Entrega imperfecta 27. Permiso o perdón.
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27. Permiso o perdón.

Todo cambió en ese preciso instante.

Mi corazón explotaba… al ver aquella mano sujetándola, en la penumbra.

Me quedé congelado.

Marina se tensó; lo sentí en cada centímetro de su cuerpo.

Fue un agarre deliberado. Dedos que se cerraron alrededor de la piel de mi mujer como si estuviera reclamando algo, o como si se lo estuviera ofreciendo.

Ya no había dos lados de la cama.

De pronto, nuestros cuatro cuerpos parecían unidos por una corriente eléctrica invisible, con ese punto de contacto —esa muñeca— como epicentro.

Los gemidos de Sara no cesaban.

Yo resoplé extasiado.

Mi polla seguía enterrada dentro de Marina, palpitando, pero todo mi cuerpo se había tensado de golpe. El aire se volvió más denso, más pesado. El calor de los otros dos cuerpos, tan cerca, se hizo casi insoportable.

Marina, que era la que de verdad sentía el tacto, no reaccionó, al menos no allí, pero todo su cuerpo se estremeció bajo el mío. Por un instante dejó de respirar. Luego soltó un sonido muy pequeño, casi inaudible, algo entre un jadeo roto y un gemido ahogado.

Pero no se soltaba de aquella mano.

Sara tampoco la retiraba.

Y en ese silencio cargado y denso, Marina hizo algo que me destrozó por dentro: levantó lentamente la cabeza hacia su derecha.

Primero miró la mano que la sujetaba. Los dedos de Sara rodeando su muñeca. La piel de una contra la piel de la otra. Un contacto íntimo, obsceno, prohibido.

Después, muy despacio, levantó la mirada hacia el rostro de Sara.

Pero ella no la miraba del todo, como si el placer que le daba Gustavo le impidiera hacer algo más que sentir y agarrar. Jadeaba unos constantes «hummm», «ahhh», «hmm», con la boca entreabierta y los labios casi contra la sábana.

Pero la mirada de Marina no se detuvo ahí.

Siguió avanzando, casi contra su voluntad, hasta que se encontró con los ojos de Gustavo.

Los seguí. Los vi. Los sentí mientras seguía penetrando a mi mujer y ella me desairaba con su silencio y con su dejarse empujar sin réplica ni alteración.

Vi sus ojos, y ahí se quedaron.

Los dos. Mirándose.

Marina, mecida por mis tenues metidas, con mi polla entrando y saliendo en la inmensidad de su coño…

mirando directamente a Gustavo mientras él, follándose a Sara, con sus labios pegados a la nuca de ella, mientras con el sudor de su pecho empapaba la espalda de la camisa de mi mujer…

la observaba con calma dominante, casi posesiva, amenazante.

Durante unos segundos eternos, solo existieron ellos dos.

Mi polla palpitaba en su interior, olvidada. Pero Marina… en esos instantes… solo sentía a Gustavo.

Su mirada. Su presencia. Su sexualidad. Su potencia.

Los gemidos de Sara, sus «hummm», «¡ah!», «sí…», mis penetraciones constantes y aquella mano en la muñeca de Marina…

… pero el mundo se había reducido a la conexión entre mi mujer y Gustavo.

Gustavo, que, sin dejar de mirarla, seguía moviéndose dentro de Sara. Lentamente. Profundamente. Cada embestida hacía que el cuerpo de Sara se balanceara ligeramente y, con él, la mano que sujetaba la muñeca de Marina.

Sara cerró los ojos y soltó un gemido bajo, entregada.

Un «ohhh» tan placentero que estremecía.

Pero Marina y Gustavo seguían mirándose.

Y entonces, en ese silencio cargado de respiración agitada, gemidos ajenos y el sonido húmedo de la polla de Gustavo entrando y saliendo de Sara, Gustavo susurró, con voz ronca y baja:

—Marina…

«Marina».

