22.
Tras la lluvia de arroz y los gritos de alegría, como si fuera una boda como cualquier otra, los invitados hacen cola para felicitarnos. Sonrío a todos, fingiendo saber el nombre de cada uno de los que me estrechan la mano y elogian mi belleza.
Algunas mujeres incluso se atreven a decir que tengo suerte de tener un marido tan guapo como Danilo.
Lo miro de reojo.
Tienen razón.
Danilo podría ser como Pasquale.
No es que tenga nada en contra de él, pero, a pesar de estar en forma, el caporegime de papá es demasiado raro y desprende un olor muy intenso a tabaco mezclado con un toque de perfume amaderado.
Desde muy joven descubrí que es una combinación horrible.
Hablando de él, el hombre se detiene frente a mí con una sonrisa contagiosa y su mujer agarrada a su brazo. Pasquale tiene una llamativa perilla y unos ojos marcados que combinan con su estilo único.
Cada vez que lo miro, la palabra «familia» me viene a la mente. Siempre ha estado presente en mi vida y en la de las niñas, y básicamente crecimos con Chiara, su hija.
Pasquale me da un abrazo muy fuerte, lo que no pasa desapercibido para Danilo, quien, al parecer, no está muy contento con nuestro contacto.
El hombre aprieta la mandíbula, pero no dice ni una palabra al subordinado de papá; solo esboza una sonrisa cuando este le saluda con un apretón de manos y nos felicita por nuestra boda.
—Es valiente —me susurra Danilo al oído, poniéndome la piel de gallina—. Tocando a mi mujer de esa manera.
—Sabes que no es una amenaza, ¿verdad? —replico en voz baja y sonrío a la pareja que se detiene frente a nosotros y empieza a charlar.
—Cualquier hombre con una polla es una amenaza, piccolina —gruñe.
Le lanzo una mirada y lo observo un instante, pensando en qué responder. Y lo único que consigo es recordar la sensación de los labios de Danilo contra los míos.
Cuando me agarró por la nuca y me atrajo hacia su cuerpo, pensé que me iba a dar un beso de desatascador, metiéndome toda su lengua arrogante en la boca y haciéndome atragantarme.
Incluso me imaginé al cura pidiéndole discretamente que parara.
Sin embargo, fue un beso sencillo, aunque también feroz. Sus labios fueron precisos, firmes y cálidos, lo que encaja con su personalidad, pero no puedo negar que fue… extraño.
No en el mal sentido, sino todo lo contrario. Es solo que no me imaginaba que se comportaría así. Pensé que sería uno de esos besos apasionados, como el que nos dimos en el salón de mi casa.
Es un hombre que hace todo lo que quiere. Y que, además, no duda ante nada.
Me pregunto si lo habrá hecho alguna vez en su vida. Con el padre que tiene, lo dudo mucho. Pero la señora Salvatore parece ser una buena mujer. Sé que debe de haber dado amor a sus hijos o haberlos protegido de alguna manera.
Aunque solo haya sido un poco.
O quizá solo esté intentando engañarme a mí misma con respecto a mi marido. Quizá quiera creer que Danilo tiene tantas capas como una cebolla y que, poco a poco, si lo intento, conseguiré ver quién es en realidad.
Nuestra relación es un matrimonio concertado, pero no es que me obligaran exactamente a casarme con él. Me casé con Danilo para salvar a Violetta.
Y lo volvería a hacer, si fuera necesario.
No soy tonta: el amor entre nosotros dos es algo que quizá nunca llegue a existir. Y creo que lo acepto, aunque no quiero un matrimonio como el de sus padres. Mi suegra no ama a su marido, solo le tiene miedo.
Y, a pesar de la fama que tiene, no quiero temer a Danilo.
Quizá esté loca y debería hacer precisamente eso: temerle. Temer a Danilo para sobrevivir aquí en Chicago y, quién sabe, poder ver a mi familia siempre que quiera.
