Entrega imperfecta 24. Lo que dejamos entrar. #3
74%

24. Lo que dejamos entrar. #3

—¡Jummm…! —gimoteó ella, y bajó la cabeza entre sus brazos; un sonido áspero, sentido, casi de alivio y rendición al mismo tiempo.

La llené por completo. Su coño me apretaba con una calidez viscosa y perfecta. La sujeté fuerte por las caderas y empecé a follarla con ritmo lento pero profundo, entrando y saliendo de ella mientras recordaba aquella otra noche, el «casi orgasmo».

Ella jadeaba unos «hummm», «Jummm», y alzaba el rostro hacia adelante, con más orgullo, sintiéndose plena por lo que recibía en su sexo; su melena ondeaba, sus pechos iban y venían, y ya nacía un «clap, clap, clap» incesante, rítmico y empapado en sudor, de mi pelvis golpeando contra sus nalgas.

Mi polla nadaba en la inmensidad de su coño. Otra vez la sensación de que nunca había sentido aquella amplitud. Y aquello era así porque aquella amplitud no era por mí, pero seguía queriendo cumplir su petición:

Solo nosotros…

Y entonces, como otras veces, recordé el proceder, el proceder de aquella noche, para ajustarme, para repetirlo, para intentar, esta vez, conseguirlo:

Le tiré ligeramente del pelo, recogiendo su melena en mi puño.

Ella arqueó más la espalda y levantó más el rostro, protestando en un morboso y corto «¡Ah, bruto!»

, «¡Ah!», que siempre sonaba exactamente así.

Después apreté sus nalgas con la otra mano, separándolas para ver mejor cómo mi polla desaparecía dentro de ella.

Le toqué los pechos colgantes, apreté uno, después el otro, jugué a penetrarla empujando más, haciendo que sus pechos se bamboleasen más, al ritmo soez y sexual de aquel «clap, clap, clap», y después me atreví al último paso: le di un pequeño golpe seco en una nalga.

Un «plas» que sonó tenue pero perfectamente hueco.

—Hummm… —bufó ella, en un sonido bajo y gutural que vibró en el dormitorio.

Lo repetí. Otro golpe un poco más fuerte. Su culo se tensó alrededor de mi polla y soltó otro gemido ronco.

—¡Huuummmm!

Era intenso. Era obsceno. Era caliente. Era como debía ser.

Pero, aun así… ambos lo notábamos.

Faltaba algo.

Estábamos lejos. Teníamos toda la excitación necesaria acumulada, pero ella había prohibido usarla.

Y aquello nos impedía avanzar.

Marina movía las caderas hacia atrás, encontrándose con mis embestidas, pero había una ligera tensión en su cuerpo. Una búsqueda consciente.

El «clap, clap, clap» sonaba mecánico.

Mis dos azotes casi habían sonado a plan preestablecido, porque en esencia lo habían sido.

Y entonces, entre jadeos, con la voz rota y baja, mi mujer, sorprendiéndome, susurró:

—Háblame…

Sentí el impacto al escuchar esa palabra.

Quizás hasta detuve mis embestidas por un instante.

Porque «cambiamos» era una palabra conocida. Formaba parte de nuestra historia. Había sido pronunciada muchas veces.

«Háblame», no.

«Háblame» no pertenecía a ninguno de nuestros rituales. No formaba parte de ningún intento anterior. No era una costumbre. No era una estrategia compartida.

Era algo nuevo.

Y precisamente por eso resultaba imposible no entenderlo.

Marina no me estaba pidiendo ternura, ni palabras de amor.

Ni siquiera una verborrea soez.

No me pedía un «me encanta follarte», ni un «cómo me pones…».

No.

Estaba claudicando. Se estaba desdiciendo.

Me estaba pidiendo que volviéramos a ellos.

A él.

Que dejara de obedecer aquella consigna imposible de «solo nosotros».

Porque ella sabía también que no estaba funcionando.

Porque ella sabía que tal vez la única forma de atravesar aquella última puerta era utilizar todo aquello.

Aprovecharlo.

Aprovechar la excitación acumulada.

Aprovechar las imágenes.

Los celos.

Las sospechas.

Las preguntas.

Todo.

Y, sobre todo, aprovecharlo a él.

Saqué mi polla casi por completo…

Ella se estremeció.

Volqué mi torso hacia adelante, casi la hundía hacia la cama, hacia abajo, pero ella, sintiendo la mitad de mi polla dentro y mi pecho contra su espalda, se mantenía firme, con las palmas sobre la sábana y los brazos casi estirados.

«Háblame…» resonó en mi mente.

Y quise volver a aquella lucidez, a aquellas frases, a aquello dicho frente a la ventana.

Mi mente era un torbellino de obscenidades:

«Sé que te pone cachonda Gustavo...»

«Ojalá os hayáis besado… Ojalá seas tan zorra de haberte besado con él».

«Dices que te cae mal… pero te vuelve loca su polla».

«Se la querrías chupar como se la chupa Sara».

«Quieres que Gustavo te folle».

«Dime que quieres que Gustavo te folle…»

Aquel era el torbellino de mi mente.

Aquella era mi locura.

E iba a decir esa…

Aquella última frase pensada y no pronunciada.

Iba a decirla en voz alta.

Esa última: «Dime que quieres que Gustavo te folle…».

Mientras se la metía hasta el fondo.

Mientras la empalaría y le tiraría de la melena hacia atrás.

Buscando así el orgasmo que se nos negaba desde siempre…

Y entonces, mientras la penetraba y llevaba una mano a su melena para empezar a tirar de ella, y ella se retorcía en un «¡humm!» morbosísimo, me atreví, me lancé…

… y le susurré:

—Dime que quieres que Gust...

Y tuve que dejar la frase así.

Inacabada.

Pues, de golpe, un sonido nos sobresaltó.

Un ruido repentino.

Extraño.

Y después…

… una luz…

Un resplandor tenue que entraba por la puerta.