39.
Casi como si supiera que estoy intentando escapar a escondidas, Luigi empieza a vigilar todos mis movimientos dentro del ático. Va a ser prácticamente imposible salir de aquí sin que él me siga los pasos.
—¿Me puedes dejar un poco de espacio? —gruño mientras voy a la cocina a llenar un vaso de agua y lo veo acercarse.
—Sé lo que quieres hacer.
Arqueo una ceja.
— ¿Ah, sí? ¿Qué?
—Ir a Detroit y averiguar qué está pasando —dice, haciéndome resoplar.
Odio que mis acciones sean tan predecibles.
—Es lo que yo haría. Además, eres muy curiosa —añade, atrayendo mi mirada—.
Pero no saldrás de esta casa, Martina. No saldrás sola.
No saldrás sin mí. Solo, claro está, si quieres ir al restaurante a trabajar.
Aunque sus palabras me afectan como una bofetada en toda la cara, me encojo de hombros y finjo que no me muero de ganas de salir corriendo hacia el ascensor y escapar de su supervisión.
—Pues ven conmigo. Tú me proteges y yo no me paso todo el día de mal humor por no poder hacer lo que quiero —insisto, a punto de perder la esperanza.
Danilo no contesta mis llamadas, porque sabe que conseguiré convencerlo de que me deje salir. Por desgracia, no puedo hacer lo mismo con Luigi. Es demasiado leal al subjefe y a su mejor amigo.
Niega con la cabeza y decido que voy a ignorarlo.
—Aquí dentro estarás a salvo —vuelve a decir justo en el momento en que me doy la vuelta para salir de la cocina. Me quedo clavada en el sitio e inspiro hondo, conteniendo las ganas de soltar un taco.
Luigi está siendo insoportable, pero sé que solo está siguiendo las órdenes de Danilo.
No hay remedio.
Es imposible salir de casa durante el día.
Vale, esperaré a que anochezca y encontraré la manera de despistar la mirada de águila del soldado para escapar. No me quedaré aquí, esperando con los brazos cruzados a que vuelva Danilo o a que Angelina me llame para decirme que papá ha muerto.
Angelina me ha mantenido informada durante toda la tarde. Danilo está en Detroit, encerrado en el despacho de papá desde hace horas, pero, aparte de eso, no está pasando nada especial y todo parece extrañamente tranquilo.
Aun así, tengo que ir hasta allí. De hecho, quiero ir y sacar mis propias conclusiones con mis propios ojos.
Incluso pienso en usar la información que me ha dado Angelina para convencer a Luigi de que me deje salir. Pero sospecho que ya tiene réplicas para todo lo que salga de mi boca.
Como si nada, me tumbo en el mullido sofá y enciendo la tele.
Luigi, que está sentado en una tumbona en el balcón, mirando el móvil, me observa sin mover ni un músculo.
Hago zapping y me detengo en una película que están emitiendo en una plataforma de streaming.
Con cuidado, levanto la cabeza para mirar a mi guardaespaldas y me doy cuenta de que ha dejado de prestarme atención para volver a centrarse en el smartphone.
Sé que no podré salir de aquí con él en el balcón, así que finjo concentrarme en la película para escapar a escondidas justo en el momento en que se levante para ir al baño o algo por el estilo.
Ya estoy lista. Me he guardado los documentos y la tarjeta de crédito en el bolsillo de los vaqueros, me he puesto unas zapatillas cómodas y llevo una camiseta de manga larga para no tener que coger el abrigo. Saldré corriendo de aquí en cuanto encuentre la primera oportunidad.
Mi plan de fuga se va al traste cuando veo a Luigi entrar, acomodarse en el sofá a mi lado y fijar la mirada en la televisión.
Si fuera Paolo, en cuestión de quince minutos estaría echándose una siesta, pero además de que Luigi tiene una expresión de alerta grabada en el rostro, lleva los hombros erguidos.
