Entrega imperfecta 23. Alguien que no era yo.
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23. Alguien que no era yo.

Había desesperación, excitación y celos. Pero, sobre todo, la sensación de que ni ella ni yo entendíamos qué nos sucedía.

Había prisa, aunque mis movimientos no eran exactamente rápidos, sino bruscos, a golpes, a oleadas.

Me retiré medio paso hacia atrás y lo primero que desapareció fue mi camiseta, que me costó despegar del torso y que cayó al suelo, pesada y empapada en sudor.

Marina seguía apoyada en la encimera, con las manos allí, mirando por la ventana. No se había movido. Y aquello me dolía, me encendía y me excitaba.

Me acerqué de nuevo por detrás. Mis manos fueron directas a la camisa de lino amarilla que ya colgaba inútilmente de sus codos.

Tiré de ella hacia abajo con lentitud, y ella me lo permitía.

La tela se deslizó por sus brazos sin resistencia, rozando su piel sudorosa, y cayó al suelo, mucho más liviana, junto a mi camiseta.

Ahora solo llevaba el bikini blanco; salvo las tiras y los nudos en su espalda y nuca, se podía ver en la semioscuridad su espalda completamente desnuda, suave, con esa curva perfecta que bajaba hasta la cintura y se abría en sus caderas, y eso me provocó un nuevo latigazo de deseo.

Apoyé mi pecho contra ella otra vez, pero ahora sin ropa por medio, piel contra piel caliente y húmeda. Mi polla, dura y libre, se apoyó entre sus nalgas por encima de la braga de su bikini.

—Joder, Marina… —susurré contra su nuca, mientras una de mis manos subía por su costado y abarcaba uno de sus pechos por encima del bikini, apretándolo con fuerza.

Le susurré aquello sin saber si iba a decir algo más. Sin saber cómo expresar cuánto la deseaba. Cuánto la deseaba por sentirla así.

Ella soltó un gemido bajo, casi un ronroneo ahogado, pero no apartaba la vista de la ventana.

Alcé otra vez la vista por encima de su hombro mientras llevaba mi otra mano a su otro pecho… y vi cómo Sara seguía con la cabeza bajada, chupando con devoción aquella polla enorme de Gustavo…

Y empecé a acariciar los pechos de mi mujer sobre el bikini así…

mientras mirábamos cómo aquella chica parecía intentar metérsela en la boca lo más profundo que podía, con los labios muy abiertos, mientras él le sujetaba el pelo con una mano y la miraba desde arriba con una expresión de posesión tranquila.

Marina temblaba visiblemente contra mí. Yo sentí cómo se le ponían aún más duros sus pezones bajo mis palmas.

No pude evitarlo. Por soez que fuera, por burdo que fuera, por ridículo que fuera: empecé a frotarme contra su culo, deslizando mi polla arriba y abajo entre sus nalgas, presionando la braga del bikini con el glande.

Estaba tan empapado de preseminal que sabía que estaba dejando un rastro húmedo sobre su piel y sobre aquella tela blanca.

Ella se dejaba mecer. Se dejaba acosar. Se dejaba empujar.

Yo miraba y Sara seguía chupando.

Gustavo la guiaba con su mano.

Y yo me preguntaba qué clase de obscenidad era aquella.

Me preguntaba si sospechaban que los espiábamos.

Me preguntaba si creían que estábamos follando dentro de la casa…

o si no les importaba lo más mínimo. Tenía la sensación de que aquel exceso no era un espectáculo para nosotros, sino que ellos eran así, que se deseaban así, que follaban y se tocaban así.

—Di-oss… —susurró mi mujer hacia adelante, y no por mis caricias en su escote y sus pechos, no por sentir mi polla dura entre sus nalgas…

sino por lo que veía, por contemplar cómo Sara se afanaba, por ver cómo con dos manos y una boca pretendía cubrir aquello, por contemplar el gesto chulesco de Gustavo cambiando de mano de vez en cuando para guiar aquella cabeza, aquella melena mojada, aquella boca y lengua que lo succionaba.

Me volví a separar unos centímetros de Marina.

Nunca en mi vida mis manos temblaron tanto como cuando ataqué aquel nudo de su bikini, en su espalda.

No sin dificultad, mis dedos torpes y sudorosos consiguieron deshacerlo. La tela se aflojó al instante. Durante unos segundos, los dos triángulos quedaron colgantes, suspendidos por delante de sus pechos, cubriéndolos apenas como dos grandes telones blancos sin ninguna sujeción real por detrás.

Entonces llevé las manos al nudo de la nuca.

Pero no para deshacerlo, sino que lo agarré junto con las tiras y tiré suavemente hacia arriba.

El bikini blanco ascendió rozando su piel húmeda.

Se enredó ligeramente en su melena revuelta y sudada al llegar a la cabeza.

Marina inclinó un poco el cuello hacia delante para ayudarme, sin protestar.

