26. La distancia de un brazo.
Los dos lo sentimos.
Pero no nos atrevíamos a mirar.
Ninguno de los dos giró la cabeza.
Yo miraba hacia abajo: mi polla entraba y salía de Marina con una lentitud tensa y mecánica, empapada de ella… Estaba más mojada de lo que la había sentido nunca. El sonido húmedo y bajo de la penetración llenaba nuestro lado de la cama y contrastaba brutalmente con las risas y besos del otro.
Contrastaba con el otro lado…
…porque ya había otro lado.
Y es que el peso se desplazó.
Otro crujido. Más cerca.
Y oí el sonido de un beso profundo, seguido de una risa baja de Sara.
Gustavo murmuró algo que no llegué a entender, algo ronco y satisfecho. El colchón volvió a hundirse, esta vez más cerca de nosotros.
Ahora eran dos pesos. Dos cuerpos subiendo a la cama.
Ya en la cama.
Marina, empujada por mí de forma leve y rítmica, hacia adelante, en un vaivén rígido, soltó un jadeo entrecortado, un “u-humm…” casi inaudible, mezcla de placer tibio, protesta y desconcierto. Y vi cómo su cara ya sí bajaba claramente, ya se hundía más entre sus brazos, ocultándose.
Su espalda lucía sudada, morena, bonita, con una marca sutil de moreno en la mitad, una línea clara allí donde su bikini solía anudarse; una espalda que temblaba.
Su coño dio otro fuerte apretón alrededor de mi polla.
Era demasiado.
Demasiada vergüenza.
Demasiado impacto mostrarse desnudos y así… haciéndolo.
Follando en presencia de otros.
En la misma cama que ellos.
Yo seguía penetrándola, bloqueado y con el aliento contenido. Casi incapaz de respirar.
Mi corazón se me salía del pecho, y más lo hizo cuando algo me rozó el codo de forma aleatoria; no un cuerpo, algo más suave, una tela, la tela de la camisa de Marina, vestida por Sara.
Otra vez, no quise mirar a mi derecha y lo hice hacia abajo: mis ojos fijos en la curva de su espalda, en la melena revuelta que le caía por un lado del cuello, en la forma en que sus dedos se clavaban con fuerza en las sábanas, en la entrada y salida rítmica de mi polla en el coño de mi mujer.
Y entonces, más cuchicheos, y más sonidos de besos, y de golpe una queja tenue de Sara.
—Ah… ¡Au…! Tranquilo…
Una protesta cariñosa y cómplice que revelaba un ansia de Gustavo.
Quizá un mordisco en sus labios, o en sus pechos, o un apretón indecorosamente fuerte en su carne.
Marina se volvió a apartar la melena.
Seguíamos sin querer mirar.
Y seguíamos con aquel vaivén insulso, queriendo demostrarles que no ganaban, que no nos importaban, que no entrábamos en su juego de humillarnos…
… pero era imposible que no desprendiéramos que estábamos absolutamente sobrepasados.
Yo tragaba saliva, con la garganta seca. Mi corazón latía tan fuerte que estaba seguro de que ellos también podían oírlo. Quería salir de ella. Quería cubrirla. Quería desaparecer.
El colchón se hundió todavía más. Ahora estaban muy cerca. Podía sentir el calor de sus cuerpos, el olor a sexo, a sudor y a perfume mezclado con alcohol que traían consigo.
Cuando de pronto, Gustavo, en tono muy bajo, murmuró:
—Colócate de lado…
Marina tembló debajo de mí al escucharlo.
Lo sentí.
—¿De lado? —preguntó Sara en un susurro.
—Sí, hacia ellos. Así los miras —dijo Gustavo… matándome, y como si no existiéramos, o como si no pudiéramos oírlos.
—Tampoco hay mucho que mirar… —contestó Sara y sentí movimiento.
“Tampoco hay mucho que mirar”.
Su frase, humillante… Mientras nuestro mete saca insulso continuaba, anodino por fuera… histérico por dentro.
Y sentí la respiración entrecortada de mi mujer… que era casi sollozante.
Ella se llevaba el extra de humillación.
Los cuatro lo sabíamos.
Y quise salirme.
Era demasiado.
Aquello era un castigo.
Por mucho que estuviera excitada.
Y quise susurrarle algo, cualquier cosa, pero no me salían las palabras.