Miro la hora en el móvil. Son las seis de la tarde y la distancia de aquí al aeropuerto es de más o menos una hora. A este ritmo, nunca llegaré a Detroit.
No me resigno a que mi única solución sea quedarme encerrada aquí, esperando y rezando para que no pase lo peor.
Me rindo y decido fingir que estoy durmiendo; si Luigi baja la guardia y deja de vigilarme, quizá tenga una oportunidad. Empiezo a respirar hondo para darle más realismo a la escena y, para mi disgusto, acabo echándome una siesta de verdad.
Me despierto con Luigi refunfuñando por el móvil detrás del sofá.
Levanto un poco la cabeza para observarlo y, en cuanto gira el cuerpo hacia mí, me acuesto y cierro los ojos con fuerza.
Un rato después, oigo pasos largos y firmes, y el sonido que hace el ascensor al detenerse en la planta del ático.
Sin entender muy bien lo que acaba de pasar, me siento en el sofá y miro la hora en el móvil. Me he quedado dormida durante casi cuarenta minutos. Al menos, no he visto pasar el tiempo y ahora puedo salir del ático sin que Luigi me siga los pasos.
Me levanto del sofá y compruebo si los documentos y la tarjeta de crédito están en el bolsillo trasero y, al confirmarlo, me dirijo al ascensor convencional. Estoy llegando al pequeño pasillo que conduce al vestíbulo cuando veo a Sarah entrar en el ático.
Tiene las manos temblorosas mientras empuña una pistola compacta apuntándome. Tiene los ojos enrojecidos y las pestañas húmedas. Presenta marcas de dedos en el cuello y algunos hematomas repartidos por su delicado rostro.
—Sarah... —murmuro, sin entender qué está pasando. Mi corazón late tan rápido que no consigo respirar bien y lo oigo retumbar en mis oídos—. ¿Qué estás haciendo? Baja esa arma.
Ella se acerca a mí y yo retrocedo lentamente, sin otra opción.
— Lo siento mucho — balbucea entre lágrimas.
— ¿Por qué?
Aprieta los labios y llora, pero no baja la guardia, sigue apuntándome con el arma a la altura del pecho, junto al corazón.
—Solo quiero que esto acabe —dice, y yo frunzo el ceño, sin entenderlo.
— Sarah, hablemos —le pido, porque, a pesar de que está amenazando mi vida, parece alguien que necesita ayuda. Y mucha.
—No sabes lo que es ser yo —empieza a articular entre sollozos—. Él… él me odia, me trata como basura, como si fuera un trozo de mierda. Como si no valiera nada.
—¿Quién, Sarah? —pregunto, con voz suave, aunque siento que voy a vomitarme el corazón.
—Los padres no deberían tratar así a sus hijos.
Ni siquiera pedí nacer —susurra, haciéndome tragar saliva y sentir un regusto amargo en la garganta—.
Él me culpa por no conseguir que Danilo se case conmigo.
¿Qué culpa tengo yo si él no es capaz de verme como mujer?
Nunca lo ha hecho. Pero la maldita culpa siempre recae sobre el más débil, sobre quien no puede defenderse por sí mismo.
Frunzo el ceño y parpadeo lentamente. No sabía que el padre de Sarah quería casarla con Danilo. Sienna era su prometida; resulta, como mínimo, extraño sustituir a una hija por otra en una situación tan peculiar como la de ellas.
—Tienes razón, la culpa siempre recae sobre los más débiles. Sobre las mujeres. Nos tratan como objetos y sé que es injusto.
—¡No sabes nada! —grita, gesticulando con el arma—. Tengo que matarte. Si no hago lo que papá me ha ordenado, no seré más que una inútil. —Llora, partiéndome el corazón en mil pedazos—. Papá dijo que todo irá bien si dejo a Danilo viudo.
Respiro hondo y siento que me arden los ojos.
—Pero tú no quieres hacer eso... —me atrevo a decir.
Sarah niega con la cabeza, llorando.
