Entrega imperfecta 27. Permiso o perdón. #5
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27. Permiso o perdón. #5

y las teclas eran aquel deseo y aquella brutalidad… Aquello que le daba Gustavo.

Marina se corría y yo lo notaba en su coño, en las paredes de un sexo que se deshacía, en el líquido que la delataba y que chorreaba ya por fuera de sus propios labios salientes y colgantes… y que la llevaba a un clímax que yo nunca le había visto a ella, ni a ninguna mujer…

Y era triste, y a la vez maravilloso, ver y presenciar su placer por fin.

Sentir cómo se corría en un orgasmo brutal. Sentir cómo su coño palpitaba con una intensidad que nunca había sentido. Sentir cómo todo su cuerpo se sacudía violentamente, como si estuviera sufriendo una descarga que no terminaba.

—¡¡¡Mmm-HHHH-Mhhhhh!!! —se seguía corriendo mi mujer en un orgasmo eterno, en un sollozo de placer y vergüenza absoluta.

Y sus paredes internas palpitaban con espasmos, con su rostro manchado del semen de Gustavo, escuchando sus frases, unos “eso es…”

“eso es… joder…” “cómemela así… límpiamela bien”; unas frases vejatorias que a ella no le importaban…

pues hasta parecía agradecerle aquel placer que le había arrancado…

parecía querer recompensarle por haberla manchado, bañado, con aquel semen caliente en su rostro… que le había hecho explotar…

—Mmmmmmmmm… —gimoteó por última vez mi mujer…

… antes de que ella misma retirase la boca.

Y entonces se desplomó. Llevándome consigo.

Y caí sobre ella. Mi pecho contra su espalda sudada.

Mi polla dentro de aquella oquedad inmensa…

Dentro de un coño abiertísimo… pero no por mí…

… sino por él.

—Jo-der… qué bueno… —escuchamos jadear a Gustavo.

Y yo me quería morir… al verla así, al ver su mejilla tan cerca, tan manchada; al percibir el olor a semen en su rostro.

Y escuché entonces un último resoplido de triunfo… y a los pocos segundos los pasos de Gustavo, alejándose.

Saliendo por fin del dormitorio, después de haberle follado la boca a mi mujer y después de haberse corrido en su cara.

Y después de haberle arrancado aquel orgasmo.

Pues su orgasmo había sido por él.

El orgasmo de mi mujer había explotado en su coño, yo lo había sentido allí… pero había sido por habérsela chupado, porque él la había manchado.

Porque él la había humillado.

Porque él llevaba toda la noche follándola con la mente, jugando con el deseo de ella…

… hasta que ella no había podido soportarlo más.

…

…

Mi polla seguía dentro. Palpitando. Dura.

Ella tenía los ojos cerrados.

Su cuerpo temblaba.

Era todo sudor. Y sexo. Y semen.

Me salí de ella.

La hice girar.

La hice girar y vi su coño maltrecho. Una oquedad enorme…

… que no era por mí.

La penetré.

La penetré de frente. Su cuerpo casi inerte.

Ella ni me sintió.

Apenas su cuerpo se agitó mínimamente, su espalda desplazándose por la cama… por mi metida.

Yo tampoco sentí casi nada, pues tal era la humedad y la dilatación que había allí.

Y otra vez, como tantas veces aquella noche, solo pude pronunciar su nombre:

—Marina…

Nada más. Solo su nombre.

Amor. Deseo. Celos. Miedo. Frustración. Enfado. Rabia. Y otra vez amor.

Marina tragó saliva.

No abría los ojos.

Y entonces de sus labios brotó un susurro tenue:

—Límpiame…

“Límpiame…” me había susurrado… pero ella no se limpiaba.

—No… No…

Repetí.

Encendido.

Casi ausente. Ido.

—No…

Repetí, sabiendo que ella también podía limpiarse y no lo hacía.

Y seguí penetrándola. Follándola así. Encima de ella.

Entrando y saliendo con brutalidad. Haciendo renacer un “chof, chof, chof, chof…”

incesante y rudo. Me follaba a mi mujer mientras veía cómo ríos de semen caían de sus mejillas hacia su cuello, hacia su pelo, mientras veía que un ojo no podía abrirlo porque un charco blanco reposaba allí, pegando sus pestañas, mientras su rostro precioso lucía ultrajado…

… y ni ella ni yo lo limpiábamos.

—Chof, chof, chof, chof.

—Ummm.

—Ummm.

Todos los gemidos eran míos. Todo lo creaba yo.

Y entonces ella me rodeó con sus brazos.

Me acogió. Me acogió y me aceptó. Como yo había aceptado lo que había hecho ella.

—Ummm.

—Ummm.

… gimoteaba yo, enterrado en su cuello, sintiendo en mi rostro también el tacto de aquel semen pastoso y humillante…

… y sintiéndome un cornudo.

Follando a mi mujer abierta por otro, que deseaba a otro, manchada por otro.

Y ni ella ni yo limpiábamos aquella humillación.

Y me corrí.

Me corrí dentro de ella.

Se lo anuncié y exploté tras un “me corro… Marina” lleno de amor y angustia, de miedo y de rabia.

Y ella me rodeó entonces también con sus piernas, y me reconfortó con un “Mmm” que fue amor también; puro y distinto, y siempre sin limpiarse, y siempre con culpa y con temor por lo ocurrido…

… por la puerta que acabábamos de abrir.

Y sintió en su interior cuatro, cinco y hasta seis chorros que brotaron de mi orgasmo, de aquella polla que apenas había sentido ella en toda la noche; y yo acompañé la descarga mustia de mis chorros en su interior con unos incesantes y martilleantes “¡hum!”

“¡hum!” “¡hum!” “¡hum!”, llenos de frustración, de amor y de deseo…

… y de miedo.

… Y el último chorro se lo metí hasta el fondo, mientras sentía un sabor salado y viscoso que compartíamos entre nuestras mejillas y entre nuestros labios…

… el semen de Gustavo.