Entrega imperfecta 27. Permiso o perdón. #3
87%

27. Permiso o perdón. #3

Mi mujer levantó la mirada.

Sus ojos verdes se encontraron con los de Gustavo. Hubo un instante eterno de silencio absoluto.

Ella respiraba por la boca, agitada. Él la miraba con una intensidad que cortaba el aire.

Y entonces sucedió.

Sucedió lo que yo temía y lo que Marina, por sus palabras, también.

Gustavo, de pie frente a ella, tomó su polla con la mano derecha y empezó a masturbarse lentamente, con movimientos largos y pesados, justo delante del rostro de mi mujer.

La polla, todavía hinchada y brillante por los fluidos de Sara, se movía con pesadez en su puño.

Los huevos grandes y llenos colgaban debajo, balanceándose con cada caricia lenta.

Marina seguía a cuatro patas sobre la cama, justo a la altura perfecta del miembro de Gustavo. Su cuerpo estaba ligeramente en diagonal, lo que me permitía ver parte de su rostro desde atrás: la curva de su mejilla, el temblor de sus labios, el brillo húmedo en sus ojos.

Ella respiraba por la boca, agitada.

Gustavo seguía masturbándose frente a ella, sin decir nada más, solo ofreciéndole aquella polla gruesa y venosa.

Y entonces mi mujer, agachando un poco el rostro, susurró con la voz rota:

—No… Para… Vete…

Sus tres palabras resonaron en mi pecho.

Marina lo negaba. Le prohibía… pero al mismo tiempo, casi como un acto reflejo, empujó sus nalgas hacia atrás, recibiéndome más profundo.

Una vez.

Y otra.

Y otra.

Empezó a follarme de nuevo, muy despacio, con un vaivén suave pero constante… como si su cuerpo hubiera decidido aquel movimiento por ella.

Gustavo no dejaba de masturbarse.

Y entonces… mientras yo entrecerraba los ojos… mientras mi mujer jadeaba ante la polla que le apuntaba…

Aquel hombre… musculado, sudado… y con aquel miembro enorme frente a mi mujer…

Susurró:

—¿Qué…? ¿Me la das? ¿Me das tu boquita… o qué?

Marina se retorció en un espasmo… llevándome con ella. Su coño volvió a contraerse… Mi pecho explotó… Su cuerpo se detuvo… Mis dedos apretaron la carne de su cintura… y mi torso tembló. Una gota de sudor cayó por mi sien… y entonces ella susurró:

—No…

“No…” Y su cuerpo volvió a moverse… Tuvo la entereza, la fuerza, el orgullo… de volver a moverse… follándome con más intención, tragándome entero con su coño caliente y empapado.

—¿No…? ¿Seguro? —preguntó él, tenso, pero con sorna, mientras se masturbaba frente a ella y le seguía ofreciendo aquella monstruosidad oscura y, a la vez, cubierta por aquella pasta blanquecina.

—No… —insistió mi mujer, en un jadeo entrecortado, matándome y salvándome, mientras me seguía follando.

Y entonces una de sus manos se levantó de la sábana y subió hasta uno de sus pechos. Se lo tocó con dulzura, casi con ternura, apretando la carne blanda y tensa mientras jadeaba unos “ahhh” “ahhh” tenues.

Gustavo, mientras hacía alarde con su masturbación, echando toda la piel hacia atrás, descubriendo un glande enorme y rosado, brillante y anchísimo, y con la voz más ronca y ultrajante, le volvió a susurrar:

—¿No me das esa boquita que tienes… seguro?

Y Marina tembló otra vez, visiblemente. Sin soltar su teta, y sin dejar de follarme… hizo ondear su melena con un movimiento lento y femenino, apartándosela del rostro.

Y entonces… hizo algo que me fulminó:

Giró ligeramente la cabeza hacia atrás y me miró. Sus ojos verdes estaban llorosos, brillantes, llenos de vergüenza, deseo y una confusión profunda.

Me miró… empujándose hacia atrás, jadeando unos “ahh” “ahh”, cerrando los ojos y volviéndolos a abrir, y conteniendo aquella teta colgante para que no se balanceara, como la otra, con el movimiento. Y después volvió a mirar hacia adelante, hacia Gustavo.

Permiso o perdón.

Negativa o compasión.

Yo, que no le veía del todo el rostro… había creído que ella lo vencía… pero en su fugaz mirada hacia mí comprobé lo contrario.

Vi entrega. Claudicación. Auxilio.

Él posó entonces su mano izquierda con cuidado sobre la cabeza de mi mujer. La acarició con ternura, deslizando los dedos entre su melena sudada. Después le tocó el mentón suavemente, levantándole un poco la cara.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Marina bajó de nuevo a la cama la mano que acariciaba su teta.

Yo no respiraba.

Ella tampoco.

Gustavo la miraba.

Yo miraba a Gustavo.

Ella, tras su temblor, volvió a moverse y a jadear.

Él se masturbaba. El ruido de su paja se solapaba con los tenues “ahh…” “ahh…” que gimoteaba Marina. También resonaba un suave “chof, chof, chof” que partía de aquel coño que me absorbía y que todos sabíamos que no lo hacía así por mí.

Y entonces, muy despacio, casi como si estuviera en trance, Marina se movió ligeramente sobre sus brazos…

avanzando apenas unos pocos centímetros con su cuerpo, con su torso…

y abrió los labios… Y él acortó el espacio, llevando su pelvis y su polla hacia adelante…

y mi mujer… entonces, matándome… cerró los ojos…

Cerró los ojos y el mundo se detuvo.

Cerró los ojos y yo no pude mirar allí. Alcé la mirada y miré a Gustavo.

