ¡Despierta, por el amor de Dios! —vuelvo a gritar. Funciona: empieza a parpadear lentamente y se lleva la mano a la cabeza.

—Mierda —murmura al salir del coche. Intenta mantener el equilibrio sobre sus dos pies con la intención de acercarse al vehículo que chocó contra nosotros y se queda paralizado al ver al hombre tirado en el suelo. —¿Tú? —pregunta y yo asiento con la cabeza.

—Creo que lo he echado todo a perder —digo al darme cuenta de que ahora Vittorio sabe que yo sé lo suyo y que seguramente estará haciendo las maletas para huir del país.

— ¿Qué has hecho? —quiere saber.

Muevo la cabeza de un lado a otro, intentando ordenar mis pensamientos.

—He llamado a Vittorio y le he dicho que acabaría con él —digo mientras le entrego el móvil a Luigi, que cierra los ojos durante una fracción de segundo y respira hondo.