Entrega imperfecta 25. Nuestro pasmo, su victoria.
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25. Nuestro pasmo, su victoria.

Mi frase se había quedado colgando en el aire, incompleta, absurda.

Un resplandor tenue se coló por la puerta entreabierta.

Pero no fue el cambio de luz lo que más me impactó, sino el cambio de sonidos y la nueva ocupación de los espacios.

Pues sucedió.

Ocurría…

Entraron.

Sara y Gustavo entraron besándose.

No empujaron la puerta con cuidado. No pidieron permiso. Simplemente entraron, como si aquella habitación fuera suya aunque estuviera ocupada. Sus bocas estaban enredadas, húmedas, ruidosas. Se reían en tono bajo entre beso y beso, cuchicheando algo que no llegué a entender.

Yo seguía dentro de Marina.

Profundamente enterrado en ella, con una mano sujetando su cadera y la otra enredada en su melena. Su coño me había apretado en un espasmo involuntario al oír el ruido, y sentí cómo todo su cuerpo se tensaba de golpe delante y debajo de mí.

Ninguno de los dos se movió.

Estábamos ardiendo y, a la vez, congelados.

Mi polla palpitaba dentro de ella, dura como nunca, pero el resto de mi cuerpo parecía haber dejado de funcionar. Solo podía mirar hacia la puerta, con los ojos muy abiertos, incapaz de procesar del todo lo que estaba viendo.

Y en ese procesar de mi mente… empecé a ver y a entender otra cosa.

No solo había descaro.

No era una manera normal de importunarnos.

Pues descubrí al instante saña y burla…

Sobre todo hacia Marina.

Marina, que, a cuatro patas y tan estupefacta como yo, no se movía; solo miraba, quizás más encogida.

Mi mujer, que veía, como yo, aquella mofa… en la que ella era el objeto del escarnio.

Lo era porque Sara no estaba desnuda del todo; vestía una camisa amarilla de lino.

La camisa de Marina.

Le quedaba un poco grande, desabrochada por completo, como mi mujer la había dejado en el suelo de la cocina. Sus tetas se movían libres debajo de la tela con cada pequeño paso, y la camisa se abría lo suficiente para dejar ver el valle entre sus pechos y parte de un pezón oscuro.

Y Gustavo…

Lo suyo era aún más contundente, más flagrante…

Gustavo llevaba colgado al cuello, como un trofeo obsceno, los dos triángulos blancos del bikini de Marina.

Las tiras y los triángulos colgaban sobre su pecho desnudo, balanceándose ligeramente mientras se besaba y se desplazaba.

Aquella tela que había cubierto los pechos de mi mujer hacía apenas unos minutos ahora pendía del cuello de él como un collar de conquista.

Tragué saliva.

Solté su melena.

Llevé mis dos manos a las caderas de mi mujer.

El coño de Marina volvió a palpitar; lo sentí en un punto concreto del tronco de mi miembro, que seguía incrustado.

Yo no respiraba.

Mi mujer tampoco.

Pero ellos se besaban con una naturalidad brutal, casi arrogante. Sara le sujetaba la polla dura, como si intentara domarla… Él le apretaba el culo con descaro, subiendo la camisa de Marina hasta dejarle medio culo al aire.

En la penumbra, la polla de Gustavo se veía enorme, pesada, obscenamente erecta.

Cada vez que Sara la descubría con la mano, la luz tenue del jardín que entraba por la ventana la rozaba por un instante, dejando un reflejo húmedo en el glande.

Era imposible no verla. Imposible no compararla.

Sentí un nudo en el estómago y, al mismo tiempo, un latigazo de excitación enfermiza.

Me pregunté, con vergüenza y celos, si los ojos de Marina también estaban yendo allí.

Si su coño no solo se contraía a mi alrededor por la sorpresa y el rubor sino también por esa razón.

Ellos, sin embargo, no nos miraban a nosotros.

Siguieron avanzando, rodeando la cama, sonriéndose por lo bajo, como si estuviéramos en una película muda para ellos. Solo existían sus bocas, sus manos y esa risa baja y sucia.

Marina soltó finalmente un sonido ahogado. Algo entre un gemido roto y un jadeo de pura incredulidad. Sentí cómo su coño otra vez se contraía violentamente alrededor de mi polla, un espasmo fuerte, casi doloroso. Su cuerpo entero temblaba debajo del mío.

—Ser-gio… —susurró, con la voz rota y entrecortada, casi sin aire.

No supe si era una pregunta, una protesta o simplemente el nombre de alguien que ya no podía salvarla.

Y es que yo tampoco podía moverme. Seguía dentro de ella, clavado, sintiendo cada latido de su coño mientras veíamos cómo Sara y Gustavo se acercaban a la cama por el lado opuesto al que estábamos, sin ninguna prisa, todavía besándose, todavía riéndose, todavía ignorándonos.

Y entonces ocurrió.

Decidieron dar el siguiente paso en su juego.

