20.
—Estás preciosa, cariño —dice papá al entrar en la habitación y mirarme.
Siento cómo el rubor me sube por la cara, preguntándome si sospecha que me he traído el cuchillo que las chicas cogieron de su despacho y lo he metido en la funda que he escondido en el muslo.
—Perfecta —murmura, sin dejar de admirarme.
Lleva un elegante traje italiano gris. Aunque está guapísimo, no está nada contento con la boda.
Hace unos quince minutos que me puse el vestido de novia y me calcé los zapatos, que me están molestando bastante.
Aun así, no puedo dejar de admirar mi reflejo en el espejo.
El vestido me queda perfecto, me han recogido el pelo en un moño bajo con una especie de trenza y hay pequeñas horquillas de diamantes adornando el peinado.
Sonrío a mi padre mientras me giro lentamente.
—Gracias.
—Danilo acaba de salir —me informa, como si a estas alturas fuera a suponer alguna diferencia verlo antes de la ceremonia. Sin embargo, papá no sabe nada de nuestro encuentro de madrugada, y mucho menos de que las chicas y yo fuimos al ático ayer después de llegar aquí.
Mis hermanas también entran en la habitación y, al verlas listas, siento cómo la ansiedad me martillea las sienes, provocándome náuseas.
Ellas serán mis damas de honor y todas llevan vestidos largos del mismo tono de rosa claro. Desde que se despertaron apenas han dicho nada y se han arreglado como si fueran a un velatorio.
Mamá entra en la habitación justo después, sosteniendo entre las manos un velo delicado y corto. A diferencia de las chicas, su vestido es de un tono lila pastel, que combina a la perfección con su melena pelirroja suelta y su rostro apenas maquillado.
—No podemos olvidarnos de «algo viejo» —comenta y trata de esbozar una sonrisa de ánimo.
—Claro.
Se acerca a mí y, junto con la peluquera que ha venido expresamente para arreglar a las mujeres de nuestra familia, me coloca en el pelo el velo corto que ha pasado de generación en generación en la familia de mamá.
Es irónico que lleve el velo para representar mi honor y mi dignidad, pero nadie, salvo mis hermanas, sabe que ya no soy virgen, así que me quedo callada.
Vuelvo a mirarme en el espejo y respiro hondo.
Ahora está todo listo.
Llevo algo prestado, que es el delicado collar que fue de la nonna, y el algo azul es mi ramo de flores.
La maquilladora y la peluquera dan los últimos retoques antes de dejarme salir del piso para dirigirme a la mansión de los Salvatore, donde tendrá lugar la ceremonia.
—Ya está, aunque llores de emoción, los ojos se mantendrán intactos —dice la maquilladora, sonriendo, y mis hermanas y yo nos miramos entre nosotras.
Llorar de emoción… Sin duda, eso es algo que no va a pasar.
Las chicas y mamá bajan primero en el ascensor y, después, papá y yo, que vamos en la misma limusina. Él se sienta frente a mí, con expresión seria y la mirada perdida.
—Todo irá bien —le digo, porque siento que necesita oírme decir eso—. Todo irá bien, papá.
Él asiente con un firme movimiento de cabeza.
—Sé una buena esposa, Martina. No seas tan atrevida ni le desobedezcas —me pide.
Quizá lo esté ordenando. Y odio que eso sea lo único que la gente espera de mí. Ser obediente y una buena esposa para Danilo. ¿Acaso él oye lo mismo de su familia? ¿Que debe ser un buen marido para mí?
Apuesto a que no.
—Sé lo que estás pensando, hija —dice papá, llamando mi atención y mirándome a los ojos—. Pero te lo pido por tu propio bien. Danilo no es alguien a quien se le deban poner a prueba los límites.
Respiro hondo y asiento con la cabeza.
— Lo sé.
Es mentira. ¿Acaso no es poner a prueba los límites de Danilo algo que, en cierto modo, llevo haciendo desde que nos comprometimos?
— Entonces todo irá bien —comenta, convencido, y me dedica una media sonrisa, intentando ocultar la melancolía que hace brillar sus ojos.