A las niñas y a mí nos criaron en medio de las tradiciones, y la sumisión de mamá siempre nos dejó claro cómo debemos comportarnos como esposas y tratar a nuestros maridos.
Sin embargo, debo de tener algún tornillo suelto en la cabeza, porque no consigo imaginarme siendo como mamá.
Sumisa.
Callada.
Sinónimos de lo que significa ser una buena esposa y que no encajan en absoluto conmigo.
Tras aceptar las felicitaciones del último invitado, Danilo coge mi mano y entrelaza nuestros dedos, guiándome hacia la enorme mesa central en la que se reúnen nuestras familias.
Aunque no me gusta que la gente pueda observarme desde diferentes ángulos durante toda la fiesta, respiro aliviada al sentar el trasero en algo blando y mullido y descansar los pies, que me están matando.
Bebo un generoso sorbo del champán que me sirve el camarero y miro a mis hermanas, intentando tranquilizarlas con una simple mirada.
Violetta y Bárbara están aterrorizadas, mientras que Angelina y Caterine parecen estar esperando el primer desliz de Danilo para montar un escándalo, lo que será muy problemático.
De repente, Alberto se pone de pie y golpea con un cubierto la copa de champán, haciendo que el ruido resuene hasta llegar a mis oídos. Todos dirigen su atención hacia el jefe del Imperio Salvatore, como si fuera un pecado no prestar atención a lo que ese hombre tiene que decir.
Empieza con todo ese sermón de lo feliz que está de que Danilo haya encontrado a una mujer tan encantadora como yo.
Menuda hipocresía.
Sé que a nuestras familias les gusta mantener las apariencias y las tradiciones, pero ¿de verdad lo necesitamos? Como si cada persona de este jardín no supiera que me casé con un Salvatore para sellar un acuerdo entre nuestras familias.
Tras su discurso, papá también dice algunas cosas y Giovanni no se queda atrás, con su forma de ser egocéntrica y canalla. Las mujeres se quedan calladas y ninguna se atreve a levantarse para dar un discurso.
Desde muy joven aprendí que el mundo de la mafia está hecho para los hombres, y no para las mujeres.
Tras la cena y unas copas de champán, los invitados están más animados de lo que esperaba y exigen el primer baile de los novios para inaugurar la pista.
Me armo de valor y mis dedos agarran la copa de champán que un camarero acaba de servirme. Me la bebo de un trago, lo que hace que todos los que están en la mesa me miren un poco sorprendidos. Respiro hondo y me pongo de pie, tendiendo la mano a Danilo.
Un comportamiento pésimo, supongo. Pero no nací para ser un corderito indefenso esperando a que el lobo malo me devore.
Los labios de Danilo esbozan una pequeña sonrisa pícara y entrelaza su mano con la mía, en un apretón firme y ávido. Dejo que me guíe hasta el otro lado del jardín y, poco a poco, los invitados se levantan y nos acompañan, pero no se atreven a entrar en la pista de baile.
De repente, me atrae contra su propio cuerpo. Acabo soltando un gemido involuntario, lo que hace que los ojos azules del hombre brillen.
Lentamente, pero con precisión, sus manos descienden hasta mi cintura y se posan en la base de la columna, rozando ligeramente con las yemas de los dedos mi trasero. Levanto los brazos y los entrelazo alrededor de su cuello, manteniendo la barbilla erguida y la mirada fija en los ojos de Danilo.
La voz grave y profunda del cantante del grupo llega a mis oídos con una melodía cálida y bailable, con un ritmo lento y cadencioso.
«Te veo, tú me ves. Qué agradable es esta sensación, el momento en que me abrazas. Te he echado de menos. Lo siento mucho, te he dado todo lo que tengo. Te he demostrado que estoy madurando. Las cenizas caen lentamente mientras tu voz me consuela.
A medida que pasan las horas, te lo diré. Necesito preguntarte antes de quedarme solo, cómo es descansar en tus labios pacientes». [12]
Como si no estuviéramos ya lo suficientemente cerca, Danilo me aprieta aún más contra su cuerpo duro y cálido, lo cual, por desgracia, resulta muy agradable. Intento resistirme, pero es imposible no dejarme envolver por su refrescante aroma.
