11.
Me humedezco los labios secos al sentarme en el sofá.
Papá está furioso y no dudo de que pronto empezará a echar humo por las fosas nasales. No puedo culparlo, siento que mi rabia, mezclada con una buena pizca de vergüenza, está haciendo que todo mi cuerpo arda.
Todavía no me creo que Jason haya venido aquí. Dios mío, ¿en qué está pensando? Como si fuéramos amantes incondicionalmente enamorados. Vale, le encantó haber sido mi primera pareja sexual, como si esa mierda le inflara el ego.
Por el amor de Jesucristo. Ni siquiera le dije nunca que lo quería; lo máximo fue un «me gusta estar contigo», y esas palabras salieron más o menos porque Jason había dicho algo parecido antes.
No voy a ser hipócrita, me gustaba estar en sus brazos, pero no es como si estuviéramos predestinados a pasar toda la vida juntos. Nunca le prometí nada y, bueno, creía que el sentimiento era recíproco.
—¿Qué ha dicho Danilo? —quiere saber Corrado, como siempre, tranquilo y con una serenidad que, a veces, resulta bastante irritante.
—Que Jason morirá si se acerca a mí.
Asiente, pensativo.
— Convenced al chaval de que se cambie de nombre y se vaya de la ciudad. Del país, si hace falta —ordena papá, haciendo que el subjefe y el consejero asientan con la cabeza y salgan de la sala acto seguido.
—Gracias —le doy las gracias, porque sé que lo está haciendo por mí. Si Danilo mata a Jason, será una muerte que tendré que cargar sobre mis hombros el resto de mi vida. Y no sé si podré superar algo así.
— ¿Todavía eres virgen, Martina?
Me arden las mejillas al escuchar la pregunta de mi padre.
Es la primera vez en mi vida que me hace este tipo de pregunta.
Nunca hemos hablado de sexo ni de nada parecido.
Para ser sincera, el tema es un tabú en nuestra casa y supongo que también en las casas de todos los miembros de la organización.
Simplemente crían a sus hijas para que sean buenas esposas, inocentes y vírgenes hasta el matrimonio.
Como si no hablar de sexo fuera a impedirnos hacer algo. Lo que hace que la mayoría siga siendo virgen e intocada son los guardias de seguridad que nos protegen desde que somos bebés. Y, en general, las chicas no se encariñan tanto como nos pasó a mí y a mis hermanas con Paolo.
—Lo soy —miento, porque no soy lo bastante valiente para decirle la verdad a papá. Además, si lo hago, matará a Jason por haber tocado a su preciosa hija, no me cabe duda.
Lo observo por encima de las pestañas, estudiando sus reacciones.
En el fondo, quizá ya sepa la verdad, pero prefiere fingir que no. Es mejor tapar el sol con un colador que afrontar el hecho de que no soy tan pura e intocable como todos en Detroit creen.
—Genial.
—¿Tengo permiso para levantarme del sofá e irme al dormitorio? —pregunto con tono un poco burlón.
No me gusta usar ese tono con papá; a pesar de todo, lo respeto, pero a veces odio lo machista e ignorante que es nuestro mundo. A los hombres de aquí los educan de forma muy diferente a nosotras.
Se les enseña a perder la virginidad pronto para convertirse en hombres, se les inicia en la mafia lo antes posible, mientras que nosotras vamos a colegios de chicas y se nos prohíbe hablar con chicos.
Papá no dice nada, solo asiente con la cabeza.
Me levanto del sofá y me dirijo hacia las escaleras. Me agarro a la barandilla y, en cuanto empiezo a subir los peldaños, veo a mis hermanas arriba, con prisa, escuchando todo a escondidas.
—¿Qué hacéis aquí? —pregunto tan bajo que no sé si me han oído.
—Pensábamos que te habías metido en un lío —murmura Bárbara con la mirada inquieta.
