Entrega imperfecta 29. La entrega imperfecta.
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29. La entrega imperfecta.

Sábado, 12 de julio.

09:27 de la mañana.

El comedor del hotel estaba casi vacío, pero la cantidad de mesas con restos de bollería, cafés y zumos revelaba que no hacía mucho había estado repleto, como si hubiera habido un pico de tránsito hacía poco.

Nos sentamos en una mesa apartada, junto a un ventanal que daba a la piscina.

El sol entraba ya con fuerza, impactando sobre los platos, los vasos y las servilletas blancas.

Marina se había puesto un vestido ligero de verano, estampado, con tirantes finos. Llevaba el pelo recogido en una coleta alta y no tenía mala cara. Yo apenas había dormido.

La vida debía continuar y yo no sabía cómo.

Volví a uno de los mostradores del buffet para servirme más comida.

Me giré y observé a Marina en la distancia.

Parecía una chica normal. Una chica guapa, pero una chica normal.

Hasta hacía unas horas, aparte de la belleza, su mayor peculiaridad podría ser su destacable desarrollo profesional para ser tan joven.

Ahora no… Ahora su mayor peculiaridad pasaba porque aquella noche había estado con dos hombres, al mismo tiempo, en la misma cama.

Con su marido y otro. Con su marido y el amigo de su marido.

También era peculiar que ni ella ni su propio marido tuvieran idea de cómo había sido posible.

No podía evitar pensar, y le había dado vueltas durante toda la noche, y también cuando ya había amanecido, en qué hubiera ocurrido si Gustavo hubiera intentado… hacerlo con ella.

En lo más profundo de mi ser creía que aquello no habría sido aceptado, ni por ella ni por mí, pero era consciente de la locura en la que habíamos estado sumidos, en el nivel de excitación… y ya no podía estar seguro apenas de nada.

Volví de mi pequeña excursión y me senté frente a ella.

—Madre mía —susurró Marina.

—¿Qué?

—Sergio, eso no es un desayuno.

—¿Por? Claro que lo es.

—No… Esos son como tres desayunos por lo menos.

Lo había dicho esbozando una pequeña sonrisa. Miré su lado de la mesa: tan solo un café con leche; luego miré mi plato, repleto de una mezcla imposible de dulces y salados.

—Es un desayuno equilibrado… —dije, siguiéndole la broma.

Y ella volvió a sonreír.

Y se hizo un silencio.

Y yo me tensé.

Y es que debajo de todo. De cada frase. De cada pequeño gesto… estaba lo otro.

Esperando.

En el dormitorio habíamos podido evitar la tensión del momento: mi ducha, ella vistiéndose, la tele creando un ruido de fondo absurdo.

Pero en aquel momento yo me sentía sin escapatoria. Y quizás ella también.

Cortaba un trozo de tortilla y ella daba un sorbo a su café y cada segundo sentía que la conversación estaba a punto de empezar.

Miradas. Silencios.

Qué decir. Qué decir cuando no sabía ni qué sentir.

Durante un instante pensé en empezar a hablar yo… pero mis pulsaciones se dispararon con solo visualizarlo.

Hasta que su teléfono se iluminó sobre la mesa.

Marina bajó la vista.

Yo también.

Vi cómo leía la pantalla y cómo algo cambiaba en su expresión. No mucho. Apenas un instante. Pero lo suficiente para que me diera cuenta.

—¿Trabajo? —pregunté.

Ella dudó un segundo.

—… Sí.

Cogió el teléfono.

—Voy a tener que conectarme un momento.

—¿Pero… para una reunión o qué?

Era absurdo; algo que me habría molestado horrores, ahora casi era una salvación, en el sentido de que al menos creaba una conversación y rompía un silencio.

Ella dudaba. Como siempre, cuando era algo de trabajo tardaba unos segundos en escucharme, o al menos en contestarme.

—Mmm… —dudó—. No creo que haga falta… pero sí que un email tengo que enviar…

Asentí.

—Vale.

—No creo que tarde mucho.

—¿Ah, vas ya? —pregunté mientras ella ya se levantaba.

—Sí… Quédate. Desayuna con calma… Bueno… tienes trabajo ahí —dijo sonriendo y empujando un poco la silla.

Yo miré mi plato aún casi repleto; los nervios siempre me daban hambre y pocas veces en mi vida me había sentido tan tenso y nervioso, aunque intentara disimularlo.

Miré a través de los ventanales del comedor, hacia la piscina del hotel.

—Creo que igual me tumbo un rato en una hamaca y te espero —le dije, dándome cuenta de que ya tenía el bañador puesto y de que había una toalla del propio hotel doblada con esmero sobre cada hamaca.

Marina sonrió levemente, aunque con prisa.

—Vale. Pues ya bajo yo en un rato. Venga… —dijo, y se apresuró a marcharse, revisando de nuevo su teléfono.

Sábado, 12 de julio.

09:48 de la mañana.

La soledad no mejoró mi estado. Estar a solas conmigo mismo era un martirio inhumano e intentaba entretenerme observando las parejas y familias que me iban rodeando, pero era imposible.

Tampoco mi teléfono ayudaba. No había nada en el mundo que me pudiera sacar de mis pensamientos; del orgasmo de mi mujer por ser bañada por la eyaculación de Gustavo.

Nada me sacaba de allí. Nada me sacaba de haber descubierto aquel deseo tan brutal…

que no era por mí. Nada me sacaba de sospechar que aquello no era solo físico, que había algo en la manera en la que él la miraba, la trataba…

que la hacía fundirse… que la hacía abrirse…

que la hacía tolerar e incluso desear aquel trato.

Llegué a la conclusión de que el problema era yo. Que todo había sido yo.

O quizás no.

O quizás sí.

Tumbado en la hamaca, con los ojos cerrados y el rumor de las conversaciones de otros huéspedes mezclándose con el chapoteo de la piscina, intenté convencerme de que Gustavo era el culpable de todo aquello. Que había aprovechado una situación que nunca debió producirse. Que me había traicionado.

Pero cada vez que intentaba recorrer ese camino, terminaba regresando al mismo sitio.

A mí.

Porque Gustavo no había aparecido de la nada.

Yo lo había dejado entrar.

Yo había abierto la puerta.

Me di cuenta de que había sido yo quien había alimentado durante años determinadas fantasías, determinadas bromas, determinadas conversaciones que parecían inofensivas cuando seguían siendo solo palabras.

Había sido yo quien había empujado poco a poco los límites, quien había jugado a acercarnos al fuego convencido de que siempre podríamos retirarnos a tiempo.

Había sido sutil, pero Marina lo sabía. Marina sabía desde hacía tiempo que yo había planteado aquello, que yo lo enfocaba como algo posible; no obsesivo, pero posible y no solo aceptable, sino casi deseable.

Y también era consciente de mí mismo, de que durante mucho tiempo había imaginado una entrega perfecta.

Algo ordenado. Algo controlado. Una situación delimitada por normas invisibles que todos respetarían.

Una experiencia que podría observar desde fuera sin perder nunca la sensación de estar al mando.

Una fantasía reversible, segura, diseñada para ser detenida exactamente en el punto que yo eligiera.

Pero la realidad no se parecía a ninguna de aquellas fantasías.

La realidad era que yo la había empujado… Casi la había entregado.

En una entrega caótica y confusa.

En una entrega imprevisible.

Imperfecta.