Tiré con más cuidado y la prenda terminó de salir por arriba, liberándola por completo.

La parte de arriba del bikini cayó al suelo junto a su camisa y mi camiseta.

Y al instante, desde atrás, llevé mis manos directamente a sus pechos desnudos…

los sentí de inmediato con una intensidad abrumadora.

Eran enormes, pesados, calientes y resbaladizos por el sudor.

Los abarqué con ambas manos, amasándolos con tiento y una ternura casi desesperada, sintiendo su peso desbordante, su suavidad densa y firme.

Sus areolas se notaban grandes e hinchadas bajo mis palmas, y sus pezones estaban durísimos, erectos, clavándose contra mis dedos cada vez que los rozaba.

Pegado completamente a su espalda, con mi pecho contra su piel ardiente y mi polla encajada entre sus nalgas por encima de la braga, jadeé contra su nuca, casi sin voz:

—Joder… Marina…

Otra vez, no pude decir nada más. Era incapaz.

Mis manos seguían moviéndose con lentitud, acariciando, levantando y apretando aquellas tetas que nunca había sentido tan grandes, tan llenas, tan absolutamente sexuales.

Las estrujaba suavemente desde atrás, rozando los pezones con los pulgares una y otra vez, mientras mi polla palpitaba y resbalaba entre sus nalgas, dejando aquel reguero húmedo y pegajoso que no dejaba de brotar.

Marina soltó entonces un suspiro largo y tembloroso. Su cuerpo se arqueó ligeramente contra el mío, empujando sus tetas con más fuerza contra mis manos, pero su mirada seguía clavada en la ventana.

Y entonces, fuera de mí, tanto que no me sentía yo. Mientras mirábamos cómo Sara apartaba la cabeza un instante y se limitaba a masturbarlo… susurré en su nuca:

—Mira… mira qué polla tiene…

—Mhmm… —jadeó de forma sonora mi mujer, y presentí que cerraba los ojos por un instante.

Y entonces llevó sus manos a las mías, que estaban sobre sus tetas, pero no para apartarme.

—Mira… qué pedazo de polla tiene… eh…

—Mhmm… —volvió a jadear, y Sara volvió a ir a él, a devorarlo, a chupársela…

y Marina, entre mis brazos, volvió a tiritar en un tembleque espásmico, mientras yo la sujetaba, agarrando sus tetas, y seguía con mi fricción rítmica y obscena, con mi miembro rozando sus nalgas y la raja de su culo cubierta por aquella tela blanca.

Y entonces surgió algo extraño en mí. Como si verla tan excitada me devolviera una parte del control que había perdido.

Y me retiré medio paso y llevé mis manos a su melena, que coloqué por completo hacia atrás, casi como si la peinara, de forma extraña, mientras ella seguía sin voltearse, seguía mirando.

Y mientras hacía aquello tan extraño con mis manos, mientras sus pechos caían sueltos hacia adelante, abandonados por mí, mientras mi polla palpitaba libre, golpeando a veces una de sus nalgas sin querer, susurré de nuevo tras ella:

—Mira… Mira cómo se la chupa…

Y entonces Marina comenzó a llevar una mano hacia atrás.

Por fin, sí…

Para buscarme.

Y entonces la provoqué con otro jadeo en su nuca:

—¿Querrías ser tú, eh? ¿Querrías chupársela tú…?

Aquel que hablaba no era yo. Y no era por el alcohol…

Era por la excitación más brutal que había sentido nunca.

Y ella no contestó, pero esa mano que iba hacia atrás… primero rozó mi miembro, a tientas… y después se ubicó… hasta que me lo agarró.

Lo hizo con sorprendente fuerza, fijándola por el tronco por completo, y me hizo resoplar.

Cerró su mano y cerré los ojos. Su tacto no me calmaba… pero me reconfortaba y me daba placer.

Y entonces, sin abrir los ojos, y sin que ella moviese la mano; solo me la agarraba, susurré:

—¿Te llega con esta?

Ella no dijo nada.

Yo insistí:

—¿Te llega con esta, eh?

—Mhmm… Calla… —protestó, y bajó un poco la cabeza, pero siguió mirando a través de la ventana, con las piernas ligeramente separadas, solo vestida con la braga del bikini. Con su mano izquierda sobre la encimera y con la derecha… que me agarraba la polla de manera férrea y dura.

—¿Te llega o no? —insistí.

—Mhmm… —jadeó.

—Dime… —le soplé en el cuello, apartando un poco su melena.

—Mhumm… Calla… Dios… Y métemela… —me imploró, sorprendiéndome, y mi polla palpitó en su mano.

—¿Sí?

—Sí… Dios… Métemela…

—¿Aquí…?

—Sí…

—¿Aquí… mientras miras cómo se la chupa?

—Sí…

—Dímelo…

—Qué…

—Que me lo digas tú…

—Qué… Mhhmm… Métemela… Aquí… Mientras se la chupa…

Y ella me soltó, y llevó otra vez sus manos hacia la encimera.