A mi amigo. A mi amigo que, con los abdominales y los pectorales hinchados, con la piel empapada en sudor, con aquel bikini de ella colgando de su cuello, con su media melena mojada echada hacia atrás…

y con gesto chulesco y engreído… como si aquello fuera normal…

como si estar a punto de hacer eso no fuera a destruirme, a destruirnos… empujó con su pelvis.

Empujó con su pelvis hacia adelante, hacia ella, mientras con una mano dirigía su polla y con la otra sujetaba la cabeza de mi mujer.

Empujó con su pelvis y se la metió en la boca.

Me quise morir.

Mi cuerpo se tensó y el de mi mujer tiritó y convulsionó.

El mundo se paró, mi corazón implosionó y se pudo escuchar un “¡HMMM!” ahogado, de Marina, de mi mujer, gimiendo ahora con la boca llena, con la boca llena de la polla de Gustavo.

Mi mujer, empalada desde atrás por mí… permitía aquel ultraje, aquella humillación de comerle la polla a mi amigo…

—¡HMMM!

—¡¡HMMM…!!

—¡¡HMMMHH!!

—¡¡HMMM-HM!!

Aquel sonido me mataba, me hacía casi llorar. Y sentí al instante, en su coño, cómo se deshacía, cómo se fundía, por el morbo que le daba comérsela…

Gustavo suspiró. Carraspeó.

Me miró.

Y susurró:

—Joder… Eso es, Marina… Chúpamela así…

Y entonces Gustavo apoyó con cuidado la otra mano también sobre la cabeza de mi mujer, y vi cómo enredaba sus dedos largos en su preciosa melena castaña… Y empecé a ver cómo movía la cadera ligeramente adelante y atrás… follándole la boca.

—¡¡HMMM!!

—¡¡¡HMMM-HM-MM!!!

—¡¡¡¡HMM!!!!

Aquel cabrón lo había conseguido. La tenía.

La tenía domada. A mi propia mujer. Metiéndole su pollón en la boca…

Y yo no podía hacer más que verlo, que sufrirlo…

que acompasar el movimiento de ella con mis caderas, de llenarla y de humillarme porque ella no me sentía a mí, sino a él…

De humillarme por sospechar que aquello lo había deseado, había deseado comerle la polla así…

desde que se la había visto… o quizás, desde que lo había conocido.

—¡¡¡HMMM!!!

—¡¡HMMM-HMM-HHMM!!

Ver los labios de mi mujer rodeando la polla de Gustavo era como morir por dentro.

Todo nuestro noviazgo, nuestro matrimonio, nuestra vida, nuestro amor, nuestros momentos, aquella tarde con ella, el morbo que creía que había sentido por mí, nuestra complicidad en la cena, nuestras risas paseando…

todo se me pasaba por la mente mientras veía cómo ella seguía con aquellos “¡¡HMMM!!”

“¡¡HMMM!!” “¡¡HMM-UHHM!!”, y yo veía cómo no podía abarcar más de aquella polla, pues era demasiado gruesa, pero lo que entraba lo chupaba con una lentitud casi reverente.

Sus mejillas se hundían. Se escuchaba el sonido húmedo, suave y obsceno de su boca trabajando: succiones lentas, saliva brillando en la polla, pequeños ruiditos ahogados.

Gustavo soltaba gruñidos de placer y, por un instante, cruzamos las miradas.

Me tensé al sentir sus ojos sobre mí… pero, curiosamente, no encontré saña en ellos. Era como si me dijeran que así debía ser, que no había otro desenlace posible. Como si nada ni nadie pudiera haber evitado que aquel deseo de ambos confluyera y se impusiera.

Yo seguía dentro de ella. Mi polla palpitaba en su coño, completamente olvidada, mientras ella chupaba la de otro hombre.

Nos mecían no solo el vaivén de mi mujer, entre los dos, sino el sonido lejano de la ducha, el “chof” “chof” “chof” tenue del coño de Marina follándome… y, sobre todo… el sonido líquido de aquella chupada…

Lo chupaba con los ojos entrecerrados, respirando con dificultad por la nariz.

No intentaba abarcar ni la mitad de aquel grosor y longitud…

pues se veía incapaz. Su lengua se movía visiblemente alrededor del glande.

Lenta, húmeda, con una adoración que me destruía.

Marina lo lamía con dedicación, recorriendo la cabeza gruesa y brillante de la polla de Gustavo, saboreando los restos de Sara que aún la cubrían.

Sus labios se estiraban al máximo para abarcar ese grosor imposible, y cada vez que bajaba un poco más, se escuchaba un sonido húmedo, obsceno, suave: un “glhuck… glhuck…” ahogado que me destrozaba por dentro.

Gustavo soltó un gruñido bajo de placer y enredó los dedos con más fuerza en la melena de mi mujer, sin empujar, solo guiándola.

Marina gemía alrededor de la polla, unos “¡¡MMMmmmh…!!”

“¡¡MMMmmmh…!!” vibrantes y ahogados que resonaban directamente en la carne de Gustavo.

La saliva le chorreaba por la barbilla, mezclándose con los fluidos que aún quedaban en esa polla enorme.

Yo no podía dejar de mirar.

Ver cómo los labios de mi mujer se estiraban obscenamente alrededor de esa polla, cómo sus mejillas se hundían con cada succión lenta y profunda, cómo su lengua trabajaba con dedicación…

era una imagen que me quemaba el pecho y, al mismo tiempo, me ponía la polla más dura dentro de ella.

Porque aunque yo seguía enterrado en su coño, era Gustavo quien la tenía realmente.

Era su polla la que llenaba su boca, la que la hacía gemir de esa forma, la que la tenía completamente entregada.

A veces, Marina retiraba un poco el rostro para coger aire y lamerla de abajo arriba, recorriendo toda la longitud con la lengua plana, dejando un rastro brillante de saliva.