Los dos de pie, en la penumbra, a un par de metros de la cama, en la esquina opuesta…

Decidieron dejar de fingir que no existíamos.

Aquella representación dejó de sostenerse.

Sara levantó la vista hacia nosotros mientras seguía apoyada en Gustavo y sonrió de una forma extraña. Después volvió a él, lo besó en un beso sonoro y volvió a sonreír y, entonces, le susurró:

—Te pone que huela a ella…

Su susurro me golpeó.

Y supe que Marina también lo había escuchado, lo supe porque sentí que mi mujer bajaba la cabeza unos centímetros.

Solo unos centímetros.

Pero lo suficiente para que entendiera que ella veía lo mismo que yo.

Que no era inconsciencia. Que no era chanza de borrachera. Que aquello iba dirigido a alguien.

Y ese alguien era ella.

Intenté encontrar una explicación distinta. Una que me permitiera pensar que estaba exagerando. Que Gustavo quería provocarme. Que Sara pretendía llamar la atención. Que buscaban echarnos de allí.

Cualquier cosa.

Pero cuanto más los observaba, menos sentido tenía pensar que no giraba todo alrededor de Marina.

De su ropa.

De sus cosas.

De los pequeños símbolos que habían decidido exhibir.

Sara lo había dicho casi en tono de broma, como quien comenta una manía inocente, pero sentí cómo Marina se tensaba debajo de mí. No fue la frase en sí. Fue la naturalidad. La ausencia total de vergüenza.

Gustavo sonrió y besó la mejilla de Sara.

Y entonces ella nos miró fugazmente antes de volver a él.

Y le susurró. En tono aún más bajo. Pero igualmente pudimos escucharlo:

—La hueles como un cerdito... —murmuró, acariciándole el pecho con los dedos antes de sujetar uno de los extremos de la tela; uno de aquellos triángulos blancos empapados del sudor de los pechos de mi mujer.

Y otra vez el espasmo de Marina. Otra vez la contracción de su coño que yo sentía en mi miembro que la empalaba, quieto, pero sin por ello decrecer.

Y otra vez ese amago de bajar la cabeza sin bajarla del todo.

No entendía por qué no me salía de ella.

No entendía por qué no les hacía frente.

Pero tampoco mi mujer protestaba, solo asistía a su propia humillación como una testigo incapaz.

Gustavo se inclinó entonces para besar el cuello de Sara, y después se detuvo un instante con los labios pegados a su piel, respirando cerca de la tela de la camisa.

Aspiró lentamente, casi sin querer, como si el olor que aún guardaba la prenda lo atrapara un segundo más de lo esperado.

Sara lo acogió con complicidad y le acarició la nuca con los dedos, suave, casi cariñosa, y le susurró algo que no pude entender…

Gustavo no dijo nada. Agarró la camisa por los cuellos y tiró con delicadeza, acercándola a él y ahora besándola en la boca con docilidad.

Fue un beso profundo, lento y húmedo, de esos que hablan más que las palabras y la urgencia.

Su mano bajó después hasta uno de los pechos de Sara, lo liberó con cuidado de la camisa abierta, se inclinó, se encogió frente a él y lo besó directamente sobre la piel caliente, lamiendo el pezón con una lentitud deliberada.

Sara arqueó ligeramente la espalda y siguió acariciándole el pelo con ternura, como si estuviera premiando una fantasía que ya conocía y aceptaba.

Entonces, retirándose él un poco, hizo algo extraño, obsceno, turbio: cubrió de nuevo la teta brillante de su propia saliva y del sudor de Sara…

con la camisa de Marina. Bajó la cabeza y besó la teta por encima de la tela, mordiendo después suavemente el pezón a través de la camisa, chupando la tela húmeda.

Ella se quejó en un “¡Ah!” que salió limpio y morboso…

y después él volvió a descubrir aquella teta, lamió la piel desnuda otra vez y repitió el juego: cubrir, besar, morder, oler.

Gustavo estaba claramente excitado por el olor que aún quedaba en la prenda de Marina: su sudor, su perfume, su piel… todo mezclado.

No solo había humillación hacia mi mujer, que los miraba…, sino también profanación.

Y Sara lo dejaba hacer, acariciándole el pelo con ternura perversa, casi maternal.

Yo lo observaba todo con la garganta seca.

Y entonces, tras otro “¡Ah!” de Sara por otro mordisco… ocurrió algo que me dejó sin respiración.

Algo que no ocurría lejos, sino cerca.

Marina, que había bajado aún más la cabeza, casi escondiendo el rostro entre sus brazos, dejó de mirar aquel escarnio. Su melena caía como una cortina oscura. Por un segundo pensé que se rendía, que la vergüenza la había vencido.

Pero no.

Con un movimiento largo, lento y absolutamente desconcertante, echó todo su cuerpo hacia adelante.

Su coño se deslizó por mi polla hasta casi dejarme fuera.

