27. Permiso o perdón. #4
Otras veces la metía de nuevo, intentando bajar un poco más, aunque apenas pudiera abarcar la mitad.
Cada vez que lo hacía, soltaba un gemido vibrante y ahogado:
—¡¡MMMMmmhh…!! ¡¡MMMmmhuumm…!!
Gustavo suspiró de placer y le acarició la mejilla con el pulgar, como si estuviera premiando su esfuerzo, y echó la cabeza hacia atrás, haciendo ondear su media melena húmeda.
Y entonces, gustándose, gustándose mientras mi mujer se la seguía comiendo…
… le susurró:
—Joder, Marina… así… chúpamela despacio… Qué bueno… joder…
Mi mujer tembló al escuchar su nombre en esa voz ronca.
Su coño se contrajo violentamente alrededor de mi polla.
Seguía follándome, moviendo las caderas hacia atrás con más urgencia, pero era evidente que lo hacía pensando en él.
En esa polla que tenía en la boca. En ese hombre que la guiaba como si ya fuera suya.
Los sonidos eran hipnóticos y obscenos: el “glhuck… glhuck…” húmedo de su boca, el “chof… chof…” de su coño tragándome a mí, los gemidos ahogados de Marina y los gruñidos bajos de Gustavo. Todo se mezclaba en una sinfonía perversa que me estaba volviendo loco.
Marina chupaba con más dedicación ahora, lamiendo, succionando, saboreando.
La saliva le caía por la barbilla en hilos gruesos.
Sus ojos estaban vidriosos, entrecerrados de placer y vergüenza.
Y yo, clavado dentro de ella, solo podía sentir cómo su coño palpitaba cada vez que Gustavo gemía de placer por su boca.
Era la imagen más humillante y excitante que había visto en mi vida.
Gustavo la miraba con deseo y triunfo.
Y le tocaba el pelo.
Y jadeaba unos “joder… qué bueno…” “Qué bueno… Marina…” que a mí me mataban y a ella la encendían.
Sabía que la encendían no porque se afanara más en la chupada, en las lamidas…
Sabía que la encendían porque yo lo sentía en su coño.
Marina, entonces, como poseída por una rabia lujuriosa que ya no podía contener, soltó un gemido ahogado y profundo.
Su mano derecha volvió a subir hasta uno de sus pechos, lo agarró con fuerza y se lo apretó con rabia, hundiendo los dedos en la carne blanda y sensible.
Al mismo tiempo, empujó el culo hacia atrás con más violencia, empalándose profundamente en mi polla hasta el fondo, tragándome entero con un “chof” húmedo y obsceno.
Y, sin sacar la boca de la polla de Gustavo, avanzó un poco más con la cabeza, intentando meterse más de aquella polla gruesa, casi atragantándose con ella.
Era como si se hubiera enrabietado de pura lujuria.
Se follaba a sí misma contra mí con movimientos bruscos y desesperados, adelante y atrás, adelante y atrás, empalándose con furia mientras chupaba a Gustavo con más hambre, más saliva, más gemidos vibrantes alrededor de su polla.
Sus pechos se balanceaban con fuerza, su mano apretaba y amasaba su propia teta con saña, y su cuerpo entero temblaba de un placer salvaje y descontrolado.
Gustavo entonces, sorprendido y encendido por aquel delirio lujurioso de mi mujer, le fijó más la cabeza, acompasó el movimiento de su pelvis con aquel doble empalamiento y susurró:
—Joder… Joder… Así… Así, Marina… ¡Qué boquita de puta tienes…!
—¡¡Mhhhh!! ¡¡MMMhhh!! ¡¡¡MMMMHHH!!! —respondió Marina a su insulto… y siguió con aquel movimiento desesperado… autohumillante… que me desgarraba y me dolía… pues no podía creerme que fuera la misma, que fuera mi mujer, la mujer que amaba… y que se comportara así, entregándose así, vejándose así…
Y entonces Gustavo, presa de un placer que empezaba a sobrepasarlo… se retiró un poco.
Su polla salió de la boca de Marina con un hilo grueso de saliva que conectó sus labios con el glande durante un segundo.
Y entonces la sujetó con una mano y empezó a masturbarse lentamente con la otra, apuntando directamente a su rostro.
Todo se precipitaba de repente.
Marina supo exactamente lo que iba a pasar.
—¡Mmh…! ¿Qué…? ¡No…! ¡Eso no! —susurró a toda velocidad, con la voz rota, débil, casi sin convicción.
E hizo amago de apartarse.
Todo ocurría muy rápido.
Apenas tres o cuatro sacudidas fulgurantes, rudas, ansiosas.
