Entrega imperfecta 27. Permiso o perdón. #2
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27. Permiso o perdón. #2

… Plap… plap… plap… plap…

Las dos mujeres gemían para él.

Por él.

Sara, cada vez más desatada:

—Huuuummmm… ¡me matas, Dios… me matas…! ¡Ah! ¡Aahh!

Marina, que los miraba mientras su cuerpo se balanceaba contra mí, jadeaba en susurros rotos:

—Ahh… mmm… ¡ufff…!

Y yo, en medio de todo aquello, solo podía sentir cómo el coño de Marina me absorbía con una humedad desconocida, cómo se mojaba cada vez más, cómo su cuerpo se movía con más urgencia… pero no por mí.

Por él.

Gustavo, desde que había acelerado, estaba enrabietado.

Se le notaba en la mandíbula tensa, en la forma en que sus ojos brillaban oscuros, en cómo follaba a Sara con fuerza mientras su mirada permanecía clavada en Marina, como si fuera ella la que realmente estaba recibiendo cada embestida.

De pronto, con un gruñido bajo, desde atrás, aferró el cuello abierto de la camisa de Marina, que aún cubría parcialmente el torso de Sara, y tiró con fuerza hacia abajo y hacia atrás. La tela cedió, dejó un hombro al descubierto y bajó hasta el codo.

Se oyó un chasquido seco de la tela tensándose y deslizándose bruscamente.

—¡¡Aaaah…!! —protestó Sara.

Pero ya era tarde. La camisa se abrió mucho más de lo que ya estaba, de golpe, y casi arrancada.

Uno de los pechos de Sara saltó libre, pesado, lleno, con el pezón duro y el pecho enrojecido.

Gustavo no dudó. Lo atrapó con su mano grande, lo apretó con fuerza, hundiendo los dedos en la carne, y entonces le metió tres embestidas rapidísimas, brutales:

¡¡Plap!! ¡¡Plap!! ¡¡Plap!!

Sara, abrazada desde atrás por él, empalada con aquella rudeza y brutalidad, gimió en un desgarrador «¡Ahhh!», «¡Ahhhh!», «¡Diooos!»… pero aguantó su violencia y su ensañamiento.

Gustavo, sin soltarle la teta, y siempre mirando a mi mujer, volvió a penetrarla con otras tres metidas aún más fuertes y profundas:

¡¡Plap!! ¡¡Plap!! ¡¡Plap!!

Sara temblaba entera, y chillaba… con la boca abierta.

—¡¡Ahhh…!! ¡¡Ahhh…!! ¡¡Aaaahhh…!!

Marina me usaba a mí…

Pero era evidente que Gustavo usaba también a Sara…

Y entonces Gustavo le metió las tres últimas embestidas, las más salvajes, implacables:

¡¡¡PLAP!!! ¡¡¡PLAP!!! ¡¡¡PLAP!!!

Y Sara chilló:

—¡Ah…! ¡Cabrón…! ¡Diooos! ¡¡¡AAAAhhhhh!!!

Y entonces lo dijo.

No podía más.

Se veía en su cuerpo, y sobre todo en su rostro desencajado, con la melena sudada pegada a las mejillas… Se podía sentir que no podía más.

Y dijo aquella frase que estaba maldita para Marina y para mí:

—¡AAAhhh!!! ¡¡¡AAAHhh!!! ¡¡¡Cabrón!!! ¡¡¡ME CORROO…!!

«ME CORRO».

«ME CORRO».

Yo tragué saliva. Mi mujer tiritó en su enésima sacudida, y entonces todo el cuerpo de Sara se arqueó hacia atrás como si hubiera recibido una descarga. Sus caderas se sacudieron con espasmos incontrolables, su coño se contrajo visiblemente alrededor de la polla de Gustavo, exprimiéndola con fuerza.

Sara gritaba de placer:

—¡¡¡Huuuummmm…!!! ¡¡¡Di-oosss…!!! ¡¡¡Aaahh…!!! ¡¡¡Dios!!! ¡¡¡Gustavo!!! ¡¡¡Me corro…!!!

