Entregada al mafioso (Imperio Salvatore 1) 15.
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15.

Un rato después ...

Papá está orgulloso.

A pesar de las sugerencias, que sonaban más bien a órdenes, de que nos alojáramos en la mansión Salvatore de Gold Coast, donde se celebrará la boda, no aceptó. Por eso, acabamos quedándonos en un lujoso apartamento del edificio del que Danilo es propietario.

Y, por supuesto, el lugar donde él vive, en el ático.

No sé en qué se diferencia estar aquí de estar en la mansión de su familia: hay guardias por todas partes, vigilando cada uno de nuestros movimientos. Parece que fuéramos animales enjaulados.

Pero la verdad es que, tal vez, lo seamos de verdad.

Estamos encerrados en una jaula de oro. Solo que, a diferencia de mí, mis padres y mis hermanas podrán salir de ella en cuanto se celebre la boda.

Y yo estaré atada a Danilo para siempre.

Esta información debería dejarme desesperada, pero soy una tonta. Sigo aferrándome a lo que dijo hace unas semanas y deseando que exista algo parecido a la benevolencia en mi futuro marido.

Nadie es cien por cien bueno.

Por lo tanto, nadie es malo al cien por cien.

—La verdad es que esto no está tan mal —comenta Angelina, llamando mi atención. Está inspeccionando la habitación con cierta reticencia.

Es extraño saber que, dieciocho plantas por encima de nuestras cabezas, se encuentra mi nueva casa. Mi nuevo hogar. Una parte de mí está ansiosa por saber cómo es el lugar; la otra parte me reprocha que sea tan curiosa.

Hace unos días que vi a Danilo y, para ser sincera, no he dejado de pensar en su boca arrogante contra la mía, en su lengua provocándome y en cómo mi cuerpo reaccionó a su tacto posesivo y sediento.

Cada vez que cierro los ojos, siento su aliento cálido sobre mi piel y su presencia tan intensa cerca de mí, que ni siquiera sé qué pensar. El beso fue más que bueno y eso me asusta un poco.

Y, para colmo, me ha enviado un montón de regalos estos últimos días. Joyas y zapatos, casi como si fueran desechables y un recordatorio de que soy suya.

Papá siempre nos lo dio todo y yo creía que vivía una vida de lujo en Detroit, pero estoy segura de que Danilo está a punto de mostrarme un mundo sin límites y en el que puedo adornarlo todo con diamantes.

—¿Estás nerviosa? —pregunta Violetta mientras contempla la ciudad a través del ventanal que va del suelo al techo del dormitorio.

—Un poco.

Aunque hay varias habitaciones libres, las chicas han decidido que dormirán conmigo. No sé cómo cabremos las cinco en la cama king size, pero solo quiero pasar mi última noche abrazada a mi familia.

—No está tan lejos —dice Caterine, intentando parecer animada—. Tres horas de avión. Podemos venir cuando queramos.

Esbozo una amplia sonrisa.

— Sí.

— ¿Podemos echar un vistazo al ático de Danilo? —pregunta Barbara, haciéndome reír y dejando a nuestras hermanas boquiabiertas—. ¿Qué pasa? Él es el dueño de este edificio y, fíjate en el sitio en el que estamos, su ático debe de ser de otro nivel.

La idea de Barbara es interesante, lo confieso. Y arriesgada. ¿Curiosear en el piso del futuro jefe del crimen organizado? Definitivamente, no es algo que debamos hacer. Es su territorio, no el nuestro.

Y no confío al cien por cien en mí misma, y mucho menos en mi curiosidad.

—Dentro de unas horas vamos a ver a la madre de Danilo —le recuerdo.

Mañana me voy a casar y aún no he conocido a mi suegra. Los matrimonios concertados en la mafia se tratan realmente como negocios.

—Será rápido —insiste Bárbara.

— No creo que sea una buena idea. No está bien invadir su espacio así —le digo, sintiendo un escalofrío recorriendo mi espalda.

— ¿Invadir su espacio? Danilo se ha entrometido en nuestra vida, y no solo él, sino toda esa pandilla de los Salvatore. Y aun así, tú vas a ser la esposa del segundo al mando, ¿no puedes entrar en el ático cuando quieras? —pregunta Angelina, y se me revuelve el estómago.

—Mejor nos quedamos aquí, a salvo —dice Violetta, mirándome.

Pobrecita. Le tiene un miedo atroz a Danilo. No la culpo por ello; la primera vez que lo vio, aquel hombre le dio mucho miedo y la hizo llorar; después, le dijo que se casaría con ella.

—Estoy de acuerdo con Violetta —digo, en un intento inútil por parecer sensata.

—Ah, no. Vamos a aventurarnos en este edificio de veintiocho plantas —insiste Bárbara, mientras Caterine y Angelina asienten y Violetta niega con la cabeza—. Por favor —suplica, mirándome fijamente a los ojos.

Creo que estoy perdida.