1.
— Es una forma estupenda de calmarte la polla también.
El papá tiene razón, aunque creo que mi polla está bien tranquila dentro de los pantalones en este preciso momento. Lleva veinticuatro horas sin comerse un coño.
—Mañana te vas a Detroit y elegirás a la hija más guapa que tenga Giuseppe —dice el Don, dando una orden mientras revisa los papeles que hay sobre la mesa de madera oscura.
—Y te asegurarás de tener un hijo lo antes posible.
Ya tienes treinta y cinco años, ya es hora de formar una familia.
Eres mi sucesor y necesitas ese tipo de vínculo.
Necesitas herederos. Hombres, a ser posible.
Controlo los músculos de la cara para no mostrar mi disgusto al oírlo y me quedo callado. No tengo intención de traer al mundo a un mocoso con la nariz chorreando mocos tan pronto.
De hecho, no voy a traer un niño al mundo para criarlo como a mí me criaron. Aparte del dinero, el poder y los coños, no hay nada bueno en nuestras vidas.
Mi silencio hace que me mire por encima de sus gafas de montura gruesa. Acabo moviéndome en la silla de cuero y me veo obligado a asentir con la cabeza.
—Claro, la más guapa y un hijo en breve —digo con expresión y voz serias, aunque por dentro me retuerzo de rabia.
Giuseppe Giordano es un ambicioso de mierda. Odia recibir órdenes, pero cuando hay mucho dinero y poder en juego, el hombre es capaz de bajar la cresta de vez en cuando.
Los negocios siempre son lo primero; sin embargo, para algunos hombres de nuestro entorno, los hijos también son importantes. Entregarnos a una de sus preciadas hijas es sinónimo de que siempre será leal y no causará problemas en el futuro.
Y, para ser sincero, controlar a Giuseppe es fantástico para los negocios y nos llena los bolsillos de dinero, lo cual nunca está de más. Y, por supuesto, fortalece nuestro imperio y nos hace aún más fuertes e indestructibles.
Siempre supe que la unión con la familia Giordano se consolidaría con una boda, pero, aun así, no tenía intención de casarme ahora.
Después de lo que Sienna hizo con su propia vida hace cinco años, no me gusta la idea de elegir a una mujer para que sea mi esposa y verla escapar de mis manos otra vez.
Giancarlo, el consigliere [3] , que está de pie a mi lado y no ha dicho ni una sola palabra desde que entré en el despacho de papá, se inclina un poco y me entrega un sobre marrón sellado.
—Por si quieres ver a las chicas antes de la cita de mañana —dice; su voz es tranquila, pero me irrita los tímpanos.
Giuseppe tiene fama de tener hijas guapas, las más bellas de toda la organización de Detroit. Y también es conocido por guardarlas bajo llave. Ahora está entregando a sus hijas como si fueran mercancía.
Una mercancía.
Mi padre haría exactamente lo mismo si tuviera una hija. Los matrimonios estratégicos llevan tanto tiempo en la familia que no recuerdo la última vez que alguna de las mujeres nacidas en nuestro mundo se casara por libre y espontánea voluntad. O por amor.
Quizá nunca haya ocurrido.
—¿Cómo lo has conseguido? —pregunto y noto cómo la mirada de mi padre se cruza con la del consejero. No obtengo respuesta a mi pregunta, lo cual tampoco importa. Arrugo el sobre y lo tiro a la papelera. —Prefiero verlas mañana.
—Como prefieras —dice Giancarlo y, por el rabillo del ojo, veo que el hombre asiente con la cabeza.
— Este matrimonio tiene que celebrarse, Danilo —dice mi padre clavando en mí sus ojos fríos y sin vida—.
Giuseppe se encarga de transportes importantes para nosotros y yo no quiero correr el riesgo de que se atreva a rebelarse.
Por eso, necesito que una de sus hijitas esté bajo nuestro amparo. Así que elige bien.
Aprieto la mandíbula y controlo las ganas de decirle que fue él quien eligió a Sienna para mí, no yo. Pero, en lugar de eso, asiento con firmeza con la cabeza.
—Elegiré a la más guapa y le daré un nieto en breve—, le digo mientras me levanto de la silla acolchada, aunque no tenga ninguna intención de tener un hijo ahora mismo.
Mi padre asiente, satisfecho.