Entregada al mafioso (Imperio Salvatore 1) 38.
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38.

Giancarlo y yo llegamos a Detroit poco después de la una de la tarde.

Giuseppe ya sabe que estamos de camino y no se ha alegrado mucho al enterarse de mi visita. No me siento precisamente cómodo al ver al padre de mi mujer en circunstancias de carácter dudoso, pero conozco al papà: si yo no viniera a Detroit, vendría otro en mi lugar.

Y aunque parezca que estoy dispuesto a sacar mi arma y acusar a Giuseppe, quiero llegar a una solución que no implique que yo mate a mi suegro y deje huérfanas a cinco niñas.

No es que en toda mi vida me haya importado realmente eso. Sin embargo, se trata de la familia de Martina, mi mujer. No puedo simplemente matar a su padre y esperar que ella acepte vivir a mi lado en armonía.

—Sigo pensando que debería haberme quedado con papá —le digo a Giancarlo al subir al coche que nos espera en el aeropuerto.

—Si Giuseppe es un traidor, su padre no dudará en ordenar que lo maten. Pero él confía en mi palabra por encima de todo. Vamos a averiguar qué ha pasado y a resolver el problema.

No lo voy a admitir en voz alta, pero tiene razón. Mi padre es un hombre implacable, ambicioso y nada misericordioso, pero Giancarlo es uno de los pocos hombres en los que confía a ciegas.

No es ninguna sorpresa, ni es la primera vez, que un Don confíe su vida a su consejero. Más aún, porque si no fuera por Giancarlo, los enemigos ya le habrían hecho un agujero en la cabeza al jefe del Imperio Salvatore.

Es el consigliere de papá, pero, además, el deber de Giancarlo es mantener los negocios prosperando y evitar que entremos en guerra por motivos que se resuelven fácilmente con un poco de diálogo.

El coche se detiene frente a la mansión Giordano y salimos. El subjefe ya nos está esperando fuera. Es joven, quizá más que yo, pero tiene la mirada de quien ya ha visto demasiadas mierdas en esta vida.

Lo saludo con un apretón de manos y él me lo devuelve, serio.

—¿Has venido a mi casa a acusarme de haberles traicionado? Es una gran osadía —refunfuña Giuseppe en cuanto ponemos un pie en el vestíbulo.

Aprieto la mandíbula al mirarlo.

— Te sugiero que tengas cuidado con las palabras y el tono de voz, Giuseppe. No hace falta que te recuerde que no soy uno de tus hombres. Y no he venido aquí para apuntarte con un arma. Si tuviera esa intención, no habría traído a Giancarlo.

Giuseppe no se disculpa. Ni espero que lo haga. Pero asiente, suaviza un poco su ceño fruncido y me guía hasta el despacho. Giancarlo y Lorenzo nos siguen de cerca.

—Danilo, te entregué a mi hija, ¿de verdad crees que arriesgaría su vida traicionándoos? No digo que sea un buen hombre, pero nunca pondría en peligro la vida de mis hijas.

Asiento con la cabeza.

—Tenemos que entender qué ha pasado y averiguar dónde coño ha ido a parar ese camión... —Mi voz se apaga al ver que el móvil me avisa de un nuevo mensaje.

Lo saco del bolsillo del traje y lo miro.

Exhalo un suspiro al leer el mensaje.

Luigi: Martina se ha enterado de lo de las fotos de Jason en tu despacho. Todavía no sabe por qué te fuiste a Detroit, pero es lista, no tardará en averiguarlo. Y cuando eso ocurra, intentará ir a veros.

Mierda.

Debería haberme deshecho de las fotos de ese imbécil hace tiempo. Odio no haberlo matado, pero le perdoné la vida por ella, para que no se manchara las manos de sangre inocente.

Jason tiene suerte de que Martina sea tan buena.

Danilo: No dejes que salga de casa. Voy a arreglarlo todo aquí y volveré lo antes posible.

No quiero que Martina venga por razones obvias. En primer lugar, no podré concentrarme en lo que he venido a hacer.

La organización debe ser mi prioridad en cualquier situación, eso es lo que papá me hizo jurar el día que me inicié en la mafia. Pero, para ser sincero, no confío en mí mismo cuando está en juego la seguridad de Martina.

Siento que romperé un juramento y protegeré a mi mujer a cualquier precio, aunque eso destruya lo que a mi padre le llevó años construir. Y no me gusta saber que una zorra pueda tener tanta influencia sobre mí.

— ¿Sabe Martina que has venido?

—Sí. Pues vamos a averiguar qué mierda ha pasado. Si tú no has robado el cargamento, ¿quién ha sido el cabrón que lo ha hecho? —gruño mientras me desabrocho el botón del traje y me siento en el sofá del despacho, mirando alternativamente a Giuseppe y a Lorenzo, esperando respuestas concretas.