—Sí que irá bien, papá —murmuro y me inclino hacia delante, cogiendo una de sus manos entre las mías y apretándola con fuerza—. Protege a las niñas. Por favor.
Papá cierra los ojos un segundo y aprieta los labios mientras asiente con la cabeza.
— No te preocupes, las protegeré.
Cuando la limusina se detiene frente a la mansión Salvatore, la encargada de la ceremonia nos pide que esperemos un momento. Desde la ventanilla del coche, observo la fachada clásica y suntuosa, intentando calmar los nervios.
Tras veinte minutos, un soldado abre la puerta de la limusina y papá es el primero en salir; a continuación, me tiende la mano. Intento esbozar una sonrisa y parecer una novia feliz mientras entrelazo mis dedos con los suyos y bajo del coche.
Con delicadeza, papá me echa el velo hacia delante y me tapa la cara. No puedo evitar la extraña sensación que se apodera de mi pecho. Ya no soy virgen y, sin embargo, estoy fingiendo serlo.
La maestra de ceremonias y otras dos mujeres con traje negro detrás de mí sujetan la cola del vestido para que pueda entrar en la mansión sin dificultad.
— ¿Lista, cariño?
De repente, pierdo la voz, así que me limito a asentir a papá con una sonrisa en los labios, aunque él no pueda verla.
Entramos en el vestíbulo y nos guían por el lateral de la casa, hacia el jardín. No sé cómo sentirme al ver que han esparcido pétalos blancos y rojos por el camino que estoy recorriendo. Es precioso y romántico. Es una pena no casarme por amor.
En cuanto salimos de la mansión hacia el jardín, empieza a sonar la tradicional marcha nupcial. La sincronización hace que mi corazón se acelere y que las mariposas de mi estómago bailen al ritmo de los acordes que llenan mis oídos.
En el jardín, todo encaja a la perfección con el atardecer de primavera. Hay una gran carpa a la izquierda, con pista de baile y espacio para el grupo musical. También hay cinco filas de sillas a un lado y cinco al otro; hay tanta gente que, en su mayoría, no tengo ni idea de quiénes son.
Hay un fotógrafo a mi izquierda que empieza a hacer fotos en mi dirección y agradezco en silencio que el velo consiga ocultar mi nerviosismo.
Aferrada a papá, bajamos los escalones que separan la mansión del jardín y todas las miradas se dirigen hacia mí.
A unos metros de distancia, se ha montado un cenador de hierro lleno de flores blancas para albergar el altar. Mis hermanas ya esperan a un lado y los padrinos del novio, al otro.
Danilo está en el altar, con un aire majestuoso que lo envuelve.
Precioso.
Impecable.
Lleno de confianza, como si fuera el dueño del mundo.
Y a pesar de la fama que tiene de ser un monstruo cruel, en el momento en que nuestras miradas se cruzan, me doy cuenta de lo amables que son sus ojos.
Mis pasos hacia Danilo son lentos, lo que me pone aún más nerviosa. Aunque me apetezca correr hacia el lado opuesto al suyo, quiero que el camino termine pronto.
Nos detenemos frente al altar y, con delicadeza, mi padre me gira para levantarme el velo y darme un beso en la frente.
Con la mandíbula apretada, me entrega a Danilo.
La mano del mafioso se posa firme y cálida sobre la mía y, por increíble que parezca, incluso resulta reconfortante.
Esa sensación me hace levantar las pestañas para mirarlo, lo que hace que una onda eléctrica recorra todo mi cuerpo y se aloje en mi columna vertebral, al tiempo que se me eriza el vello de la nuca.
La marcha nupcial cesa y oigo cómo la sangre me late con fuerza en los oídos. Para recuperar un poco de equilibrio, aparto la mirada de Danilo y la fijo en el sacerdote, que da comienzo a la ceremonia.
Dando vida al matrimonio que cambiará mi vida para siempre.
Dando vida a la unión que salvará a mi familia de las garras de los Salvatore. No del todo, pero lo suficiente para tranquilizarme y mantenerlos a salvo.
Al menos, eso es lo que espero.