28. Un pedazo y un trofeo.
Sábado, 12 de julio.
02:14 de la madrugada.
Tumbado boca arriba, con Marina al lado.
La habitación seguía en penumbra. Solo entraba aquella luz blanquecina y débil desde la ventana, la misma que había iluminado su cuerpo y su rostro antes, cuando todo había empezado.
El calor era asfixiante. El aire olía a sudor, a sexo, a semen y a la mezcla en sí; una mezcla descontrolada, aterradora y culpable.
Gotas de sudor resbalaban lentamente por mi pecho, por mis costillas, por la curva de mi vientre. El colchón estaba húmedo bajo nosotros.
No nos habíamos movido apenas.
Después de correrme dentro de ella, me había dejado caer a su lado.
Ninguno de los dos había dicho nada. Ninguno había ido al baño.
Como si salir de la cama fuera reconocer lo que había pasado.
Como si lavarnos fuera admitir que aquello había sido real.
O como si tuviéramos miedo a ellos; sobre todo a Gustavo.
Marina estaba tumbada de lado, de espaldas a mí.
Su melena revuelta cubría parte de la almohada.
Podía ver el perfil de su hombro, la curva de su cintura, la línea de su cadera.
Su piel brillaba por el sudor. En su mejilla derecha, muy cerca de mi cara, quizá todavía quedaban restos secos y blanquecinos del semen de Gustavo.
No se había limpiado hasta unos instantes después de que yo me hubiera retirado de su interior.
Como si hubiera decidido alargar aquello, suyo, con él.
Y aquello me destrozaba casi más que lo ocurrido.
Yo no sabía si dormía.
Su respiración era lenta, pero no uniforme. A veces se cortaba un segundo, como si estuviera recordando. Como si su cuerpo todavía estuviera procesando lo que había hecho.
Yo no dormía.
Tenía ganas de llorar.
Tenía ganas de odiarla.
Tenía ganas de abrazarla con fuerza y pedirle que me dijera que todo había sido un error.
Pero no me movía.
Solo miraba el techo, sintiendo el calor pegajoso de su cuerpo tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. El olor de su piel mezclada con el olor de él. El sabor salado que aún tenía en los labios, porque cuando la había besado después, había besado también parte de lo que él había dejado en su cara.
No sabía qué decir.
No sabía si quería saber lo que ella estaba pensando.
Solo sabía que algo se había roto. O que algo se había abierto. Y que ya nunca volveríamos a ser los mismos.
El ventilador del techo giraba perezosamente, removiendo el aire caliente sin refrescar nada. Cada vuelta parecía llevarse un pedazo más de lo que habíamos sido antes de entrar en aquella habitación.
Pero si cerraba los ojos, las imágenes venían a mi mente: mi mujer entregada, mi mujer exigiendo de sus labios para abarcar la enormidad de Gustavo; su cara chulesca, de triunfo, y, sobre todo...
…el orgasmo de Marina.
El orgasmo no por tenerme dentro; eso había ocurrido cientos de veces sin que lo hubiera alcanzado. El orgasmo al sentir el semen caliente de Gustavo vejando su rostro.
Y eso era lo que me estaba destrozando.
Porque no sabía si estaba equivocado.
Pero tampoco podía olvidar lo que había visto.
Aquel temblor.
Aquella sacudida.
Aquella forma de correrse que parecía llegar desde otro sitio.
¿Había sido realmente por eso?
¿Había sido por la humillación?
¿Por el dominio?
¿Por sentirse sometida a algo que yo no podía darle?
No lo sabía.
Quizá solo estaba intentando encontrar una explicación que me permitiera soportarlo.
Quizá solo estaba convirtiendo en monstruo algo que no entendía.
O quizá no.
Quizá había visto algo real.
Algo que había recorrido cada nervio de su cuerpo hasta hacerla explotar de morbo por aquella degradación.
Y no conseguía dejar de pensar en ello.
Marina se movió ligeramente. Su pierna casi rozó la mía.
Sentí un escalofrío.
No sabía qué sentía.
No sabía si era amor.
O miedo.
O las dos cosas.
Hasta que escuché su voz.
—Sergio…
Fue apenas un susurro.
