19.
Me despierto jadeando y con un calor extraño en el cuerpo. Bárbara, que está tumbada a mi lado en el colchón, refunfuña porque me he movido. Sin hacer movimientos bruscos, me deslizo fuera de la cama y me pongo las zapatillas.
Camino hasta el baño y me detengo frente al lavabo.
Decido mojarme la cara para refrescarme.
Estamos en pleno mes de marzo y, aunque marca el final del invierno, el frío sigue molestando.
Debe de hacer unos cinco grados ahí fuera, y yo aquí, muriéndome de calor por haber tenido un sueño extraño con mi futuro marido.
Las mejillas se me vuelven a calentar y me echo agua en la cara para enfriarlas.
Joder.
Ha sido tan real.
Estábamos en su habitación, encima de la cama, empapando las sábanas blancas de sudor mientras follábamos. Aunque era yo la que estaba debajo de Danilo, gimiendo mientras él entraba y salía de mí, también era solo un alma flotante que lo observaba todo desde la perspectiva de una tercera persona.
Me he vuelto loca de una vez por todas.
Necesito aclarar mis ideas.
Salgo del baño sin hacer ruido, cojo el albornoz largo que está sobre el sofá, junto al gran ventanal con vistas a la ciudad. Tras envolverme en esa tela suave y calentita, salgo de la habitación.
El piso está completamente en silencio y a oscuras. En la penumbra, arrastro los pies hasta la puerta para salir y dar un paseo. Fuera, los soldados de Danilo enderezan la postura al verme.
La expresión de quienes están listos para la guerra se apodera de sus rostros poco amistosos.
—¿Algún problema, señorita Giordano? —pregunta uno de ellos y yo solo niego con la cabeza.
— Ninguno, solo quiero dar un paseo.
El otro entrecierra los ojos con una desconfianza palpable hacia mí.
—¿En plena madrugada? Son las dos de la madrugada —replica en un tono acusatorio y lleno de crítica, lo que me irrita muchísimo.
—No voy a huir, si es eso lo que se te ha pasado por la cabeza —digo entre dientes y lo miro con odio.
Sin decir nada más, les doy la espalda a los dos y entro en el ascensor. El hombre de la mirada desconfiada hace un gesto como si fuera a entrar para acompañarme y se lo impido negando con la cabeza.
Si cree que va a insinuar que voy a huir y luego seguirme como mi maldita sombra, está muy equivocado.
Pulsé el botón de la planta baja y, acto seguido, crucé los brazos a la altura del pecho y observé mi reflejo en el espejo.
—Como si fuera a huir en pijama y zapatillas —empiezo a hablar sola—. Y encima sin móvil.
Cierro los ojos con fuerza y respiro hondo.
Las puertas metálicas se abren en el vestíbulo del edificio.
El espacio es muy elegante y sofisticado, con columnas griegas y suelo de mármol blanco.
Hay hombres vestidos con traje negro y con walkie-talkies por todas partes, y en cuanto su atención se fija en mí, todos se ponen en posición de alerta.
Hasta el hombre que está detrás del mostrador de recepción debe de ser de la mafia.
Haciendo caso omiso de todas las miradas, cruzo el vestíbulo con la cabeza alta y paso por las puertas giratorias, de lo que me arrepiento en cuanto salgo a la calle. El viento helado me azota la cara con fuerza y me hace gemir de frío.
Me rodeo el cuerpo con los brazos e intento entrar en calor para mitigar el frío de la madrugada.
Son las dos de la madrugada y las calles siguen bulliciosas, como si no durmieran ni un minuto.
No hay nada que hacer aquí fuera, pero no quiero dar media vuelta y entrar tan rápido. Más aún ahora que veo a dos soldados salir del edificio para observar cada movimiento que hago.
No solo papá es orgulloso.
Yo también lo soy.
La dignidad y el orgullo me hacen aguantar el frío solo unos diez minutos. O me congelo en la calle. O cedo y entro en el edificio.
Estoy a punto de dar media vuelta cuando me quedo paralizada al sentir algo pesado y cálido cubriéndome los hombros.
Giro la cara hacia un lado y mis ojos se encuentran con los de Danilo. Es instantáneo: mi cabeza se llena de imágenes del sueño que he tenido. Siento un hormigueo en las mejillas y la sangre latir en mis oídos junto con la voz incisiva del mafioso.