Mis manos trémulas fueron directas a la braga de su bikini blanco. La tela estaba caliente. Agarré los laterales con los dedos y empecé a bajarla muy despacio.

No se deslizaba con facilidad.

La tela se pegaba a su piel, especialmente en el centro, entre sus nalgas y contra su coño.

Tiré con más cuidado y sentí una clara resistencia: la braga estaba literalmente adherida a sus labios hinchados, como si la humedad fuera tanta que la tela se hubiera pegado a su sexo.

No sabía si era real o solo mi mente enferma de excitación y celos, pero eso pareció; como si la fina tela blanca hubiera absorbido todo su deseo.

Bajé un poco más. La braga se despegó lentamente de su coño con un tacto viscoso, casi audible en la penumbra, o eso me pareció.

El olor me golpeó entonces. Un olor intenso, dulce y almizclado, inconfundible: olor a coño excitado, a sexo.

En la penumbra de la cocina, con el calor asfixiante, ese aroma parecía llenarlo todo.

No sabía si era posible olerla tan claramente desde ahí, o si mi cerebro estaba amplificando todo por la locura del momento, pero me volvía loco.

Olía a ella. Olía a deseo. Olía a que estaba empapada pensando en lo que veía por la ventana.

No podía ser verdad, no podía haber casi escuchado aquello, no podía ser que lo oliera… pero eso sentía… eso me parecía.

La braga siguió bajando por sus muslos morenos, dejando un rastro húmedo en su piel. Después cayó a sus tobillos. Ella sacó entonces los pies de ese enredo con sutileza y presteza, casi con elegancia, quedando completamente desnuda delante de mí.

El calor era asfixiante. Una gota de sudor resbalaba por mi sien.

Me quedé un instante mirándola desde atrás: su espalda sudada, la curva perfecta de su cintura, sus nalgas redondas y firmes, ligeramente separadas, brillando por el sudor… y entre ellas, el brillo inconfundible de su coño empapado, hinchado, listo.

O eso me parecía, en aquella penumbra.

Y dudé si comprobar su sexo con mis dedos… pero sentí que no estaba preparado para encontrarme con una humedad que no me tuviera a mí como motivo.

Sujeté mi miembro con una mano.

Flexioné mis piernas para apuntar.

La quería follar.

La iba a follar.

Por mucho que yo no fuera la razón de su excitación.

Y quizás aquello era lo que me excitaba de aquella manera inhumana.

Me agarraba la polla y flexionaba las rodillas.

Mi mano libre fue a una de sus nalgas.

La aparté…

Quise ver su sexo. Su sexo saliente y colgante, pero la penumbra apenas me permitía adivinar sus labios gruesos…

Flexioné más. Eché la piel de mi miembro completamente hacia atrás, hasta el final…

Pero entonces ella comenzó a girarse, a voltearse…

Yo no entendía por qué lo hacía, pero mi mano abandonó su nalga…

Y le di espacio.

Su mirada me impactó, así como su desnudo frontal, brutal: sus pechos enormes, sus areolas extensas como no había visto nunca, su vello púbico oscuro y recortado. La sentí más potente, más mujer que nunca.

Y entonces casi se colgó de mí con sus brazos, con sus manos, y susurró:

—Mmm… No… Sergio… Aquí no.

—¿No…?

—No… —jadeó, y nos abrazamos, otra vez de forma extraña, y yo dudé si mirar por encima de su hombro y observar a través de la ventana.

Pero no lo hice.

Y entonces, quizás a traición.

Quizás porque no podía más.

Comencé a rozarme… y a flexionar las rodillas.

Buscando su entrada.

Buscando, de pie, de frente, la manera de penetrarla…

—Mmm… ¡Ah…! —jadeó Marina al comprobar mi intento, al sufrir el acoso, al sentir seguramente cómo mi polla rozaba su vello púbico y quizás rozaba también su clítoris.

—Joder… Marina… —volví a jadear desesperado.

Torpe. Incapaz. Excitadísimo. Intentando el imposible de penetrarla allí, los dos de pie, de frente, pero apenas conseguía nada más que rozar el interior de sus muslos y aquel pubis recortado.

—Sergio… —protestó.

Y entonces ocurrió algo.

Otra decisión de esas que ninguno de los dos parecía tomar del todo.

Nos apartamos.

No porque quisiéramos detenernos, sino porque ya no podíamos más.

Nos besábamos y nos tocábamos mientras avanzábamos, pero no hacia nuestra ropa esparcida, ni hacia la puerta de salida… sino por el pasillo… hacia aquel dormitorio donde habíamos dormido unas pocas horas antes y del que habíamos huido para no escucharlos.

Ahora no huíamos.

Íbamos hacia allí.

A follar.

Sin importarnos si aquella noche serían ellos quienes nos escucharían a nosotros.