22. El motivo de su fascinación.
Su voz había sonado baja, casi rota. Pero no se movió. No se alejó de mí. Y el silencio que vino después de su súplica fue denso, cargado. Yo estaba encendido y nervioso, con los celos y la excitación mezclados en un nudo imposible en el estómago.
Y entonces no pude contenerme. No solo no acepté su evasiva, sino que verbalicé lo que más me estaba matando.
—Marina… —dije, con voz arrastrada—. ¿Qué pasó con Gustavo dentro de la casa?
Ella cambió mínimamente el gesto. Sus ojos verdes, preciosos, estaban vidriosos, empañados por una tensión que parecía consumirla; había un nuevo matiz en su mirada que me hacía adivinar que había recibido un nuevo impacto.
—¿Qué pasó con Gustavo dentro de la casa, tanto rato… y cuando se apagó la luz…? —insistí, más desesperado, más desordenado… y más bajo; ahora era yo quien suplicaba—. Dímelo.
Marina siguió sin contestar. Solo tragó saliva. Sus ojos se mantuvieron fijos en los míos durante un segundo eterno, brillantes, febriles. Luego, lentamente, bajó la mirada hacia su propio pecho.
Con movimientos lentos, casi hipnóticos, llevó ambas manos al triángulo blanco que aún colgaba vencido y oculto bajo su teta derecha.
La que yo había liberado hacía apenas unos instantes.
Sus dedos temblaban ligeramente cuando agarró la tela.
Con cuidado, casi con reverencia, tiró de ella hacia arriba y la colocó de nuevo en su sitio.
Su teta, grande y pesada, volvió a llenar el triángulo con un movimiento obsceno y lento.
La carne generosa se acomodó dentro de la tela, desbordándola ligeramente por los lados, creando un suave rebosamiento que me hizo temblar.
El pezón, todavía duro y erecto, quedó claramente marcado contra la tela blanca, atravesándola sin pudor, como si la fina capa de su bikini fuera incapaz de contenerlo.
Lo ajustó. Lo extendió. Lo cubrió. Todo con una lentitud involuntariamente erótica, que resultaba incluso más morbosa que cuando yo mismo se lo había bajado.
Verla recolocarse la prenda, ver cómo su propia teta llenaba y tensaba la tela, cómo el pezón se clavaba en ella…
fue una imagen que se me grabó en la retina.
Había algo profundamente íntimo y sucio en ese gesto.
Como si estuviera recomponiendo la prueba de lo que acababa de ocurrir, pero sin poder borrar del todo el efecto.
—Vámonos… —susurró por fin, con la voz rota y urgente—. Venga… Sergio… por favor.
Sus ojos volvieron a los míos. Seguían húmedos.
Seguían pidiendo algo que ya había nombrado de palabra, pero que yo no acababa de saber o querer interpretar.
Tenía las mejillas ardiendo y la melena revuelta cayéndole sobre los hombros.
La camisa de lino amarilla seguía completamente abierta, colgando a los lados de su cuerpo como una bandera rendida.
Yo estaba a punto de explotar. Quería empujarla contra la encimera, bajarle la braga del bikini y hacérselo allí mismo, mientras seguía en mi cuerpo el eco de los gemidos de Sara. Pero también quería respuestas.
Y entonces ella se recolocó la melena en un gesto dulce y lento, detrás de su oreja.
Y algo se quebró en mí.
Y sentí, de golpe, a pesar de todo el fuego, los celos y la confusión, una oleada de amor tan fuerte que casi me mareó.
Esos ojos verdes seguían siendo los mismos que me habían enamorado años atrás, y lo seguían haciendo.
La quería. La quería con una intensidad que dolía.
Quería protegerla, poseerla, entenderla…
Bajé la vista a sus labios. Carnosos, ligeramente hinchados, brillantes por el calor y la saliva. Nunca la había deseado tanto como en ese momento. Nunca había sentido una necesidad tan primitiva, tan absoluta.
Y entonces no lo pude soportar… llevé mis manos a su rostro y la besé.
Fue un beso cálido, lento, profundo. No el beso extraño y tenso de antes.
Este era distinto. Nuestras bocas se encontraron con una ternura casi dolorosa, como si estuviéramos reconociéndonos en medio del caos.
Mi lengua buscó la suya con calma, saboreándola, y ella me correspondió con la misma lentitud.
Nuestros labios se movían juntos, húmedos, calientes.
Podía sentir su respiración entrecortada contra mí.
Mientras nos besábamos, mi erección palpitaba con fuerza contra el bañador, presionando la tela empapada de preseminal.
Sentía cada latido.
Y entonces, mientras sentía aquella presión que quería escapar, mientras sentía amor, pero también una desesperación sexual inasumible, separándome apenas unos milímetros, me entregué. Casi me humillé.
