8.
Tengo una habilidad estupenda.
Huir de Paolo.
Quizá porque he estudiado toda mi vida en un colegio solo para chicas, siempre he sido obediente, he respetado las normas y nunca me he metido en líos, nadie se cree de verdad que vaya a hacer algo rebelde.
Sin embargo, el colegio solo para chicas fue muy motivador. Papá siempre creyó que mis hermanas y yo estábamos seguras rodeadas de chicas, lo que él no sabe es que uno de los temas más interesantes cuando se está en la pubertad son los chicos.
Y bueno, siempre he sido curiosa y, por desgracia, valiente. A veces, también mentirosa.
No es habitual que durmamos fuera de casa, pero cuando cumplí diecisiete años, aproveché al máximo el favoritismo de nuestro padre.
Mentía diciendo que tenía trabajos en grupo y que necesitaba pasar la noche en casa de Nancy, una amiga.
Claro que a él no le gustaba la idea de dejarme suelta por ahí, pero Paolo siempre me acompañaba.
Él se quedaba tranquilamente esperando dentro de su coche, fuera de la casa.
Lo que él nunca supo es que los chicos entraban por la puerta trasera y se escondían en el sótano. Y todas las veces que dormía en casa de Nancy, sus padres no estaban allí.
Fui dejando de hacer ese tipo de cosas, porque me sentía culpable por inventarme una mentira y salir de casa para besar a chicos, mientras mis hermanas se quedaban atrapadas en nuestra jaula de oro.
Incluso después de haber tenido un año de locos para chicas como nosotras, y un año más que normal para las chicas normales, conocí a Jason en una visita a la farmacia.
Papá se había ido de viaje de negocios y mamá se había llevado a Angelina, Barbara y Caterine al dentista con Paolo. Violetta y yo estábamos solas y recuerdo muy bien aquel día: le vino la regla por primera vez y se puso desesperada.
Pensé en ofrecerle una de mis compresas, pero Violetta no salía de casa prácticamente para nada. Así que llamé al hombre de la puerta que se encargaba de nuestra seguridad y le pedí que nos llevara a la farmacia.
Se mostró inflexible en no llevarnos, pero cuando le di instrucciones sobre qué compresa comprar para una niña pequeña y delicada como Violetta, el hombre nos llevó.
No insistió en entrar en la farmacia, lo cual fue un alivio.
Mi hermana se moría de vergüenza y aún no entendía cómo funcionaba el cuerpo.
Jason era el dependiente aquel día. Guapo, simpático y con el pelo de un rubio oscuro. Nos hicimos amigos, porque tiene una sobrina de la misma edad que Violetta.
A partir de aquel día, empecé a ir a la farmacia más veces de las que realmente necesitaba. Paolo o cualquier otro soldado que me acompañara no entraba en la tienda, y fue la oportunidad perfecta para conseguir el número de teléfono de Jason.
Era arriesgado; papá lo mataría si se enterara de algo. Jason y yo pasamos casi un año y medio hablando solo por mensajes. Y lo sentía cada vez más cerca de mi corazón.
De hecho, también de mis braguitas.
No es amor ni nada por el estilo, pero me sentí segura al perder la virginidad con él hace nueve meses. Nuestras relaciones sexuales no se han repetido tanto como me gustaría, pero cada momento íntimo ha ido mejorando.
Aún no me había hecho correrme, lo cual es un problema para nosotros. Jason no sabe en qué está fallando y yo no soy precisamente la persona con más experiencia en lo que al sexo se refiere.
Sin embargo, todo va a acabar ahora.
Paolo me ha traído al centro comercial del centro de la ciudad y, cuando le he dicho que estoy aquí para comprar lencería para mi noche de bodas, se ha quedado sin palabras y ha decidido esperar en los sillones de masaje que hay junto a la tienda.
Ya han pasado quince minutos.
Con cuidado, asomo la cabeza y lo veo con los ojos cerrados, mientras el sillón vibra. Papá acabará con él si descubre que Paolo está ahí relajándose en lugar de estar trabajando y cuidando de mí.
Pero Paolo es mayor, también se merece un descanso.
Me escabullo por la otra salida de la tienda y corro hacia el aparcamiento de la última planta al aire libre del centro comercial. Si fuera una persona normal, podría encontrar a Jason en la zona de restauración. Pero la realidad que vivo es muy diferente a la de las chicas de mi edad.
—Martina, ¿qué ha pasado? —me pregunta en cuanto me ve. Jason está de pie, apoyado en su coche.
Nunca le he dicho a qué se dedica mi familia, pero él lo sabe, como todo el mundo en la ciudad. Mi padre es el jefe del crimen organizado en Detroit y, a pesar de ese detalle, es intocable, porque tiene a políticos corruptos y policías en nómina.
Sé más de lo que debería, eso es un hecho. Pero siempre he sido curiosa y, cuando papá está enfadado, no habla precisamente en voz baja. A veces, al pasar por delante de su despacho durante el día, conseguía pillar algunas cosas.