Solo podía quedarme allí, clavado dentro de ella, empujándola en aquel vaivén pueril que apenas hacía que sus pechos se agitasen un poco…
adelante y atrás, y sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba a cada sonido, a cada movimiento de la cama.
A cada frase de ellos.
Pues ya solo reaccionaba a ellos; no reaccionaba a nada de mí. Como si nada entrara en su cuerpo.
Y entonces, por el rabillo del ojo, no pude evitarlo.
Envueltos en penumbra, vi el movimiento.
Sara se giró con lentitud y se colocó, tumbada de lado, justo cara a nosotros.
No me atreví a mirarle a los ojos.
Su cuerpo quedó paralelo al de Marina, a menos de un brazo de distancia. La camisa vestida por Sara, abierta y arrugada, se deslizó por su hombro y dejó uno de sus pechos al descubierto.
Recorrí su cuerpo con mis ojos, miré más abajo de su torso parcialmente cubierto, y vi una nalga desnuda, extensa y dorada por el sudor, y vi su tatuaje, aquella liga tatuada en su muslo potente.
También lo que veía era demasiado para mí.
Ver a Sara así…
Aquella carne… joven, tersa, dispuesta… mientras sentía a la vez el interior de mi propia mujer.
Cerré los ojos un instante.
Al cerrarlos, mis sentidos se agudizaron más: mi nerviosismo, el tacto del coño mojado de Marina resbalando por el tronco de mi polla…
su calor… su vergüenza, la mía… su tensión, la mía…
y fuera de nuestros cuerpos pude escuchar un leve tintineo, uno que ya reconocía, que ya había escuchado antes: el de unas pulseras plateadas que sonaban cuando Sara se apartaba el pelo.
Yo seguía penetrando a mi mujer.
Marina seguía sin gemir.
Nuestros cuerpos emitían un leve sonido, un “clap, clap” mínimo. Siempre el mismo sonido, la misma cadencia.
Yo no estaba ni cerca de llegar al orgasmo… pues su dilatación extrema y mi tensión me mantenían en un estado excitado, pero constante.
Y entonces sentí movimiento y volví a mirar.
Gustavo se tumbaba y se acomodaba, también de lado, detrás de ella.
El bikini de Marina colgaba de su cuello, desordenado; dos triángulos blancos y grandes, absurdos, una bandera vencida.
Una conquista que no era tal… pero sí una amenaza.
Un acercamiento sin tocar. Una fantasía confesada.
Su cuerpo, más grande, contrastaba con el de Sara.
Los dos casi igual de morenos. Los dos con esas marcas blancas allí donde sus bañadores los habían protegido del sol.
Y le pasó un brazo por debajo de la cintura y la atrajo hacia sí con calma.
No había prisa. Parecían estar disfrutando cada segundo de nuestra incomodidad.
Yo intentaba no mirar.
Volvía a fijar la vista en la espalda de Marina, en el sudor que brillaba entre sus omóplatos, en cómo su melena se pegaba a su nuca.
Pero mis ojos, traicioneros, se desviaban una y otra vez hacia ellos.
Solo un segundo. Solo un instante. Lo suficiente para ver cómo Gustavo levantaba una de las piernas de Sara, la colocaba ligeramente flexionada y se pegaba completamente a su espalda.
La pierna, del muslo potente, de aquel tatuaje.
El colchón crujió otra vez.
El pecho desnudo de Gustavo contra la espalda de Sara, contra la camisa de mi mujer.
Con qué derecho.
Por qué aquella saña.
Y, de golpe… una frase de Sara.
Otro susurro que me descompuso:
—Él nos mira un poco… pero ella nada.
Mi corazón retumbó.
Marina intentó mantener la cabeza en la misma posición exacta, pero la bajó un poco más.
—Espera… échate más hacia atrás… —susurró Gustavo, centrado en penetrarla.
—¿Así? —preguntó Sara, como si tal cosa.
Como si no estuvieran a centímetros de nosotros.
Como si en la penumbra no pudiera verse el resplandor amarillo de la camisa de mi mujer, su tatuaje extraño, sus cuerpos desnudos…
El coño de Sara completamente despejado de vello…
La polla enorme de Gustavo… sujeta por él… y apuntando.
Gruesa, venosa, descabezada, mucho más oscura y pesada que la mía. En la penumbra brillaba ligeramente por la humedad. Era imposible no compararla. Imposible no sentirla como una amenaza directa, casi personal.