Suavemente y sin prisas, con los ojos clavados en los míos, me guía de un lado a otro. La música es muy agradable, así que ni siquiera veo pasar el tiempo. O quizá es que simplemente se está demasiado bien en los brazos de Danilo.
Respiro hondo cuando termina la canción e intento alejarme de él, pero me impide irme lejos. Mi marido chasquea la lengua y niega con la cabeza de un lado a otro.
De repente, siento que una de sus manos se desliza hasta mi nuca para sujetarme el cuello con fuerza, mientras que la otra permanece en mi cadera. Poco a poco, siento cómo todo mi cuerpo se enciende en llamas.
—¿Qué estás haciendo? —balbuceo. No recibo ninguna respuesta.
Danilo inclina el rostro, con la mirada fija en mi boca. Está tan cerca que, además de sentir su aliento fresco, puedo imaginar la sensación de tener sus labios arrogantes sobre mí otra vez.
Contra mi piel.
Marcándome… tomando posesión de cada parte de mi cuerpo.
Y entonces, acerca sus labios a los míos, exigiendo un acceso que no puedo negarle. Cierro los ojos, dejando que Danilo se sumerja en mi boca, envolviéndome en un beso sediento y lleno de deseo.
Sigo teniendo las manos en su nuca y, dominada por el instinto primitivo, las aprieto alrededor de su cuello. Me cuesta controlar los gemidos al sentir la lengua de Danilo rozando la mía, con una intensidad devastadora, casi como cuando el fuego encuentra la gasolina.
Gimo contra sus labios exigentes y lo único que hace el hombre es apretarme aún más contra su cuerpo, devorándome con toda la vehemencia que lleva dentro, como si yo fuera la presa que tanto ansiaba capturar.
Me muerde suavemente el labio inferior y me da un besito antes de interrumpir el beso por completo.
Sé que cada paso de Danilo, cada movimiento de ese hombre, hace que mi cuerpo grite «peligro», pero parece que, por desgracia, también me excita.
Solo después de oír a los invitados aplaudir y celebrar, me doy cuenta de que la banda ha empezado a tocar otra canción. Miro a los lados y mi mirada se posa en mis hermanas. Violetta está aterrorizada, mientras que papá parece que va a estallar en cualquier momento.
—No deberías haber hecho eso —le regaño. Como si eso fuera a servir de algo. Danilo Salvatore hace lo que le da la gana.
— ¿Por qué no? Eres mi mujer y estoy convencido de que te gusta cuando meto la lengua en tu boca.
—Danilo…
Sus dedos se posan en mis labios entreabiertos, trazando líneas invisibles y haciendo que se me erice la piel. El hombre sonríe, muy satisfecho con la escena que acabamos de protagonizar.
Los invitados empiezan a llenar la pista de baile y eso le basta para acercarme más a él. Mi cuerpo está tan pegado al de Danilo que tengo la sensación de que puede oír los latidos acelerados de mi corazón.
Trago saliva.
—Te lo dije… vas a suplicar que seas mía.
Aprieto los dientes.
— No te estoy suplicando.
Acerca su rostro a mi oído y me susurra:
—No es lo que parecía cuando gemiste en mi boca —dice, desestabilizándome por completo—. ¿A qué sabe darte cuenta de que tengo razón?
— Amargo —murmuro antes de que mi cerebro filtre las palabras.
Ocurre algo sorprendente: Danilo se ríe divertido mientras me da la vuelta y me atrae hacia su cuerpo de nuevo. Creo que es la primera vez que lo veo tan distraído y relajado.
Y no me gusta cómo eso hace que se me acelere el corazón.
¿De verdad será Danilo una cebolla?
¿Tendré que quitarle cada capa hasta descubrir quién es en realidad?
Mis pensamientos se ven interrumpidos en el momento en que papá me pide que baile con él. Paso de los brazos de Danilo a los suyos, que me sujetan de una forma protectora y firme.
