24. Lo que dejamos entrar. #2
Seguía allí, suspendida sobre mí, con los ojos cerrados y la respiración contenida. Como si estuviera tomando una decisión que ya había tomado.
Miré hacia abajo.
Entonces empezó a descender.
Muy despacio al principio.
Y ya no pude apartar la vista.
Bajaba.
Centímetro a centímetro.
Sin prisa.
Sin dudas.
Hasta que terminó de dejarse caer sobre mí de una sola vez.
La sensación me golpeó de inmediato. El calor, la cercanía de su cuerpo, la forma en que se aferró a mí durante aquel movimiento. Gemí con la boca cerrada, en un bufido que escapó por la nariz mientras el mundo parecía encogerse a aquel único instante.
Había entrado entera, casi sin resistencia. Su coño estaba tan empapado, tan abierto y caliente que mi polla se deslizó hasta el fondo con una facilidad insultante, casi obscena. La sensación fue brutal: un calor líquido, apretado y resbaladizo que me envolvió por completo.
Marina no se avergonzó; esbozó un “ufff” morboso, al sentirse plena…
… Y al instante hizo un movimiento que acompañó con un gemido largo, profundo y ronco, echando la cabeza completamente hacia atrás… El movimiento fue un círculo completo con toda su cadera, como si quisiera que mi polla rebañase todo el calor y humedad que había en su interior.
Ese movimiento me hizo estremecerme y agarrarme a ella, a sus nalgas, con fuerza.
Después sus manos se posaron abiertas sobre mi abdomen, clavando ligeramente las uñas en mi piel.
Su torso se arqueó de forma preciosa, sus pechos enormes subiendo y temblando con el movimiento, los pezones duros apuntando más hacia arriba, casi hacia el techo, en un arqueo de todo su torso…
absolutamente brutal y sexual. Se quedó así unos segundos, completamente empalada, temblando, respirando por la boca.
—Ahhh… Diooss… —jadeó, con la voz arrastrada.
Nunca la había sentido tan mojada. Tan abierta. Tan excitada. Sabía perfectamente el motivo. Sabía que no era yo. Sabía por quién. Pero intenté apartarlo. Intenté obedecer. Solo nosotros. Solo su coño apretándome, solo sus manos sobre mi abdomen, solo su cabeza echada hacia atrás bajo aquella luz.
Marina empezó a moverse. Lentamente al principio, subiendo y bajando sobre mí con un ritmo profundo y sensual. Cada vez que bajaba, tragaba toda mi polla hasta el fondo y soltaba un gemido ahogado, un «hummm» suave y casi dulce. Sus nalgas golpeaban suavemente contra mis muslos, húmedas y calientes.
Yo solo podía agarrarla de las caderas y mirarla, embobado, enamorado y completamente sobrepasado.
Sus manos seguían apoyadas en mi abdomen. Sus pechos se movían pesadamente con cada embestida, hipnóticos y plenos, casi rebotando, a pesar de que sus movimientos eran lentos.
Yo subí las manos y los abarqué, amasándolos con fuerza, sintiendo su peso desbordante y caliente. Eran perfectos. Todo era perfecto. El sudor que nos unía, el sonido húmedo de su coño tragándome, sus gemidos bajos, sus «hummm…» sentidos.
Pero había algo.
Algo que no terminaba de encajar.
Marina me miraba demasiado. Sus ojos verdes se mantenían abiertos la mayor parte del tiempo, observándome, buscando mi reacción. Como si estuviera comprobando si aquello funcionaba. Tardaba más de lo normal en cerrar los ojos, en abandonarse.
Yo respondía a cada uno de sus movimientos.
La agarraba de las caderas, la ayudaba a subir y bajar, subía el torso para atrapar uno de sus pechos con la boca.
Ella acogía mi cabeza con ternura, acariciándome el pelo con los dedos mientras yo succionaba y lamía su pezón duro.
Era hermoso. Era intenso. Era amor y deseo al mismo tiempo.
Y, sin embargo…
Algo ocurría. O no ocurría.
Se incorporó un poco más, apoyó las manos hacia atrás, sobre mis muslos, y cambió el movimiento.
Ahora se movía adelante y atrás, frotándose más que penetrándose, ensartada hasta el fondo y rozando su clítoris contra mi pubis.
Su melena, empapada en sudor, le tapaba parte de la cara, pero eso no le impedía mirarme, y sus pechos bailaban delante de mí con cada vaivén, pesados, agitándose de forma obscena y preciosa.