Cuando mi polla esté dentro de tu coño, te va a encantar y vas a suplicar que te dé más...
Va muy bien arreglado, lleva un traje bien planchado y desprende un aroma refrescante a loción para después del afeitado. Desvío la mirada hacia el enorme abrigo que me ha puesto encima.
—¿Pensabas escaparte en pijama en plena noche?
Pongo los ojos en blanco y él me regaña chasqueando la lengua contra el paladar.
Decido ignorar las palabras que han salido de los labios arrogantes y seductores de Danilo.
—¿Te vas? —me atrevo a preguntar.
Está guapísimo y vestido de forma impecable. ¿Irá a ver a alguna mujer? No lo dudo.
Papá nunca engañó a mamá, pero he oído muchas historias sobre cómo sus capos y soldados engañaban a sus mujeres.
¿Amar a la primera y difunta esposa puede considerarse una traición? Porque si es así, mi padre también es un traidor como los demás dentro de la organización.
—Acabo de llegar —dice, tan rápido que me quedo sin saber qué decir.
No pensé que fuera a responder a mi pregunta. Por lo general, a los hombres de la mafia les molesta que las mujeres se entrometan o hagan preguntas sobre cualquier cosa que no sean los hijos y las tareas del hogar.
—Estaba en el aparcamiento cuando me dijeron que mi prometida se estaba escapando en pijama.
—No intentaba huir, solo quería un poco de aire fresco —le respondo, lo que hace que entrecierre los ojos al mirarme, lo cual es muy tierno, a decir verdad—. ¿Vas así para los negocios? ¿O es por alguna mujer?
La boca de Danilo esboza una sonrisa prepotente al oírme. Sinceramente, odio cuando hace eso, porque las mariposas de mi estómago se agitan.
Y odio no poder controlar mi propia boca.
—¿Por qué lo preguntas?
La pregunta hace que mi cuerpo se estremezca aún más de frío.
—No me importa —replico y paso junto a él para llegar a las puertas giratorias, pero él me lo impide rodeándome la cintura con el brazo y atrayéndome contra su cuerpo—. Suéltame, por favor. Quiero entrar.
—Negocios —murmura, mirándome a los ojos.
Asiento con la cabeza y, aun así, Danilo no me suelta. En cambio, sus manos en mi cintura me giran ligeramente y nos conduce al interior del edificio. Su cuerpo cálido y musculoso roza mis brazos, lo que me hace detenerme un poco y me pone un poco nerviosa.
Estamos demasiado cerca.
Atravesamos el vestíbulo juntos. Nos detenemos frente al ascensor y Danilo lo llama. Nos quedamos en silencio, pero su contacto conmigo lo dice todo. De hecho, grita a todas las miradas que se dirigen hacia nosotros que le pertenezco.
Las puertas metálicas se abren y mi prometido me guía al interior. Ningún soldado se atreve a acompañarnos, solo nos observan con mirada de águila.
Danilo pulsa el botón de mi planta.
—¿Qué hacías ahí fuera?
—Pensando —murmuro.
— ¿Hay algo que deba saber, Martina? —pregunta mientras se acerca a mí lentamente. Cada paso de Danilo hacia mí hace que mi cuerpo se estremezca ante la amenaza de peligro, pero también me excita.
— No.
— ¿Estás segura?
—Absoluta —respondo, y él deja escapar un suspiro largo y profundo. Me esfuerzo por hacer bajar el nudo que se me ha atascado en la garganta.
El hombre se queda mirándome fijamente, como si leyera mis pensamientos, hasta que se abren las puertas en mi planta.
Siento que huir de Danilo no es una buena idea, porque parece ser de los que disfrutan con la caza, pero, aun así, lo hago. Salgo del ascensor tan rápido que ni siquiera tengo tiempo de ver sus reacciones.
Corro hacia la puerta del piso y ni siquiera miro atrás al abrirla. El lugar sigue estando en silencio y a oscuras. A hurtadillas, me cuelo en el dormitorio y, al quitarme el albornoz para acostarme en la cama, me doy cuenta de que también llevo puesto el abrigo de Danilo.
El olor es agradable y un poco adictivo, y, sinceramente, detesto llegar a esa conclusión. Me hundo en el colchón, escuchando a Bárbara refunfuñar, y me quedo mirando al techo hasta quedarme dormida.
No tengo control.
La primera persona que me viene a la mente al cerrar los ojos es Danilo Salvatore.