— ¿Estás bien?
— Sí, papá.
Mi padre no se lo cree.
— He tenido que luchar contra todos mis instintos al verlo besarte así —murmura solo para mí.
Si papá supiera que no es la primera vez y que me gustó que me besara más de lo que debería.
Y que ahora que es mi marido, hará mucho más que solo besarme. La bilis me sube por la garganta al pensar en ello.
Paso de mi padre a mi suegro. Y ni siquiera consigo controlar la tenebrosa sensación de que me perforan el estómago, como una cuchilla afilada y fría. Las manos decididas de Alberto Salvatore en mi cintura, guiándome de un lado a otro.
—Espero que sangres por mi hijo y demuestres tu honor esta noche, Martina, porque si no lo haces, tendré que castigar a Giuseppe por haber entregado a una mujer impura a mi primogénito —comienza a decir—.
Y comprendo bien el sentimiento de papá de luchar contra los instintos. Porque los míos, en ese preciso momento, me están ordenando levantar la mano y darle una bofetada al Don.
— Y espero que le des muchos hijos a Danilo.
—Claro —murmuro entre dientes y finjo una sonrisa.
—Cumple con tu papel de buena esposa y todo será un camino de rosas —añade, dándome ganas de vomitar.
Estoy completamente jodida.
Es evidente que el padre de Danilo solo se quedará tranquilo cuando vea la prueba de que su hijo me ha quitado la virginidad. Pero, ¿cómo lo hará si mi honor, del que tanto se habla, lo perdí hace meses?
Para mi salvación, Romeo se acerca y me invita a bailar. No habla mucho. De hecho, es la persona más callada que conozco. Y mientras nos movemos de un lado a otro, me doy cuenta de que lo ha hecho solo para alejarme de su padre.
—Gracias —digo, sin estar segura de si está bien o no. Al fin y al cabo, Romeo es hijo de Alberto Salvatore; por muy cruel que sea su padre, sigue siendo su padre.
Él se limita a asentir, sin decir nada.
Cuando termina la canción, Romeo me mira fijamente, como si intentara leerme el pensamiento.
—¿Estás bien?
—Me duelen muchísimo los pies.
Asiente y, acto seguido, me suelta al dar un paso atrás. Sonrío en señal de agradecimiento y decido salir de la pista de baile. Camino hasta la mesa central del jardín, que, para mi alivio, está vacía. Me acomodo en la silla acolchada y mullida y no tarda mucho en que mis hermanas se unan a mí.
Gracias a Dios, ninguna de ellas saca a relucir el tema del beso. Simplemente se quedan a mi lado, en silencio, observando a los invitados en la pista de baile.
Violetta me coge de una mano, mientras que Bárbara me coge de la otra, lo que hace que me ardan los ojos. Aunque no digan nada, se están despidiendo de mí. Parpadeo rápidamente para evitar que se me caigan las lágrimas.
Si me derrumbo, será peor.
Mis hermanas me necesitan fuerte para poder seguir siendo fuertes ellas también.
—¿Qué harás la noche de bodas? —pregunta Caterine en voz baja y sin mirarme.
— Todavía no lo sé —admito—. Decirle la verdad, quizá.
— Mejor no contársela. Se va a volver loco y te entregará al Don Salvatore, y será un caos total —comenta Angelina entre dientes.
—No tenemos forma de saber qué va a pasar —susurro.
—¿Te has traído el regalo que te dimos el día de la fiesta de compromiso? —pregunta Violetta, y yo solo asiento con la cabeza, respondiendo a la pregunta. —Te echaré de menos —añade en un susurro, partiéndome el corazón.
Respiro hondo y hago un esfuerzo por sonreír en medio de mi tristeza. Lo intento, pero las palabras se me atragantan en la garganta y estoy segura de que, si las pronuncio en voz alta, me derrumbaré en lágrimas.
—Te queremos, Martina —dice Bárbara y yo asiento con la cabeza, evitando mirar a las cuatro.