14.
Con Romeo y Giovanni, vuelvo a Detroit unos días después de recibir el sobre de Giancarlo. Quiero tener una charla de hombre a hombre con Jason. Su vida dependerá de lo que me diga.
Giuseppe no parece muy contento de que hayamos vuelto a su ciudad y estemos cerca de sus queridas hijas. Pero es lo suficientemente inteligente como para no oponerse a nuestra visita ni cuando le digo que quiero a Jason.
—¿Vas a matarlo? —quiere saber el Don mientras me sirve whisky en un vaso de cristal. Llevamos una hora en su despacho, mientras sus hombres buscan al chaval por las calles. Martina no está en casa y espero de verdad que no esté con ese imbécil.
Será su fin.
—Aún no lo sé.
—Siempre y cuando limpies el desastre, haz lo que quieras —dice, lo que me hace torcer la boca con cinismo. Haré lo que quiera, porque no necesito el permiso de Giuseppe para ello, pero me limito a levantar el vaso de cristal para brindar. —No se lo digas a Martina —añade.
— ¿Por qué?
—Se sentirá culpable de su muerte. Mejor que no sepa lo que le va a pasar al chico —dice, dejándome un nudo en la garganta.
Odio que se preocupe por ese chaval.
No estoy de acuerdo. Tampoco discrepo, simplemente me quedo en silencio, mirando a mi futuro suegro con el ceño fruncido, con expresión dura y disgustada.
—Sé lo que estás pensando —comenta Giuseppe de repente, haciéndome arquear una ceja con gesto interrogativo. —Martina es virgen —añade con convicción—. Mi hija es pura.
Asiento con la cabeza, sin decir nada.
Una hora más tarde, Pasquale, el caporegime de Giuseppe que había ido en busca de Jason, llama para dar noticias. Han encontrado al chico y lo han llevado a un cobertizo abandonado a las afueras de la ciudad.
Giovanni y Romeo me acompañan fuera de la mansión Giordano, y el soldado que he traído nos lleva en coche hasta la dirección que nos ha dado Pasquale. El sol se está poniendo cuando llegamos al lugar.
Pasquale espera fuera del cobertizo, acompañado de un soldado. Saludo al caporegime con un apretón de manos y él hace un gesto con la cabeza hacia el interior del lugar.
El cobertizo no es tan grande y está más limpio de lo que esperaba. El suelo de cemento quemado tiene varias manchas de suciedad, huele fuertemente a desinfectante mezclado con sangre y hay poca ventilación.
En medio del cobertizo hay dos soldados y una silla de madera, y Jason está sentado, con las manos atadas a la espalda y una bolsa de tela negra en la cabeza. Mis hermanos y yo nos acercamos y observo al chico indefenso durante un rato.
Hago una señal con la mano, que Romeo entiende de inmediato, y le quita la capucha a Jason, lo que lo deja agitado. Tal y como ordené, no lo han tocado, solo me lo han traído.
Le tiendo la mano a Giovanni y él me entrega el sobre de color marrón rojizo que contiene toda la vida del chaval que tengo delante.
Él mira a ambos lados, aturdido.
—Jason Bowen, veintidós años, estudiante de farmacia—, leo la información del papel, llamando su atención. —Vive con su abuela y...
—¿Qué quieres? —me interrumpe.
Doy un paso hacia él.
—Saber qué relación tienes con Martina —digo, sin más, y vuelvo a meter los papeles en el sobre y lo guardo en el bolsillo del traje.
—No es asunto tuyo —gruñe.
Sonrío y doy unos pasos hacia él.
—Sí, sí que es asunto mío. Porque es mi prometida. —Me inclino un poco y le agarro del pelo, tirándole de la cabeza hacia atrás—. Todo lo que tenga que ver con ella es asunto mío ahora.
Jason aprieta los dientes.
Debería preguntarle si ya la ha tocado, pero los soldados de Giuseppe siguen en el cobertizo y no quiero deshonrar a Martina. Quizás, simplemente, tampoco quiera oír la respuesta.
—¿Eres un maldito delincuente como su padre? —se atreve a hacerme una pregunta descarada.
—¿Tú qué crees? —le respondo, y él no contesta, pero clava los ojos en los míos y, por alguna razón que no entiendo, el rostro de Martina inunda mi mente, suplicándome que no lo mate. —Mierda —murmuro mientras retrocedo.
—¿Qué pasa? —pregunta Romeo, estudiándome con el ceño fruncido.
—¿No vas a matarlo? —quiere saber Giovanni.
Con las palmas de las manos, me masajeo las sienes, resoplando de odio. Respiro hondo y aprieto la mandíbula, aflojándome el nudo de la corbata sin apartar la mirada de Jason. Vuelvo a acercarme; esta vez, le agarro el cuello con fuerza, haciendo que el chico gima de dolor.
—Hoy es tu puto día de suerte, chaval —gruño y esbozo una sonrisa falsa—. Vas a desaparecer de esta ciudad. Cambiarás de número de teléfono y no volverás a ver a Martina jamás. Ni siquiera pensarás en ella, porque si lo haces, te cortaré la polla.
Sus ojos brillantes se abren como platos y traga saliva en seco, en silencio.
