37.
Danilo se va de viaje de negocios.
Y, como buena esposa, no debo cuestionar nada, solo aceptarlo y esperar a que vuelva sano y salvo.
—¿Adónde? —pregunto con voz seria, mandando a la mierda eso de ser una buena esposa—. ¿Cuándo vuelve?
—Lo antes posible—, es la única respuesta que recibo.
Observo a Danilo meter algo de ropa en la maleta y, sinceramente, me dan ganas de deshacer todo el trabajo que está haciendo para ver si el hombre me mira a los ojos. Ayer sentí que estábamos tan cerca el uno del otro, y hoy es como si hubiera levantado un muro invisible entre nosotros.
Se detiene un instante y se acerca a mí, me agarra por la cintura y me mira a los ojos.
—Me voy a Detroit.
Mi corazón da un doble salto dentro del pecho y tengo que contener mi instinto de retroceder. En lugar de eso, frunzo el ceño, desconcertada, y espero que me dé más detalles , cosa que no ocurre. Danilo solo me sujeta la cara con una mano y me besa en la mejilla.
— ¿Por qué? —insisto.
—Por negocios.
Quiero hacerle hablar y sé que es una misión imposible, así que me limito a dejar que termine de hacer la maleta y la baje a la planta baja. Apenas pasan de las nueve de la mañana, pero Luigi ya está aquí.
— Cuida de ella —le ordena a mi guardaespaldas/asistente, quien asiente con severidad y mira a Danilo como si fuera a dar la vida por mí—. Ven aquí —ordena Danilo, y yo sigo parada al pie de la escalera. Al ver que no me muevo, se acerca a mí y me rodea con los brazos antes de besarme.
Quiero rechazarlo, pero, por desgracia, no puedo. Simplemente me rindo a su lengua cálida y suave contra la mía, en una caricia dulce y llena de deseo. Él pone fin al beso con un beso de labios prolongado.
—No tardaré mucho —me avisa.
—Vale —asiento a regañadientes.
Luigi acompaña a Danilo fuera del ático y yo subo corriendo las escaleras, en busca de mi móvil. Marco el número de Angelina; es la única de mis hermanas que está en casa y me dirá si algo va mal.
Es lógico que algo vaya mal. No se iría a Detroit si todo estuviera bien.
—Aquí aún son las ocho de la mañana, ¿sabes? —refunfuña al otro lado de la línea—. ¿Qué quieres?
—Danilo se va a Detroit. ¿Sabes por qué? ¿Ha pasado algo allí que deba saber? —Voy directa al grano, no tengo tiempo para andarme con rodeos.
Angelina parece despertarse de un sueño al preguntar en voz alta y clara:
— ¿Qué has dicho?
—Necesito que me cuentes qué está pasando por allí.
—Lo único que sé es que, desde ayer, papá está raro y tiene más reuniones de lo habitual —comenta.
— ¿Puedes averiguar qué ha pasado y contármelo? —pregunto, suspirando y con la sensación de que mi corazón va a salirse del pecho y saltar diez metros más allá—. Tengo un mal presentimiento, no sé por qué.
—Dame unas horas —me pide; yo asiento y cuelgo.
Decido que hoy me tomaré el día libre.
Bajo a tomarme un café y, al cabo de unos minutos, Luigi vuelve al ático. Intento convencerlo de que vaya al restaurante sin mí, pero el hombre se niega rotundamente a dejarme sola en casa.
No me queda más remedio que aceptar que Luigi será mi sombra. Termino mi desayuno y subo a la planta de arriba. Tengo pensado ir al dormitorio, pero algo me llama hacia el despacho de Danilo.
Me siento en la silla de cuero e intento abrir el primer cajón de un tirón, pero sigue cerrado con llave. Empiezo a revolverlo todo sobre la mesa y encuentro la maldita llave dentro del portalápices.
Dudo al llegar a la conclusión de que soy una pésima esposa.
Atrevida.
Chismosa.
Curiosa.
Que no quiere quedarse en casa sin hacer nada.
Que quiere un trabajo.
Que no quiere ser solo una esposa.
Que no quiere que la traicionen.
Que no le tiene miedo a su marido.
Inspiro aire hasta los pulmones y soplo con fuerza, aceptando demasiado rápido mis defectos ante los hombres de la mafia, y meto la llave en la cerradura del cajón. Tardo más de lo necesario en girarla. Cuando lo hago, sonrío al oír cómo se abre.
Empiezo a rebuscar entre los papeles, sin saber realmente qué estoy buscando.
Mi corazón se acelera al encontrar una carpeta con fotos mías en el fondo del cajón. Mamá las hizo el día que cumplí diecinueve años. Fue un día feliz y salgo sonriendo en todas las fotos.
También recuerdo haber visto a Corrado, el asesor de papá, rebuscando con mamá en los álbumes de fotos unas semanas antes de mi boda.
Estoy ordenándolo todo para volver a colocarlo en su sitio, cuando de repente veo el sobre sellado. Es de color marrón claro, casi del mismo tono que el fondo del cajón, por eso no lo había visto enseguida. Lo cojo y lo examino antes de abrirlo.
Siento como si se me hubiera caído un ladrillo en el estómago al sacar las fotos y ver que son de Jason con un pequeño dossier.
La culpa es mía, nunca debí haberme liado con él. Debí haber respetado las normas de papá y haberme mantenido alejada de los chicos, como todas las chicas de nuestra familia. Como hacen mis hermanas.
Maldita sea. Maldita sea. Mil veces maldita sea.
Meto los papeles y mis fotos en el primer cajón y no me molesto en cerrarlo con llave. Danilo se enterará de una forma u otra de que he estado husmeando entre sus cosas.
