Entrega imperfecta 24. Lo que dejamos entrar.
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24. Lo que dejamos entrar.

Besándonos. Tocándonos. Desnudos y sudados.

Avanzábamos a tientas por el pasillo, casi sin separarnos, como si tuviéramos miedo de que el contacto se rompiera.

Mis manos recorrían su espalda húmeda, sus nalgas, sus costados.

Las suyas me agarraban la nuca, el pecho y, de forma quizás aleatoria, quizás casual…

también, a veces… una polla que palpitaba dura y ansiosa.

Nos besábamos con torpeza y urgencia, mordiéndonos los labios, buscando la lengua del otro con desesperación.

El sudor se nos pegaba la piel. El calor era insoportable. Y aun así queríamos aumentarlo.

Empujé la puerta del dormitorio casi con el hombro, o con el codo. Se abrió con un leve chirrido. Apenas entraba luz, solo la que se filtraba desde el jardín a través de la ventana. Caímos sobre la cama amplia casi a la vez, enredados y, de alguna forma, permanentemente desconcertados.

Yo acabé boca arriba. Y ella, casi sin solución de continuidad, se subió encima de mí.

Marina quedó a horcajadas sobre mis caderas, desnuda, imponente.

Cansada, acalorada, excitada… pero absolutamente maravillosa.

Su melena revuelta caía desordenada sobre sus hombros y parte de su pecho.

Tenía la piel brillante por el sudor, los pechos pesados y ligeramente enrojecidos por mis manos, los pezones duros.

Su torso subía y bajaba con la respiración agitada.

Y entre sus muslos, pegada a mi polla dura, podía sentir o imaginar el calor húmedo de su coño.

El lado izquierdo de su rostro estaba iluminado por una luz blanquecina y suave que entraba por la ventana.

Uno de los altos farolillos del jardín era el responsable de esa leve claridad.

Esa luz le daba un relieve casi irreal: resaltaba el pómulo, el borde de su nariz, el brillo húmedo de su labio inferior.

Sus ojos verdes me miraban desde arriba.

Había en ellos deseo, confusión, cansancio… y algo más que no conseguía descifrar.

Me quedé mirándola un segundo eterno, con las manos apoyadas en sus muslos. Sentía su peso sobre mí. Sentía cómo su coño mojado casi rozaba mi polla; seguramente caliente, resbaladizo. Sentía y veía su sudor que casi parecía que iba a caer de su cuerpo al mío.

—Marina… —susurré, casi sin voz.

Otra vez, no supe qué más decir. Solo su nombre. Porque, en ese momento, viéndola así encima de mí, iluminada a medias por aquella luz tenue, con el cuerpo marcado por el calor y la excitación de la noche, me pareció más hermosa y más extraña que nunca.

Ella no respondió con palabras. Primero se recogió el pelo con una mano, apartándolo hacia un lado.

Después se inclinó sobre mí. Su melena, pese a su intento de contenerla, acabó rozándome las mejillas.

Y entonces, en lugar de besarme, recorrió mi labio inferior con la lengua.

Un recorrido lento, suave, muy húmedo y salado.

Pasó una y otra vez, saboreándome, lamiéndome con una lentitud deliberada y obscena.

No era exactamente un beso. Era algo más íntimo, más animal, más sucio.

Pero también hubo en aquello poder y también ternura. Una ternura extrañamente coqueta.

Nunca me había ofrecido ese movimiento. Nunca me había besado de aquella forma que no era un beso.

Sentí un escalofrío recorriéndome entero. Llevé mis manos a sus caderas y, desde allí, bajé hasta sus nalgas espléndidas y sudadas. Agarré una en cada mano, apretando aquella carne firme y caliente, clavando los dedos en ella.

Marina pocas veces tomaba la iniciativa… pero en aquel momento empezó a rozarse.

Despacio al principio, pero con intención. Frotaba su coño contra toda la longitud de mi polla, arriba y abajo, o más bien adelante y atrás.

Lo sentí mojado al instante.

Y aquello me estremeció.

No porque no lo esperara, sino porque hasta ese momento todo había sido imaginación y sospechas.

De pronto ya no. Su humedad resbalaba sobre mí, empapándome, convirtiendo en algo físico e innegable todo lo que había ocurrido entre nosotros.

Su respiración se volvió más pesada, llegando a jadear contra mi boca mientras nos fundíamos en roces húmedos con nuestros labios.

Y yo, debajo de ella, solo podía gemir y apretar sus nalgas con más fuerza, sintiendo la potencia de sus pechos contra mi torso, sintiendo unos pezones que casi me arañaban la piel.

Marina se entregaba al deseo… quizás, o seguramente, como nunca la había visto; como si hubiera dejado de pensar, de avergonzarse, de censurarse… y solo existiera aquel roce, aquel calor, aquella necesidad.

Y yo conocía demasiado bien lo que arrastrábamos desde el principio.

Las noches en las que habíamos buscado algo que no llegaba. La frustración. Las preguntas sin respuesta. La sensación de estar siempre a las puertas de algo que terminaba escapándose.

Por eso, mientras ella seguía moviéndose sobre mí, mientras el deseo parecía empujarnos a los dos en la misma dirección, tuve la impresión de que algo había cambiado.

O quizá no había cambiado nada.

Quizá solo teníamos más combustible que nunca.

Y yo sabía que aquella excitación suya, y también mía, tenía un motivo.

Sentía que la idea estaba naciendo entre nosotros, aunque ninguno la hubiera pronunciado todavía.

