21. ¿Y a ti Gustavo? #2
O la besé.
Y de repente nuestras bocas se encontraron.
Fue un beso sentido, sí, pero sobre todo raro.
Un beso atenazado por los nervios, casi torpe.
Nuestros labios se reconocían, pero al mismo tiempo parecían no saber cómo comportarse.
Había deseo, pero también una extraña rigidez, como si estuviéramos haciendo algo prohibido.
Como si los culpables del exhibicionismo fuéramos nosotros.
Como si supiéramos y nos afectase que aquello no fuera normal.
Porque no era normal estar besando a tu mujer con esa urgencia mientras a pocos metros otra pareja follaba sin disimulo y sus gemidos llegaban claros a través de la ventana.
No era normal que el sonido de Sara, gimiendo contra el rostro de Gustavo, formara parte del ambiente de nuestro beso.
Nos separamos apenas unos centímetros, casi al mismo tiempo, con la respiración agitada.
Nos miramos como si acabáramos de hacer algo que ninguno de los dos terminaba de entender del todo.
Y es que por primera vez en nuestras vidas estábamos excitados, pero no por lo que uno despertaba en el otro, sino por lo que veíamos, por lo que sentíamos, por lo que vivíamos a través de otras personas.
Ninguno de los dos dijo nada.
Nos quedamos mirándonos unos segundos eternos. Fuera, los gemidos bajos y agudos de Sara seguían llegando como un eco constante que llenaba el silencio de la casa; unos “ahh…” “ahhh” “mmm” que hacían que el aire entre Marina y yo se volviera más espeso.
Fue ella quien primero desvió la mirada hacia la piscina otra vez. Yo hice lo mismo. Gustavo seguía moviéndose con esa cadencia lenta y profunda. Apenas creaban pequeñas olas en el agua. El sexo era intenso, pero compacto, íntimo, casi adherido.
Sara, aferrada a su cuello, gemía y lo miraba a los ojos. Había tanto placer como agradecimiento en su mirada.
Yo sentí que nadie me había mirado así. Marina tampoco. Que nadie me había regalado aquello. Aquella morbosa gratitud.
Sentí cómo mi corazón latía con fuerza. Tenía la boca seca.
Entonces, sin pensarlo, pasé mi mano por la cintura de Marina y me acerqué más a ella.
Ella se dejó, pero noté que su cuerpo se tensaba un poco.
—Sergio… —susurró, casi como una advertencia.
Pero no le hice caso. No le hice caso porque vi una gota de sudor sobre su clavícula y no pude soportarlo…
Bajé la cabeza y besé su cuello, justo allí, donde el sudor le brillaba. Olía a ella, a calor, a su piel, pero a la vez la sentí diferente. Marina soltó un suspiro tembloroso y ladeó ligeramente la cabeza, dejándome espacio, aunque su mano se apoyó en mi pecho como si dudara.
Fuera, Sara soltó un gemido más largo.
Un “Aaa-aahh” que nos envolvió como si no hubiera ventanas ni paredes por medio.
Aquello, que fue casi un grito, pareció recorrer el cuerpo de Marina como una corriente. Noté que se apretaba un poco más contra mí, pero seguía conteniéndose.
Le aparté del todo la camisa de lino amarilla, que colgaba suelta.
Mis manos subieron por sus costados hasta abarcar sus pechos por encima del bikini blanco.
Los apreté con cuidado, sintiendo su potencia, su peso y su calor.
Marina dejó escapar un gemido contenido y me agarró la muñeca, de forma extraña y casi torpe.
—Para… —susurró, aunque no apartó mi mano del todo.
Pero no me detuve. Me encorvé frente a ella, bajé la cabeza y besé la curva de uno de sus pechos; besé la carne que asomaba por encima del triángulo blanco de su bikini, saboreando la piel húmeda justo en la frontera entre la tela y la carne.
Ella tembló otra vez. Casi jadeó. Yo no sabía hasta dónde podía llegar yo.
Tampoco ella parecía saber qué estaba dispuesta a permitirme.
La recompensa de su estremecimiento no me impulsó a seguir, sino que me hizo retirarme un poco para mirarla.
Pero no me encontré con sus ojos. Marina miraba hacia un lado, hacia la ventana, completamente ensimismada.
Sus ojos verdes, preciosos incluso en la penumbra, brillaban con una intensidad que me desarmaba.
Seguí el recorrido de su mirada: Gustavo había cambiado ligeramente el ritmo, más lento pero más profundo.
Lo más impactante era que Sara lo miraba directamente, colgada de su cuello, gimiendo con la boca abierta y la cabeza ligeramente echada hacia atrás; la melena de ella ondeaba, la de Gustavo seguía pegada a su nuca y a la parte superior de su espalda.
En la mirada de Sara volvía a poder verse aquel agradecimiento, aquella admiración.
Como si todavía no se hubiera acostumbrado a cómo se lo hacía. Como si cada embestida fuera un regalo.
Volví a mirar a Marina. Parecía hipnotizada. Impactada. Y no sé por qué, en ese preciso instante sentí que algo se me clavaba dentro. Me hería que le excitase. Me dolía que los admirase de esa forma, como si los estuviera poniendo por encima de nosotros.
Como si estuviera poniendo a Gustavo por encima de mí.
Y eso me enrabietó.
Aproveché esa rabia, esa mezcla de celos y ansia que me ardía en el pecho, para bajar con dedos temblorosos uno de los triángulos del bikini blanco.
Tiré de la tela hacia abajo y hacia un lado.
Su teta, grande y pesada, brotó, pero poco a poco, rebosando, saliendo, liberándose con un movimiento obsceno.
Desbordó el triángulo por completo, como si llevara demasiado tiempo contenida y ahora reclamara su espacio.
Era una visión brutal: el pecho sudado, brillante bajo la penumbra, con esa marca de moreno, con ese blanco en su piel en forma de triángulo casi perfecto.
Su areola era enorme, rosada, hinchada por el calor y la excitación, y en el centro destacaba un pezón duro, alzado, apuntando hacia mí, fuera yo o no el culpable de aquella consistencia.
La teta se desbordaba, pesada, generosa, vibrando ligeramente con su respiración agitada. Mientras tanto, la otra seguía aún atrapada dentro del triángulo blanco, aplastando la tela, marcando su forma contra el bikini.
No pude contenerme. Bajé mi rostro, sujeté aquella teta liberada con fuerza…