7.
En cuanto aparco el coche en el garaje subterráneo, el móvil vibra en mi bolsillo. El número de Luigi, el único soldado lo suficientemente cercano a mí como para considerarlo un gran amigo, parpadea en la pantalla a color.
—¿Qué pasa? —pregunto al tiempo que salgo del coche y me dirijo hacia el ascensor privado.
—Sarah está en el vestíbulo.
—Ya voy.
Retrocedo unos pasos, entro en el ascensor común y pulso el botón del vestíbulo. En cuestión de minutos, se abren las puertas metálicas. Luigi me alcanza cuando me acerco al mostrador de recepción y hace un gesto con la cabeza hacia la izquierda.
En la zona con cómodos sillones y una mesita central, veo a Sarah. Está sentada, con las piernas al descubierto y unos tacones altísimos, demasiado exagerados para una chica tan joven como ella. Lleva mucho maquillaje en su pequeño rostro y lleva el pelo suelto.
Le doy un golpecito en el pecho a Luigi y asiento con la cabeza antes de dirigirme hacia la chica.
A Sarah le faltan unos meses para cumplir diecinueve años. Es hija de Vittorio y la hermana menor de Sienna, mi exnovia y prometida fallecida. No soy ciego: desde pequeña, la chica ha sentido una pasión platónica por mí, pero nunca pasó de ahí.
Pasión platónica.
Hace cinco años, papá eligió a Sienna para que fuera mi esposa y sé que Sarah quedó destrozada. Todo empeoró cuando, ese mismo año, su hermana mayor se quitó la vida a causa de nuestra boda.
Sin embargo, las cosas han cambiado y Sarah ya no me ve con la misma mirada ingenua de antes. Ahora siento que me odia por haberle quitado a su hermana.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto al sentarme en el sillón frente a ella. Lleva el rostro bien maquillado, pero aun así se le nota parte de un hematoma en la comisura inferior derecha de la boca.
Sé que fue Vittorio. No es la primera vez que le pega a Sarah. Para ser sincero, creo que lo lleva haciendo desde que la niña empezó a andar. Con su mujer pasa lo mismo: siempre lleva mucho maquillaje para ocultar los moratones.
Está claro que hay normas dentro de la organización y proteger a nuestras mujeres y a los niños es uno de nuestros mandamientos. Sin embargo, ¿cómo se lo van a tomar en serio si el propio Don es un cretino y fue el primero en levantar la mano contra su mujer?
—Papá me ha pedido que viniera.
Cierro los ojos con fuerza y respiro hondo.
— ¿Qué pretende?
Sarah levanta sus largas pestañas negras para mirarme.
—Que te seduzca… para que renuncies a casarte con la chica de Detroit —dice y desvía la mirada, empezando a juguetear con las manos de forma nerviosa.
Se me tensa la mandíbula.
—Tu padre no tiene límites.
—Me trajo aquí y prácticamente me tiró delante del edificio. Papá quiere que me vaya de aquí solo después de conseguir que tú me folles como un animal.
Escuchar lo que dice me cabrea muchísimo. No es más que una chica que nació en un mundo cruel y tuvo la desgracia de tener un padre como Vittorio.
— Quédate aquí —le ordeno y me pongo de pie. Me acerco a Luigi, que viene a mi encuentro con la espalda erguida y los ojos penetrantes escudriñándome—. Lleva a Sarah a casa sana y salva. Si Vittorio se queja, dile que hable conmigo.
Luigi asiente con firmeza y pasa a mi lado, dirigiéndose hacia la hija de Vittorio. Observo cómo el soldado se acerca a Sarah y, con delicadeza, la levanta y se lleva a la chica fuera del edificio.
Me estoy secando el pelo con la toalla cuando mi móvil empieza a sonar sobre la cómoda que hay junto a la cama.
Es Phil, uno de los detectives de la policía de Chicago que lleva años en nuestra nómina.
—¿Qué pasa?
—Se trata de Sarah Canalis...
Tras escuchar lo que el hombre tiene que decir, resoplo y cuelgo. Me pongo los zapatos y cojo el abrigo al mismo tiempo que escribo un mensaje a Luigi para que me espere en la comisaría. Han pasado cuatro horas desde que se llevó a Sarah a casa.
