2.
Aunque no lo admitan en voz alta, muchos padres tienen hijos favoritos.
Recuerdo haber leído un artículo de una psiquiatra de Massachusetts sobre el tema. Decía que el favoritismo está relacionado con los valores que los padres sienten hacia sus hijos.
A veces, se parecen. A veces, simplemente, se complementan.
Angelina suele decir con tono sarcástico que soy la favorita de papá . Siempre he odiado escuchar ese tipo de cosas. Cada vez que algo así llega a mis oídos, se me encoge el corazón dentro del pecho.
No quiero ser la favorita de papá, aunque por ahora eso signifique mi salvación.
Mamá [4] peina el largo cabello pelirrojo de Violetta, que es igual que el suyo, e intenta ocultar las lágrimas que inundan sus ojos almendrados.
Violetta solo tiene quince años, es menuda, veinte centímetros más baja que yo. Sus ojos son tan expresivos que no cuesta nada adivinar cuándo está triste, asustada o enfadada.
Y ahora tiene miedo. No son solo los ojos los que expresan ese sentimiento, sino cada parte temblorosa de su pequeño cuerpo. Y detesto que lleve un vestido tan corto, como si fuera una maldita mercancía a punto de ser expuesta en un escaparate de lujo.
—Ponte este—, le digo, después de rebuscar en el armario de Violetta y encontrar un vestido delicado que le llega hasta las espinillas. Coge la prenda y se dirige al vestidor, tropezando con sus propios pies sobre los tacones de aguja.
Mamá me mira en silencio. Hay tanta compasión y agradecimiento en su rostro que me siento culpable.
No es mi madre biológica, pero cuando se casó con mi padre, yo no era más que un bebé. Mamá me crió bien y me dio cariño. Y aunque tuvo a su primera hija con papá, nunca me dejó de lado.
Siempre he sido también su hija.
Mientras que yo soy el fantasma de mi difunta madre biológica. Esa chica a la que papá mira cuando quiere recordar su primer amor.
No soy más que un fantasma del pasado.
—Ponerte algo más recatado no te va a servir de nada, porque si Danilo Salvatore te elige, te tendrá—, refunfuña Angelina, llamando mi atención.
Me mira desde el otro lado de la habitación, con el rostro todo arrugado para mostrar su descontento. Y ya lleva puesto un vestido precioso que realza muy bien las curvas de su cuerpo. Lista para el espectáculo de terror que tendrá lugar en unos minutos.
Nosotras dos nunca nos hemos llevado tan bien, porque ella es capaz de ver cosas que nuestras hermanas no ven, o fingen no ver.
El favoritismo de nuestro padre.
No la culpo por odiarme la mayor parte del tiempo, sé que él me está protegiendo. Cualquiera puede darse cuenta de ello en este momento, ya que soy la única hija a la que no le están ofreciendo en bandeja de oro para que Danilo Salvatore elija a su futura esposa.
Intenté cambiar el destino de mis hermanas plantándole cara y la única respuesta que recibí es que soy demasiado mayor y que el hijo del jefe de la mafia Salvatore quiere una chica joven.
Es mentira, claro. Papá es inflexible cuando se trata de casarme con alguien. Los hombres de la organización ya han intentado ponerme las manos encima y concertarme matrimonios con sus hijos, y el Don ha rechazado con vehemencia cada propuesta que ha recibido.
— Por favor, no discutamos, somos hermanas, ahora tenemos que estar unidas. Por nuestro propio bien —me dice Caterine con una sonrisa amable y comprensiva.
Acaba de cumplir dieciocho años, es tres años más joven que yo y un año más joven que Angelina. Al igual que Violetta, tiene el pelo pelirrojo como el de nuestra madre y los ojos claros, como los de papá. Caterine es prácticamente una versión mayor de Violetta. Guapa, llena de vida y dulce.
—Quién sabe, quizá tengamos suerte y él no quiera a ninguna de nosotras —comenta Bárbara, entrecerrando los ojos, como si buscara algo en lo más profundo de su mente—. Quizá no seamos lo suficientemente guapas para los Salvatore.