—Tócame… —susurré contra su boca, con la voz rota de desesperación—. Por favor, Marina…
Ella tenía que estar sintiendo aquella dureza. Tenía que saber a qué me refería…
Pero no dijo nada.
Pegó su mejilla a la mía, caliente y suave, y entonces sí… comenzó a bajar una mano por el costado de mi cuerpo… hasta que sus dedos rozaron mi erección por encima del bañador.
El tacto fue suave, casi tímido. Los pasó lentamente a lo largo de mi polla, de abajo hacia arriba, palpando su dureza a través de la tela, pero sin cerrarlos, sin masturbarme. Solo explorando, sintiendo.
El roce me volvió loco.
—Más… por favor… —supliqué entre dientes, casi avergonzado de lo desesperado que sonaba.
Y ella dudó. Y quizás se disponía a premiarme con algo más…
pero yo ya no podía más. No entendía de dudas ni de tiempos: con un movimiento torpe y urgente, empecé a bajar mi bañador, sin desanudarlo…
y este, cuando venció la presión de la goma en la cintura y el relieve de mi miembro…
empezó a resbalar por mis muslos, hasta caer hasta mis tobillos.
Mi polla salió recta, dura; y no la veía, pero supe que estaba enrojecida y brillante por el líquido preseminal que no paraba de brotar.
Y quedó allí, entre los dos, palpitando visiblemente.
—Sergio… —protestó ella a medias, con voz débil y sorprendida.
Pero no se apartó. Volvió a apoyar la frente en mi pecho, respirando agitada, mirando hacia abajo. Su mano quedó suspendida cerca, sin tocarme todavía. Sentía su aliento caliente contra mi piel sudada, su cuerpo temblando ligeramente contra el mío.
Llevó su mano a mi cadera, después a mi muslo por la parte exterior. Yo sentía que me iba a tocar… mientras giraba el rostro, no hacia la penumbra, sino de nuevo hacia la ventana…
Y entonces sucedió: su mano tembló en mi piel.
Tembló antes de tocar mi miembro duro y libre.
Algo…
Algo había visto ella allí…
Agudicé el oído.
No se escuchaba nada.
Sara no gemía.
Pero no quise mirar…
No quise mirar, al tiempo que ella casi jadeó un:
—Dioosss…
Un impacto y una perplejidad que no eran por mí. No eran por poder tocarme. No eran por lo que mi desnudez excitada despertaba en ella.
Sino por lo que estaba viendo.
Tal fue el impacto que terminó por girarse más.
Casi olvidando mi presencia… y colocándose frente a la ventana.
Dando ese medio paso, alejándose de mí…
Y yo tenía la tentación de mirar… pero también una súbita ira me subió por el cuerpo.
Y ella esbozó un tembloroso «madre mía…» que me hirió.
Y me coloqué tras ella.
Y lo que sucedió entonces fue morboso, y triste, y sobre todo extraño.
Sin pegarme del todo a ella, levanté la mano izquierda y la posé con firmeza sobre su hombro izquierdo, como si necesitara anclarla allí, como si quisiera recordarle que yo estaba detrás. No la apreté. Solo la mantuve. Dejándola libre para que mirara.
Con la derecha… avergonzado, pero superado, agarré mi polla, que estaba más dura de lo que la había sentido nunca.
Una dureza casi dolorosa, tirante, palpitante.
Y empecé a masturbarme lentamente detrás de ella.
Despacio. De arriba abajo. Sintiendo cada vena, cada latido.
El preseminal hacía que la piel resbalara por el glande con una facilidad extrema y me daba un placer profundo, pero que no me aliviaba.
Marina, mi mujer, que tenía que saberlo, que tenía que saber lo que yo hacía, y que nunca había asistido, conmigo, a nada tan obsceno… no dijo nada. Y tampoco se apartó. Siguió mirando por la ventana, con la respiración agitada.
Yo podía sentir cómo se excitaba. Su cuerpo temblaba ligeramente bajo mi mano izquierda. Y me lo permitía. Me permitía masturbarme de esa forma tan sucia, detrás de ella, mientras ella miraba a través de la ventana.
Yo jadeaba en tono bajo contra su nuca.
Resoplaba y me masturbaba.
El sonido del “clic, clic, clic” húmedo de mi paja nos envolvía.
El temblor y la presión de mi mano en su hombro nos unían.
Y entonces comencé a tirar con la mano izquierda de su camisa de lino amarilla. La descolgué por un lado de su hombro y la bajé lentamente hasta su codo, dejando más piel al descubierto, más espalda. Ella asumió el tirón prolongado en silencio. No protestó.
En mi cabeza todo era un torbellino.
Y entonces, masturbándome y cerrando los ojos, con mi mano en su hombro, en su carne…
Me volví loco.
Mi mente, gritando en silencio, mientras mi boca se mantenía cerrada y apretaba los dientes.
Mi mente, completamente ida:
¡Te pone cachonda Gustavo, eh!