Sentí el glande a punto de salirse, el vacío frío amenazando…

y entonces, en silencio total, sin un solo gemido, sin una palabra, empujó sus nalgas hacia atrás con fuerza controlada y volvió a empalarse entera sobre mí.

Un solo movimiento. Profundo. Deliberado. Brutal en su silenciosa obscenidad.

Tras hacerlo, levantó una mano, se apartó la melena de la cara con un gesto elegante y femenino, creando una onda hermosa y brillante con su pelo sudado, que cayó de nuevo a un lado de su cuello.

Después apoyó la mano otra vez en la cama, como si nada.

Su coño me apretaba con fuerza, más mojado que nunca.

No había gemido. No había protestado. Solo aquel movimiento lento, consciente y cargado de significado.

Un significado que yo tardé unos pocos segundos en comprender:

Nuestro bloqueo, nuestro pasmo, era su victoria.

Nuestra protesta por su afrenta también lo sería.

Y en esos pensamientos estaba cuando mi mujer, sonrojada, empapada en sudor… pero a la vez increíblemente entera… giró levemente el rostro hacia mí y susurró de forma sentida y entrecortada:

—Si-gue… Ser-gio… Que les den…

Tragué saliva.

Otra vez tres golpes.

Tres impactos en mi pecho.

Y ella no toleró más mi bloqueo.

Volvió su cabeza hacia adelante.

Sin mirar abajo, sin mostrarse avergonzada. Y sin darles el premio de mirarlos a ellos.

Su cuerpo volvió a echarse adelante y atrás.

Y entonces yo la seguí.

Empecé a moverme con ella, despacio al principio, casi con incredulidad.

Mi polla entraba y salía de su coño con una lentitud deliberada, como si ambos quisiéramos sentir cada centímetro de aquel acto de rebeldía.

Estaba abrasadoramente mojada, y cada embestida producía un sonido húmedo y bajo que solo nosotros podíamos oír.

Sus paredes me apretaban con fuerza, casi con rabia, como si su cuerpo quisiera retenerme dentro mientras todo lo demás se desmoronaba.

Marina no gemía, pero su respiración se había vuelto más pesada, más rota.

Mentalmente… psicológicamente… hacerlo así era una locura. Una locura casi imposible de gestionar.

Por un lado estaba la humillación pura: saber que ellos estaban allí, a menos de dos metros, besándose y tocándose con la ropa de ella. Por otro, una excitación salvaje y enfermiza.

Marina no se había rendido. No se había quedado paralizada. Había decidido follar conmigo delante de ellos. Ese “Que les den” susurrado era una declaración de guerra y, al mismo tiempo, una rendición a su propio deseo.

Pero un deseo que no sabía si era por mí… o por el hombre que la humillaba.

Y eso me volvía absolutamente loco.

Me volvía loco, pues mientras se incrustaba en mí yo no sabía si al hacerlo me hablaba a mí… o le hablaba a él.

Y yo sentía su cuerpo temblar bajo el mío, no solo de placer, sino de rabia contenida, de vergüenza y de una excitación que parecía crecer precisamente por lo que intentaba negar.

Cada vez que yo empujaba hacia adelante, ella respondía echando las nalgas hacia atrás con precisión, tragándome entero.

El sonido era bajo, húmedo, casi obsceno en su intimidad: un “chop… chop…”

suave y constante que contrastaba brutalmente con los besos ruidosos y las risitas que provenían de nuestro lado.

Mis manos se aferraron con más fuerza a sus caderas.

Mis dedos se clavaban en su carne sudada mientras acelerábamos muy poco a poco.

No era un polvo salvaje. Era algo más denso, más consciente.

Yo quería creer que ella estaba conmigo, y por tanto que cada penetración era una afirmación: “esto es nuestro”.

Y cada vez que salía casi por completo y volvía a entrar hasta el fondo, sentía cómo su coño se contraía alrededor de mí, como si quisiera retenerme, como si me estuviera diciendo sin palabras que, aunque su mente estuviera llena de imágenes de Gustavo, su cuerpo en ese instante me pertenecía a mí.

Marina respiraba por la boca, agitada, pero en silencio.

Solo se oían sus pequeños “hmm…” ahogados cada vez que yo llegaba al fondo.

A pesar de follarla a cuatro patas, no había allí ni amago de que mandara yo, de que la postura la vejase a ella, pues ella se mantenía con los brazos estirados, la melena revuelta y el torso alzado; su espalda se arqueaba con cada embestida, ofreciéndome más, mostrando entereza, compostura;

un engreimiento que me sobrecogía.

Todo aquello era una mezcla imposible: amor, rabia, celos, lujuria y una complicidad retorcida que nunca habíamos tenido.

Estábamos follándonos el uno al otro y follándonos la humillación al mismo tiempo.

Cuando de pronto…

Sin que me hubiera podido dar cuenta de sus movimientos previos…

El colchón se hundió a nuestra derecha…

… con un crujido suave, pero inconfundible.