—… ¿Nos podemos ir? —añadió, casi sin voz.
No dijo «vámonos de aquí». Como si la palabra «aquí» fuera demasiado pesada para pronunciarla. También me sorprendió que lo formulara así, preguntando.
Era la segunda noche que huíamos de aquella casa de madrugada.
En la noche anterior habíamos huido de ellos; en esta tenía la sensación de que huíamos de nosotros mismos.
No respondí de palabra. Me incorporé lentamente. El colchón crujió bajo mi peso. Me senté en el borde de la cama. Mis pies tocaron el suelo caliente. Gotas de sudor resbalaban por mi espalda.
Marina se levantó también. Lo hizo con cuidado, como si le doliera todo el cuerpo o como si le costara reconocerse en él.
Rodeó la cama, descalza, en silencio. Se agachó y recogió la camisa amarilla de lino que Sara había tirado al suelo.
La tela estaba arrugada, húmeda de sudor ajeno.
Se la empezó a poner sin decir nada, pero como si hiciera de tripas corazón por lo sucedido: aquella prenda era el fetichismo de Gustavo, su fantasía cumplida por la propia Sara.
Su novia había aceptado que él la follara con aquella camisa puesta para que él pudiera imaginar que estaba penetrando a Marina.
Mientras intentaba ponérsela, torpe por el calor y el sudor, pensé que el instante en que mi mujer había visto a Sara vestida con su camisa amarilla había sido también el instante en que había empezado a entenderlo todo.
Había empezado a entender la obsesión enfermiza de Gustavo por ella.
Y que con ese descubrimiento había empezado su claudicación.
La camisa se pegó a su piel todavía caliente.
Seguro que el olor de Sara seguía impregnado en ella.
Marina se abotonó solo dos o tres botones.
Ruborizada, con las mejillas ardientes en la penumbra, como si ella también se estuviera dando cuenta de que algo la había enorgullecido.
De que algo la había excitado al sentirse deseada por Gustavo a través de aquel fetichismo con su propia novia.
Yo no tenía nada con qué vestirme allí. Todo se había quedado frente a la ventana desde donde los habíamos espiado.
Marina tampoco, pues Gustavo se había llevado la parte de arriba de su bikini.
Salimos del dormitorio buscando el más absoluto mutismo.
Y tenía miedo. Miedo de ellos. Miedo de Gustavo.
Pero la casa estaba en silencio. En calma. Aunque quizá demasiada.
Llegamos al salón, enfrente de la encimera, de la ventana desde donde los habíamos espiado, y allí encontré mi ropa y comencé a vestirme; mi bañador, mi camiseta, mis chanclas.
Marina se calzó sus sandalias.
Estábamos donde ellos se habían detenido antes de entrar en el dormitorio. Antes de su «visita». Allí Sara se habría agachado para recoger su camisa y ponérsela. Allí Gustavo habría hecho lo propio para colgarse su bikini blanco del cuello.
Marina, mientras yo me vestía, no buscó demasiado lo que le faltaba.
Era evidente lo que había sucedido.
Era evidente que no faltaba por error o casualidad.
Era evidente que la otra parte del trofeo, la más íntima, también le había sido arrebatada.
Mi mujer salió de la casa solo con la camisa. Con su sexo libre.
Gustavo poseía también la braga de su bikini.
Rodeamos la casa unos pocos metros hasta llegar a la zona de la piscina. El aire olía a verano y a fiesta terminada. Sentí que las paredes y las ventanas nos observaban. Como si Sara y Gustavo estuvieran observándonos.
Cogí mi cartera, los teléfonos y las llaves del coche. Todo estaba sobre la mesa, junto a las botellas vacías de refresco y medio vacías de alcohol. El agua de la piscina reflejaba una luz azulada inquietante. Todo estaba en silencio salvo el canto de los grillos.
Marina caminaba delante de mí, solo vestida con la camisa. Sus piernas desnudas brillaban bajo la luz tenue. Su coño, seguro todavía hinchado y mojado de todo lo que había pasado, quedaba expuesto cada vez que daba un paso, aunque yo desde atrás no lo veía.
Y no se detuvo en el maletero para vestirse con la braga de su otro bikini, del bikini rosa de la tarde, seguramente aún húmedo. Decidió subirse al coche así: con el coño desnudo contra el asiento.
