12.
A primera hora de la mañana, la mamma, las niñas, Paolo, los soldados de Danilo —que ahora son mi sombra— y yo salimos a comprar el vestido a la mejor tienda de novias de la ciudad de Detroit.
Mis hermanas no están muy ilusionadas. Todas lucen una expresión enfurruñada, como si fuéramos a un funeral.
Mamá es la única que intenta suavizar el ambiente con sonrisas y sugerencias sobre qué elegir para mi gran día.
En cuanto llegamos a la tienda, nos atienden. La dependienta nos guía hacia la sección de vestidos de alta costura y los soldados se quedan en la planta baja.
El lugar es muy amplio y huele agradablemente a flores, lo que le da un aire muy romántico.
Hay varios maniquíes con los más variados modelos de vestidos y una de las paredes es un espejo que va del suelo al techo.
Hay un espacio reservado para los probadores y, frente a dos sofás cómodos y de aspecto mullido, hay una gran tarima de granito y otro espejo de cuerpo entero con marco de madera y rodeado de luces LED.
Las niñas se acomodan en el sofá, mientras la mamma y yo hablamos con la dependienta para decidir qué modelos me voy a probar.
El primer vestido que me pruebo es uno tradicional. La falda es larga y voluminosa, tiene la cintura marcada y me hace parecer una princesa. Es precioso, pero siento que le falta algo y a las chicas no les gusta.
El segundo modelo tiene el escote muy ceñido, lo que resalta bien mis pechos, y una falda que cae con naturalidad por el cuerpo. Es un vestido muy romántico y cómodo.
—¡No! —responden las chicas al unísono.
Vuelvo al probador y, al cabo de unos minutos, salgo con otro vestido. También tiene un estilo clásico y está muy ajustado hasta la cintura, lo que hace que la falda se abra en forma de triángulo.
En lo alto de la pasarela, me miro en el espejo y tampoco me gusta el vestido.
— ¿Qué tal un vestido más moderno? —pregunta la dependienta, llamando mi atención y la de las chicas.
Asiento con la cabeza.
Me ayuda a bajar de la pasarela y me acompaña hasta la zona de los probadores. Unos minutos más tarde, la dependienta vuelve con otro vestido. Es el primero que me parece realmente bonito y me siento un poco ilusionada por probármelo.
Parece que lo han hecho a mi medida. Esa es la sensación que tengo después de ponérmelo.
El corte esculpe a la perfección las curvas de mi cuerpo, pero sin apretar.
Tiene mangas largas con delicados detalles de encaje y su corte recuerda sutilmente a una sirena.
El escote en V realza bien mi pecho, pero sin exagerar.
Y, para rematar con broche de oro, el vestido tiene una cola que le da un toque aún más elegante.
Vuelvo a la pasarela y las miradas de las chicas y de mi madre están llenas de admiración. Les sonrío y contemplo mi reflejo en el espejo de cuerpo entero con marco de madera. La iluminación aquí es mucho mejor, lo que me hace mil veces más guapa.
Por alguna razón inexplicable, la primera persona que me viene a la mente es Danilo Salvatore y sus ojos severos mirándome con admiración. Las mejillas empiezan a arderme al pensarlo y hago un esfuerzo por sacarlo de mi mente.
Vale, ayer, después de tomar unas copas de vino, incluso me hizo reír con esa broma sobre el jet privado y el beso cálido que me dio en la mejilla hizo que las mariposas de mi estómago bailaran, lo cual es normal.
Danilo es guapísimo.
¿Un cretino? Sin duda alguna, sí. Sin embargo, no estoy ciega ni necesito gafas para darme cuenta de lo atractivo que es ese hombre.
Todo un engreído, arrogante, sarcástico…
y me dan ganas de desmontarlo con mi descaro, solo para demostrarle que no soy como las mujeres con las que está acostumbrado a tratar.
—Es perfecto —dice mamá al acercarse a mí.
—Es la novia más guapa que he visto en mi vida —dice Violetta, haciéndome reír un poco.
Las chicas suben al podio, que es muy espacioso, y me admiran a través del espejo.
—No sé si él se merece una novia tan guapa —dice Caterine, arreglándome la cola del vestido.
— Estás guapísima —comenta Angelina tímidamente y yo asiento, guiñándole un ojo.
—No me puedo creer que te vayas a casar —las palabras de Bárbara me dejan pensativa.
Dentro de dos semanas, Danilo y yo seremos oficialmente marido y mujer, y lo único que sé de mi prometido es que es el futuro jefe del crimen organizado en Chicago y que mató a su primera prometida.
Por mi propio bien, debo temerle y ser obediente a toda costa.
Pero, ¿por qué tengo la sensación de que nunca seré ese tipo de esposa?