Sus dedos apretaron con desesperación la mano de Marina, como si necesitara anclarse a ella para no desmoronarse.

Se corría con una violencia que sacudía toda la cama.

Sus muslos temblaban… aquel tatuaje suyo resplandecía y brillaba en la penumbra.

Su orgasmo era devastador.

Y Marina, que no dejaba de jadear, de gemir, de lamentar unos «Ufff», «Ufff», «Mmm», «Mhhhmm…», temblaba entera… sintiendo cada contracción de Sara a través de esa mano entrelazada.

Y yo sentía su envidia quemándole por dentro…

La envidia de mi mujer al ver a aquella chica corriéndose así, con aquella inmensidad dentro, con aquella follada implacable y brutal de otro hombre.

Otro hombre… al que no dejaba de mirar…

Pues sus ojos no se apartaban de Gustavo.

Y Gustavo no se apartaba de ella. La miraba fijamente mientras follaba a Sara con fuerza, como si cada embestida fuera un mensaje directo para mi mujer.

Y yo, clavado dentro de Marina, sentía cómo su coño palpitaba con furia, cómo se mojaba más y más, cómo su cuerpo entero vibraba de pura envidia y excitación.

Porque mi mujer se estaba muriendo por dentro.

Porque quería ser Sara.

Porque quería ser la que gritaba el nombre de Gustavo mientras se corría en su polla.

…

…

Cuando Sara, exhausta, dejó de gemir… mi mujer lo hizo también.

Dejó de sentirme cuando Sara finalizó su orgasmo.

Marina y yo veíamos cómo la polla de Gustavo seguía palpitando dentro de ella. Contrayéndose, pletórica pero insatisfecha, dentro del coño de Sara.

Insatisfecha porque no había explotado, o porque no lo había hecho donde quería.

Sara, extasiada, resopló y soltó la mano de mi mujer.

El estruendo de jadeos y chillidos terminó.

Marina y yo vimos entonces la retirada lenta de la polla de Gustavo.

Una retirada que parecía no terminar nunca.

Salía despacio de la enorme oquedad de Sara, arrastrando unos labios blandos que parecían resistirse a dejarla marchar…

La mancha blanquecina que cubría aquella polla era impactante; minutos de excitación y el premio final de un orgasmo acuoso habían bañado el glande, que emergió brillante…

Sentí cómo Marina, siempre empalada por mí pero sin sentirme, observaba aquella monstruosidad empapada.

Gustavo se echó a un lado. Su cuerpo fibrado y sudado brillaba en la penumbra.

Sara, empapada en sudor, con la camisa de Marina adherida al cuerpo, hizo por incorporarse, visiblemente mareada.

Yo ni me daba cuenta, pero seguía penetrando a mi mujer lentamente.

Ahora, otra vez, solo me movía yo.

Mi polla nadaba en la inmensidad de un coño que nunca había sentido así.

Marina, acalorada, llevó una mano a apartarse la melena otra vez, que ondeaba de un lado a otro de su cuello cada poco tiempo.

Y entonces fue Sara la primera en reaccionar.

Farfulló algo sobre el calor insoportable y comenzó a quitarse la camisa amarilla de lino de Marina.

Lo hizo con torpeza, todavía mareada por el orgasmo.

La tela se le había pegado al cuerpo por el sudor, adherida a sus pechos y a su espalda.

Durante unos segundos, la prenda se resistió a ceder.

Las pulseras plateadas tintinearon de nuevo, un sonido delicado y casi inocente que contrastaba brutalmente con todo lo que acababa de ocurrir.

Sara forcejeó un poco más, visiblemente frustrada. La camisa se resistía, como si no quisiera abandonar su piel. Finalmente, con un movimiento brusco y algo rabioso, se la quitó por completo y la tiró al suelo con desprecio, cerca de la cama.

La prenda cayó hecha un ovillo amarillo, arrugada, húmeda de sudor y del olor de las dos.

Sara se quedó completamente desnuda.