Imposible.
El Don de la mafia de Detroit es conocido por tener cinco hijas guapísimas. Las más bellas de la organización. Si no fuera por Lorenzo, papá no tendría ningún heredero varón.
—Es nuestra única esperanza —murmura Bárbara mientras aprieta sus carnosos labios, aunque no dura mucho. Al poco rato, el móvil que tiene en las manos le avisa de un mensaje y ella centra toda su atención en la pantalla a color.
Barbara es la segunda de las más jóvenes, tiene dieciséis años. Por su edad, ella y Violetta son uña y carne. Y quizá, por ser las más jóvenes, las cuido en exceso.
Le supliqué a papá que las eximiera a las dos y sé lo injusto que es con las demás, pero Caterine accedió a que intentara hacerle cambiar de opinión a nuestro padre, lo cual no sirvió de nada.
No le hace mucha gracia entregar a sus hijas en bandeja a un hombre como Danilo, pero no tiene otra opción. Necesita consolidar la alianza que hizo con los Salvatore hace casi un año.
Y en el mundo en el que hemos nacido, los negocios son lo primero.
Siempre.
La organización por encima de todo. Por encima de nuestras vidas. Por encima de nuestros deseos. Por encima de nuestra felicidad.
La boda entre las dos familias se celebrará de cualquier modo. Mis hermanas están condenadas y no hay posibilidad alguna de que se salven.
—No te hagas ilusiones, Bárbara —gruñe Angelina. Es un poco malhumorada de por naturaleza, pero hoy está mil veces peor—. Danilo Salvatore se casará con una de nosotras. Es nuestro destino.
Abro la boca para decir algo y me interrumpen al ver a Violetta volver a la habitación con el vestido recatado que le he elegido y unas bailarinas. Está preciosa y, claro, asustada. Una combinación horrible que me revuelve el estómago.
—No te culpes tanto, Martina —me dice mamá al detenerse a mi lado, acercándose a mi cara y colocándome un mechón de pelo detrás de la oreja—. Tú no tienes la culpa de nada.
— No es justo.
— Sé que no lo es, pero no tenemos otra opción. Y tu padre sabe lo que hace y lo que es mejor para nosotras —dice.
Puedo darme cuenta, por el brillo de sus ojos, de que, aunque quiera a papá y no esté de acuerdo con sus decisiones, mamá siempre intentará ver lo mejor que hay en su marido.
Tras respirar hondo, mamá se aleja de mí y esboza una leve sonrisa a las niñas antes de empezar a darles las instrucciones necesarias.
No habléis a menos que os hablen.
No le miréis a los ojos.
Quedaos quietas.
Mantened la cabeza erguida.
Sonreíd.
No lloréis.
Si te eligen, finge que estás contenta.
No supliques.
Siento cómo se me revuelve el estómago una vez más.
Danilo Salvatore tiene fama. Y no es buena. Las malas lenguas dicen que mató a su prometida unas semanas antes de la boda. Es a ese tipo de monstruo a quien mi padre está entregando a mis hermanas.
Es imposible no odiarlo en este momento.
Un golpe en la puerta hace que los seis volvamos la cabeza hacia el sonido.
—Ya ha llegado —dice María, la empleada más antigua de la familia, al asomar por el umbral, dando así comienzo a nuestra pesadilla.
Bárbara es la primera en salir de la habitación.
—El señor Giuseppe ha dicho que bajéis sin los móviles. No quiere interrupciones —informa María, señalando con el dedo índice las manos de Bárbara, que sostiene el smartphone. Es una adolescente adicta a Internet y, a veces, es difícil sacarla del mundo virtual.
Miro a mi hermana y le tiendo la mano abierta; ella suspira en señal de protesta, pero me entrega el móvil y yo me lo guardo en el bolsillo de los vaqueros.
—¿Alguien más? —pregunta María, y ellas niegan con la cabeza—. Buena suerte, chicas.
Suerte...
Es algo que mis hermanas van a necesitar.