Un orgasmo de ella, entre nosotros.

Gracias a ellos.

Utilizarlos.

Usar todo el combustible de las últimas veinticuatro horas para solucionar el problema que arrastrábamos desde el inicio.

Y entonces se retiró lentamente, alzando su torso, quedando otra vez sentada sobre mí.

La visión me dejó sin aliento. Marina estaba allí arriba, imponente, desnuda y brillante de sudor.

Sus pechos caían hacia delante con un peso natural y perfecto, balanceándose apenas con cada sutil movimiento.

La luz resaltaba el contraste entre el bronceado de su piel y la marca triangular blanca que había dejado el bikini en sus pechos.

Aquel triángulo claro enmarcaba unas areolas grandes, rosadas y dilatadas: marrón, blanco y rosa; tres colores nítidos y delimitados como si alguien los hubiera dibujado con pulso impecable.

Sus pezones seguían durísimos, prominentes, apuntando al frente.

Era una imagen brutalmente erótica y, al mismo tiempo, llena de una belleza que me desarmaba.

Ella me miró a los ojos. Y yo le devolví la mirada. Había amor allí. Pero también un deseo crudo, casi animal, y desconocido en nosotros.

Marina bajó entonces una mano entre nuestros cuerpos.

No hacía mucho que me había tocado ahí, y aun así, el contacto me sorprendió.

Sus dedos se cerraron sobre mi miembro con firmeza, como si reclamaran algo que ya conocían, y un escalofrío me recorrió entero.

Después empezó a masturbarme lentamente.

Muy lentamente. Su mano subía y bajaba con deliberada calma, extendiendo el preseminal que no paraba de brotar.

El tacto era resbaladizo, caliente, perfecto.

Cada movimiento hacía que mi polla palpitara entre sus dedos y que mi cuerpo reaccionara y temblara, sin que yo pudiera reprimir esos leves espasmos.

Nos mirábamos en silencio, respirando agitados. Y sentía que faltaban solo segundos para que ella se levantara un poco, colocara mi polla en su entrada y se dejara caer lentamente sobre mí. Sus pechos se movían con cada respiración, pesados, hipnóticos.

Y entonces susurró, casi con timidez:

—¿Qué te pasaba en la cena?

La pregunta me pilló completamente desprevenido.

—¿En la cena? —repetí, confundido—. Nada…

Ella siguió masturbándome con esa lentitud tortuosa, mirándome a los ojos.

—No sé… Me mirabas mucho.

Yo acaricié sus nalgas con las yemas de los dedos.

Ella torció un poco el rostro, mirándome y matándome con aquella masturbación lenta, y susurró:

—¿Me veías guapa o qué?

Suspiré y sentí una oleada enorme de amor. Y es que su pregunta era tan absurda como tierna… Porque Marina siempre estaba guapa. Siempre. Y era guapa de una forma natural, profunda, casi insultante.

No supe qué contestar.

Y entonces se hizo un silencio entre nuestras respiraciones y el sonido líquido de aquella paja lenta.

Nos mirábamos.

Y sentí la necesidad de poner sobre la mesa lo que era evidente que ambos pensábamos.

—Marina… —empecé, con la voz ronca. Quería decírselo.

Quería ser sincero. Quería decirle que sí, que la había mirado mucho, y de forma seguramente diferente aquellas últimas horas, pero también decirle que estaba pensando en todo lo que había pasado, en Gustavo, en lo que me excitaba y me hacía sufrir que hubiera hecho algo con él,

en lo que acabábamos de ver por la ventana, en lo cachonda que la había visto mirando aquella polla enorme…

Ella debió de notar que iba a decir algo más denso, algo morboso. Se inclinó un poco más hacia mí, sus pechos rozando mi torso, y susurró con dulzura:

—No…

… calla…

… Solo nosotros.

Tres frases. Tres golpes. Sus palabras me golpearon en el pecho.

Cerré los ojos un segundo, apretando sus nalgas con más fuerza, y no me moví más, o quizá asentí en silencio.

Solo nosotros.

Entendía qué pretendía… aunque los dos sabíamos que, en realidad, ya no era del todo cierto.

…

Y entonces se creó otro silencio.

Un silencio denso y cargado. Intenté agarrarme con todas mis fuerzas a sus palabras: «Solo nosotros».

Solo ella y yo. Solo esa habitación, esa cama, esa luz dócil que le caía sobre el rostro y los pechos.

La miré. La miré de verdad. Sus ojos verdes, sus labios entreabiertos, el sudor que le brillaba en el cuello y que humedecía su melena, casi adheriéndola al rostro.

Quería quedarme allí. De verdad quería que solo existiéramos nosotros dos.

Marina, sentada sobre mí, incorporó su torso un poco más, quedando éste completamente erguido. Sus pechos se movieron pesadamente con el movimiento. Y me miró durante un instante eterno, como si me estuviera diciendo con sus ojos «no pienses, no fantasees, solo siente. Siénteme».

Ya había detenido aquel vaivén, aquella masturbación; ahora me agarraba con firmeza y me colocaba donde quería.

Se apartó parte de la melena con la mano libre y me miró una última vez.

Y entonces sucedió.

Despacio.

Lo supe antes incluso de que empezara a moverse.

Lo supe porque cerró los ojos.

Siempre lo hacía así.

Era una señal. Una que ella ni siquiera sabía que me daba, pero que yo había aprendido a reconocer.

Durante un instante no pasó nada.

O eso me pareció.