21.
El sacerdote da la bienvenida e inicia un himno de alabanza y adoración antes de la oración inicial.
—Nos hemos reunido aquí, en presencia de Dios, para ser testigos del matrimonio de Danilo Salvatore y Martina Giordano—, comienza a hablar, muy concentrado y con voz suave; a continuación, da paso al Evangelio, como si las palabras de la Biblia fueran a marcar realmente alguna diferencia para nosotros.
Sabe quiénes somos y a qué nos dedicamos, pero el dinero es dinero, da igual si viene de la familia o no. Y este hombre de fe adora nuestras generosas donaciones a su iglesia.
Y entonces, dirige su atención hacia nosotros dos y reza la oración de intercesión.
— Dios, nuestro Padre, así como has sostenido a Danilo y a Martina en el amor y la confianza, permite también que, por el poder de tu Espíritu Santo, puedan cumplir los votos que van a hacer en tu presencia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Me giro hacia Martina y ella hace lo mismo. Con firmeza, le cojo su pequeña mano, que, por increíble que parezca, no tiembla. La chica mantiene la cabeza erguida mientras me mira y me escucha recitar mis votos.
— La palabra es lo mejor que un hombre puede ofrecer. Por eso, hago una promesa. Una promesa sagrada que no puede romperse. Haré lo que sea necesario para protegerte, porque ahora eres mi esposa. Mi familia.
Sus ojos brillan al escuchar mis palabras.
—Yo, Danilo Salvatore, te acepto a ti, Martina Giordano, como mi legítima esposa. Prometo serte fiel, amarte y respetarte. En la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, todos los días de nuestras vidas —continúo, haciéndola respirar hondo.
Con la mirada fija en mí, Martina recita sus votos con voz tranquila y serena.
El sacerdote levanta el pequeño cojín de terciopelo que contiene los anillos y los consagra a Dios al decir:
—Señor Dios, haz de estos anillos símbolos del amor de estos hijos tuyos y consagra en tu amor su unión.
Tras la bendición del sacerdote, cojo la delicada alianza del cojín y la deslizo por el dedo anular de Martina, que empieza a respirar entrecortadamente, casi como si se diera cuenta de que ya no hay vuelta atrás.
—Martina, recibe esta alianza como señal de mi amor por ti y de mi fidelidad.
No hay amor entre nosotros, nuestro matrimonio es un contrato comercial; aun así, la alianza que acabo de colocar en el dedo de Martina representa nuestra unión, que nunca podrá romperse.
Nunca.
No existe la posibilidad de divorcio en el mundo en el que crecimos y vivimos. Ahora, ella está unida a mí para siempre y será mía hasta mi último aliento.
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén —añado.
Ella traga saliva y trata de respirar hondo antes de coger la alianza del cojín de terciopelo y ponérmela en el dedo, recitando también las palabras benditas. Hablando de un amor que no sentimos el uno por el otro.
Hablando de un amor que, tal vez, ninguno de los dos lleguemos a conocer jamás.
—Que el hombre no separe lo que Dios ha unido. Os declaro marido y mujer. Podéis besar a la novia.
Tras escuchar las palabras del cura, Martina levanta lentamente las pestañas hacia mí. Sus ojos azules me miran con un brillo increíble, el pecho le sube y baja por la respiración entrecortada y los labios esperan los míos.
Es la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Y vestida de blanco, está perfecta.
Sé que los hombres que están presenciando nuestra boda en este momento darían mucho por ponerle las manos encima a Martina.
Y nunca lo harán, porque ella es mía.
Me llevo una mano a la nuca y la otra a su cintura, fina y marcada por el vestido. Le arranco un gemido entrecortado al atraerla contra mi cuerpo.
Por el rabillo del ojo, veo al cura carraspeando. Probablemente, por mis gestos inapropiados para el momento.
Inclino ligeramente mi cuerpo sobre el de Martina, rompiendo toda la distancia que quedaba entre nosotros. Ella es menuda, pero hoy, debido a los tacones que lleva, nuestra diferencia de altura no es tan grande.
Ella permanece con los ojos bien abiertos, esperándome.
Con firmeza, posesividad y ferocidad, acerco mis labios a los de Martina, haciéndola cerrar los ojos y suspirar, para luego derretirse en mis brazos. Su boca es suave y húmeda, con un ligero sabor a fresa.
Y me encanta, joder, la sensación de tenerla así, en mi boca, con el cuerpo estremeciéndose por culpa de mi lengua.
Estoy deseando hacerla mía por completo. Tenerla en mi cama, debajo de mí, retorciéndose mientras me hundo profundamente en ella y la oigo gemir mi nombre.
Vuelvo a alejarme, sin soltarla, y al mirarla a esos grandes ojos azules, noto que tiene las mejillas sonrojadas.
Martina se humedece los labios con la lengua y se muerde el inferior, lo que me deja un poco hipnotizado. Y excitado también.
Le aprieto la nuca con la mano y ella deja escapar un pequeño gemido entrecortado.
— Eres mía.
— Lo sé —admite en un susurro.