Nos mirábamos directamente a los ojos, con amor, con deseo… pero también con una extraña conciencia de nosotros mismos.
Era placentero. Su coño me apretaba, caliente y resbaladizo.
Sus gemidos eran reales; unos «Hhm… ahhh… ¡ah!»
, incesantes y morbosos. Mis manos apretaban sus nalgas, la ayudaban a moverse.
Pero había un esfuerzo invisible. Como si los dos estuviéramos intentando provocar algo más grande, algo definitivo.
Como si supiéramos que teníamos todos los elementos necesarios aquella noche…
y precisamente por eso resultara inquietante descubrir que algo esencial no terminaba de aparecer.
Ella aceleró un poco. Sus pechos rebotaban con más fuerza. Yo me incorporé del todo, sentándome frente a ella, y nos abrazamos mientras seguía cabalgándome. Besé su cuello, sus pechos, su boca. Ella me abrazó la cabeza contra su pecho, jadeando.
—Marina… —susurré contra su piel.
Quería decirle que la quería. Que la deseaba.
Que solo quería que se corriera…
Pero las palabras se me quedaban atragantadas, porque los dos sabíamos que una parte de su excitación venía de otro lugar. De lo que habíamos visto. De aquella polla enorme. De la imagen de Sara chupando aquella monstruosidad.
Y aun así seguíamos. Moviendo las caderas, tocándonos, besándonos, buscando con desesperación ese orgasmo que parecía estar tan cerca… y, al mismo tiempo, tan lejos.
Y entonces… aquella palabra en mi oído.
Nítida. Limpia.
Su petición.
Una petición conocida. Con fin. Con objetivo. Con enjundia.
—¿Cambiamos?
No era una pregunta cualquiera.
Con el tiempo, aquella palabra había dejado de significar lo que significaba para cualquier otra pareja. Ya no hablaba realmente de cambiar. No de forma genérica.
Durante el último año y medio había terminado convirtiéndose en el nombre de una posibilidad muy concreta.
De la posibilidad.
Y de la postura.
La única que alguna vez nos había hecho creer que estábamos a punto de conseguirlo.
Por eso, cada vez que Marina pronunciaba aquella palabra, yo sabía exactamente a qué se refería. No hacía falta explicar nada más. No hacía falta negociar, ni preguntar, ni decidir.
Aquella palabra arrastraba meses de intentos, de esperanza, de frustraciones compartidas y de recuerdos demasiado precisos.
Arrastraba, sobre todo, una noche concreta.
Una noche en la que los dos habíamos creído, durante unos segundos, que por fin iba a ocurrir.
No había ocurrido.
Pero el recuerdo había permanecido allí.
Esperándonos.
Como una puerta que nunca terminamos de cerrar del todo.
Y por eso, cuando Marina susurró «¿Cambiamos?», no escuché una propuesta.
Escuché una última apuesta.
Un regreso a aquel lugar al que siempre volvíamos cuando no queríamos rendirnos.
Se salió de mí con lentitud, dejando una humedad visible en mi tronco, que se volcó hacia mi ombligo al ser abandonado.
Después, sin decir una palabra —porque no hacía falta, porque era sabido, porque era nuestro—, se giró sobre la cama, dándome la espalda.
Primero se quedó de rodillas y se apartó el pelo sudado del rostro…
y solo después echó su torso hacia adelante y se apoyó con las palmas de las manos en la cama.
Se quedó así, quieta, a cuatro patas, delante de mí… esperando, agitada, quizá… ilusionada.
Yo miraba sus nalgas ligeramente separadas, revelando en la penumbra el brillo húmedo e hinchado de su sexo. La curva de su espalda, la forma en que su melena caía hacia un lado y el peso de sus pechos colgando bajo su torso… todo ello creaba una imagen de una belleza cruda y abrumadora.
Me incorporé de rodillas detrás de ella.
Agarré mi polla y me acerqué. No pude evitar querer sentir más, sentir antes de sentir…
así que froté lentamente mi glande duro contra su entrada maltrecha y desordenada; apartando y restregando aquel glande rosado contra sus labios calientes y empapados, recogiendo su humedad.
Era una visión obscena y hermosa: su coño parecía palpitar, ansioso, casi goteando.
Alargué una mano y recogí una de sus tetas, que colgaba grande y pesada. La abarqué con fuerza, sintiendo su peso desbordante, y apreté, llevándola hacia arriba, hacia sus costillas.
Y entonces me coloqué.
Apunté.
Y empujé.
Entré de una sola embestida…
… dura…
… profunda.