— Ya no puedo más. Solo quiero que me deje en paz —solloza y se limpia la nariz con el dorso de la mano libre—. Solo quiero que esto acabe. Solo quiero que finja que no existo.
Asiento y, con todo el valor que hay en mi interior, doy un paso para acercarme a ella. Sarah mueve el arma, deteniéndome.
— No te acerques —me pide.
— Está bien, hablemos. Vamos a resolver esto, Sarah. Danilo puede protegerte de tu padre —le digo. Y, por desgracia, la pura y simple verdad es que no sé si podrá hacerlo.
Sarah niega con la cabeza.
—Nadie puede protegerme de mi padre. Tú no lo conoces como yo. Nadie lo conoce como yo.
— Tienes razón, no lo conozco. Pero te conozco a ti y sé que eres una buena chica. Sé que no eres mala.
—Tú tampoco me conoces —murmura—. No soy buena. ¿Cómo iba a ser buena siendo hija de mi padre?
Trago saliva con fuerza.
— ¿Qué será de ti si me disparas? ¿Cómo te vas a librar de esto? Piénsalo, será una tragedia, Sarah.
—Papá echará la culpa a los enemigos —admite en voz baja—. Lo tiene todo planeado. Lo siento, Martina. Has sido amable conmigo, como ninguna otra chica lo ha sido.
— Danilo… él descubrirá lo que pasó realmente. Si lo hace, nunca te perdonará. Y te quedarás sola… con tu padre —decido recurrir a la intimidación para asustarla, lo cual, pensándolo bien, es una pésima idea.
— Estoy harta de que me peguen… de no ser nada.
A mamá no le importa. Creo que nunca le importó y, desde que Sienna se fue, todo ha empeorado.
Mi hermana era la única que se preocupaba por mí.
Y ahora, es como si ya no existiera. Es como si no existiera sin Sienna.
Tú no lo entiendes, tus padres te quieren.
Doy un paso hacia ella.
— Lo siento mucho.
—No sabes las cosas que me obligó a hacer. Cómo me obligó a vestirme para llamar la atención de Danilo —se queja entre sollozos—. Me repugno a mí misma. No puedo mirarme al espejo sin tener ganas de vomitar.
Me detengo a un paso de Sarah, con el cañón de hierro apuntando al centro de mi pecho. Si quiere desenfundar el arma y disparar, será mi fin.
—Siento mucho que tengas un padre como él. No te lo mereces. Nadie se merece que le traten así.
—Me obligó a venir aquí —admite entre lágrimas—. Yo no quería, y me dio una paliza por llevarle la contraria. Tengo que obedecerle, Martina.
— No, no tienes por qué.
— No lo entiendes. Papá… me va a dar una paliza y va a convertir mi vida en un infierno. Un infierno peor de lo que ya es.
Me armo de valor y agarro el cañón del arma con ambas manos; ella empieza a llorar aún más y, sin oponer resistencia, suelta la culata. Respiro hondo, aliviada. Sin pensarlo dos veces, saco el cargador y tiro todas las balas al suelo, lo que hace que Sarah llore aún más.
Debo de ser muy tonta, porque lo único que hago es rodear su pequeño y tembloroso cuerpo con ambas manos y abrazarla con fuerza, mientras la oigo pedir perdón.
En el momento en que Luigi entra en el piso, su mirada se posa en el arma que tengo en la mano, en Sarah entre mis brazos y en las balas tiradas en el suelo, y solo entonces, sus ojos se encuentran con los míos y me doy cuenta de que tiene un moratón en la barbilla y el traje manchado de sangre.
—¿Qué coño ha pasado aquí? —pregunta, haciendo que Sarah se aleje de mí de un tirón.
—¿Qué te ha pasado? —le respondo.
Se abalanza sobre mí como un animal enfurecido y me examina con atención; después, lanza una mirada recelosa a Sarah.
—Ya lo he solucionado —digo, con seguridad—. ¿Qué te ha pasado?