— ¿Lo has entendido? — le pregunto y él se queda callado. Le aprieto aún más el cuello y repito las palabras. — ¿Lo has entendido o no?
—Sí, lo he entendido.
Suelto a Jason.
—Vete de la ciudad si quieres llevar una vida normal —le aconsejo mientras doy media vuelta. Giovanni y Romeo me siguen de cerca.
—Nunca te había visto tener piedad de nadie antes —comenta Giovanni, mientras Romeo me analiza como si fuera otra persona.
—Lo sé, lo sé —digo, sin ganas de hablar del tema.
—No he oído nada. ¿Lo has matado? —pregunta Pasquale al acercarse a nosotros, con las cejas gruesas fruncidas y rascándose la perilla.
—No —gruño, y él no pregunta más. —Haz que se vaya de la ciudad. Si me entero de que Jason anda por las calles de Detroit, lo mataré.
Pasquale asiente y dice con firmeza:
—Sí, señor.
Mis hermanos y yo volvemos a subir al coche y frunzo el ceño, cabreado conmigo mismo. ¿Qué coño me ha pasado? ¿Por qué no le metí simplemente una bala en la cabeza y lo maté?
—No quiero oír ni una palabra sobre lo de hoy —ordeno; los dos asienten en silencio—. Llévame de vuelta a la mansión Giordano —le digo al soldado que va en el asiento del conductor, el cual pisa el acelerador sin dudar.
Cuando volvemos a la mansión Giordano, Giuseppe no está. Casi me alegro de no verlo.
En el salón, Paolo, el viejo calvo —que es el soldado encargado de la seguridad de las chicas y al que yo derribaría fácilmente—, nos observa con atención.
—Tío, la última vez que alguien me miró así… quería acostarse conmigo —bromea Giovanni con tono burlón.
Paolo frunce el ceño en una mueca de mal humor.
—Llama a Martina —le ordeno a la empleada, que hace lo que le digo.
Martina tarda más de lo que me gustaría en bajar y, al entrar en el salón, mis ojos se posan en la chica. Lleva un vestido azul con un estampado de florecitas, de manga corta y que le llega hasta las espinillas.
—Salid —ordeno, sin poder dejar de mirarla.
Mis hermanos salen del salón sin dudar, mientras que Paolo se queda de pie junto a la puerta con una postura erguida que me irrita de verdad.
—Paolo —digo, en tono de reprimenda.
—No voy a dejar a Martina a solas contigo —dice, lo que hace que se me dilaten las fosas nasales—. No debéis tocaros antes de la boda. Son las tradiciones de nuestra familia. Supongo que también las de los Salvatore.
Suelto una risa breve y sarcástica.
—Eres un hombre realmente valiente, Paolo —empiezo a decir y, al acercarme a él, Martina se abalanza sobre mí.
—Paolo, por favor, déjame a solas con mi prometido —suplica y traga saliva—. Por favor, Paolo.
El anciano calvo resopla, pero al final cede y sale del salón, dejándonos solos.
Acorto la pequeña distancia que nos separa y ella no me mira a los ojos.
—Mírame —le ordeno, aunque no espero que me obedezca; le rodeo la barbilla con el pulgar y el índice y le levanto la cara, haciendo que nuestras miradas se crucen. Es preciosa y sus labios son jodidamente tentadores.
—¿Qué has venido a hacer aquí? —pregunta con descaro.
—Verte.
Sus ojos brillan al oír mis palabras.
Paolo tiene razón. Las tradiciones sobre las bodas en la mafia son claras y precisas. No puedo tocarla de verdad antes de la boda. Es mi prometida, pero solo será mi mujer después de intercambiar los votos ante el altar.
Aun así, hay tradiciones que son demasiado obsoletas.
Envuelvo mi mano libre alrededor de la cintura de Martina y la atraigo hacia mi cuerpo, arrancándole un gemido de sorpresa.
—Danilo… —murmura mientras abre mucho los ojos—. ¿Qué estás haciendo?
—¿Ahora? —pregunto, con cinismo—. Nada.
Ella suspira y apoya las manos abiertas sobre mi pecho para mantener un poco de distancia entre nosotros.
—Ya me has visto. Ahora puedes irte —dice, y su tono insolente hace que mis labios esbocen una sonrisa.
Haciendo caso omiso de lo que ha dicho Martina, acerco su rostro al mío y aplasto su boca con la mía. Mi lengua exige acceso, que ella no me concede de inmediato, porque es una chica lo bastante atrevida como para resistirse.
La aprieto contra mí y la provoqué hasta verla ceder ante mi boca. Martina gime en el momento en que nuestras lenguas se tocan y, poco a poco, se entrega al beso, que es jodidamente intenso.
Al darse cuenta de que me está besando igual que yo la beso, con un deseo absurdo, separa nuestros labios y da un paso atrás. Se pasa las manos por el pelo y se recoge unos mechones detrás de sus pequeñas orejas.
—Mi padre está llegando. No le va a gustar saber que estamos solos —dice.
Vuelvo a acercarme a ella y le sujeto el delicado rostro con una de mis manos, rozándole con parte de los dedos el pelo de la nuca y con el pulgar la mandíbula, controlando las ganas de hundir la lengua en ella de nuevo.
— Hasta luego, piccolina [8] —es lo que le digo al pasar junto a Martina y salir del salón.