Entrega imperfecta 21. ¿Y a ti Gustavo? #3
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21. ¿Y a ti Gustavo? #3

y después la atrapé con la boca, o al menos lo que fui capaz de abarcar.

Al instante escuché un “¡Ah!” sorprendido y quejoso, pero no censor.

Sin dejar de apretarla, casi estrujándola en mi mano, lamí la areola grande y sensible, saboreando el sudor salado, y después succioné el pezón duro con fuerza, casi con rabia, como si quisiera marcarla, como si quisiera que olvidara todo lo que estaba viendo por la ventana.

Lo mordí suavemente, tiré de él con los labios, lo rodeé con la lengua, mientras mi mano amasaba la otra teta, aún envuelta en la tela blanca, sintiendo su peso, su calor, su suavidad.

Marina, que había asumido con entereza el estrujamiento en su teta y el lametazo en su areola, soltó un gemido ahogado y me clavó las uñas en el hombro al sentir aquel ultraje directo y severo en su pezón. Y su cuerpo se arqueó ligeramente hacia mí.

—¡Ah…! ¡Dio-oss…! —jadeó, en tono bajo, y su otra mano se clavó en mi pelo, pero no supe si para apartarme o para retenerme.

Mi camiseta estaba completamente empapada de sudor, pegada a mi pecho y a mi espalda como una segunda piel incómoda y caliente.

No podía soportarlo más.

La excitación se había desbordado.

Nunca había sentido la necesidad de hacerlo con ella de forma tan urgente y descarnada. Mi polla empujaba con fuerza contra el bañador, dura hasta casi doler, y notaba cómo brotaba líquido preseminal, humedeciendo la tela por dentro.

Pero ella no me tocaba. No me comprobaba.

Y el hecho de que ella estuviera siempre tan pendiente de ellos no hacía sino encenderme más y más.

Una de mis manos bajó por su espalda y se metió bajo la camisa abierta hasta agarrar con fuerza una de sus nalgas por encima de la braga del bikini. Aquella nalga estaba caliente, húmeda y pegajosa de sudor. Sus muslos morenos, firmes y suaves, se tensaron al sentir el contacto.

Marina dio un pequeño respingo.

—Para, Sergio…

Pero yo no quise escuchar.

Quise redoblar la apuesta.

Y una de mis manos bajó a uno de sus muslos.

Pero esta vez por delante.

Quise comprobar su excitación.

Entre sus piernas.

Quise saberlo.

Quise saberlo y, por algún motivo, fantaseé con descubrir un sexo mojado.

Y no solo eso: el culmen de la fantasía era suponer que esa humedad no me tenía a mí como motivo.

Mejor si era por ellos.

Mejor aún si era solo por él.

Un movimiento certero de su cadera me impidió palpar la braga de su bikini.

—Para, aquí no, Sergio… Estás loco.

Su voz sonó tan rápida como débil, casi quebrada. Estaba claramente excitada, pero también nerviosa.

Me retiré unos centímetros.

El moño en su pelo se había deshecho; su melena caía suelta y revuelta, densa y sudada.

Más abajo, una teta desbordaba un triángulo de su bikini; la otra teta, cubierta.

Aquella visión era posible gracias a su camisa abierta, que seguía ajustada a sus hombros y que le tenía que estar dando un calor asfixiante.

Aquella camisa que había estado mal cerrada después de su encuentro con Gustavo. Con aquel hombre que ahora veía follar.

Y yo quise saber, y le iba a preguntar, pero fue entonces ella la que actuó más rápido, y se acercó a mí.

Olvidando por un instante lo que sucedía en la piscina, se venció hacia adelante, apoyando su frente bajo mi cuello.

—Vámonos… —susurró de repente—. Vámonos al hotel… por favor.

Casi sonó a súplica.

Aquello me impactó.

—¿Ahora? —pregunté, rodeándola con mis brazos…, mientras seguíamos escuchando a Sara gemir.

—Sí… ahora.

Lo dijo y miró de nuevo hacia la ventana.

Era extraño.

Turbio.

Abrazarla mientras ella miraba.

Ella también me rodeó con sus brazos, de forma sutil.

—¡Ahhh…! ¡Ahhh…! —se escuchaba a Sara gemir en sonidos de placer que eran todos diferentes. Todos sentidos, pero como si cada metida le despertara algo diferente, un matiz distinto.

Giré yo también mi cabeza hacia la ventana.

Gustavo seguía follándose a Sara con aquella seguridad insultante.

Sin descanso.

La espalda de Gustavo era una obra de arte perfecta de musculatura, tensión y destellos mojados por el agua y el sudor.

El rostro de Sara era placer puro; cuando echaba la cabeza hacia atrás y su melena casi rozaba el agua, exhibía casi un alarde excesivo, pero no había exageración a pesar de la postura.

Marina, entre mis brazos, ardía.

Y entonces, mi mujer, para mi sorpresa, susurró:

—¿Te pone… ella?

Yo dudé.

Miré sus pechos bamboleándose, sus piernas potentes envolviendo a Gustavo. Su mirada excitada, sus facciones bonitas y a la vez severas, sus pendientes indiscretos, sus labios contundentes, su melena mojada parcialmente pegada a su rostro…

—Un poco…

Dije, y fui sincero.

—¿Y a ti Gustavo? —pregunté sin pensar.

Y entonces algo me subió por el pecho.

Y no solo por haberme atrevido a preguntar aquello, sino porque además sentí algo en mi espalda, como si sus dedos hubieran temblado allí al escuchar su nombre.

Mi mujer no respondía, pero miraba.

…

—Marina.

…

—¿Y a ti Gustavo? —insistí, y aparté un poco mi rostro, rompiendo el abrazo.

Y silencio.

Y más silencio.

No me contestaba.

Mi pecho explotaba.

Y ella los seguía mirando.

O le miraba solo a él…

Y finalmente, susurró:

—Vámonos al hotel… Por favor.