No pude seguir mirando ahí.
Escapé.
Desvié la vista hacia arriba, hacia sus caras, como si eso fuera menos peligroso. Como si mirar sus rostros fuera menos humillante que ver cómo esa polla gruesa y larga se acercaba a la entrada de Sara.
Ella tenía los ojos entrecerrados, la boca ligeramente abierta. Su expresión era de placer tranquilo. La mejilla apoyada contra la sábana, el pelo revuelto. Parecía estar flotando.
Pero Gustavo… Gustavo no.
Gustavo miraba directamente hacia nosotros.
Hacia Marina. Sus ojos recorrían sin disimulo el cuerpo de mi mujer: la curva de su costado sudado, el bamboleo pesado y rítmico de sus pechos colgantes, la melena que ella misma se había apartado un momento antes, dejando su rostro despejado, vulnerable, expuesto.
La miraba con una intensidad amenazante.
Una mirada que me asustaba.
Y entonces ocurrió.
Sara dejó escapar un jadeo largo, profundo, sentido:
—¡Huuuuummm…!
Un gemido gutural, largo. Un sonido que no dejaba lugar a dudas. Un sonido que decía claramente que Gustavo acababa de entrar en ella. Que la estaba abriendo. Que la estaba llenando.
Lo sentí en el cuerpo de Marina como un latigazo.
Todo su cuerpo, no solo su coño, que volvió a cerrarse alrededor de mi polla con una fuerza brutal; todo su cuerpo temblequeó en un espasmo que duró dos o tres segundos.
Y sus dedos arañaron la sábana. Y su respiración se cortó durante un instante eterno.
Yo también lo sentí. Ese “huuuummm” de Sara se me clavó en el pecho como un filo caliente.
Gustavo no dijo nada. Solo acercó más su rostro al de su novia, desde atrás, como si fuera a besar su mejilla, pero sin hacerlo y sin apartar la mirada de mi mujer; y empezó a moverse con lentitud dentro de Sara. Un vaivén profundo, seguro.
Marina seguía sin mirarlos.
Seguía siendo follada por mí, de forma lenta, en un vaivén neutro.
A veces se atrevía a alzar el rostro y miraba hacia la nada, al frente.
Pero yo sí miraba. A ratos. A escondidas. Con vergüenza y con excitación culpable.
Veía el movimiento lento y profundo de las caderas de Gustavo contra el culo de Sara. Veía cómo su mano grande abarcaba uno de sus pechos por encima de la camisa de Marina. Veía el brillo del sudor en su piel. Y, sobre todo, sentía el olor: más intenso ahora, más animal, mezclándose con el nuestro.
Y miraba cómo debajo de esa polla gruesa y venosa colgaban sus huevos, pesados, grandes, llenos, balanceándose con un movimiento lento y casi hipnótico cada vez que la polla enorme de Gustavo se deslizaba dentro del coño de Sara.
Estaban visiblemente hinchados, tensos, llenos, cubiertos de una ligera capa de sudor que los hacía brillar en la penumbra.
La imagen era tan primitiva, tan descaradamente masculina, que me provocó una náusea mezclada con una excitación enfermiza que me avergonzaba.
Sentí cómo mi propia polla, dentro de Marina, palpitaba traicioneramente al verlo.
Tragué saliva otra vez.
Y quise desviar la mirada.
Pero no podía.
—Así… Eh. ¿Te gusta así? —susurró entonces Gustavo contra el cuello de Sara, mientras ella gimoteaba más “Humm”, “Hummm”, con los ojos entrecerrados, en una frase y una pregunta vanidosa, como si supiera que le daba el placer preciso, sin necesidad de que ella lo confesara,
pero quisiera que ella lo adulara.
—Hummm… Sí… dame así… —contestó Sara.
Y yo no me lo podía creer.
No entendía cómo habíamos llegado a aquello.
Cómo podíamos estar los cuatro follando en la misma cama…
Pero lo que me mató fue lo que ocurrió a los pocos segundos:
Sara, entre sus gemidos, entre sus “humm”, “¡ah!”, “humm”, empujada sutilmente por las metidas de Gustavo…
… alargó su brazo que yacía sobre la cama…
… lo alargó y su mano sujetó y rodeó la muñeca de Marina.