—Me llamaron para decirme que se había activado la alarma de mi coche, pero cuando llegué allí, era una trampa. También lo he solucionado —me informa sin darme muchos detalles, y yo asiento con la cabeza—. Sarah, ¿qué haces aquí?
—Matar a Martina —admite tan rápido que abro los ojos como platos. Luigi arquea las cejas y le se dilatan las fosas nasales a medida que se va enfureciendo—. Papá… Luigi, lo siento mucho. Él me obligó.
— ¿Por qué? ¿Por qué te mandaría a ti a matar a Martina? —pregunta, pero me recuerda a alguien que está buscando algo en lo más profundo de su mente—. ¿Cómo has entrado aquí?
— Gina dejó la puerta abierta.
Frunzo el ceño, atónita.
—¿Mi Gina? —replico.
Gina, la empleada, siempre se había mostrado muy servicial conmigo y creía que nos llevábamos bien.
—Es una de las amantes de papá —murmura Sarah, entrelazando los dedos de las manos y dejándome desconcertada.
Al oír las palabras que salieron de la boca de Sarah, Luigi comienza un registro implacable por el piso, poniéndolo todo patas arriba, lo que me pone nerviosa y me deja con un nudo en la garganta.
—¿Qué estás haciendo? —No tengo respuestas. —Creía que Gina era la sobrina de Ornella —añado al recordar que la propia Ornella me había hablado de su sobrina.
—Y lo es.
Es lo único que responde mientras registra toda la casa, dejando un caos a su paso. Y en la lámpara que ilumina la isla de la cocina, encuentra un micrófono oculto, que aplasta con la mano.
— ¿Un micrófono oculto? —pregunto lo obvio.
—Tengo que contarle a Danilo lo que ha hecho Sarah por orden de Vittorio —gruñe Luigi, sacando el móvil del bolsillo del traje—. Después, tendré una charla seria contigo —continúa, centrando su atención en la niña pequeña que está a mi lado.
—No, espera —le pido, lo que le hace fruncir la nariz—. ¿Qué será de ella? No puedes entregarla así.
—Martina, lo que ha hecho… es una traición.
Asiento con la cabeza, mostrándome de acuerdo con él.
—Tienes razón, pero no es más que una niña, Luigi. No puedes condenarla así; el culpable es su padre, ese maldito cretino. Por favor, llama, pero no le digas lo que ha pasado aquí.
—No puedo mentirle a Danilo. Además de ser mi jefe, es mi mejor amigo —replica.
— Piénsalo conmigo —le digo, agarrándole la muñeca e impidiéndole que llame a mi marido—. Si hablas, mi padre se enterará y también querrá matar a Vittorio. Será un baño de sangre. No creerás que mi padre se va a quedar de brazos cruzados esperando a que vosotros lo solucionéis todo, ¿verdad?
Luigi se pasa la lengua por los labios y cierra los ojos con fuerza, respirando hondo y preparándose para rebatirme.
—¿Lo van a matar? —pregunta Sarah, que sigue llorando, aunque en silencio, y, aunque las lágrimas le bañan su pequeño rostro, tiene una expresión fría—. ¿Van a matar a mi padre?
—¿Por intentar asesinar a la esposa del subjefe? Sin duda —replica él, frunciendo el ceño—. Sé que te empujó hacia Danilo tras la muerte de Sienna, pero no tiene sentido. Toda esta mierda no tiene sentido.
Sarah respira hondo y aprieta los labios.
—Él… —empieza a articular, pero hace una pausa prolongada. Le cojo la mano entre las mías y se la aprieto, buscándole la mirada—. No debería saber esto, ya me han dado una paliza antes por escuchar conversaciones que no debía…
—Dilo —la animo.
— La mercancía robada… es cosa suya.
Luigi cruza la mirada conmigo antes de dar media vuelta para llamar a Danilo. No se lo impido, ya que probablemente la vida de mi padre dependa de esa llamada, pero rezo en silencio para que no metan a Sarah en esto.