—No podemos seguir viéndonos, Jason. Me voy a casar y me voy a mudar a Chicago —le digo de golpe. Jason es buena persona, pero no hay forma de romperle el corazón poco a poco, así que se lo digo de una vez.
Jason parpadea lentamente y frunce el ceño, desconcertado.
— ¿Qué has dicho?
—Lo siento —digo en voz baja, un poco triste por no poder dar más detalles ni explicar la complicada situación en la que me he metido. No puedo hacerlo sin comprometer o poner en peligro su vida.
Le doy la espalda para marcharme.
Jason me detiene agarrándome de la muñeca y girando mi cuerpo hacia él.
Me pone las manos en la cintura, pero me libero.
No puedo arriesgarme a que nos vean juntos así.
Por lo que ha comentado Paolo, Danilo es un tipo posesivo y, en breve, tendrá a dos de sus hombres cuidando de su preciosa prometida, que ya no es virgen.
Otro problema al que tendré que enfrentarme y del que no tengo ni la más mínima idea de cómo resolverlo. No soy virgen, pero nadie más que Jason y yo lo sabe.
Papá lo matará si se entera.
Danilo lo matará si se entera de la verdad.
Para ser sincera, la familia Salvatore nunca me aceptará si se enteran de mi secreto. Nadie quiere a una chica impura o que ya haya sido tocada por otro hombre. Además, lo considerarán una traición por nuestra parte y se desatará una guerra.
Quizá me expulsen de Chicago. Y nadie en Detroit me querrá cerca.
—Me voy a casar.
Jason niega con la cabeza, visiblemente aturdido por las palabras que acaban de salir de mis labios.
—¿Qué mierda es esta, Martina? —replica mientras se acerca a mí y solo se abstiene de agarrarme porque extiendo la mano en el aire para que no se acerque demasiado—. ¿Tu padre te está obligando a casarte?
—No —respondo con sinceridad.
Por mi papá, ni siquiera me casaría y viviría el resto de mi vida bajo su protección. Sin embargo, aun así, me están obligando a casarme con Danilo, porque si no lo hago, le tocará a alguna de mis hermanas.
O peor aún, el diablo disfrazado de ángel de luz podría querer poner sus sucias manos sobre Violetta, y eso es algo que nunca permitiré.
— Eso es mentira.
—Es complicado —intento explicarlo en pocas palabras—. Tengo que irme ya. No puedo entretenerme.
— ¿Es complicado? ¿Eso es todo lo que tienes que decirme?
—Sí —digo con firmeza—. Mi mundo es muy complejo, no lo entenderías.
Sus ojos oscuros brillan.
— ¿Complejo cómo? Sé que tu padre es un maldito delincuente y que toda vuestra fortuna está pagada con dinero sucio —dice con tono tenso, y aunque Jason tiene razón, me siento un poco dolida. No me esperaba ese juicio por su parte, porque siempre ha sido un chico comprensivo.
Respiro hondo y mantengo la barbilla alta.
—¿Ya has terminado?
— Puedo huir contigo. Te llevaré a cualquier sitio —me dice mientras me coge las manos con cariño—. Te salvaré de cualquier cosa, Martina.
¿Me salvará de cualquier cosa?
¿Y quién salvará a Violetta si me escapo?
— Lo siento, Jason. No hay forma de que puedas salvarme.
— ¿Por qué no? —replica, apretándome la mano con más fuerza, desesperado—. Dime por qué.
—No necesito que me salven.
Poco a poco, retiro la mano y cruzo la mirada con Jason; hay tanto dolor y decepción en ella que me hace hervir la sangre en la cara. Sin dar más explicaciones, doy media vuelta y dejo a Jason atrás.
Fue bonito mientras duró. Me lo pasé bien con él y, a veces, en sus brazos, me sentí como una chica normal. Pero, en el fondo, siempre supe que nunca podría vivir lo que teníamos para siempre.
Mi mundo nunca aceptará a Jason. Y él nunca aceptará de verdad el mío.
En cuanto se abren las puertas de la planta de la tienda donde dejé a Paolo en el sillón, veo al hombre buscándome entre la gente que deambula por los pasillos. Nuestras miradas se cruzan y él se acerca a mí, resoplando.
—¿Dónde te habías metido?
—He ido al baño —explico encogiéndome de hombros—. Problemas de mujeres —añado arqueando una ceja en dirección a Paolo.
—Sabes que tu padre me mataría si te pasara algo, ¿verdad? No juegues con mi vida, Martina. Solo soy un soldado y tengo dos hijos que aún no han terminado el instituto.
Cierro los ojos y asiento con la cabeza mientras suelto un largo suspiro.
—Vale, volvamos a la tienda —digo, y él se pone tenso, mientras una expresión de insatisfacción se apodera de su rostro envejecido y lleno de arrugas—. Puedes entrar y esperar o volver a sentarte en el sillón.
Paolo aprieta los labios.
—Voy a entrar y a vigilarte. No volveré a perderte de vista.
Pongo los ojos en blanco y dejo caer los hombros. No pensé que fuera a resistirse al sillón de masaje, pero el viejo va a darme caña ahora.