Su cuerpo brillaba bajo la tenue luz que entraba por la ventana: piel enrojecida, pechos pesados y marcados por los dedos de Gustavo, el coño hinchado y brillante; destellos transparentes de fluidos coronando los contornos de sus labios salientes.

Marcas de moreno enmarcaban su pelvis en un triángulo de piel mucho más clara.

Las pulseras tintinearon una vez más cuando se apartó el pelo de la cara.

Y por un segundo pareció consciente de lo que acababa de hacer. De que había estado follando con la camisa de Marina puesta, cumpliéndole una fantasía a su novio que ahora, después del calentón, se le antojaba humillante y absurda. Una sombra de vergüenza cruzó su rostro, pero solo duró un instante.

—Me voy a la ducha… —susurró, con la voz todavía áspera y las pulsaciones disparadas.

Se bajó de la cama con las piernas temblorosas.

Gustavo, sin decir nada y con calma pesada, salió también de la cama.

El colchón dejó de hundirse bajo su peso.

El aire pareció aligerarse por un instante.

Y su polla enorme, todavía dura, gruesa y brillante por los fluidos de Sara, rebotaba pesadamente con cada paso.

Pendía recta, balanceándose de un lado a otro mientras caminaba alrededor de la cama.

Los huevos grandes y tensos se movían con el mismo ritmo obsceno.

El bikini de Marina seguía colgando de su cuello; aquellos dos triángulos blancos y aquellas tiras sueltas.

Los dos se dirigieron hacia la puerta.

Parecían marcharse de verdad.

Sara ya lo había hecho. Ya había desaparecido por el pasillo.

Y Gustavo también casi lo hacía.

Mi mujer y yo nos quedaríamos solos. Aún formando un solo cuerpo. Aún yo dentro de ella, con aquel vaivén absurdo.

Con una polla dura, pero que a ella no le decía nada, que no le importaba nada.

Gustavo nos dejaba con nuestra frustración, con nuestra derrota, con nuestra vergüenza.

Gustavo había puesto ante nosotros el espejo de lo que se podía sentir. De cómo una mujer podía correrse.

Y, sobre todo… me había dicho a mí que mi mujer lo deseaba… y se lo había revelado también a ella.

Sin decirlo… solo mostrándose, solo mirándola, solo enseñándole lo que le podría hacer.

Lo que podría tener.

Pero entonces, antes de cruzar el umbral, Gustavo se detuvo.

Se volvió lentamente.

Y miró hacia la cama.

Hacia Marina.

…

…

Temblé.

Lo temí.

Marina también tembló.

Gustavo nos miraba.

Miraba aquellas embestidas tristes. Absurdas.

El cuerpo de mi mujer meciéndose… empujado por mí… Su cabeza ligeramente agachada…

… quizás mirándolo… bajo su melena sudada, que cubría en aquel momento parte de su rostro.

Un instante eterno.

Un silencio demoledor.

Un silencio que no rompió ninguno de los tres. De pronto, se escuchó el sonido del agua de la ducha.

Sara, allí, era ajena a aquella mirada de su novio sobre mi mujer. Era ajena a su rabia, a su deseo, a su necesidad de dominio.

Yo, dentro de Marina, detuve mis tibias embestidas… y cerré los ojos.

Cerré los ojos y escuché cómo Gustavo volvía sobre sus pasos.

Mi corazón explotó al sentir que volvía.

Lo odié al saber que no abandonaba.

Y entonces… una frase de mi mujer.

Mustia… Casi lacrimógena. Abatida.

La pronunció y yo abrí los ojos:

—No… Vete…

Su súplica. Su temor. Su lamento.

Gustavo, de pie, a los pies de la cama, se había detenido justo frente al rostro de mi mujer, que permanecía inmóvil, a cuatro patas sobre la cama, penetrada por mí…

pero sin sentirme. La polla enorme de Gustavo estaba a menos de veinte centímetros de sus labios.

Los huevos pesados colgaban debajo, balanceándose ligeramente.

El olor a sexo —a coño de Sara, a sudor, a hombre— tenía que ser intensísimo para Marina.