Tardo unos veinte minutos en llegar al lugar y, al bajar del coche aparcado, veo a Luigi salir de su vehículo y venir hacia mí.
—¿Qué ha hecho?
—Phil no ha dado detalles —digo al pasar por las puertas giratorias. En recepción, llamo la atención de la mujer que está detrás del mostrador, pero no tengo tiempo de decir nada, porque Phil aparece y nos acompaña hasta su despacho.
—¿Por qué la has traído aquí? —murmuro.
—Estoy haciendo mi trabajo —responde, con descaro.
Entramos en la sala y lo primero que captan mis ojos es a Sarah. Está sentada frente al escritorio de Phil, de espaldas a mí. La chica me mira por encima del hombro, lo que me hace fijarme en el pintalabios rojo corrido y las pestañas húmedas.
—Danilo… —murmura mientras se levanta y se acerca a mí, rodeándome con los brazos por la cintura y abrazándome con fuerza—. Por favor, sácame de aquí.
— ¿Qué ha pasado?
—Estaba en un barecito de North Lawndale y le rompió un vaso de cristal en la cabeza a un civil...
—¿Y dónde está el civil? —le interrumpo mientras miro a ambos lados con sarcasmo—. Sinceramente, Phil, te pagan para mantener a los nuestros lejos de aquí.
El rostro del anciano se endurece en un ceño fruncido.
— Lo sé, Danilo, pero hay cosas que no puedo barrer bajo la alfombra —refunfuña con la mandíbula apretada—. El civil no quiso presentar denuncia y yo no la he dejado marchar porque parece un poco alterada.
Sujeto a Sarah por los brazos y la alejo de mí, escrutando su rostro.
—¿Qué ha pasado? —le pregunto, esperando escuchar su versión de los hechos.
—Me tocó e intentó besarme a la fuerza; le pedí que parara, pero ese imbécil dijo que me iba a follar de todas formas. Me estaba defendiendo —susurra con los ojos llorosos.
Dirijo mi atención hacia Phil, que dice:
—Ella no me ha dicho nada de eso.
—No me lo preguntaste, no quisiste escucharme —replica Sarah, furiosa—. Solo no parabas de decir que no podía ir por ahí metiéndome cosas en la cabeza.
Respiro hondo.
—¿Quién es? Ese maldito civil.
— No —Phil niega con la cabeza—. No, no, no. No voy a dejar que mates a un civil —añade en voz baja.
Esbozo una sonrisa sarcástica.
— Phil, quieres a tu hija, ¿verdad? ¿Te gusta verla feliz? No olvides que todo su éxito se lo debe a mi familia. Si quieres que tu pequeña siga siendo una superestrella, más te vale darme el nombre y la dirección de ese tipo.
Refunfuñando, se dirige al ordenador y coge un bolígrafo para anotar algo en un trozo de papel. A regañadientes, se acerca a mí y me da el nombre de ese hijo de puta y su dirección.
—Mantén a la princesita lejos de los barrios peligrosos —el viejo tiene la osadía de darme una orden.
—No me des órdenes —le respondo, serio.
Entrelazo mi mano con la de Sarah y salgo de la sala de Phil con Luigi pisándome los talones.
—¿Qué quieres hacer? —me pregunta mi amigo cuando estamos fuera de la comisaría.
Suelto la mano de Sarah y, como por instinto, ella cruza los brazos a la altura del pecho. Leo la dirección en el trozo de papel y se la entrego a Luigi.
—Voy a darle una lección a ese pedazo de mierda —le digo, y él asiente con la cabeza—. Pero antes tengo que llevar a Sarah a casa.
—No, quiero ir con vosotros.
Respiro hondo.
— ¿Por qué has vuelto a salir? ¿Por qué no te has quedado en casa?
Ella aprieta los labios y le tiembla la barbilla.
—Se enfadó muchísimo —dice en un tono bajo y melancólico.
—Papá me echó la culpa por no haber conseguido seducirte.
No pude quedarme en casa escuchando lo « » e inútil que soy.
—Sarah se seca las lágrimas con el dorso de las manos—.
¿No puedes casarte conmigo y librarme de una vez de esta pesadilla?
No te pido amor, solo que me saques de este infierno de mierda.
Siento cómo se me tensan los músculos de la cara.