Y entonces, un bufido de Gustavo.
Un “¡¡Ooohhhh!!” desgarrador.
Una presión de su mano sobre la cabeza de mi mujer que le impedía apartarse.
Otro “¿Quééé? ¡¡¡Noo…!!!”, esta vez casi chillado…
Pero ya era tarde.
Gustavo gruñó profundamente. El “clic, clic, clic” de su paja impetuosa se detuvo… como lo hizo su mano… y bufó, bufó, fijando la cabeza, el rostro de mi mujer que… protestó con otro “¡No! ¡Para!”.
Y aquel hombre estalló:
—¡¡¡OHHHHHH!!!
—¡¡¡OHHHHHH!!!
Dos lamentos, dos gruñidos, su cabeza hacia atrás, aquel bikini siempre colgando de su cuello… y su polla apuntando al rostro de mi mujer…
… y el impacto en ella, el temblor en su rostro, el temblor de queja, de protesta, y a la vez el calor, la espesura…
el latigazo blanco… Un primer chorro potente, grueso y ardiente que brotó de forma urgente y brutal de la polla de Gustavo y aterrizó con furia sobre la mejilla derecha de mi mujer…
Y el segundo, y el tercero… y yo no podía ver exactamente dónde la manchaba; solo sentía su temblor en el cuerpo, en el rostro, las salpicaduras blancas, densas, que regaban su cara y caían rebotadas hacia la cama.
Mejilla, frente, nariz, ojos… y entonces mi mujer protestó en un convulso “¡A-ahh! ¡MM! ¡¡Pa-ra!!”
entre dientes, mal pronunciado pues cerraba los labios embadurnados de blanco…
y entonces lo sentí, lo sentí mientras ella recibía aquel baño caliente y protestaba…
Marina empezó a moverse más, hacia atrás, hacia mí, y aceleró, aceleró en un “¡¡chof, chof, chof, chof, chof!!”
casi histérico, atronador, y otro chorro en su rostro…
otro chorro blanquísimo mientras se follaba… mientras se follaba contra mí…
Y entonces lo sentí…
Sus gritos.
Sus…
—¡¡¡Aahhhhhh!!!
—¡¡AAHHhhhh!!!
—¡¡¡¡AAAAAHHHHH-AHHH!!!!
Y el vacío.
La explosión.
Su orgasmo.
El orgasmo de mi mujer…
Follándome mientras él la manchaba.
—¡¡¡¡¡AaaaHHHH!!!! ¡¡¡¡AhHHHH-AHHHH-AAAAHHH!!!!!
Mi mujer se corría.
Se corría llevándome consigo a un placer enorme, físico, pero sobre todo mental.
Mi mujer se corría por primera vez conmigo mientras Gustavo regaba su rostro y se la metía otra vez en la boca.
Se corría con un “¡¡¡Ahhhh-AHHHHHNN!!!!”
que mutó en un “¡¡¡¡MMMMM-MMMMM!!!!” cuando su boca fue invadida otra vez.
Aquel sonido quedó atrapado en algún lugar entre el gemido y la rendición; un sonido roto, irreconocible, que parecía surgir de una parte de ella que ni ella misma conocía.
Su cuello se tensó. Sus párpados temblaron.
Durante un instante dio la impresión de estar perdiendo el control de su propio cuerpo, arrastrada por una sensación demasiado intensa, demasiado inmensa para contenerla…
… Y empalada entre los dos, impregnada en un sudor chorreante, manchada de su semen caliente, era la belleza de siempre, e incluso más: más hembra, más mujer, pero a la vez más sucia, más guarra…
más… puta…; con la cara embadurnada de semen espeso y brillante que le resbalaba por las mejillas, por los labios, por la barbilla, goteando sobre la sábana.
Se apretaba una de sus tetas con fuerza, con feminidad salvaje, amasando su carne mientras su pezón duro se escapaba entre sus dedos, sintiéndose, sintiendo en su teta su orgasmo como yo lo sentía en su coño…
sujetando su teta mientras la otra seguía con el vaivén…
y jadeando en aquella polla cada vez más “¡¡¡¡MMMMM-MMMMM!!!!”
“¡¡¡¡MMMMM-MMMMM!!!!”, corriéndose, corriéndose en su polla, corriéndose con su rostro embadurnado…
corriéndose como nunca la había visto, con todo su cuerpo convulsionando, con su coño apretándome en espasmos brutales, exprimiéndome, inundándome de un calor líquido y espeso que chorreaba sin control.
Corriéndose por fin… demostrándome de lo que era capaz su coño, de lo que era capaz si tocabas las teclas adecuadas…