Yo me senté al volante. Metí la llave. El motor ronroneó suavemente.
Ninguno de los dos miró hacia la casa.
Ninguno de los dos dijo nada.
Solo el sonido del motor y el latido de mi propio corazón llenaban el habitáculo.
Y así, con el coño desnudo de mi mujer contra el asiento del coche y el peso de todo lo ocurrido encima de nosotros, salimos de allí.
…
No hablábamos. El coche avanzaba por carreteras de gravilla, entre árboles, sin que nadie pronunciara ni una palabra.
Quizás no éramos capaces.
Quizás había tanto que decir que, a la vez, no había nada.
Yo sospechaba que Marina sentía más rabia con ella misma que conmigo.
Que, en el fondo, se debía más disculpas a sí misma que a mí.
Al fin y al cabo, yo lo había consentido todo.
Y, al fin y al cabo, era evidente que ella suponía desde hacía tiempo que había algo en una hipotética infidelidad consentida… que a mí me excitaba.
Yo suponía lo que podía sentir ella, pero no tenía ni idea de lo que sentía yo.
Llegamos al hotel.
Marina se fue directamente a la ducha.
Yo bajé la persiana, me desnudé y me tumbé sobre la cama. Esperando mi turno, o dudando si acostarme así, sin borrar los restos y olores de lo ocurrido.
Escuchaba el sonido del agua de la ducha mientras los gemidos de Sara, y sobre todo los de Marina, seguían rebotando en mi mente.
Su orgasmo.
Los gritos de su orgasmo.
Cerré los ojos y sentí la mirada de Gustavo. Chulesco, con los ojos entrecerrados, guiando la cabeza de mi mujer para que se la siguiera chupando… mientras me miraba a mí.
Gustavo.
Tampoco sabía qué sentir.
De verdad creía que él había intentado aconsejarme. Que sus propuestas de aquella tarde de playa habían sido altruistas.
Pero de noche algo había cambiado.
Como si no se hubiera podido contener.
Como si el deseo por mi mujer le hubiera impedido seguir jugando limpio.
Tampoco sabía si podía culparlo.
Sabía lo que Marina despertaba en los hombres.
Lo había visto en la playa. Lo había visto durante años.
Escuchaba el secador de pelo a través de la puerta entreabierta y empecé a notar que me adormecía. Que soñaba más que recordaba.
Y no supe si había dormido algún minuto cuando sentí movimiento: cajones, armarios.
Marina, con la melena radiante, oliendo a limpio y siempre a ella, comenzó a vestirse con un pijama de verano.
Un pijama de algodón: un pantalón muy corto y una chaqueta con botones. Un pijama blanco cuyos toques de color lo daban unos dibujos de ositos pequeños con cosas de circo: unos con unos aros, otros con unas pelotas de colores, otros inflando globos. Un pijama que le había regalado yo.
Mi pecho retumbó de ternura y dolor al verla vestida así.
Marina apagó entonces la luz.
Cuando lo hizo, cuando me sentí en casi plena oscuridad con ella… me di cuenta de que no nos habíamos mirado a los ojos desde que todo había ocurrido.
Tras la oscuridad, el silencio que se creó fue un auténtico estruendo.
Y entonces yo, que venía masticando una pregunta… no lo pude soportar:
—Marina… —susurré.
—Qué… —contestó sin moverse.
Henchí los pulmones. Me giré un poco hacia ella. La oscuridad era casi total.
—Solo dime una cosa… ¿Os besasteis… cuando estuvisteis solos en la casa?
El silencio tras mi pregunta era eterno.
Ella no decía nada.
La sentí girarse un poco.
Finalmente dijo:
—No…
Y después, tras un instante, prosiguió:
—Lo intentó, pero no.
Y otro silencio.
Y yo, otra vez, no supe qué sentir.
Y entonces la escuché susurrar, muy cerca:
—¿Te puedo hacer yo otra pregunta?
—Sí… —contesté y tragué saliva.
—¿Quieres que nos volvamos a casa ya mañana por la mañana?
Yo dudé.
Volví a tragar saliva.
Y después susurré:
—No…