Todas siguen llevando los vestidos de fiesta, aunque van descalzas. Hago un gesto con el brazo para que me sigan y abro la puerta del dormitorio para que entren. Bárbara y Violetta se acomodan en el borde de la cama, mientras que Angelina y Caterine se quedan de pie.
—¿Tienes novio? —El tono acusador e indignado de Angelina es evidente.
Es una pena, justo ahora que pensaba que las cosas entre nosotras iban a mejorar, todo se va al traste.
—Sabía que esto pasaría; tú podías dormir en casa de Nancy y nosotras siempre teníamos que venir directamente a casa después del colegio.
Es injusto, ¿no crees? Has tenido privilegios que papá nunca nos dará a nosotras.
Respiro hondo y me quito los tacones, pensando en cómo calmar el ambiente tenso de la situación.
— Lo siento mucho. Y sí, es muy injusto —empiezo por pedir perdón—. No debería haberos ocultado esto —admito.
—Es el chico de la farmacia. Nos vendió compresas —comenta Violetta pensativa, con el rostro lleno de pecas fruncido.
—Es una larga historia —murmuro.
—¿Os habéis acostado? —pregunta Bárbara, la única que me mira con curiosidad—. ¡Ay, Dios mío! ¿Estás embarazada? ¿Por eso ha venido aquí? ¿Qué vas a hacer? ¿Y Danilo? ¿Y el bebé?
—¿Estás embarazada? —repite Violetta, horrorizada.
El caos se apodera de la habitación y las dos más jóvenes empiezan una conversación desesperada sobre el embarazo y cómo se va a volver loco papá cuando se entere, mientras Angelina les pide que se callen.
Hago un gesto con la mano en el aire para que se calmen y parpadeo lentamente antes de empezar a hablar.
—No estoy embarazada —les digo, lo que hace que Bárbara y Violetta respiren hondo, aliviadas. Angelina me mira con un enfado palpable, mientras que Caterine está demasiado tranquila. —Lo siento mucho, nada justifica lo que he hecho. No es justo para vosotras.
—Ni contigo —dice Caterine por primera vez—. No tienes la culpa—. Esas últimas palabras me hacen arder los ojos.
Quizá, si me odiaran, sería más fácil y dejaría de sentirme tan culpable por haber hecho lo que hice.
—La verdad es que sí, un poco —resopla Angelina y cruza los brazos—. Pero no pasa nada, no sé si yo lo habría contado si también hubiera conocido a un chico. Estas paredes tienen oídos.
Me deshago el moño y dejo que los mechones me caigan sobre los hombros.
— ¿Te vas dentro de dos semanas? — Violetta se levanta y se acerca a mí. Es tan menuda y guapa. — ¿Por qué tan pronto? ¿No hay nada que papá pueda hacer para posponer la boda?
Aprieto los labios y niego con la cabeza.
—Podéis venir a visitarme siempre que queráis.
—¿Danilo te lo permitirá? —quiere saber Violetta, lo que hace que mi corazón se encoge dentro del pecho.
Pero recuerdo lo que Danilo me dijo sobre que nadie es cien por cien bueno y espero que eso también se aplique a él. Si nadie es totalmente bueno, tampoco es totalmente malo.
Y quizá no sea tan malo como dicen por ahí.
Fingo una sonrisa.
—Claro que sí, no es tan malo —digo, deseando desde lo más profundo de mi ser que tenga razón.
Violetta me rodea la cintura con los brazos y Bárbara se pone de pie para hacer lo mismo. Las dos me envuelven en un abrazo cálido y acogedor, que me arranca una sonrisa.
Caterine se acerca a nosotras y, aunque tarda un poco, Angelina se rinde y acaba uniéndose al abrazo quíntuple de las Giordano.
Sé que no soy perfecta, pero soy capaz de cualquier cosa para protegerlas. Aunque eso signifique ser obediente para que mi matrimonio con Danilo salga bien.
No tengo ni idea de cómo es posible, pero lo haré por mis hermanas.