Lo odié por aquello.

Lo odié por pronunciarlo así.

Sentí que no tenía derecho.

Y es que el nombre de mi mujer en su boca sonó como una caricia y una orden al mismo tiempo.

Y después ella remató mi dolor… pues la sentí temblar… Y eso me destrozó. Todo su cuerpo se sacudió visiblemente. Su coño volvió a apretarme con fuerza, humillándome… pues aquel coño no hablaba conmigo… sino con él.

Y entonces Gustavo, sin apartar la mirada de ella, añadió:

—Mira… mira cómo entra…

Su voz rasgada, presumida… me impactó y me hizo suspirar.

Y mi mujer tembló al escuchar esa voz masculina y desvergonzada, y sacudió mi cuerpo con su temblor. Tal fue su espasmo esa vez que su cuerpo me llevó consigo; cada convulsión por él… era una humillación brutal para mí.

Y entonces, como si no pudiera resistirse más, como si la lujuria la hubiera superado hacía ya tiempo… Marina comenzó a obedecer… y bajó lentamente la mirada.

Su cuello se inclinó. Su melena cayó hacia un lado. Y sus ojos se detuvieron en el punto exacto donde ocurría todo.

Allí.

Allí donde la polla de Gustavo entraba y salía del coño de Sara con una lentitud brutal, carnal, hipnótica.

Era un movimiento profundo, seguro, sin prisa.

Cada vez que salía, la gruesa cabeza arrastraba consigo una mezcla blancuzca, densa, viscosa —fluidos de Sara, quizá de él, quizá de ambos— que brillaba en la penumbra y formaba una masa espesa que embadurnaba su tronco ancho y oscuro.

Marina lo vio todo.

Vi cómo sus pupilas se dilataban. Cómo sus ojos verdes se entrecerraban. Cómo su respiración se cortaba. Cómo todo su cuerpo se estremeció con un temblor largo, profundo, que recorrió su columna vertebral y llegó hasta su coño, apretándome con más fuerza todavía.

Ella temblaba.

Temblaba mientras observaba cómo esa polla enorme, mucho más gruesa que la mía, abría el coño de Sara una y otra vez, cómo los labios hinchados de Sara se aferraban a él, cómo salía brillante y empapado,

llevando consigo aquella crema blancuzca que resbalaba por la dureza imponente de Gustavo hasta casi los huevos.

Y entonces levantó la mirada otra vez.

Directo a los ojos de Gustavo.

Él la estaba esperando.

—Dime… eh —susurró Gustavo con voz ronca, íntima, jadeante… pues se mantenía con aquel movimiento… sin dejar de penetrar a Sara—. ¿Te gusta cómo la follo… eh?

Marina tembló de nuevo. Un escalofrío violento la atravesó entera. Su coño dio un fuerte latido alrededor de mi polla, soltando más humedad caliente.

Y no respondió.

Pero entonces, matándome, destrozándome, y muy despacio, de forma casi imperceptible al principio, Marina empezó a moverse.

Empujó sus nalgas hacia atrás, recibiéndome más profundamente, y luego se deslizó hacia adelante. Un vaivén lento, consciente, cooperando por primera vez en muchos minutos en aquella follada. No era un movimiento desesperado. Era deliberado. Controlado.

Pero yo lo sentí.

No el movimiento.

Sino que sentí que no estaba conmigo.

Aunque mi polla entraba y salía de ella, aunque yo la sujetaba por las caderas, aunque era mi carne la que la penetraba… Marina ya no estaba conmigo.

Estaba con él.

Miraba a Gustavo. Miraba su polla entrando y saliendo de Sara. Miraba cómo esa polla gruesa la abría, cómo arrastraba aquellos fluidos espesos, cómo los huevos pesados golpeaban suavemente contra el coño de Sara cuando la penetraba hasta el fondo…

Gustavo estaba follándose a las dos.

A Sara con su polla.