Con el sobre que contiene prácticamente toda la vida de Jason en las manos, bajo corriendo las escaleras y voy en busca de Luigi. Lo encuentro fumando un cigarrillo en el balcón, que apaga en cuanto me ve.
—¿Qué es esto? —le pregunto mientras le empujo bruscamente el sobre contra el pecho. Sé que es un gesto insolente e irrespetuoso, pero por las semanas que he convivido con Luigi, sé que no me hará nada. Es un buen soldado y uno de los mejores amigos de Danilo.
Con el ceño fruncido, abre el sobre, y su mandíbula marcada y sin barba se contrae al encontrar las fotos de Jason.
—¿Por eso se fue Danilo a Detroit? ¡¿Va a matar a Jason?! —grito, porque el hombre ha decidido que es un momento excelente y maravilloso para guardar silencio.
Vuelve a meterlo todo en el sobre y me lo entrega.
— No.
Respiro hondo ante la escueta respuesta que recibo y exhalo con fuerza por la nariz.
— ¿No? —replico, furiosa—. ¿Es eso todo lo que me vas a decir, Luigi?
—Cazzo. ¡ [14] . El motivo por el que Danilo se ha ido a Detroit no tiene nada que ver con Jason. Mantén la calma y no montes un escándalo.
Parpadeo con fuerza y me humedezco los labios. Lo que acabo de oír debería tranquilizarme. Por desgracia, no es precisamente lo que ocurre.
— Entonces, ¿me estás diciendo que si, por casualidad, Danilo ve a Jason, no lo matará? ¿Es eso?
Luigi suelta una risa seca.
— Ah, sin duda alguna, lo matará si lo ve. No tengo ninguna duda.
Enfadada y molesta, doy media vuelta y me dirijo al dormitorio, subiendo las escaleras con paso firme.
Cierro la puerta con llave, cojo mi móvil y marco el número de Jason, con la intención de conseguir que se vaya de la ciudad o algo por el estilo, pero no lo consigo, porque la voz al otro lado de la línea dice que no está disponible en este momento.
Vuelvo a llamar un par de veces más y lo único que oigo es la voz electrónica.
—Mierda —maldigo y contengo las ganas de lanzar el móvil al otro lado de la habitación—. Piensa, Martina.
Me recojo el pelo en una coleta y empiezo a caminar lentamente de un lado a otro, haciendo un esfuerzo desesperado por calmarme.
Si Danilo no fue a Detroit a matar a Jason, ¿qué fue a hacer allí? ¿Por qué no me gusta esta incógnita? Es como si fuera algo peor, lo cual es ridículo.
¿Qué podría ser peor que quitarle la vida a un inocente?
Angelina tarda realmente horas en devolverme la llamada. Casi tres, para ser más concreta. La ansiedad era tal que la espera de respuestas me hizo comérme las uñas.
—Por fin —es lo primero que digo al contestar, con un tono tan desesperado, tan explícito y palpable, que tengo la sensación de que puedo tocarlo.
—¿Crees que es fácil para una chica como yo escuchar detrás de la puerta? Mira lo grande que soy, no es fácil pasar desapercibida.
Pongo los ojos en blanco.
Angelina mide siete centímetros más que yo y, aun así, no es precisamente la mujer más alta que conozco.
— ¿Has descubierto algo?
Mi hermana respira hondo.
—Más o menos. Todos los hombres están aquí. Y Paolo fue a recoger antes a las niñas al colegio —dice, lo que me deja el corazón inquieto y angustiado—. Escuché una conversación de Lorenzo por teléfono y hablaban de un cargamento que desapareció cuando venía hacia aquí.
Me falan las palabras y me quedo en silencio durante una eternidad.
— ¿Martina?
— ¿Eh?
— Ese problema… Danilo no va a matar a papá, ¿verdad? —hace la maldita pregunta que me revuelve el estómago y me retuerce el corazón con tanta violencia que me cuesta respirar hondo.
Los hombres de la organización mueren por mucho menos. No es que yo haya presenciado nada con mis propios ojos, pero siempre oímos historias sobre cómo cualquier desliz puede llevar a la muerte a un hombre de la mafia.
Pero Danilo es mi marido.
Él no hará algo así.
No lo hará.
—No —murmuro, sin estar tan segura. —¿Me mantendrás informada? Me voy a Detroit.
— ¿Ahora mismo?
—Lo antes posible. Solo tengo que encontrar la manera de deshacerme de Luigi.
— ¿Vas sola? ¿Estás loca? No puedes irte así, Martina —replica, exasperada.
— No puedo quedarme aquí de brazos cruzados.
— ¿Y qué vamos a hacer cuando llegues? ¿Defender a papá con un bate de béisbol o con spray de pimienta?
— No lo sé, Angelina —refunfuño, también enfadada—. Solo sé que no me voy a quedar aquí —le digo y, con mucho esfuerzo, consigo que Angelina esté de acuerdo conmigo y colgamos.
No sé qué se me ha metido en la cabeza, pero me voy a Detroit. Necesito ver a mi familia y, sobre todo, hablar con Danilo sobre qué mierda está pasando. No puede ser que se haya ido a mi ciudad natal con la intención de quitarle la vida a mi padre y no me haya dicho ni una sola palabra.
Claro que no habría cambiado nada si me lo hubiera dicho o no.
Para ser sincera, pensaba que estábamos conectados de alguna manera. Pensaba que, aunque fuera inconscientemente, le gustaba de la misma forma que a mí me gusta él.
Quizá me equivoque.
Quizá no sea más que un sacrificio para Danilo.
Me duele el corazón al llegar a esta conclusión.