Sin decir nada, abro la puerta del coche y hago un gesto con la cabeza para que Sarah entre.
— Vamos a por ese idiota.
—¿La vas a llevar? —pregunta Luigi.
—Sí —digo, y él no pregunta nada más.
Mark Washington es el imbécil que tocó a Sarah. Vive en una casita que se cae a pedazos en North Lawndale.
— Todo despejado —me dice Luigi tras echar un vistazo a los alrededores.
Miro a Sarah y le ordeno:
— Quédate aquí dentro.
Ella asiente en silencio.
Bajo del coche y, con Luigi pisándome los talones, caminamos hasta la casa. Abro la puerta de un tirón y veo que el lugar no tiene ningún tipo de seguridad. El olor a moho me invade la nariz en cuanto damos el primer paso hacia dentro.
—¿Qué mierda es esto? —pregunta Mark cuando irrumpimos en el salón. El cerdo está sentado en un sillón, bebiéndose una cerveza y rascándose los huevos.
Luigi, que ya tiene la 9 mm en ristre, apunta a la cabeza de Mark y hace un gesto tajante con el arma para que se ponga de pie. Con las manos en señal de rendición, el cretino hace lo que se le ha ordenado.
Me acerco a él y le examino el rostro. No debe de tener más de cuarenta años y tiene un aspecto lamentable; seguro que no se acuesta con mujeres, por eso intentó ligarse a Sarah a la fuerza.
—¿Con qué mano la tocaste? —le pregunto, serio, sin importarme dar más detalles.
Frunce el ceño, desconcertado.
—¿De qué coño estás hablando, tío? Creo que te has equivocado de persona.
Sonrío con cinismo.
—No me he equivocado —respondo, escéptico—. ¿Con qué mano la tocaste? —insisto.
—Con las dos manos —responde Sarah de repente, lo que me hace volver la vista y verla en la entrada de la sala, observando toda la escena con atención.
Joder.
—Te dije que te quedaras en el coche —gruño, y ella me ignora; solo mira a Mark, con las fosas nasales dilatadas y los ojos echando fuego.
— ¿Qué coño hace esta zorra en mi casa?
Al oír la voz de Mark, me giro de un salto y le doy un puñetazo en la cara, haciendo que el hombre se tambalee hacia atrás. Con una patada, lo tiro al suelo y Luigi se acerca a nosotros, con la pistola en la mano y apuntando al cabrón.
—¿Qué mano? —le pregunto a Luigi mientras lo miro un segundo antes de fijar la vista en Mark—. ¿Las dos?
—No, no. Por favor. No —grita, lo que me irrita.
Sin previo aviso, le piso la mano izquierda, lo que hace que el hombre abra la boca y grite, aunque se calla al instante en que Luigi le mete el cañón de la 9 mm en la boca.
Me inclino un poco y le tiro del brazo izquierdo, haciendo que ese pedazo de mierda se siente en el suelo, y entonces, de un solo movimiento, le rompo la mano al imbécil.
El sonido de los huesos rompiéndose llena la casa y, a pesar de tener la pistola en la boca, se pone a lloriquear a voz en grito.
—Tienes suerte, solo te voy a romper una mano y ni siquiera te voy a matar —le digo, y sus ojos desorbitados y llenos de lágrimas se clavan en mí. Hago un gesto con la mano para que Luigi se aleje y él obedece. —¿Por qué no das las gracias? —le pregunto.
Mark empieza a balbucear un montón de palabras que más bien parecen insultos.
Lo tiro de la camisa y esbozo una sonrisa sarcástica un instante antes de golpearle la barbilla con varios puñetazos hasta ver la mandíbula rota y los nudillos de mis dedos magullados por la fricción.
Vuelvo a agarrar al desgraciado por el cuello de la camisa y acerco nuestras caras para hablarle mientras fijo la mirada en sus ojos vacilantes.
—No volverás a tocar a una mujer contra su voluntad, ¿entendido?
—le pregunto, y él asiente de inmediato, gimiendo de dolor—.
Y no le dirás a nadie quién te ha dado una paliza, ¿sabes por qué?
Porque hasta este lado sórdido de la ciudad me pertenece y, si me entero de que has abierto la boca, vendré aquí y te cortaré la lengua.