Quieres que te folle, ¿eh?
Querrías que te follara como se está follando a Sara…
Cuando os quedasteis a oscuras… os besasteis, ¿no? Dime que sí, Marina… Dime que sí…
Y entonces me imaginé el beso. Me imaginé a Gustavo acercándose a ella en la penumbra, acosándola y besándola mientras le desabrochaba la camisa. Y esa imagen me quemaba por dentro, pero también me excitaba como nada lo había hecho jamás.
Seguí masturbándome más rápido, más desesperado, mientras mi mano izquierda ya no tocaba tela sino que casi arañaba carne: su hombro, su piel sudada y caliente. Ella seguía mirando. Temblando. Callada. Pero su respiración era cada vez más audible.
Y entonces no pude más.
Me pegué a ella por detrás. Mi polla dura se apoyó contra la parte baja de su espalda, manchando seguramente su camisa con mi glande embadurnado.
Ella se dejó empujar un poco hacia adelante, cercada contra la encimera, y apoyó allí las manos.
Escuché su leve quejido y sentí el calor de su cuerpo, su excitación…
su sudor, y apoyé mi pecho contra su espalda y jadeé contra su oreja.
—Marina… —susurré, con la voz rota.
Ella no dijo nada.
Y me mataba que no desviara su mirada de la ventana.
Y entonces, asomando mi cabeza por encima de su hombro, casi clavando mi mentón allí.
Miré.
Miré lo que ella miraba.
Y lo vi.
Vi el motivo de su bloqueo, de que le diera igual lo que yo hiciera.
El motivo de su fascinación:
Gustavo estaba sentado en el bordillo de la piscina, con los pies dentro del agua.
Completamente desnudo. Su polla empalmadísima se alzaba entre sus piernas como algo irreal: enorme, gruesa, larga y oscura, mucho más de lo que jamás hubiera imaginado.
Brillaba mojada, iluminada y resplandeciente por la luz azulada de la piscina.
Se estaba masturbando con la mano derecha, despacio, con movimientos largos y seguros, mientras miraba hacia abajo y al frente, hacia Sara.
Ella estaba dentro, desnuda, con el agua por el cuello, encogida y moviendo suavemente los brazos bajo el agua. Allí la piscina apenas debía cubrirle la cintura si se ponía de pie. Y miraba fijamente aquella polla. No había otro foco en su mirada. Solo eso.
Ya no era la pareja follando. Era él. Su polla. Su tamaño. Su presencia.
Y Marina… mi mujer… estaba bloqueada mirándolo.
Sentí cómo temblaba contra mi cuerpo. Un temblor profundo, involuntario, que le recorría la espalda y se transmitía a mi pecho pegado a ella.
—Madre mía… —jadeó ella, casi sin voz.
Era admiración. Era impresión.
Su reacción me atravesó como un cuchillo caliente. Pero no me aparté. Al contrario, me pegué más, frotando mi polla dura contra la parte baja de su espalda, o la parte superior de su culo, casi por mero instinto, con movimientos mínimamente rítmicos, mientras seguía sujetándola por el hombro.
Y entonces todo se precipitó de repente: Sara dio dos o tres pasos dentro del agua, acercándose más, hasta terminar por cerrar el espacio.
Gustavo soltó su polla y dejó que ella la cogiera con su mano.
Se miraron. Él levantó una mano y le acarició la cara con una ternura casi posesiva; luego le metió los dedos entre el pelo mojado, sujetándola suavemente, para terminar el movimiento tocándole el mentón.
Marina jadeó de nuevo. Un sonido bajo, roto, lleno de asombro.
Sara empezó a pajearlo. Despacio. Durante unos pocos segundos con una mano para, al instante, hacerlo con las dos. Aquella polla era tan grande que apenas podía abarcarla. Y entonces, sin dejar de mirarlo, Sara se fue agachando poco a poco hacia él… hacia lo que masturbaba.
—Dioss… —susurró Marina, y tembló con más fuerza contra mí. Su cuerpo entero se estremeció.
Yo, desesperado, casi fuera de mí, tiré de la otra parte de su camisa de lino.
La descolgué también del hombro derecho y la bajé hasta el codo.
La camisa quedó colgando de sus brazos, prácticamente inútil, dejando su espalda y sus hombros completamente al descubierto.
Sus tetas, dentro del bikini, eran una tentación insoportable para mí.
Los nudos tensos y blancos, en su nuca y en su espalda, me pedían a gritos que los deshiciera.
Y entonces, mientras Sara se inclinaba del todo y acercaba su rostro a aquella polla enorme, sacando la lengua para lamer lentamente el tronco desde abajo hacia arriba, yo perdí el poco control que me quedaba.
—Te follo aquí, Marina… —le susurré al oído, con la voz rota, casi suplicando—. Te follo aquí… No puedo más.
Y ella, habiéndome escuchado… no se negó.