A mi mujer con la mente.

Y Marina se lo estaba permitiendo.

Sus movimientos hacia atrás se volvieron más marcados, más profundos. Su coño me tragaba con una humedad obscena, casi ruidosa ahora. Sus pechos se balanceaban con más fuerza. Pero sus ojos seguían fijos en Gustavo, a veces en su mirada, a veces en su polla, en el lugar donde se unían sus cuerpos.

Yo solo era el instrumento.

El medio.

El que estaba dentro de ella mientras ella se entregaba mentalmente a otro hombre.

Y entonces ella, Marina, solapando los jadeos de Sara, comenzó a gemir.

—¡Uff…! Ummm… —se retorcía de placer mientras echaba su cuerpo hacia atrás para llenarse.

Y lo miraba.

Lo premiaba.

Las dos gemían.

Unos ronroneos solapados. Unos gemidos ahogados.

Una por la polla que le metía Gustavo.

La otra por cómo se lo hacía sin siquiera tocarla…

Desvié la mirada, de nuevo queriendo huir, mientras era Marina ya la que me follaba a mí… y mis ojos, en la huida, se encontraron con algo nuevo, algo que aumentaba la conexión.

Sara ya no sujetaba la muñeca de Marina.

Sus dedos se habían entrelazado con los de ella.

Más complicidad.

Y placer compartido.

En aquel entrelazamiento de sus dedos… había… una causa común, un placer común.

Como si se comprendieran.

Y entonces Sara llevó su mano libre hacia atrás, buscando a tientas el culo firme de Gustavo. Sus dedos se clavaron en su carne con urgencia.

—Gustavo… —gimió, con la voz rota y desesperada—. Me estás matando… Dame más caña… por favor… Diooos…

Yo me estremecí al ver su desesperación, su entrega, su gesto desencajado…

Gustavo no respondió con palabras.

Solo miró a Marina.

Y mi mujer le devolvió la mirada, con los labios entreabiertos y la respiración agitada.

Entonces él cumplió.

Sus caderas empezaron a moverse con más fuerza, más profundidad, más intención. El sonido de su pelvis chocando contra el culo de Sara se volvió más nítido, más húmedo, más animal; un plap… plap… plap… plap… ardiente y sudoroso que nos envolvía.

Cada embestida hacía que el cuerpo de Sara se sacudiera hacia adelante. Sus pechos pesados golpeaban contra la sábana y contra la mano de Gustavo, que apretaba uno de ellos con fuerza por encima de la camisa de Marina. La tela se arrugaba y se marcaba bajo sus dedos.

Y entonces empezaron los gemidos. Solapados. Diferentes. Entregados.

Sara, con la voz más alta, rota y libre:

—Haaa… ¡huuummm! ¡Así… Dioosss…!

Marina, echando su culo hacia atrás para tragarse mi polla… con la voz más baja, más contenida pero imposible de ocultar:

—Mmm… ¡ahh…! Ufff…

Sara, casi sollozando de placer:

—Huuuummmm… ¡Sí! ¡Ah…! ¡Así!

Marina, temblando mientras me follaba con más intensidad:

—Mmm… Ohh… Mmmhh…

Sara, perdiendo el control:

—Haaa… ¡Gustavo…! ¡Huuummm!

Marina, con gemidos más contenidos, más atentos y casi avergonzados:

—Ufff… Mmm… Ahhh…

Los gemidos se montaban, se mezclaban, se alimentaban entre sí.

Uno, dos, quizás tres minutos de aquella follada desigual, de aquellos jadeos desiguales.

Una gemía porque la estaban follando de verdad.

La otra gemía porque deseaba ser la que estaba siendo follada.

Gustavo apretaba con más fuerza el pecho de Sara por encima de la camisa de Marina, hundiendo los dedos en la carne blanda, marcando la tela. Sus caderas golpeaban con ritmo constante y cada vez más salvaje…